CAPÍTULO 20
El sospechoso perfecto
La fotografía de Lucas Ibáñez apareció en un periódico digital antes de que termináramos de comprobar sus movimientos.
La habían tomado frente al taller de Usera, cuando salía con una pieza de aluminio bajo el brazo.
Debajo, el titular lo relacionaba con el asesinato de Andrés Mena y mencionaba las amenazas que había dirigido a la víctima.
Encontré la noticia al llegar a comisaría. Molina ya la estaba leyendo en su ordenador.
—Han hablado con dos vecinos del taller y con alguien que conocía las reclamaciones de Lucas —me explicó—. Uno asegura que llevaba meses buscando al hombre al que consideraba responsable de la desaparición de su hermano.
—¿Publican los mensajes?
—No. Hablan de amenazas sin reproducirlas. También dicen que su furgoneta estuvo cerca del lugar del crimen.
Me incliné sobre la pantalla.
La noticia mezclaba datos comprobables con declaraciones de personas cuya identidad no se facilitaba. Lucas aparecía descrito como un hombre obsesionado con la desaparición de Saúl y dispuesto a vengarse de quienes le habían ocultado información.
En la parte inferior habían recuperado una fotografía antigua de los dos hermanos, publicada años atrás durante una campaña para localizar al desaparecido.
—¿Sabemos quién les ha confirmado lo de la furgoneta?
—Estoy intentando averiguarlo.
—Pues quiero saber si ha salido de aquí. Es una información que no debería circular fuera de las diligencias.
Molina cerró la noticia.
—Su abogada ha llamado. Dice que hay periodistas esperando delante del taller y que su madre se ha enterado por una vecina.
Cogí el teléfono para comunicarme con Carmen Vidal.
La abogada contestó enseguida.
—Inspector, espero que hayan visto lo que están publicando.
—Lo hemos visto. Estamos comprobando de dónde procede la información.
—Mi cliente está siendo presentado como un asesino antes de que ustedes hayan acreditado que entró siquiera en el edificio.
—No hemos comunicado ninguna conclusión de ese tipo.
—Pues alguien está consiguiendo que lo parezca. Mi cliente lleva nueve años intentando que investiguen la desaparición de su hermano y ahora resulta que todo aquello se utiliza para señalarlo.
Le expliqué que estábamos contrastando las amenazas, su presencia en Santa Engracia y sus desplazamientos posteriores.
—Entonces continúen investigando —respondió—. Pero si quieren volver a interrogarlo, lo harán conmigo y después de que podamos examinar exactamente qué le atribuyen.
—Por supuesto.
—Y le agradecería que no se personaran en el taller mientras haya cámaras esperando en la puerta.
Su petición era razonable. Quedamos en mantener el contacto por los cauces correspondientes y terminé la llamada.
Molina había permanecido junto a mi mesa.
—No le falta razón.
—No. Pero Lucas también nos ha ocultado información que necesitamos esclarecer.
—Seguimos sin saber dónde estuvo después de alejarse de la furgoneta.
—Entonces concentraremos ahí las comprobaciones. No quiero otra declaración que termine con las mismas preguntas.
A media mañana, Nuria nos llamó para enseñarnos el resultado de una comprobación que llevaba pendiente desde el primer día.
Había recuperado los registros del servicio de impresión de Santa Engracia.
—Andrés preguntó en recepción si podía imprimir unos documentos —recordó—. Belén nos dijo que no sabía si había llegado a enviarlos.
Nuria abrió el registro correspondiente al martes del asesinato.
—Pues lo hizo. A las ocho y treinta y seis se recibió un trabajo desde la cuenta vinculada a su reserva. La impresora terminó el proceso cuatro minutos después.
El sistema conservaba el nombre del archivo, el número de páginas y el resultado de la impresión, aunque el contenido del documento ya no estaba disponible en aquella aplicación.
—Seis páginas —comentó Molina.
Leí el nombre que figuraba en la pantalla.
Relación de entregas. 2017.
—¿Tenemos esas hojas entre los efectos del despacho? —pregunté.
—He revisado el inventario y no aparece ningún documento con ese título. Tampoco hay seis páginas que podamos identificar como un conjunto correspondiente a esa impresión.
Molina acercó una silla.
—Entonces alguien se las llevó.
—Sabemos que se imprimieron —respondió Nuria—. Lo que todavía no sabemos es quién las recogió ni si llegaron al despacho.
Revisé la hora.
