El testigo que murió dos veces (Los casos de Rivas 5) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Una teoría demasiado buena

La mujer que había visto discutir a Lucas Ibáñez con Andrés Mena trabajaba en una tienda de material de oficina a pocos metros de Santa Engracia.

Se llamaba Mercedes Pardo y había reconocido a Lucas en una de las imágenes que nuestros compañeros le enseñaron mientras comprobaban los establecimientos de la zona.

Nos recibió detrás del mostrador, ocupada en preparar un pedido de carpetas y cajas de archivo. Antes de atendernos terminó de comprobar las cantidades de un albarán y pidió a una empleada que llevara los paquetes al almacén.

—Ya les dije a sus compañeros que no escuché toda la conversación —advirtió—. Había bastante tráfico y yo estaba trabajando.

—Nos interesa lo que recuerde, aunque sea poco —respondí.

Mercedes se quitó las gafas y señaló la acera de enfrente.

—Fue el viernes anterior a que encontraran muerto a ese hombre. Estaba sacando unas cajas para el servicio de recogida cuando vi a dos personas discutiendo junto a un coche aparcado.

—¿Reconoce a alguna?

—Al que me enseñaron en la fotografía. El otro era el hombre que salió en las noticias.

Molina le mostró dos imágenes separadas. Mercedes identificó a Lucas sin vacilar y reconoció a Andrés después de examinar la fotografía durante unos segundos.

—¿Qué estaban haciendo?

—El más alto intentaba marcharse, pero el otro se colocaba delante. Hablaban bastante fuerte.

—¿Vio algún contacto físico?

Mercedes dejó las gafas sobre el mostrador.

—El hombre de la furgoneta lo agarró del brazo. No fue una pelea, pero el otro tuvo que apartarle la mano.

Lucas había reconocido una discusión, aunque no había mencionado aquel contacto.

—¿Oyó alguna amenaza? —pregunté.

—Escuché algo sobre una denuncia y sobre una persona que había desaparecido. No puedo decirle las palabras exactas.

—¿Recuerda quién mencionó la denuncia?

—El hombre que estaba más enfadado. Creo que era el de la furgoneta.

Mercedes nos acompañó hasta la puerta para indicar dónde había ocurrido.

Desde allí podía verse parte de la acera donde Lucas afirmaba haber abordado a Andrés el viernes. La distancia era corta, aunque el ruido de los vehículos dificultaba escuchar una conversación normal.

—¿Cuánto tiempo los observó?

—Menos de un minuto. Cuando regresé al mostrador seguían discutiendo. Después salí con otro paquete y ya se habían marchado.

Le pregunté cómo podía recordar que había ocurrido aquel viernes.

—Porque esa tarde cerrábamos antes para cambiar unos estantes. Lo tengo anotado en el cuadrante, si necesitan comprobarlo.

Molina tomó nota de la referencia.

Antes de despedirnos, Mercedes volvió a mencionar el momento en que Lucas había agarrado a Andrés.

—Lo que me llamó la atención fue que el hombre mayor no parecía querer discutir. Intentaba irse y el otro no lo dejaba.

Su interpretación podía estar condicionada por lo que ahora sabía del asesinato, pero el gesto que describía era concreto.

Cuando salimos, Molina miró hacia el lugar señalado.

—Lucas nos contó la discusión, pero se guardó que llegó a tocarlo.

—Habrá que preguntarle por qué.

—También puede ser que lo considerara poco importante.

Observé la distancia entre el establecimiento y la zona donde Mercedes había visto a los dos hombres.

—Para nosotros sí puede serlo.

Regresamos a Santa Engracia antes del mediodía. Quería comprobar los recorridos que habíamos reconstruido a partir de las cámaras, esta vez partiendo de la furgoneta de Lucas.

Molina aparcó cerca del lugar donde la Kangoo aparecía estacionada a las ocho y siete.

—Desde aquí se ve la entrada principal —comentó.

Nos colocamos junto a la fachada de un comercio cerrado. El despacho ocho estaba dos plantas más arriba, fuera de nuestro campo visual.

Andrés había llegado alrededor de las ocho y veinte. Lucas afirmaba haberlo visto entrar y esperado durante algún tiempo.

Entre aquella llegada y la salida de la furgoneta, después de las diez y media, teníamos un intervalo suficientemente amplio para que Lucas hubiera realizado distintos desplazamientos.

Molina señaló el acceso secundario.

—Desde aquí se tarda poco en llegar a esa puerta.

Caminamos hasta la zona de carga. Había un repartidor descargando cajas de una pequeña camioneta y dos empleados trasladaban material hacia el interior.

El movimiento confirmaba lo que Antonio Belmonte nos había explicado durante la inspección: la entrada exterior se utilizaba habitualmente para entregas.

