El testigo que murió dos veces (Los casos de Rivas 5) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

El contrato de Alicante

El miércoles por la mañana regresamos a Santa Engracia para comprobar algo que llevaba varios días molestando a Molina.

La empresa encargada del sistema de accesos había localizado la relación original de tarjetas entregadas a los antiguos ocupantes del edificio, y uno de sus responsables aceptó enseñarnos cómo funcionaba la puerta de servicio.

Nos esperaba junto a una entrada lateral, parcialmente escondida entre la fachada de una tienda de iluminación y la zona de carga del inmueble. Se llamaba Antonio Belmonte y llevaba más de quince años ocupándose de instalaciones de seguridad.

—Esta puerta se abre desde dentro sin tarjeta —nos explicó mientras empujaba una barra horizontal—. El lector está arriba, donde la escalera comunica con las oficinas. Para salir no hace falta pasarla otra vez.

Molina comprobó el mecanismo y observó la cámara del comercio situado enfrente.

—Entonces alguien puede entrar por aquí, subir, utilizar una tarjeta en la segunda planta y marcharse sin generar otra lectura.

—Sí. Aunque para llegar desde la calle también tiene que atravesar esta entrada.

—Que durante buena parte del día queda abierta para las entregas —añadió Molina.

Belmonte admitió que era frecuente. Los proveedores utilizaban aquella zona para evitar la recepción principal y, aunque existían normas de acceso, algunas se habían relajado con los años.

Subimos hasta la segunda planta. Desde el rellano, un pasillo corto desembocaba cerca de los últimos despachos. El número ocho quedaba a pocos metros, después de una puerta destinada a un pequeño cuarto de instalaciones.

Molina realizó el recorrido mientras yo observaba la posición de las cámaras.

—Se puede llegar sin pasar delante de Belén —dijo al regresar—. Y sin aparecer en la grabación principal.

Belmonte desplegó una relación de autorizaciones antiguas. El número asociado a la apertura de las 9:47 había pertenecido a un lote de tarjetas entregado en 2019 a una empresa que ocupaba varias oficinas.

—Seis de las siete tarjetas figuran como devueltas cuando terminó el alquiler —explicó—. La séptima quedó registrada como extraviada.

—¿Y no la desactivaron? —pregunté.

El hombre se quitó las gafas para consultar la hoja.

—En el inventario de la antigua arrendataria figura como pendiente de devolución —explicó Belmonte—. Pero nunca se eliminó del listado de accesos autorizados del edificio.

—¿No se cancelaban automáticamente las tarjetas cuando una empresa dejaba las oficinas? —pregunté.

—Con este sistema, no. Las autorizaciones permanecían activas hasta que la administración ordenaba su baja. No tenían una fecha de caducidad asociada al contrato de alquiler.

Molina examinó la relación.

—¿Y nadie revisó los permisos durante siete años?

—Deberían haberlo hecho. Pero en el historial no aparece ninguna orden de cancelación para esta tarjeta. El lector la seguía reconociendo como válida.

—¿Quién tenía que solicitar su baja?

—La empresa debía comunicar la incidencia y la administración del edificio tramitar la desactivación. Estamos comprobando qué ocurrió con aquella comunicación.

Comprobamos el número y las fechas. La tarjeta extraviada coincidía con la que había abierto la puerta durante la mañana del homicidio.

Aquello identificaba su procedencia, aunque todavía ignorábamos quién la había conservado o utilizado.

—Necesitaremos hablar con las personas a las que se entregaron esas autorizaciones —dije.

Belmonte nos facilitó los datos de la empresa y el registro de devolución disponible.

Antes de marcharnos, Molina volvió a recorrer la distancia entre la escalera y el despacho ocho. Esta vez se detuvo delante de una puerta y miró hacia la recepción, que quedaba fuera de nuestra vista.

—Veinticinco pasos —comentó.

—¿Los has contado?

—Dos veces. La segunda he procurado no hacer trampas.

Regresamos por la escalera. Al llegar a la calle, Molina señaló el lugar donde las imágenes de las 9:43 mostraban a una persona acercándose al edificio.

La columna del comercio ocultaba parte del trayecto, pero ahora conocíamos mejor qué movimientos podían haberse realizado sin aparecer en las cámaras de recepción.

—Tenemos una tarjeta concreta y una empresa que perdió su control —dijo.

—Todavía necesitamos saber quién la tenía el martes.

—Por lo menos hemos dejado de buscar entre todas las tarjetas del edificio.

Marta Seguí me llamó cuando regresábamos a comisaría. Llevaba la mañana visitando a un antiguo encargado de mantenimiento que había trabajado para varias empresas de Alicante durante 2014.

