El testigo que murió dos veces (Los casos de Rivas 5) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

La hija de Andrés

Aitana Mena había escogido una cafetería de la plaza de Olavide para hablar conmigo. Cuando llegué, ocupaba una mesa junto a la ventana, con una taza de café casi intacta y el teléfono colocado boca abajo.

Me había llamado aquella mañana para pedirme que nos viéramos antes de que organizáramos la entrevista pendiente con su madre. Le ofrecí recibirla en comisaría, pero insistió en que prefería hablar primero en otro lugar.

—Hay algo que no les he contado —me dijo cuando me senté—. Y quiero explicárselo yo.

La camarera se acercó y pedí un café. Aitana esperó a que se marchara antes de darle la vuelta al teléfono.

—Mi padre habló conmigo antes de que lo mataran.

La observé mientras desbloqueaba la pantalla.

—¿Andrés Mena?

—Sí.

—¿Cuándo?

—El jueves anterior a su muerte recibí un mensaje de un número que no conocía.

Buscó una conversación y me mostró la pantalla. Había varias comunicaciones, con sus fechas y horas, que no había borrado.

El primer mensaje decía:

«Hola, capitana. Soy papá. Sé que no tengo derecho a pedirte nada, pero necesito hablar contigo».

Aitana retiró el teléfono antes de que pudiera examinarlo más detenidamente.

—Mi padre me llamaba capitana cuando era pequeña. Empezó a hacerlo el día que aprendí a montar en bicicleta sin ruedines. Me caí dos veces y terminé enfadándome con él porque no quería sujetarme.

Recordé las fotografías que habíamos encontrado en el piso de Rubén. En una de ellas, Andrés sostenía una bicicleta infantil mientras Aitana se ajustaba el casco.

—Conservaba una fotografía de aquella época —le dije.

Levantó la vista.

—¿De verdad?

—La encontramos entre sus pertenencias.

Aitana volvió a mirar el teléfono. Después buscó mi cara, como si necesitara comprobar que había entendido bien.

—Quiero verla.

—Podremos enseñarle las imágenes que sea posible facilitarle. Ahora necesito que me cuente qué ocurrió después del mensaje.

Apoyó el móvil sobre la mesa.

—Pensé que alguien estaba gastándome una broma. Contesté preguntando quién era y cómo había conseguido mi número.

Me mostró la respuesta.

«Soy Andrés. Tu padre. Comprendo que no me creas. Si me dejas llamarte, te lo explicaré».

—Lo bloqueé —continuó—. Pero al día siguiente desbloqueé el número. Quería saber quién estaba haciendo aquello.

—¿Y recibió una llamada?

—Por la tarde. Lo dejé sonar bastante antes de contestar.

Aitana pasó un dedo por el borde de la taza.

—Reconocí su voz casi inmediatamente. Hablaba igual. Incluso cuando estaba nervioso hacía unas pausas muy raras, como si estuviera pensando cómo terminar una frase que ya había empezado.

La camarera dejó mi café sobre la mesa. Esperé a que se alejara.

—¿Qué le dijo?

—Que había cometido un error terrible, que llevaba años queriendo hablar conmigo y que no encontraba la manera. Le pregunté dónde había estado todo ese tiempo.

—¿Respondió?

—Dijo que vivía en Madrid. Que trabajaba y que tenía otra identidad.

Aitana soltó una risa breve, sin apartar la mirada del café.

—Le pregunté si también tenía otra hija.

—¿Qué contestó?

—Que no. Me dijo que nunca había dejado de pensar en mí.

Guardó silencio mientras una pareja se acomodaba en la mesa contigua. Cuando volvió a hablar, bajó la voz.

—Eso fue lo que más me enfadó. Que creyera que pensar en mí servía de algo.

Le pedí que me contara la conversación sin preocuparse por reproducir literalmente cada frase. Habían pasado varios días y necesitábamos distinguir sus recuerdos de las palabras que conservaba por escrito.

Aitana tardó un momento en continuar.

—Le dije que mamá había tenido que sacar adelante todo sola. Que yo había pasado años intentando recordar cómo olía su ropa y que después me había acostumbrado a no pensar en ello. Le pregunté si sabía lo que era cumplir dieciocho años sin tu padre.

—¿Intentó explicarle por qué desapareció?

—Decía que necesitaba contarme algo que había ocurrido en su trabajo. Pero yo seguía preguntándole por nosotros y él volvía siempre a lo mismo: que quería arreglarlo.

