CAPÍTULO 12
La identidad equivocada
El sobre con los objetos que el informe final relacionaba con el cadáver de Andrés Mena había llegado al depósito tres días después del incendio. Pilar colocó el justificante de recepción junto al acta del levantamiento y me pidió que comprobara las fechas.
—Aquí está el problema —dijo—. En el resumen final aparecen agrupados como efectos relacionados con el fallecido, pero no todos proceden del mismo lugar.
Estábamos en una sala de trabajo donde habían reunido los originales disponibles de las diligencias de 2017. El material llevaba varios días recuperándose de archivos diferentes, y aquella mañana Pilar había conseguido completar una parte de la relación de objetos.
Cogí el acta del levantamiento.
El cuerpo se había localizado en una zona próxima a las oficinas del complejo industrial. Los bomberos habían retirado algunos materiales antes de que pudiera examinarse completamente el lugar, debido al riesgo de nuevos desprendimientos.
Las fotografías mostraban restos de mobiliario, piezas metálicas y una superficie cubierta por materiales parcialmente quemados. En ninguna de las imágenes que teníamos delante se distinguía una cartera junto al cadáver.
—¿Qué contenía el sobre? —pregunté.
—Un tarjetero deteriorado, dos tarjetas con datos de Andrés y una pequeña funda de documentos. Según el registro original, los entregó una persona vinculada a la empresa.
—¿Después del incendio?
—Tres días después. Procedían de unas dependencias que habían podido revisarse cuando se permitió volver a entrar en parte del recinto.
Pilar buscó otra hoja.
La recepción estaba fechada y firmada. Los objetos se habían incorporado correctamente como material recibido, aunque todavía faltaba consultar la declaración de quien los había entregado.
—¿Dónde aparece el error?
Me señaló el informe posterior.
En su apartado de identificación se enumeraban los efectos personales atribuidos a Andrés, incluyendo el tarjetero y las tarjetas. La redacción no explicaba que esos objetos habían sido entregados posteriormente por una persona de la empresa.
—El informe los relaciona con el fallecido, pero el registro original no dice que estuvieran sobre el cuerpo —señaló Pilar.
Volví a examinar las dos hojas.
—¿Podemos determinar qué objetos se recogieron realmente junto a los restos?
—Tenemos esa relación y las fotografías. Hay un reloj deteriorado y algunas piezas de ropa cuya procedencia está documentada en el levantamiento. Lo que necesitamos comprobar es quién reconoció esos objetos y con qué fundamento.
—¿Se hizo una identificación genética?
Pilar abrió el informe médico-forense.
—Aquí no consta un cotejo genético individualizante que confirmara que los restos pertenecían a Andrés.
Las condiciones del cuerpo dificultaron la identificación y se utilizaron distintos elementos circunstanciales.
Tenemos que revisar las actuaciones completas antes de concluir cómo se llegó a la atribución definitiva.
Me quedé mirando la fotografía del reloj.
Era un objeto corriente, con la correa parcialmente quemada y la esfera ennegrecida. Aitana nunca nos había mencionado que su padre utilizara uno parecido.
—Podría pertenecer a cualquiera —dije.
—Exactamente. Y eso tampoco demuestra que se introdujera deliberadamente para engañar. Una cosa es que la identificación resulte equivocada y otra que podamos atribuir esa equivocación a una manipulación.
Dejé la fotografía junto al registro de recepción.
Habíamos encontrado una discrepancia comprobable entre la procedencia de los objetos y la manera en que se resumieron posteriormente.
El siguiente paso ya no consistía en buscar nuevos indicios de que Andrés estuviera vivo después del incendio, sino en determinar cómo aquella información terminó siendo suficiente para dar por identificado el cadáver.
—Quiero que recuperemos la declaración de quien entregó el tarjetero —dije—. Y que quede constancia de esta diferencia en el informe que estamos preparando para el juzgado.
Pilar empezó a recoger las fotografías.
—También conviene revisar las muestras conservadas de los restos. La solicitud de nuevas actuaciones ya está planteada; ahora habrá que concretar qué material puede examinarse y qué comparaciones resultan posibles.
Aitana Mena llegó a comisaría poco después del mediodía. Esta vez vino sola y llevaba una bolsa de tela donde había guardado varios documentos familiares.
Habíamos acordado verla para contrastar algunos datos del expediente de 2017. Cuando entró en la sala, dejó la bolsa junto a la silla y me preguntó directamente si habíamos averiguado quién estaba enterrado bajo el nombre de su padre.
—Todavía no tenemos esa identificación —respondí—. Pero hemos encontrado diferencias importantes entre los documentos utilizados entonces.
Le expliqué, procurando no cargar la conversación de detalles técnicos, que algunos objetos atribuidos al fallecido habían sido entregados después del incendio y que necesitábamos comprobar cómo se relacionaron con los restos.
Aitana escuchó sin interrumpirme.
—¿Entonces nadie comprobó que fuera él?