Andrés había solicitado la impresión antes de recibir al visitante de las nueve. Podía haber recogido las hojas y guardarlas en el maletín marrón, dejarlas en otro lugar o entregárselas a alguien. También era posible que hubieran permanecido junto a la impresora sin que nadie se ocupara de ellas.
—¿El sistema registra quién retiró el trabajo? —pregunté.
—No. La impresora estaba en la zona de recepción y la aplicación únicamente confirma que terminó.
Le pedí que conservara el registro completo y comprobara si existía una copia del archivo en los dispositivos intervenidos.
Molina seguía mirando el título.
—Otra vez 2017.
—Esta vez tenemos algo más preciso —respondí—. Sabemos que preparó seis páginas aquella misma mañana y que todavía no las hemos localizado.
—Podrían estar dentro del maletín.
—Podrían. Necesitamos identificar primero qué contenían.
Nuria volvió a examinar los datos técnicos y comprobó que la impresión correspondía a un único archivo, no a varios documentos enviados por separado.
La diferencia resultaba útil. Andrés había preparado un conjunto concreto de información durante la mañana en que murió.
Por primera vez teníamos una referencia verificable de algo que podía haber desaparecido del despacho, aunque todavía faltaba demostrarlo.
Pilar nos recibió en la sala de trabajo con las fotografías originales de Santa Engracia.
Le mostramos el registro de impresión y le pedimos que comparara las seis páginas con el inventario de los documentos encontrados.
—Si queréis saber si estaban en el despacho, necesito algo más que el título del archivo —advirtió.
Abrió las imágenes del escritorio.
Las hojas sujetas con la pinza negra estaban ordenadas y correspondían a formularios administrativos, facturas y una relación de fechas. Habían sido documentadas individualmente antes de retirarlas.
—Ninguna coincide con ese título —señaló—. Pero podría tratarse de un archivo cuyo nombre no describiera exactamente el contenido.
Molina le mostró la fotografía del cajón superior.
—¿Y aquí?
—Hay documentación desplazada y una marca compatible con un objeto que ya no estaba cuando llegamos. Seguimos sin poder identificarlo únicamente por su contorno.
Pilar abrió la relación de efectos.
—Lo que sí sabemos es que el ordenador, la cartera y otros objetos personales permanecieron allí. Si alguien retiró documentación, no parece que se llevara todo cuanto pudiera tener valor.
—¿Crees que buscaba algo específico? —pregunté.
—Es compatible con eso. También con que Andrés hubiera separado previamente lo que pensaba utilizar aquella mañana.
Nos mostró otra fotografía donde se distinguía el interior del archivador de dos cajones. Parte del contenido del superior había sido movido; el inferior conservaba una distribución mucho más regular.
—Quien revisó esto no lo vació todo. Hay carpetas que apenas cambiaron de posición.
—¿Podemos determinar cuáles se movieron primero?
—No con lo que tenemos. Y tampoco podemos identificar todavía quién las manipuló.
Me acerqué para observar la fotografía.
El desorden afectaba a una zona relativamente reducida. Quien hubiera buscado allí podía conocer qué necesitaba, aunque también podía haber encontrado algo relevante después de revisar varias carpetas.
Pilar pasó a la imagen general.
—Vuestra pregunta debería ser qué documentos esperaba encontrar quien entró en esa habitación. Saber si los encontró es otra cuestión.
El archivo impreso a las ocho y cuarenta podía ayudarnos a responderla.
Pero todavía teníamos que averiguar quién conocía su existencia.
Al regresar al despacho, Molina tenía preparada una grabación obtenida de una tienda de alimentación situada dos calles al oeste de Santa Engracia.
La cámara mostraba a Lucas entrando a las nueve y treinta y cuatro minutos. Compraba una botella de agua y permanecía junto al mostrador mientras el dependiente atendía a otra persona.
—Sale a las nueve y treinta y siete —explicó Molina—. Hemos comprobado también el pago. Utilizó su tarjeta bancaria.
En la grabación, Lucas guardaba la botella en el bolsillo de la chaqueta y abandonaba el establecimiento caminando hacia el oeste.
—Eso confirma que seguía en el barrio después de las nueve y veinticinco —comenté.
—Y que podía regresar al acceso secundario antes de las nueve y cuarenta y siete.
Molina reprodujo nuevamente la salida.
—Aunque aquí se marcha en dirección contraria.
—Puede haber dado la vuelta.
—Puede. Por eso quiero recuperar las imágenes de la siguiente esquina.
Consulté el plano.
El comercio estaba relativamente cerca de Santa Engracia, pero la cámara no permitía seguir a Lucas después de que cruzara la puerta.