Subimos por la escalera autorizados por el responsable del inmueble y nos detuvimos ante el lector de la segunda planta.

—Si Lucas entró por aquí, necesitaba una tarjeta o que alguien le facilitara el paso —dije.

Molina examinó el marco de la puerta.

—Podría haber seguido a un trabajador.

—Es posible. Pero no tenemos a nadie que lo haya visto hacerlo.

—La figura de las nueve y cuarenta y tres podría ser él.

—Y también podría ser cualquier otra persona.

Molina consultó las fotografías conservadas en su teléfono de trabajo.

—La ropa parece compatible con la que llevaba al bajar de la furgoneta.

Me mostró ambas imágenes.

En la primera, Lucas aparecía de espaldas, junto a la Kangoo. La segunda recogía una figura parcialmente oculta cerca del acceso secundario.

Había semejanzas en el color de la ropa, pero la calidad de la segunda grabación impedía establecer una correspondencia fiable.

—Necesitamos que Científica termine el examen de las imágenes originales —respondí.

Molina guardó el teléfono.

—Si fue Lucas, pudo entrar a las nueve y cuarenta y siete, llegar al despacho y salir antes de las diez y dieciséis. Después habría tenido tiempo para regresar a la furgoneta.

El recorrido era físicamente posible. También necesitaba que aceptáramos varias circunstancias que todavía carecían de prueba.

—¿Qué habría hecho con la tarjeta? —pregunté.

—Guardarla. Deshacerse de ella. Cualquiera de las dos cosas.

—Primero tendría que haberla conseguido.

Molina volvió a mirar el lector.

La autorización utilizada a las nueve y cuarenta y siete pertenecía a una empresa que había abandonado el edificio años atrás. Lucas no tenía ninguna relación acreditada con ella.

—Eso sigue sin encajar —admitió.

—Y tampoco sabemos si el hombre que se acercó a esta entrada llegó a utilizarla.

Bajamos por las escaleras.

Al regresar a la calle, Molina se detuvo junto a la zona desde la que podía observarse la salida del edificio.

—Hay otra posibilidad. Que Lucas entrara para hablar con Andrés y la discusión acabara mal. Después pudo aprovechar la escalera para marcharse.

—En ese caso necesitamos explicar igualmente cómo atravesó la puerta de la planta y qué ocurrió con los documentos.

—Podría haber buscado algo que demostrara la falsa muerte.

—También. Pero en su declaración dice que no entró.

Molina observó el edificio durante unos segundos.

—Ya nos ocultó otras cosas.

Era cierto.

Y precisamente por eso resultaba sencillo atribuirle cualquier otra mentira.

Pilar había preparado las fotografías de la escena sobre una mesa de trabajo cuando llegamos a Científica.

Le había pedido que revisáramos juntos el estado de los cajones, los documentos y la distribución de los objetos antes de intentar reconstruir una posible intervención de Lucas.

—Espero que no hayáis venido a preguntarme si una carpeta tiene aspecto de culpable —comentó mientras conectaba la pantalla.

Molina dejó su chaqueta sobre una silla.

—Todavía no. Primero queremos saber si un hombre enfadado pudo registrar esto después de matar a alguien.

Pilar abrió la imagen general del despacho.

En el suelo aparecían varias carpetas desplazadas y una silla fuera de su posición habitual. Sobre la mesa, los documentos sujetos con una pinza negra mantenían una disposición mucho más ordenada.

—Pudo hacerlo —respondió—. Lo que quiero saber es por qué suponéis que ocurrió exactamente así.

Le explicamos la hipótesis.

Lucas había descubierto que Andrés estaba vivo, lo había vigilado durante semanas y lo había amenazado.

La mañana del martes llegó al edificio con la intención de exigirle respuestas.

La discusión se agravó, Andrés sufrió una agresión mortal y Lucas intentó encontrar documentación sobre el incendio antes de marcharse.

Pilar escuchó mientras ampliaba la fotografía del cajón superior.

—La hipótesis explica un motivo. Pero la escena todavía no permite establecer quién abrió este cajón ni en qué momento.

Señaló la marca rectangular que habíamos observado durante la primera inspección.

—Aquí pudo haber una caja o una carpeta gruesa. El objeto ya no estaba cuando llegamos. Eso no significa necesariamente que se lo llevara quien provocó la muerte.

—¿Y los documentos desplazados? —preguntó Molina.

—Se examinaron varias zonas de contacto. Todavía estamos contrastando los resultados obtenidos. Lo que sí podemos decir es que parte del contenido fue movido sin vaciar completamente el cajón.

Pilar cambió de fotografía.

—Si Lucas entró únicamente para enfrentarse a Andrés, tendría que explicar por qué se ocupó de revisar documentación después de una agresión. Quizá buscaba algo concreto. Quizá ya conocía el contenido. O quizá vuestra secuencia está equivocada.