Sacó un pañuelo del bolsillo de su chaqueta, aunque no llegó a utilizarlo.

—Me cansé de escucharlo.

—¿Cómo terminó la llamada?

—Le dije que para mí seguía muerto. Que hubiera preferido que no me llamara nunca.

Esperé a que continuara, pero había empezado a mirar por la ventana.

—Después me arrepentí —añadió—. Esa noche le escribí otra vez.

Me enseñó el siguiente mensaje. Había sido enviado bastante más tarde.

«Si quieres hablar, tendrás que contarme toda la verdad. Y no voy a llevar a mamá».

La respuesta de Andrés llegó a la mañana siguiente.

«Te contaré lo que hice. Antes tengo que dejar algunas cosas resueltas. ¿Podemos vernos el jueves por la tarde?».

Aitana había aceptado reunirse con él en una cafetería cercana a Manuel Becerra. La cita estaba prevista para el jueves posterior al asesinato.

—Había pensado ir —dijo—. No sabía si sería capaz de escucharlo, pero quería verlo antes de decidir qué hacer.

—¿Le contó a alguien que habían hablado?

—A nadie. Ni siquiera a Laura.

Recordé que su amiga la había acompañado durante la primera entrevista.

—¿Por qué mantuvo el contacto en secreto?

—Porque todavía no sabía si podía creerlo. Y porque me pidió que no se lo contara a mamá hasta que nos viéramos.

—¿Le explicó por qué?

—Decía que necesitaba hablar primero con algunas personas y que después estaría preparado para dar explicaciones.

La observé un momento.

—Aitana, cuando hablamos por primera vez, usted nos preguntó si su padre estaba vivo. Ya había hablado con alguien que decía ser él.

—Lo sé.

—Y en nuestra segunda conversación tampoco mencionó las llamadas.

Apartó la taza.

—En la primera entrevista esperaba que ustedes me dijeran que todo era una equivocación. Todavía pensaba que alguien podía haber imitado su voz. Cuando me enseñaron lo de las huellas comprendí que probablemente era él.

—Pero decidió callárselo.

—Sí.

Me sostuvo la mirada.

—Acababan de decirme que lo habían encontrado muerto. Lo último que yo le había dicho por teléfono era que prefería que siguiera muerto para nosotros. No quería tener que repetirlo delante de nadie.

Su respuesta daba un significado distinto a su silencio, aunque seguíamos necesitando contrastar las comunicaciones.

—¿Y durante nuestra segunda entrevista?

—Seguía sin saber qué hacer. Usted me preguntó si mi padre había pensado alguna vez regresar. Yo quería saber si lo había pensado durante los nueve años anteriores, no solamente la semana en que decidió llamarme.

Cogió el teléfono y apagó la pantalla.

—Ahora mi madre va a tener que hablar con ustedes. No quiero que se entere de que yo sabía algo por un informe que alguien le enseñe sin explicárselo.

—Tendrá que conocer esa información, Aitana.

—Lo sé. Quiero contárselo yo antes.

Le pregunté por los últimos días de Andrés, especialmente por las personas con las que pudiera haber hablado y por cualquier preocupación que hubiera mencionado durante la llamada.

Aitana negó haber recibido nombres concretos.

—Lo único que repetía era que tenía que poner las cosas en orden. Yo le pregunté por qué no podía venir a verme directamente.

—¿Qué le respondió?

—Que esta vez quería hacerlo bien.

La frase encajaba con los encargos que Rubén había cerrado durante sus últimos días y con la cita que había intentado solicitar conmigo. Pero también había una diferencia importante: Aitana podía situar aquella intención antes del asesinato mediante comunicaciones fechadas.

—¿Le dijo dónde trabajaba?

—No. Me contó que llevaba años ocupándose de documentos para pequeñas empresas. Le pregunté si seguía trabajando con su antigua socia y dijo que aquella etapa había terminado.

—¿Mencionó a Verónica Sanz?

—No pronunció su nombre.

Me enseñó nuevamente la conversación y aceptó que documentáramos su contenido mediante las actuaciones correspondientes.

Antes de terminar necesitaba preguntarle por la mañana del homicidio.

—¿Dónde estuvo usted aquel martes entre las nueve y las once?

Su expresión cambió.

—¿Me está preguntando si fui a verlo?

—Necesitamos comprobar los movimientos de las personas que mantenían contacto con él. También los suyos.

—Estaba trabajando. Pueden hablar con mi responsable y con mis compañeros. Salí por la tarde.

