El testigo que murió dos veces (Los casos de Rivas 5) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

El hermano del enterrado

La furgoneta de Lucas Ibáñez aparecía en una grabación de la mañana del asesinato. Molina había conseguido identificar la matrícula después de revisar las imágenes de un comercio situado en una calle próxima a Santa Engracia.

—Mira dónde se detiene —me dijo.

El vehículo era una Renault Kangoo blanca, con una abolladura junto al piloto trasero izquierdo. Aparecía a las ocho y siete minutos y estacionaba en una zona de carga, a poca distancia del acceso principal al edificio.

El conductor bajaba por el lado de la calzada, cerraba la puerta y se alejaba caminando hacia Santa Engracia. La cámara lo recogía de espaldas durante unos segundos, antes de que desapareciera detrás de otro vehículo.

—¿Has comprobado la titularidad? —pregunté.

—Está a nombre de Lucas. También coincide el daño de la carrocería con las fotografías de la furgoneta que utiliza en el taller.

Molina avanzó hasta otro fragmento.

A las diez y veintidós, la Kangoo continuaba aparcada en el mismo lugar. Las imágenes disponibles no permitían establecer cuándo había regresado su conductor, aunque una cámara situada más adelante recogía el vehículo circulando hacia el sur poco después de las diez y media.

—¿Tenemos imágenes de Lucas entrando en el edificio?

—Ninguna que permita identificarlo. Tampoco aparece en recepción.

Volví a reproducir el primer fragmento.

Habíamos conocido a Lucas como el hermano de un trabajador desaparecido que llevaba nueve años solicitando respuestas. Ahora disponíamos de una prueba que lo situaba cerca del lugar donde Andrés había sido asesinado, durante la mañana del crimen.

—En nuestra primera entrevista no mencionó que hubiera estado allí —recordé.

—Ni que conociera a Rubén antes de que le explicáramos quién era.

Molina detuvo la grabación en el momento en que la furgoneta quedaba estacionada.

—Quiero preguntarle por las dos cosas.

—Primero vamos a comprobar qué puede acreditar el resto de las cámaras. Y lo citaremos con todas las garantías correspondientes.

Su proximidad al edificio justificaba nuevas comprobaciones. También nos obligaba a tratar su posible implicación con una cautela distinta de la que habíamos empleado cuando acudimos al taller para preguntarle por Saúl.

Lucas llegó a comisaría acompañado de una abogada. Había aceptado comparecer después de que le explicáramos que necesitábamos interrogarlo sobre sus movimientos y que existían indicios que podían comprometerlo en la investigación.

Se le informó formalmente de sus derechos antes de iniciar la declaración.

Su abogada, Carmen Vidal, tendría unos cuarenta y cinco años y llevaba una carpeta pequeña bajo el brazo. Antes de sentarse comprobó que Lucas tenía agua y que podía consultar con ella si lo necesitaba.

Él había venido con ropa de trabajo. Tenía una mancha de grasa en la manga y una pequeña herida junto al pulgar que parecía reciente.

—Me dijeron que habían encontrado algo importante —comentó cuando terminamos las formalidades—. Pensé que era sobre mi hermano.

—Estamos investigando sus movimientos durante la mañana en que murió Andrés Mena.

Lucas miró a su abogada.

—Ya.

Coloqué delante de ellos una imagen de la furgoneta.

—¿Es suya?

La examinó unos segundos.

—Sí.

—¿Estuvo en Santa Engracia aquel martes?

—Estuve por allí.

—¿A qué fue?

Lucas se acomodó en la silla.

—Quería hablar con Andrés.

Carmen intervino antes de que continuara.

—Mi cliente va a explicar lo que recuerde, pero queremos conocer el alcance de los hechos por los que se le está preguntando.

Le mostré la información sobre el vehículo y aclaré que todavía no existía una identificación que lo situara dentro del despacho.

Lucas había dejado de mirar la fotografía.

—Entonces saben que yo conocía a Rubén antes de que ustedes me lo dijeran.

—Eso necesitamos aclararlo.

Durante un momento pareció dispuesto a discutir, pero terminó apoyando las manos sobre la mesa.

—Lo encontré hace unos meses. Estaba buscando información de las empresas que habían trabajado cerca del almacén de Saúl. Me apareció una fotografía suya en una página de servicios administrativos.

—¿Con el nombre de Rubén Otero?

—Sí. Al principio pensé que se parecía a Andrés. Busqué más fotografías y empecé a estar seguro de que era él.

—¿Por qué no nos lo contó cuando fuimos al taller?

—Porque llevaba años intentando que alguien revisara la identificación del incendio y nadie me hacía caso. Si empezaba diciéndoles que había estado siguiendo a un hombre, pensé que dejarían de escucharme.

—Pero nos preguntó quién era el hombre asesinado.