Me acerqué a la pantalla.

—Lucas llevaba meses siguiéndolo, pero no tenemos pruebas de que conociera la organización del despacho.

—Entonces no lo deis por supuesto.

Pilar abrió la imagen de la mesa.

—Además, seguís teniendo este conjunto de hojas perfectamente colocado. Puede que Andrés lo preparara antes de recibir a alguien. Puede que otra persona lo manipulara. No tenemos una secuencia completa de los movimientos.

—¿La autopsia permite precisar algo más sobre el tiempo disponible? —pregunté.

—La lesión es compatible con una agresión violenta y el intervalo médico-forense sigue siendo lo bastante amplio como para necesitar las demás pruebas. No voy a convertir una estimación en una hora exacta.

Molina se acercó a la imagen del archivador.

—Si el asesino buscaba un expediente de 2017, ¿habría podido localizarlo sin conocer el despacho?

—Depende de cómo estuviera organizado y de si sabía qué documento necesitaba. Eso tendréis que investigarlo vosotros.

Pilar regresó a la fotografía general.

—Os estáis acercando a la escena con una persona ya elegida. Probad también la reconstrucción sin ponerle nombre.

Su observación me hizo volver a mirar los objetos.

El escenario admitía una discusión que hubiera terminado con una agresión. También una entrada motivada principalmente por la búsqueda de documentación.

Hasta entonces habíamos considerado ambas posibilidades.

Ahora empezábamos a conceder demasiado peso a la primera porque conocíamos a alguien que tenía motivos para odiar a Andrés.

Por la tarde reuní a Molina y Nuria para ordenar los indicios relacionados con Lucas.

Utilizamos una pizarra donde anotamos únicamente los hechos que podíamos respaldar mediante documentos, declaraciones o grabaciones.

La vigilancia previa estaba reconocida por Lucas. Las amenazas constaban en correos cuya procedencia se estaba verificando. Mercedes había aportado un testimonio independiente sobre la discusión del viernes, y la Kangoo aparecía cerca de Santa Engracia durante la mañana del crimen.

Todo aquello justificaba mantenerlo como sospechoso.

La dificultad surgía cuando intentábamos completar sus movimientos después de las nueve y veinticinco.

Molina trazó una línea entre la posición de la furgoneta y el acceso de servicio.

—Si entró a las nueve y cuarenta y siete, pudo encontrarse con Andrés cuando este seguía en el despacho.

—Pero no podemos situarlo dentro —intervino Nuria.

—Todavía.

—Tampoco sabemos si llevaba la tarjeta.

Molina dejó el rotulador.

—Ya sé lo que no tenemos. Lo que estoy diciendo es que la secuencia resulta posible.

—Resulta posible —respondí—. Ahora tenemos que averiguar si ocurrió.

Me acerqué a la pizarra.

Habíamos colocado el nombre de Lucas junto a la apertura de las nueve y cuarenta y siete, aunque esa asociación no procedía de ningún registro.

Lo borré.

En su lugar escribí: «Usuario no identificado».

Molina observó la modificación sin decir nada.

—Lucas sigue siendo una línea prioritaria —añadí—. Pero no voy a sostener que utilizó esa puerta hasta que encontremos alguna prueba.

—¿Y qué hacemos con su negativa a facilitar una coartada?

—Comprobar sus movimientos por nuestra cuenta. Ya has empezado a hacerlo.

Nuria señaló otra anotación.

—Mientras tanto, Verónica tampoco ha acreditado dónde estuvo durante todo el intervalo.

—Lo sé. Quiero que ambas investigaciones continúen sin depender una de la otra.

Molina recogió el rotulador y volvió a marcar las calles donde seguían examinando imágenes de aquella mañana.

Durante los siguientes minutos trabajamos sobre el recorrido de Lucas sin atribuirle movimientos que todavía no podíamos acreditar. Había varios lugares donde podía haber sido registrado, aunque su presencia no figuraba aún entre las imágenes identificadas.

Cuando terminamos, Molina dejó el plano junto a la pizarra.

—Con todo lo que tenemos, Lucas sigue siendo el sospechoso más evidente.

Examiné las fotografías de la discusión, las amenazas y la furgoneta.

Era una explicación convincente.

Precisamente por eso necesitábamos comprobar con especial cuidado las piezas que todavía sosteníamos únicamente mediante suposiciones.

Molina se llevó las imágenes para continuar la reconstrucción. Yo permanecí unos minutos frente a la pizarra, hasta que borré también una flecha que habíamos dibujado entre el despacho ocho y la salida de las diez y dieciséis.

Dejé las dos horas en su sitio. La flecha tendría que esperar.