CAPÍTULO 14
La caja seguía abierta
Elena encontró la caja de Alicante el jueves por la noche, mientras buscaba una carpeta donde guardar los materiales que Daniel había utilizado para su trabajo escolar.
Yo estaba terminando de limpiar la mesa del comedor, todavía cubierta de pequeños recortes de cartulina y restos de pegamento de la tarde anterior.
—¿Has vuelto a sacar esto? —preguntó desde el pasillo.
Me asomé a la puerta.
Tenía la caja apoyada sobre una cómoda, con varias hojas sueltas en una mano. La reconocí inmediatamente. Era la misma que llevaba años guardando con las copias de documentos, fotografías y anotaciones relacionadas con Irene Valdés.
—Estuve mirando unas fechas.
—Ya lo veo.
Dejó las hojas sobre la tapa y abrió el cajón donde guardábamos las carpetas de los niños. Encontró una vacía, comprobó que estuviera limpia y volvió a cerrarlo.
—¿Por qué tienes aquí también cosas del asesinato que estás investigando?
Me acerqué para comprobar qué había encontrado.
Entre las copias antiguas había dejado mi cuaderno de trabajo, abierto por una página donde había anotado fechas y tareas pendientes de Santa Engracia.
Eran apuntes personales, sin documentos originales ni informes reservados, pero tampoco tenían ningún motivo para estar mezclados con los papeles de Irene.
—Lo dejé ahí anoche. Estaba comparando unas referencias y se me olvidó guardarlo.
Elena cerró el cuaderno sin leer más.
—Pues procura que no vuelva a pasar. Los niños también cogen cosas de ese armario.
Lo recogí y lo metí en el maletín que utilizaba para ir a comisaría. Después empecé a ordenar las hojas antiguas, algunas de las cuales llevaban tanto tiempo dobladas que habían adquirido la forma de la caja.
Elena se quedó mirando una de las cronologías.
—Esta es nueva.
Había preparado aquella relación durante las últimas semanas para comparar determinados documentos de 2014 con la información que Marta Seguí estaba recuperando en Alicante. Incluía fechas, nombres de empresas y referencias de documentos de los que conservaba copias.
—La he actualizado con algunas comprobaciones recientes.
—Eso también lo veo.
Señaló una anotación en el margen inferior.
«Sábado. Alicante. Marta. Comprobar originales».
—¿Vas a marcharte este sábado?
—Todavía no lo he decidido.
—¿Y has hablado con Marta?
—Le comenté que quizá pudiera desplazarme si necesitábamos revisar personalmente algunas cosas.
Elena volvió a mirar la hoja.
—Entonces ya has empezado a organizarlo.
—Es una posibilidad, Elena. Ni siquiera tengo el viaje preparado.
—El sábado tengo la formación de la que te hablé la semana pasada.
Recordaba que me lo había comentado durante una cena. Había conseguido plaza en una actividad relacionada con su trabajo y tendría que pasar buena parte de la mañana fuera.
—Sí, me acuerdo.
—¿Y quién va a llevar a Claudia al ensayo?
Me quedé mirando la anotación del sábado.
Claudia tenía previsto reunirse con sus compañeros para preparar otra representación. Todavía estaban decidiendo los horarios definitivos, pero Elena me había pedido que me ocupara del desplazamiento porque ella no estaría disponible.
—Puedo hablar con Marta y organizarlo otro día —respondí.
—Eso tendrás que decidirlo tú.
Recogió la carpeta de Daniel y volvió al comedor.
Cuando terminé de guardar la caja, encontré a Elena revisando unas hojas de su trabajo en la mesa que acabábamos de despejar. Daniel había dejado allí la cartulina terminada, con las fotografías pegadas y varios títulos escritos en rotulador azul.
La tarde anterior habíamos tardado bastante más de lo previsto en terminarla. Una de las fotografías se había despegado tres veces y Daniel insistía en que había que recortar otra porque su compañero aparecía con los ojos cerrados.
El resultado había quedado razonablemente bien.
Elena apartó la cartulina para hacer sitio a sus documentos.
—Daniel me ha contado que le ayudaste ayer —comentó.
—Me pidió que sujetara las fotografías mientras las pegaba. Al final acabé recortando media presentación.
—Dice que lo hiciste bastante bien, aunque una quedó torcida.
—Eso es porque se empeñó en colocarla cuando el pegamento ya estaba seco.
Elena sonrió brevemente y continuó ordenando sus hojas.
Me senté frente a ella.
—Lo de Alicante todavía no está decidido. Si tengo que viajar, podemos organizarlo.
Dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Sergio, el problema es que ya estás pensando cómo organizarlo después de haberle dicho a Marta que podrías ir.
—Porque surgió una información que quiero comprobar.
—Lo entiendo. Lo que no entiendo es por qué una gestión que todavía no tiene fecha acaba ocupando el sábado antes de que hayas mirado qué tenemos nosotros.