Lucas sostuvo mi mirada.

—Quería saber cuánto sabían ustedes.

Recordé la conversación en Usera. Había preguntado por la víctima, por su nombre y por la posibilidad de que alguien la hubiera matado a causa de la desaparición fingida.

En aquel momento interpreté sus preguntas como las de una persona que acababa de recibir información inesperada.

Ahora conocíamos una parte de lo que había omitido.

—¿Llegó a hablar con Andrés antes del asesinato?

—Sí.

Lucas explicó que durante varias semanas había acudido a lugares donde Rubén Otero prestaba servicios. Lo había visto entrar en oficinas, comprar en establecimientos próximos a su domicilio y reunirse con algunos clientes.

—¿Cuántas veces lo siguió? —preguntó Molina.

—No llevé la cuenta. Cuatro o cinco, quizá alguna más.

—¿Y qué esperaba conseguir?

—Que me dijera qué ocurrió en el incendio.

Lucas se inclinó hacia delante.

—Ese hombre estuvo muerto nueve años. Mi hermano desapareció al mismo tiempo. Díganme ustedes qué habrían pensado.

—¿Cuándo habló con Andrés? —pregunté.

—El viernes anterior a que lo mataran. Lo esperé cerca de Santa Engracia, cuando salió de uno de esos despachos.

—¿Qué ocurrió?

—Le pregunté si era Andrés Mena. Al principio me dijo que me estaba confundiendo, pero cuando mencioné a Saúl cambió de actitud.

Lucas se detuvo para beber agua.

—Me preguntó quién era yo. Le dije que era su hermano y que llevaba años intentando averiguar dónde había terminado.

—¿Reconoció que se llamaba Andrés?

—No directamente. Pero dejó de insistir en que yo estaba confundido.

—¿Qué le dijo sobre Saúl?

Lucas movió la botella entre las manos.

—Que lo sentía. Eso fue todo. Le pedí que me explicara qué había pasado y dijo que necesitaba tiempo, que estaba preparando algunas cosas.

—¿Le habló de un cadáver enterrado bajo su nombre?

—Fui yo quien se lo preguntó.

Esperé.

—Le dije que, si alguien había muerto en su lugar, podía ser mi hermano. Me contestó que había cometido errores que necesitaba reparar.

—¿Reconoció que los restos fueran de Saúl?

—No.

Carmen dejó el bolígrafo sobre la carpeta.

—Conviene que quede claro que mi cliente está reproduciendo una conversación que no grabó. Algunas expresiones pueden no ser literales.

Lucas asintió, aunque parecía molesto por la interrupción.

—Lo que recuerdo perfectamente es que me pidió que no hablara con nadie todavía.

—¿Aceptó?

—¿Usted qué cree?

Su abogada le tocó ligeramente el brazo.

Lucas se recostó.

—Discutimos. Le dije que llevaba nueve años esperando y que no pensaba concederle más tiempo.

—¿Llegó a amenazarlo?

Me miró antes de responder.

—Sí.

Había utilizado una dirección profesional de correo electrónico para enviar varios mensajes a Rubén. La encontró entre los datos de contacto publicados de sus servicios administrativos.

Lucas permitió que examináramos las comunicaciones que había conservado, sin perjuicio de su posterior verificación.

En una de ellas escribió que denunciaría públicamente la falsa muerte. En otra advertía que iría a buscarlo personalmente si continuaba evitando sus preguntas.

El mensaje más comprometedor estaba fechado el lunes anterior al asesinato.

«Si mi hermano está enterrado con tu nombre, vas a pagar por lo que hiciste».

Molina lo leyó y dejó el documento entre nosotros.

—¿Qué quería decir con pagar?

—Que iba a denunciarlo.

—Eso no es lo que escribió —respondió Molina.

Lucas apartó la mirada.

—Estaba furioso.

—¿Pensó en hacerle daño?

—Pensé en muchas cosas. Pero no lo maté.

Carmen pidió que su respuesta quedara recogida íntegramente y solicitó unos minutos para hablar con su cliente. Suspendimos la declaración mientras ambos permanecían en una sala separada.

Cuando regresaron, Lucas parecía menos dispuesto a discutir.

—Quiero que sepan una cosa —dijo—. Yo no sabía que Andrés iba a morir. Quería que me dijera qué había pasado con Saúl y estaba dispuesto a seguirlo hasta conseguirlo.

—¿Por eso estaba junto a Santa Engracia el martes? —pregunté.

—Sí.

—¿Lo vio entrar?

—Llegué antes que él. Lo vi desde la calle, con su maletín. Esperé un rato porque pensé que saldría pronto.

La referencia al maletín me hizo volver a una de las primeras anotaciones del homicidio.

—¿Cómo era?

Lucas separó las manos para señalar su tamaño.