—Necesitamos reconstruir el recorrido completo —dije—. Esta compra demuestra dónde estaba a las nueve y treinta y cuatro, no dónde estuvo diez minutos después.
Molina señaló la pantalla.
—Por lo menos ahora tenemos algo entre su llegada y la salida de la furgoneta.
Acepté que incorporara la grabación a la secuencia y que continuara las comprobaciones de las calles situadas al oeste.
Después me reuní con el responsable de la unidad para explicarle la situación de Lucas y las informaciones publicadas.
Quería saber si existían elementos suficientes para solicitar nuevas medidas contra él.
Le expuse las amenazas, el testimonio de Mercedes, las grabaciones y la falta de una explicación completa sobre sus movimientos.
—¿Puedes colocarlo dentro del despacho? —preguntó.
—Todavía no.
—¿Y tienes alguna prueba de que utilizara la tarjeta?
—Ninguna.
Examinó el resumen que le había llevado.
—Entonces continúa comprobándolo. Pero quiero que seamos especialmente cuidadosos con lo que sale de esta unidad. No pienso permitir que una investigación por homicidio se convierta en un juicio público construido con declaraciones de vecinos.
Salí de su despacho con la decisión de mantener abiertas ambas líneas.
Lucas seguiría siendo investigado. También Verónica, cuya presencia durante el intervalo del asesinato permanecía sin acreditar.
Había motivos para sospechar de ambos, aunque por razones diferentes.
Aitana llegó a última hora de la tarde para recoger las reproducciones de las fotografías familiares que le habíamos ofrecido enseñarle.
La recibí en una sala pequeña junto al despacho. Habíamos preparado las imágenes autorizadas para su consulta, separadas del resto de los efectos intervenidos.
En cuanto vio la bicicleta, acercó la fotografía hacia la ventana.
—Este era el parque donde aprendí a montar —dijo—. Mi padre me prometió que, cuando pudiera hacerlo sola, iríamos hasta casa sin bajarme.
Se quedó examinándola durante un rato.
—Llegué agotada. Pero no quise reconocerlo porque él me había dicho que yo podía.
Dejó la imagen junto a otra donde aparecía Andrés sentado en una terraza.
—He leído lo de Lucas.
Esperé a que continuara.
—Dicen que amenazó a mi padre.
—Estamos investigando las circunstancias de esas comunicaciones.
—¿Creen que lo mató?
—Todavía no hemos establecido quién lo hizo.
Aitana recogió las fotografías y las alineó cuidadosamente.
—Quería conocerlo porque pensé que podríamos hablar de lo ocurrido con su hermano. Ahora no sé si querrá hacerlo.
—No conviene que intente contactar con él mientras se están aclarando estas circunstancias. Además, ambos tendríais que estar de acuerdo.
—Lo entiendo.
Guardó las imágenes en el sobre que le habíamos facilitado.
—Mi padre le quitó nueve años de respuestas a esa familia, inspector. Lucas pudo hacer cosas equivocadas intentando encontrarlas. Pero espero que no decidan que eso lo convierte en asesino.
—Las decisiones tendrán que apoyarse en las pruebas, Aitana.
Me observó unos segundos antes de levantarse.
—Eso mismo me dijo cuando hablamos de mi padre.
—Y sigue siendo lo que corresponde hacer.
Aitana se colgó el bolso al hombro. Antes de marcharse sacó otra vez la fotografía de la bicicleta y la dejó sobre el sobre, como si quisiera llevarla separada del resto.
La acompañé hasta la salida.
En el pasillo nos cruzamos con Molina, que regresaba de revisar las grabaciones. Se detuvo para saludarnos y continuó hacia su mesa.
Aitana esperó a que se alejara.
—Cuando sepan quién está enterrado bajo el nombre de mi padre, quiero que la familia de Saúl pueda conocer la verdad antes de leerla en un periódico.
Le aseguré que las comunicaciones oficiales se organizarían con las garantías necesarias.
Después se despidió.
Regresé al despacho, donde Molina había dejado abierta la grabación de la tienda. La imagen mostraba a Lucas saliendo con la botella de agua en la mano.
Nos sentamos a examinar los segundos posteriores, mientras el dependiente atendía al siguiente cliente y la puerta automática volvía a cerrarse.
Molina avanzó hasta el momento en que Lucas desaparecía del encuadre.
—La siguiente cámara está al otro lado de esa esquina —me indicó.
Le pedí que me mostrara el plano del recorrido.