CAPÍTULO 18 #2
—Ya lo sé. He pedido a la empresa que perdió la autorización que nos confirme quién tuvo acceso a las tarjetas durante la mudanza.
Se marchó para hablar con los agentes que revisaban las cámaras.
Yo regresé al borrador de Andrés.
La lista de personas a las que quería dirigirse seguía abierta en la pantalla. Algunas habían sido localizadas durante nuestra investigación y otras aparecían únicamente identificadas mediante referencias profesionales.
Pensé en la cantidad de explicaciones que Andrés pretendía ofrecer durante una sola semana.
Había hablado con Aitana, discutido con Lucas y reservado una consulta para regularizar su identidad. También había intentado localizarme.
Su propósito parecía claro. Lo que desconocíamos era a quién había comunicado suficientemente esos planes como para que su regreso supusiera una amenaza inmediata.
Por la tarde recibimos a Aitana y a su madre. Habíamos acordado la entrevista después de que Aitana le explicara personalmente lo sucedido y ambas pudieran decidir cómo continuar.
La madre de Aitana se llamaba Silvia. Había traído una carpeta con documentación antigua, aunque la dejó cerrada durante buena parte de la conversación.
Se sentó junto a su hija y me pidió que le explicara qué teníamos acreditado.
Repasamos la identificación dactiloscópica de Andrés, la investigación de su asesinato y las actuaciones que estaban en marcha para identificar los restos enterrados en 2017.
Silvia escuchó sin interrumpirme hasta que mencioné la revisión del cadáver.
—Durante nueve años llevé flores a aquella tumba —dijo—. Mi hija me ha contado que quizás haya otra familia que siga buscando a su hijo.
—Estamos comprobando esa posibilidad. Todavía necesitamos los resultados forenses.
—¿Y Andrés lo sabía?
La pregunta se parecía a otras que me habían hecho desde el inicio del caso.
—Hemos encontrado escritos donde reconoce que permitió mantener una identificación que consideraba equivocada. Necesitamos determinar qué información tenía realmente en 2017.
Silvia abrió por fin la carpeta.
—Antes del incendio me dijo que necesitaba marcharse por trabajo. Aitana se acordaba de aquello, pero yo había olvidado una parte de la conversación.
Su hija volvió la cabeza hacia ella.
—¿Qué parte?
Silvia buscó entre las hojas, aunque terminó dejándolas sobre sus rodillas.
—Le pregunté cuánto tiempo iba a estar fuera. Dijo que dependía de cómo salieran unas gestiones. Yo pensé que hablaba de clientes, como siempre.
—¿Le explicó qué gestiones eran? —pregunté.
—No. Estábamos pasando una época complicada y yo ya estaba cansada de hablar de sus problemas profesionales.
Aitana permaneció callada.
—¿Discutieron? —pregunté.
—Bastante. Pero eso no significa que pensara que iba a fingir su muerte. Yo creía que nos marcharíamos de casa por separado, no que lo enterraría.
Silvia guardó las hojas.
—Ahora resulta que había preparado todo aquello y que nueve años después quería volver. No sé qué esperaba que hiciéramos.
Le expliqué que Andrés había reservado una consulta jurídica y que conservaba borradores sobre lo ocurrido. Evité atribuirle intenciones que no pudiéramos acreditar.
—¿Escribió algo para nosotras? —preguntó Aitana.
—Tenemos anotaciones donde figuran sus nombres. Habrá que determinar qué documentos pueden entregarse a la familia y en qué condiciones.
Silvia miró a su hija.
—¿Tú quieres leerlos?
Aitana tardó un momento en responder.
—Sí. Aunque no sé si quiero hacerlo ahora.
Su madre le cogió la mano.
Permanecieron unos segundos sin hablar. Después Silvia volvió hacia mí.
—Cuando sepan quién está enterrado, queremos que nos lo digan juntas.
—Así lo organizaremos.
Silvia se levantó sin recoger inmediatamente su carpeta. Aitana la ayudó a colocar las hojas y ambas salieron después de confirmar cómo mantendríamos el contacto.
Al regresar a mi mesa encontré la copia de la confirmación de la cita con Patricia Olmedo.
Andrés había reservado aquella reunión para las doce y media del martes. Antes de esa hora ya estaba muerto.
Guardé el documento con los borradores de 2017 y dejé separadas las anotaciones de Alicante.
Había intentado preparar su regreso de distintas maneras: hablando con las personas a las que había perjudicado, reuniendo documentos y buscando asesoramiento para reconocer oficialmente lo que había hecho.
La reunión con Patricia nunca se celebró, pero sus preparativos nos permitían distinguir algunas de las responsabilidades que pretendía asumir.
Aún teníamos que demostrar quién había conocido esos planes antes del asesinato.
Llamé a Molina para comprobar cómo avanzaba la reconstrucción de Lucas. Seguía trabajando con las cámaras y había decidido ampliar el recorrido a las calles situadas al oeste de Santa Engracia.
Le indiqué que continuara.
Después cerré el borrador de Andrés y volví al expediente del homicidio.
En lugar de añadir nuevos nombres a la lista de sospechosos, empecé a ordenar las comunicaciones acreditadas durante los últimos días de su vida, separando aquellas cuya recepción podíamos demostrar de las que únicamente había preparado.
La diferencia iba a ser importante para decidir a quién debíamos volver a preguntar.