Cogí el calendario familiar que estaba junto a la nevera.
El sábado aparecía señalado con dos anotaciones. Elena tenía la formación por la mañana y Claudia, el ensayo. Habíamos dejado la tarde libre porque Daniel quería quedar con unos amigos y todavía no sabía si necesitaría que lo lleváramos.
—Podría ir otro fin de semana —dije.
—Claro que podrías. También podrías haberme preguntado antes de ofrecerte.
Devolví el calendario a su sitio.
—Tienes razón.
—Me gustaría que me escucharas antes de darme la razón.
Volví a sentarme.
Elena apartó sus documentos y cruzó los brazos sobre la mesa, esperando a que continuara. Desde el salón llegaba el sonido de un vídeo que Claudia estaba viendo en su habitación, con la puerta abierta.
—Dime qué quieres que haga.
—Quiero que dejes de organizar nuestro tiempo contando con que yo puedo cambiar el mío.
Su respuesta llegó sin vacilaciones.
—Ayer recogiste a Daniel y le ayudaste con el trabajo. Me parece bien, y él estaba encantado. También fuiste a la representación de Claudia. Pero eso no cambia que muchas veces me entero de tus planes cuando ya has hablado con otra persona.
—Tampoco hago tantos viajes.
—Hablo de los viajes y de todo lo demás.
Las tardes que decides quedarte más tiempo, las llamadas que quieres hacer cuando estamos cenando, los fines de semana que reservas para revisar papeles.
Algunas cosas serán urgentes, otras pueden esperar.
Tú sabes distinguirlas mejor que yo, pero rara vez me preguntas antes de decidir.
Miré las anotaciones del calendario.
Durante aquella semana había conseguido salir a tiempo para recoger a Daniel y asistir a sus actividades. También había dedicado varias noches a revisar la documentación de Alicante después de que los demás se acostaran.
—Hay una investigación abierta —dije—. Parte del trabajo no puedo dejarlo para cuando me venga bien.
—Eso lo sé desde que te conocí. Y sé que hay veces en las que tendrás que marcharte sin poder avisar con mucha antelación.
Elena acercó su silla.
—Lo que te estoy diciendo es que Alicante lleva años contigo. Antes estaban los documentos de la caja. Ahora tienes a Marta buscando contratos, empresas y personas. Me parece bien que sigas investigando, pero has empezado a tratar cada dato nuevo como si exigiera que fueras tú personalmente.
Pensé en la conversación con Ángel Font y en la discrepancia encontrada por Marta. Ella había localizado al trabajador, contrastado parte de su documentación y organizado las comprobaciones desde Alicante.
Yo había considerado desplazarme porque quería examinar aquellos documentos de primera mano.
—Marta puede continuar sin que yo esté allí —admití.
—Entonces será ella quien decida si necesita tu ayuda.
—Es una investigación en la que llevamos trabajando mucho tiempo.
—Ya lo sé, Sergio.
Se quedó callada unos segundos antes de continuar.
—Precisamente por eso me preocupa que nunca haya un momento en el que puedas dejarla para el día siguiente.
Claudia apareció en el comedor con una sudadera demasiado grande y el teléfono en la mano.
—¿Podéis decirme quién me lleva el sábado?
Elena me miró antes de responder.
—Tu padre.
—¿Seguro?
—Sí —dije—. ¿A qué hora tienes que estar?
—A las diez y media. Aunque igual empezamos un poco antes. Nos tienen que confirmar si podemos utilizar el salón grande.
Se acercó al calendario y anotó «10:15» junto al ensayo.
—¿Y después cuánto tardarás? —pregunté.
—Depende. Si conseguimos hacerlo todo seguido, una hora y media. Si empezamos a discutir otra vez por el reparto, toda la mañana.
—¿Qué reparto?
—Quién hace cada parte. Hay dos que quieren cambiar sus escenas y ahora tenemos que buscar una solución.
Elena le pidió que confirmara el horario definitivo cuando lo supiera.
—Vale. Pero no os olvidéis.
Claudia volvió a su habitación.
Elena recogió sus documentos y los colocó dentro de una carpeta. Esperé a que terminara antes de hablar.
—He estado pensando en ir a Alicante porque creo que hay algo importante en aquellos registros.
—Puede que lo haya.
—Pero Marta está allí y conoce a las personas con las que estamos hablando. Si necesita que intervenga, podemos organizarnos con tiempo.
Elena cerró la carpeta.
—Eso me parece razonable.
—Mañana le diré que continúe con las comprobaciones. Revisaremos los resultados cuando los tenga.
—Bien.
Se levantó para llevar sus cosas al despacho pequeño que utilizábamos en casa. Antes de entrar se volvió hacia mí.
—Hay algo más que quiero que entiendas.
Esperé.