—Se realizaron actuaciones para identificarlo, pero ahora sabemos que la conclusión fue incorrecta. Estamos revisando qué pruebas utilizaron y cuáles pueden repetirse o completarse.
Abrió la bolsa y sacó un sobre.
—Mi madre encontró esto cuando le pregunté por los papeles del entierro.
Había varias fotografías, una copia antigua del documento de identidad de Andrés y una hoja donde aparecían anotaciones sobre algunos viajes profesionales.
Aitana apartó las fotografías.
—Cuando murió, mi madre me dijo que estaba teniendo problemas en el trabajo. Yo apenas recuerdo aquellas conversaciones, porque entonces discutíamos bastante por otras cosas.
—¿Qué clase de problemas?
—Clientes que no pagaban, asuntos con su socia... Mi padre siempre decía que tenía demasiadas cosas pendientes. Pero unas semanas antes del incendio empezó a hablar de marcharse.
La observé mientras buscaba otra hoja.
—¿Marcharse de Madrid?
—Por trabajo, eso decía. Iba a estar fuera una temporada. No recuerdo que mencionara una ciudad concreta.
—¿Se lo contó a usted?
—Una tarde, mientras cenábamos. Le pregunté si estaría para mi cumpleaños y respondió que esperaba que sí.
Aitana dejó de buscar entre los documentos.
—Mi cumpleaños era dos meses después del incendio.
Durante unos segundos permanecimos sin hablar. Después recogió las hojas que había extendido sobre la mesa.
—En aquel momento no me pareció extraño. Viajaba algunas veces y siempre estaba ocupado. Mi madre tampoco creyó que fuera a marcharse para siempre.
—¿Preparó equipaje?
—Eso tendría que preguntárselo a ella. Recuerdo haber visto una maleta en casa, pero no sabría decirle cuándo.
Le mostré una reproducción de la fotografía del reloj encontrado en el incendio.
Aitana la examinó con atención.
—Mi padre tenía varios. Este podría ser suyo, aunque con la esfera así no puedo reconocerlo.
—No necesitamos que lo identifique si no está segura.
Me devolvió la imagen.
—¿Por qué me pregunta por un reloj si tienen sus huellas?
—Porque las huellas corresponden al hombre que encontramos muerto recientemente. Lo que estamos revisando ahora es la identidad de quien falleció en el incendio.
Aitana guardó el sobre.
—Mi madre lleva nueve años creyendo que enterró a su marido. Todavía no sabe cómo explicar lo que ha pasado. Y ahora vamos a tener que decirle que ni siquiera sabemos a quién estuvo llevando flores.
—Comprendo que quiera protegerla.
—No quiero protegerla de la verdad. Quiero que se la cuenten cuando tengan algo que puedan demostrar.
Le expliqué que las actuaciones de identificación continuarían y que informaríamos a la familia cuando existieran resultados que pudieran comunicarse con rigor.
Aitana se levantó, pero permaneció junto a la silla.
—Si necesitan hablar con mi madre, quiero estar presente. Prefiero que lo escuche de ustedes y poder acompañarla.
Acepté su petición y le indiqué que concertaríamos la entrevista de manera que ambas pudieran asistir.
Antes de marcharse se detuvo otra vez.
—Una cosa, inspector. Si mi padre pensaba irse antes del incendio, ¿significa que tenía preparado todo aquello?
—Es una posibilidad que estamos investigando.
Aitana bajó la mirada hacia la bolsa.
—Me gustaría que, cuando sepan la respuesta, me dijeran también si alguna vez pensó volver.
No encontré una respuesta que pudiera ofrecerle sin inventar lo que Andrés había sentido durante aquellos años.
Le aseguré que seguiríamos intentando reconstruir sus decisiones.
Cuando regresé al despacho, Nuria acababa de recibir el resultado de las comprobaciones sobre la documentación de Rubén Otero. Habíamos solicitado aquella información después de descubrir que el hombre encontrado en Santa Engracia figuraba fallecido desde 2017.
—Por fin tenemos el expediente de expedición de su DNI —me explicó.
Me entregó una copia de las actuaciones y señaló la fecha.
El documento se había expedido en 2017, varios meses después del incendio. La fotografía incorporada a la solicitud correspondía al hombre que habíamos identificado mediante las huellas de Andrés Mena.
—¿El DNI era falso? —pregunté.
—El soporte había sido emitido oficialmente. El problema está en los antecedentes utilizados para conseguirlo.
La solicitud contenía una certificación de nacimiento atribuida a Rubén Otero. Sin embargo, la comprobación realizada con el Registro Civil indicado en aquel documento no había permitido localizar el asiento original al que supuestamente correspondía.
—Entonces utilizaron una certificación falsa.
—Los datos de la copia no coinciden con los registros originales. Todo apunta a una falsificación documental, aunque todavía estamos pendientes de completar el examen de su procedencia.
Volví a mirar la fotografía de la solicitud.
Andrés había trabajado durante años preparando expedientes administrativos. Conocía la documentación que se utilizaba para acreditar identidades y había sido investigado anteriormente por irregularidades en determinados encargos.