—Lo comprobaremos.

Aitana recogió el teléfono.

—Por eso tenía miedo de contarles lo que ocurrió. Pensé que, si leían aquellos mensajes, creerían que estaba enfadada hasta el punto de querer hacerle daño.

—Estar enfadada con su padre no demuestra que participara en su muerte. Pero ocultar una conversación importante tampoco nos ayuda a reconstruir lo ocurrido.

—Ya lo sé.

Se quedó mirando las personas que caminaban por la plaza. Después volvió hacia mí.

—Me gustaría poder hablar con Lucas Ibáñez.

La petición me sorprendió.

—¿Conoce a Lucas?

—He leído sobre la desaparición de su hermano. Si de verdad hay alguien enterrado bajo el nombre de mi padre, su familia lleva nueve años sin saberlo. Yo por lo menos tenía una tumba a la que ir.

—Primero necesitamos aclarar la identificación de los restos. Después podremos valorar cómo facilitar cualquier contacto, si ambas partes lo desean.

Aitana aceptó la respuesta.

Antes de despedirnos le recordé que seguíamos pendientes de concertar la entrevista con su madre y que podríamos organizarla con ella presente, como habíamos acordado.

—Hablaré con mamá esta tarde —dijo—. Laura vendrá a casa para acompañarme.

Se levantó y guardó el teléfono en el bolso.

—Inspector, una cosa más.

Esperé.

—Cuando encuentren las fotografías que tenía mi padre, me gustaría saber cuáles conservó.

Le dije que lo tendríamos en cuenta.

Molina estaba revisando los movimientos relacionados con la tarjeta de Santa Engracia cuando regresé a comisaría. Dejé mis anotaciones sobre la mesa y le conté la conversación con Aitana.

—Entonces Andrés había acordado verla después de su cita contigo —comentó.

—No llegamos a concertar ninguna cita. El martes llamó para solicitarla. Con su hija había quedado para el jueves.

Molina consultó las fechas de los mensajes.

—Eso ayuda a entender por qué estaba cerrando sus asuntos. Esperaba recuperar públicamente su identidad.

—Es compatible con esa intención. También pudo querer explicarse únicamente ante su hija, aunque había empezado a preparar otras gestiones.

Le mostré los horarios de las comunicaciones.

—Quiero que contrastemos las llamadas con los registros que podamos obtener y con los dispositivos intervenidos. También comprobaremos dónde estuvo Aitana durante la mañana del crimen.

Molina examinó la conversación.

—¿Cómo ha reaccionado cuando le has preguntado por su coartada?

—Se ha molestado. Pero ha aceptado que la comprobemos.

—Era de esperar.

Dejé el teléfono de trabajo sobre la mesa.

—Hay una cosa que quiero evitar, Molina. Aitana ocultó información y eso afecta a su declaración. Pero hemos puesto tanto empeño en reconstruir la vida de Andrés que... —Me detuve antes de terminar la frase.

Molina levantó la vista.

—¿Qué ibas a decir?

—Que llevamos demasiado tiempo investigando las decisiones de Andrés sin saber cómo afectaron a quienes estaban cerca de él.

Molina volvió a mirar las fechas.

—Bueno, ahora sabemos que tenía intención de ver a su hija y que ella había aceptado. Eso también nos permite comprobar quién conocía aquella cita.

Asentí.

El encuentro previsto para el jueves no figuraba entre las visitas de Santa Engracia. Pero la conversación proporcionaba otra referencia temporal y un nuevo contacto de Andrés durante los días anteriores a su muerte.

Aitana me había pedido que no le ocultáramos los resultados cuando pudiéramos acreditar algo sobre su padre. Antes de marcharme, consulté con Pilar qué fotografías de la vivienda estaban ya incorporadas al inventario y cuáles podían mostrarse a la familia sin interferir en las diligencias.

Localizamos las que correspondían a recuerdos personales.

En una aparecía la bicicleta infantil que habíamos visto durante el registro. Andrés la sujetaba por detrás mientras Aitana, de unos seis o siete años, intentaba colocarse el casco.

Solicité que prepararan una copia para poder enseñársela cuando volviera.

Aquella tarde, antes de guardar el expediente, dejé la fotografía en una carpeta separada de los documentos relacionados con el incendio.

Aitana podría reconocer muchas cosas de su infancia en ella. Lo que Andrés había decidido hacer después seguía siendo responsabilidad suya.