—Cuando yo tenga que hacer algo importante para mi trabajo, también necesito poder organizarme sin estar pensando constantemente si aparecerá otra gestión tuya.
—Lo sé.
—Pues ayúdame a conseguirlo. El sábado quiero ir a esa formación y aprovecharla. Me ha costado bastante encontrar una que pudiera hacer.
Me acerqué a la puerta.
—Me ocuparé de los niños.
—Y si surge algo que realmente no puedas evitar, lo hablamos. Pero no decidas tú solo que yo tendré que cambiar mis planes.
Asentí.
Elena entró en el despacho y dejó la carpeta sobre la mesa. Después empezó a preparar el material que necesitaba para la mañana siguiente.
Regresé al comedor.
A primera hora del viernes, cuando llegué a comisaría, Molina estaba revisando la documentación de la empresa que había perdido la tarjeta utilizada en Santa Engracia.
Me preguntó si había decidido viajar a Alicante.
—No voy a desplazarme este sábado. Marta puede continuar con las entrevistas y revisaré los originales cuando estén incorporados.
—Me parece bien. Aquí tenemos trabajo suficiente.
Señaló una carpeta donde figuraban los nombres de las personas que habían recibido autorizaciones antiguas del edificio.
—He localizado a dos antiguos empleados. Uno asegura que entregó su tarjeta al terminar el alquiler. El otro recuerda que hubo una que se perdió durante la mudanza.
—¿Coinciden las fechas?
—Estoy comprobándolo.
Nos sentamos para revisar el registro de devolución. Había diferencias entre la fecha en que la empresa abandonó las oficinas y la comunicación que se había enviado a la administración del inmueble.
Molina propuso citar a los antiguos responsables por separado para reconstruir quién custodiaba las tarjetas.
Acepté su propuesta y continuamos trabajando durante la mañana.
Poco antes de comer envié a Marta una comunicación con las referencias que necesitábamos contrastar y le indiqué que, por ahora, no sería necesario mi desplazamiento.
Me respondió que estaba intentando localizar a la persona que coordinó el mantenimiento del inmueble en 2014 y que me informaría cuando tuviera una declaración contrastable.
Dejé que continuara con su trabajo.
El sábado, Claudia salió del ensayo a la una y diez. Habíamos quedado en recogerla a las doce y media, pero me había avisado de que se retrasarían porque uno de sus compañeros no terminaba de aprenderse el texto.
La esperé en una cafetería cercana, donde aproveché para leer el periódico y tomar un segundo café.
Cuando apareció, llevaba varias hojas dobladas dentro de la mochila.
—¿Llevas mucho esperando?
—Cuarenta minutos.
—Te he avisado.
—Por eso sigo aquí.
Se sentó enfrente y me enseñó las modificaciones que habían hecho durante el ensayo. Habían repartido de otra forma dos escenas y eliminado una intervención que consideraban demasiado larga.
—¿Y estás contenta con los cambios? —pregunté.
—Con casi todos. Hay una parte que me gustaba más antes, pero ahora participamos todos.
Le pedí que me enseñara cuál era.
Durante varios minutos me explicó cómo habían decidido reorganizar la representación y por qué algunos compañeros seguían sin estar de acuerdo.
Cuando terminó, guardó las hojas y señaló mi taza vacía.
—¿Nos vamos?
—Cuando quieras.
Pagamos y salimos a la calle.
De camino al coche, Claudia me preguntó si el sábado siguiente también podría llevarla. Le contesté que miraría el calendario antes de confirmárselo.
—Pregúntaselo a mamá —añadió—. Creo que ese día tiene otra cosa.
Saqué el teléfono, abrí la agenda compartida y busqué la fecha.
—Lo hablamos en casa y lo organizamos.
Claudia asintió y continuó contándome los cambios de la obra mientras caminábamos.
Al llegar, Elena estaba terminando de preparar la comida. Había regresado de la formación hacía poco y dejó sobre la encimera una carpeta con el material que le habían entregado.
—¿Qué tal? —le pregunté.
—Bien. Bastante mejor de lo que esperaba. Luego te cuento.
Claudia empezó a explicarle lo ocurrido durante el ensayo, aunque todavía llevaba la chaqueta puesta. Elena le pidió que se lavara las manos y terminara de poner la mesa.
Mientras nuestra hija desaparecía por el pasillo, saqué el calendario de su sitio y lo dejé abierto por el sábado siguiente.
Elena se acercó y examinó las anotaciones.
—Ese día puedo llevarla yo por la mañana —dijo—. Tú tienes que acompañar a Daniel después de comer.
Busqué la actividad de Daniel y comprobé la hora.
—Entonces lo dejamos así.
Elena tomó un bolígrafo y escribió su nombre junto al ensayo de Claudia. Después me lo pasó para que anotara el mío en la actividad de Daniel.
Dejamos el calendario sobre la mesa hasta terminar de organizar la semana siguiente.