CAPÍTULO 12 #2
—¿Sabemos quién preparó esa certificación? —pregunté.
—No. Tampoco hemos encontrado indicios que permitan atribuir una colaboración consciente a la persona que tramitó la expedición.
Nuria me mostró los primeros registros posteriores.
El DNI obtenido en 2017 había servido de referencia para contratos de alquiler, operaciones bancarias y distintas gestiones profesionales. Cada nuevo trámite utilizaba los datos que ya figuraban en la documentación anterior.
—Así consiguió mantener la identidad durante años —comenté.
—Al menos, eso explica buena parte de su continuidad administrativa. Todavía tendremos que comprobar quién lo ayudó, si es que recibió ayuda.
Incorporé el informe a las diligencias relacionadas con la falsa muerte de Andrés. La expedición irregular de su documento abría una responsabilidad distinta de la identificación equivocada del cadáver y del homicidio que estábamos investigando.
Molina estaba examinando una grabación cuando terminé de revisar aquellas actuaciones. Había apartado varias carpetas de su mesa y trabajaba con dos pantallas.
—Ven a ver esto.
Me mostró una imagen tomada desde un comercio situado cerca de la entrada de servicio de Santa Engracia.
En el extremo del encuadre aparecía una persona caminando hacia la zona donde se encontraba el acceso secundario. La imagen correspondía a las nueve y cuarenta y tres de la mañana del asesinato.
—¿Podemos identificarla?
—Todavía no. La cámara está orientada hacia el escaparate y solo recoge una parte de la acera. Pero hay algo más.
Avanzó la grabación hasta las diez y seis.
Otra figura apareció desde la misma dirección, caminando hacia la calle principal. Llevaba un objeto oscuro junto al cuerpo, parcialmente oculto por un vehículo estacionado.
—¿Es la misma persona? —pregunté.
—No podemos asegurarlo. La ropa parece semejante, aunque el ángulo es malo. He pedido que Científica examine las imágenes originales.
Molina detuvo la grabación.
—Lo importante es que hay movimientos compatibles con la utilización de ese acceso durante el intervalo del asesinato.
—¿Y el objeto que lleva al salir?
—Podría ser una bolsa o una cartera. La imagen no permite establecer sus dimensiones con precisión.
Volví a mirar la figura.
El maletín marrón con el que Andrés había llegado seguía sin aparecer en el inventario de la escena. Aquella imagen podía ayudarnos a determinar su destino, pero todavía faltaba demostrar que el objeto filmado fuera el mismo.
—¿Has comprobado al trabajador de mantenimiento? —pregunté.
—Sí. Su orden de trabajo y sus movimientos corresponden a una entrada posterior, alrededor de las diez. No podemos atribuirle la apertura de las nueve y cuarenta y siete.
Molina cerró la reproducción.
—Ahora tenemos que identificar a quien aparece antes.
—Y comprobar si utilizó realmente la tarjeta.
—En eso estamos. La empresa de seguridad ha conseguido localizar a una persona que participó en la distribución de las autorizaciones antiguas. Vamos a entrevistarla.
Le expliqué lo descubierto sobre la identificación de 2017 y la conversación con Aitana.
Molina escuchó mientras guardaba los archivos.
—Entonces alguien entregó documentos de Andrés varios días después del incendio y terminaron apareciendo entre las pruebas utilizadas para identificar el cadáver.
—Exactamente. Pero todavía falta determinar quién los entregó y cómo se interpretó su procedencia.
—¿Crees que Andrés organizó su desaparición?
Pensé en lo que Aitana recordaba sobre aquel viaje anunciado antes del incendio.
—Parece que había considerado marcharse. Ahora necesitamos averiguar si aprovechó lo ocurrido o si participó en alguna preparación anterior.
Molina se quedó mirando la pantalla apagada.
—Si fue lo segundo, alguien tuvo que ayudarlo.
Antes de terminar la jornada regresé a la sala donde Pilar había dejado los documentos de 2017.
Recuperé la fotografía del reloj y la coloqué junto al registro original del tarjetero. Después revisé las fechas de las declaraciones y separé las que se habían realizado antes de que los objetos fueran entregados de aquellas que los mencionaban posteriormente.
Había personas que pudieron intervenir únicamente porque creían estar ayudando a identificar a un fallecido. Otras tuvieron acceso a información sobre Andrés que todavía necesitábamos reconstruir.
La diferencia importaba.
Pilar regresó para recoger una de las carpetas y me encontró examinando el registro de recepción.
—¿Has localizado algo más?
—Todavía estoy revisando quién pudo conocer la procedencia de estos objetos.
Se acercó y miró las hojas.
—Cuando terminemos, quiero que las declaraciones se comparen con sus fechas originales. No con las referencias resumidas que aparecen después.
Le pasé la relación que había preparado.
—Es lo que estaba haciendo.
Pilar la examinó y marcó dos entradas que convenía contrastar con el expediente completo.
Cuando terminó, recogió sus documentos y se marchó.
Guardé las fotografías en su carpeta y dejé separada la copia destinada a las nuevas actuaciones de identificación. El procedimiento para revisar los restos de 2017 ya estaba en marcha, aunque todavía dependía de las decisiones judiciales y de las posibilidades reales del material conservado.
Al salir de la sala encontré a Molina esperando junto al ascensor.
—¿Has terminado?
—Por hoy.
—¿Te llevo?
Acepté. Habíamos pasado buena parte de la jornada revisando una identificación que durante nueve años nadie había tenido motivos suficientes para cuestionar.
Mientras bajábamos, Molina me preguntó si había hablado con la madre de Aitana.
—Todavía no. Su hija quiere estar presente cuando lo hagamos.
—Me parece razonable.
Las puertas del ascensor se abrieron y salimos hacia el aparcamiento.
Antes de subir al coche le pedí que, cuando recibiera el resultado de las comprobaciones sobre la tarjeta de Santa Engracia, me avisara directamente.
Después guardé el teléfono.
Aquella noche, por una vez, no tenía ninguna razón para llevarme los expedientes a casa.