—He encontrado algo que contradice la fecha de uno de los partes —me explicó—. Quiero que hables con la persona que realizó el trabajo.

—¿Has podido comprobar la referencia del contrato?

—Sí. Es la misma que aparece en la relación vinculada al expediente de Andrés. Y el servicio se refiere a un acceso secundario de uno de los inmuebles que estamos investigando.

Le pedí que me explicara qué había encontrado antes de hablar con el trabajador.

El contrato correspondía a una empresa que prestaba servicios a varios propietarios, entre ellos sociedades relacionadas con Alborán Patrimonial. Incluía revisiones periódicas de instalaciones, cierres metálicos y accesos utilizados por personal de mantenimiento.

Uno de los partes de septiembre de 2014 identificaba una intervención en una puerta lateral. Su referencia interna coincidía con una anotación conservada en los archivos del centro donde Andrés había participado en la entrega documental.

—¿Eso significa que utilizaron la misma empresa para las dos operaciones? —pregunté.

—Significa que aparece la misma referencia administrativa. Lo que quiero averiguar es por qué.

Marta me explicó que el encargado había conservado una libreta de trabajo con las intervenciones realizadas por sus operarios. En ella figuraba aquel inmueble, pero con otra fecha.

—Está aquí conmigo. Ha aceptado hablar, aunque quiere dejar claro que no realizó ningún trabajo irregular.

Escuché unas palabras al otro lado de la comunicación y después una voz masculina.

—Soy Ángel Font. Marta me ha explicado que están investigando unos papeles antiguos.

Le indiqué mi nombre y mi relación con las diligencias.

—Lo que necesitamos saber es cuándo se realizó realmente la reparación del acceso.

—Dos días después de lo que dice ese parte.

—¿Cómo lo recuerda?

—Porque entonces llevaba un control bastante estricto de las salidas. Teníamos dos furgonetas y cuatro trabajadores. Si alguien se equivocaba de dirección, perdíamos media mañana. Lo apuntábamos todo.

Ángel hablaba deprisa, con la impaciencia de quien preferiría encontrarse trabajando.

—En el archivo aparece una intervención realizada el día de la entrega documental —continué.

—Pues ese día no trabajamos en aquella puerta. Fuimos después.

—¿Puede demostrarlo?

—Tengo el libro de salidas y una factura del material que instalamos. La pieza llegó al almacén al día siguiente de la fecha que ustedes tienen. Difícilmente íbamos a colocarla antes.

Oí a Marta intervenir.

—La factura identifica el cierre que sustituyeron. Hemos comprobado la referencia con la relación del proveedor.

—¿Y el parte anterior? —pregunté.

Ángel tardó un momento en responder.

—Ese documento lo preparaba la administración. Nosotros entregábamos las hojas de trabajo y después se facturaba al cliente. Si cambiaron la fecha, tendría que explicárselo quien lo hizo.

—¿Recuerda por qué aplazaron la intervención?

—Nos dijeron que no podíamos trabajar allí el día previsto. Tenían que utilizar el acceso para otra cosa.

Me acerqué a la mesa.

—¿Quién se lo dijo?

—La persona que coordinaba los encargos. Yo hablaba con ella por teléfono, pero no recuerdo su nombre. Han pasado doce años.

—¿Le explicaron para qué necesitaban la puerta?

—No. Y tampoco se lo pregunté. Si un cliente aplazaba un trabajo, buscábamos otro hueco.

Ángel hizo una pausa.

—Lo que no quiero es que ahora aparezca mi firma en un documento diciendo que arreglé una puerta un día que ni siquiera estuve allí.

—¿La firma que aparece es suya?

—Se parece a la que utilizaba entonces, pero yo no firmé ese trabajo en esa fecha. Marta me ha enseñado la copia y ya le he dicho que tendrán que comprobarla con los originales.

Le expliqué que su declaración serviría precisamente para reconstruir aquella discrepancia, sin atribuirle responsabilidades antes de examinar la documentación.

—Eso espero —respondió—. Porque llevo toda la vida trabajando y no me gustaría terminar teniendo que justificar una reparación de hace doce años que hice cuando me dejaron hacerla.

Marta recuperó el teléfono.

—Voy a tomarle declaración y a contrastar las hojas originales. También he conseguido el nombre de la empresa que coordinaba los trabajos. Era un intermediario contratado por varios propietarios.

—¿Entre ellos Alborán?

—Aparece entre sus clientes, pero todavía no sabemos quién dio la orden concreta de aplazar aquella intervención.

Le pregunté por la relación con el testimonio de Teresa Villena.