—Marrón, de piel. Bastante usado. Lo llevaba junto al cuerpo.

Su descripción coincidía en términos generales con la que Belén Fuentes había facilitado el día del asesinato.

—¿Vio salir a Andrés?

—No.

—¿Y entró usted en el edificio?

—No llegué a entrar.

—¿Qué hizo después de esperarlo?

Lucas miró a Carmen.

—Me marché.

—Necesito que me explique adónde.

Su abogada intervino.

—Mi cliente ha respondido sobre su presencia en la zona. Respecto a sus desplazamientos posteriores, queremos reservarnos la posibilidad de aportar una explicación completa con la documentación que corresponda.

—¿Estuvo en algún lugar donde alguien pueda confirmar su presencia? —pregunté a Lucas.

—Sí.

—¿Puede decirnos cuál?

Miró otra vez a su abogada.

—Tengo que hablar antes con una persona. Es un asunto familiar que no tiene nada que ver con Andrés.

—Lucas, estamos investigando un homicidio —dije—. Su vehículo permaneció cerca del edificio durante el intervalo que estamos reconstruyendo. Si puede acreditar que estuvo en otro lugar, conviene que lo sepamos.

—Lo entiendo.

—Entonces necesitamos esa información.

Carmen levantó una mano.

—Por el momento, mi cliente no va a contestar a esa pregunta. Cuando podamos aportar los datos que considere pertinentes, lo haremos por los cauces correspondientes.

No insistí. Habíamos explicado sus derechos y podía ejercerlos.

Pero su negativa dejaba una parte importante de aquella mañana sin reconstruir.

Al terminar la declaración, Lucas permaneció sentado mientras Carmen recogía los documentos.

—¿Van a contarle todo esto a mi madre? —preguntó.

—No tenemos previsto facilitarle información de sus declaraciones fuera de las comunicaciones que legalmente correspondan.

—Lleva años esperando noticias de Saúl. Si ve mi nombre relacionado con un asesinato, no sé qué va a pensar.

Carmen le recordó que hablarían de aquello en privado.

Lucas se levantó, pero antes de llegar a la puerta volvió hacia nosotros.

—Cuando vinieron al taller me dijeron que iban a investigar qué había pasado con mi hermano.

—Seguimos haciéndolo.

—¿Aunque ahora crean que maté a Andrés?

—Estamos comprobando lo que ocurrió. Su situación no cambia nuestra obligación de averiguar quién murió en 2017.

Lucas se quedó unos segundos frente a mí.

—Espero que sea verdad.

Salió acompañado de su abogada.

Molina esperó a que cerraran la puerta para recuperar las imágenes de Santa Engracia.

Colocó junto a la pantalla una copia de los mensajes y empezó a comparar las horas.

Lucas reconocía haber vigilado a Andrés, haberlo amenazado y haber discutido con él pocos días antes de su muerte. También admitía haber estado cerca del lugar del asesinato aquella misma mañana.

Su vehículo estaba documentado allí durante una franja relevante y, por el momento, no había querido facilitar su recorrido posterior.

Eran indicios que exigían investigación.

—Tenemos que comprobar si pudo llegar al despacho ocho —dijo Molina.

—Y si utilizó alguno de los accesos.

—La tarjeta de las nueve y cuarenta y siete no está vinculada con él.

—Lo sé. Tampoco sabemos quién la utilizó.

Molina volvió a la imagen de las nueve y cuarenta y tres, donde una persona se acercaba al acceso secundario. La figura quedaba parcialmente oculta y no podíamos identificarla por su rostro.

—Podría ser Lucas —comentó.

—Podría ser otra persona. Necesitamos algo más que una coincidencia horaria.

Molina amplió la imagen original hasta donde su resolución permitía distinguir detalles.

—Voy a comparar la ropa con la que aparece llevando cuando baja de la furgoneta.

—Y quiero que recuperemos el tramo completo entre ambas grabaciones, sin dar por supuesto que siguió el recorrido que estamos imaginando.

Antes de retirarse, señaló los mensajes de Lucas.

—¿Crees que amenazaba en serio?

—Creo que quería obligar a Andrés a hablar. Hasta dónde estaba dispuesto a llegar es otra cuestión.

Recogí la declaración y la coloqué en el expediente del homicidio. La documentación de Saúl quedó en su carpeta independiente, con las diligencias de identificación todavía abiertas.

Habíamos descubierto que Lucas nos había ocultado información importante. También que tenía motivos para odiar a Andrés y que había estado cerca de su despacho durante la mañana del asesinato.

Ahora necesitábamos reconstruir sus movimientos sin convertir esa explicación posible en una conclusión.

Molina regresó a la pantalla y volvió a reproducir la salida de la Kangoo, poco después de las diez y media.

Me acerqué para examinarla con él.