—La dirección corresponde al entorno del acceso de servicio que estamos comprobando —respondió—. Necesito contrastar las referencias de su libreta con el contrato original. Por ahora no puedo situar allí a Irene ni a ninguna de las seis personas.

Agradecí el trabajo y quedamos en que ella continuaría con las comprobaciones desde Alicante.

Cuando terminé la llamada, Molina estaba esperando junto a mi mesa.

—¿Qué han encontrado?

Le enseñé la referencia del contrato.

—Una intervención de mantenimiento figura realizada en una fecha que el trabajador contradice con su documentación. Además, coincide con un registro relacionado con la entrega de Andrés.

Molina examinó los datos.

—¿Crees que utilizaron el trabajo de mantenimiento para justificar otra actividad?

—Es una posibilidad. Lo que podemos afirmar ahora es que existe una discordancia concreta entre dos registros.

—Y que alguien necesitaba utilizar aquella entrada.

—Eso es lo que recuerda el trabajador. Marta tendrá que comprobar quién dio la instrucción.

Molina dejó las hojas sobre la mesa.

—Alicante empieza a tener demasiadas puertas secundarias.

—Por lo menos esta vez sabemos qué puerta estamos investigando.

Por la tarde revisamos juntos la documentación de Santa Engracia. La empresa a la que habían pertenecido las tarjetas antiguas seguía funcionando, aunque ya no ocupaba dependencias en aquel edificio.

Molina había conseguido hablar con uno de sus responsables. Confirmó que la autorización figuraba como perdida durante una mudanza y que habían comunicado la incidencia a la administración del inmueble.

—Dice que nunca recuperaron la tarjeta —me explicó—. También asegura que nadie de su empresa estuvo allí el martes.

—Tendremos que comprobarlo.

—Ya he pedido la relación de empleados de aquella época. Pero hay una diferencia importante: tenemos una tarjeta extraviada, no una persona identificada.

Le propuse que la investigación se concentrara en reconstruir dónde había estado guardada antes de perderse y quién tuvo acceso a ella.

Molina aceptó ocuparse. Habíamos acordado mantener separadas las dos líneas y quería que la investigación del homicidio avanzara sin depender de lo que encontráramos en Alicante.

Mientras hablábamos, consulté la hora.

Elena había enviado un mensaje recordándome que aquella tarde debía recoger a Daniel. Tenía una actividad extraescolar y ella no podía salir a tiempo de una reunión.

Habíamos hablado de ello durante el desayuno.

Molina vio que guardaba los papeles.

—¿Te marchas?

—Tengo que recoger al niño.

Miró el reloj.

—Todavía queda bastante por hacer.

—Mañana seguiremos.

—Puedo dejarte lo que encuentre sobre las tarjetas.

—Perfecto.

Recogí la chaqueta y salí antes de que apareciera otra cuestión que pudiera entretenerme.

Daniel estaba esperando junto a la entrada del centro cuando llegué. Llevaba la mochila colgada de un hombro y hablaba con otro niño mientras examinaban algo en un teléfono.

Al verme, se despidió de su compañero y se acercó.

—Pensaba que vendría mamá.

—Hoy me tocaba a mí.

—Ya, pero como ayer llegaste tarde...

Abrió la puerta del coche y dejó la mochila en el asiento trasero.

Durante el trayecto empezó a contarme una discusión que habían tenido sobre un trabajo en grupo. Uno de sus compañeros quería cambiar la presentación después de que los demás hubieran terminado su parte.

—Le hemos dicho que, si quiere cambiarlo, tendrá que hacerlo él. Porque siempre acaba pasando lo mismo.

—¿Y qué ha respondido?

—Que somos unos exagerados.

Me explicó cómo habían repartido las tareas y por qué consideraba injusto tener que repetirlas. Cuando llegamos a un semáforo, me enseñó en el teléfono las fotografías de lo que habían preparado.

Le pedí que esperara a que aparcara para poder verlo bien.

Daniel guardó el móvil y continuó hablando, esta vez sobre lo que pensaban hacer al día siguiente.

Al llegar a casa permanecimos unos minutos dentro del coche, revisando las imágenes de su trabajo. En una aparecía el nombre de todos los participantes y Daniel me señaló cuál había sido su parte.

—Esto lo hice yo —dijo—. Pero todavía tenemos que terminarlo.

Le pregunté qué necesitaba.

Se quedó pensando antes de contestar.

—Una cartulina más grande. Y que alguien me ayude a sujetarla mientras pego las fotografías.

—Después de cenar podemos hacerlo.

Daniel recogió la mochila y salió del coche.

Entramos juntos en casa.