El testigo que murió dos veces (Los casos de Rivas 5) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Un testigo en los papeles

Marta Seguí había conseguido localizar el establecimiento donde se realizó la entrega documental de septiembre de 2014. Me llamó el lunes, poco después de las nueve, mientras yo revisaba las declaraciones de Verónica Sanz.

—La dirección era un centro de servicios administrativos —me explicó—. Alquilaban salas para reuniones, recibían correspondencia de empresas y gestionaban determinados trámites por encargo. Cerraron hace cuatro años.

—¿Conservan documentación?

—Parte del archivo pasó a la sociedad que compró el negocio. He hablado con su responsable y hemos podido localizar una relación de servicios de aquella época.

Escuché cómo cerraba una puerta antes de continuar.

—Hay una referencia que coincide con la del documento de Andrés.

Me incorporé en la silla.

—¿La misma?

—El número de expediente y la fecha. También coincide el importe que figura en una factura conservada por el centro. Estoy gestionando la obtención formal de las copias.

Marta llevaba varios días buscando aquella relación, después de comprobar que la dirección del acta no correspondía a ninguna empresa de Andrés ni a las propiedades investigadas.

—¿Qué servicio contrataron?

—Aquí viene lo interesante. La factura habla de preparación de documentación identificativa y utilización de una sala para una entrega privada.

Pero en la relación interna aparece algo más específico: dos carpetas de identificación vinculadas a un mismo encargo, una de ellas consignada como alternativa.

—¿Alternativa a qué?

—Eso estoy intentando aclararlo. La documentación que he visto no incluye los nombres de los titulares. Pero el responsable me ha explicado que aquella clase de servicio podía incluir la preparación de expedientes con datos distintos de los que constaban en la documentación inicial del cliente.

Abrí la copia del acta que habíamos obtenido durante las primeras comprobaciones y localicé la referencia.

—¿Era un procedimiento legal?

—El establecimiento prestaba servicios administrativos legales. Eso no significa que todos los encargos fueran necesariamente correctos. Necesito saber qué documentos prepararon y quién los solicitó.

Le pregunté por la sociedad que había contratado el servicio.

—Todavía estoy comprobando la facturación. La empresa que realizó el pago también trabajó para proveedores vinculados a Alborán Patrimonial durante aquel año.

—¿Aparece Alborán directamente?

—En esta factura, no. Tenemos una relación comercial indirecta y una coincidencia documental. Quiero seguir el recorrido del encargo antes de atribuírselo a nadie.

Marta había encontrado algo que iba más allá de la proximidad entre dos direcciones de Alicante. La referencia del acta de Andrés coincidía con un servicio administrativo que incluía documentación destinada, aparentemente, a manejar una identidad alternativa.

Le pedí que conservara las referencias y que coordináramos la incorporación de las copias obtenidas a través de los cauces correspondientes.

—Hay otra cosa —añadió—. En el registro aparece que la entrega se hizo en presencia de dos testigos. Uno figura identificado como Andrés Mena.

—Eso coincide con nuestra copia.

—Sí. Pero aquí también consta que el destinatario recogió personalmente el sobre. La firma de recepción está en otra hoja.

Miré las dos páginas que conservábamos.

La primera seguía sin aparecer.

—¿La tienes?

—Todavía no. El archivo está repartido entre varias cajas y no todas se han recuperado. El responsable está colaborando, pero antes de seguir quiero que quede documentado qué originales conserva.

Nos despedimos después de acordar una nueva comprobación de las empresas que habían utilizado aquella dirección.

Al terminar la llamada, dejé sobre la mesa el acta de 2014. Hasta entonces sabíamos que Andrés había presenciado una entrega. Ahora teníamos indicios de que su contenido podía estar relacionado con la preparación de una segunda identidad.

Molina llegó poco después con una hoja donde había señalado tres números.

—Hemos reducido las tarjetas antiguas que podrían corresponder a la apertura de Santa Engracia.

Dejó el documento delante de mí.

La empresa responsable del sistema de seguridad había recuperado parte de las asignaciones históricas. La tarjeta utilizada a las nueve y cuarenta y siete pertenecía a un grupo entregado años atrás a una sociedad que había ocupado oficinas en el inmueble.

—¿La empresa sigue funcionando?

—Con otra denominación. Algunas autorizaciones se cancelaron cuando terminó el alquiler, pero varias quedaron activas. Estamos comprobando quién pudo conservarlas.

—¿Tenemos un titular concreto?

—Todavía no. El número aparece en un lote de tarjetas asignadas, aunque la relación que hemos recibido no identifica a todas las personas que las utilizaban.

Molina acercó una silla y señaló el plano.

—La cámara del comercio contiguo recoge movimientos hacia la entrada de servicio durante esa mañana. El problema es que una columna tapa parte del recorrido.

—¿Permite distinguir a alguien?

—Hay dos personas que podrían haber utilizado esa entrada dentro de un intervalo próximo a la apertura. Una ya está identificada y trabajaba en el edificio. De la otra solo tenemos una imagen parcial.

Examiné las fotografías.

La segunda figura aparecía de espaldas, parcialmente oculta por un vehículo estacionado. La calidad permitía distinguir la ropa, pero resultaba insuficiente para identificarla.

—Quiero que comprobemos si la primera persona utilizó la puerta a las nueve y cuarenta y siete —dije—. Así sabremos si podemos relacionar el registro con alguien concreto.

—Es lo que estamos haciendo. También he pedido que revisen cuándo se entregaron las tarjetas y si alguna fue devuelta.

Molina retiró las fotografías y observó el acta que tenía abierto sobre la mesa.

—¿Algo nuevo de Alicante?

Le expliqué lo que Marta había encontrado.

Escuchó hasta el final y después cogió una de las copias.

—Entonces alguien pagó por preparar documentación para otra identidad.

—Eso parece indicar el registro. Falta conocer la finalidad y al beneficiario.

—Y a quien firmó junto a Andrés.

—¿Has conseguido avanzar?

—La segunda firma se parece a la de una persona que trabajó en aquel centro administrativo. He localizado varios documentos de la empresa con su nombre, pero la copia es demasiado mala para sacar una conclusión.

Le pedí que mantuviera la comparación separada de cualquier identificación definitiva. Molina se guardó las hojas y regresó a su despacho.

A media mañana salí para entrevistar a una antigua clienta de Rubén Otero. Nuria había conseguido localizarla entre las personas con las que mantuvo relaciones profesionales durante los últimos años.

Se llamaba Teresa Almenara y regentaba una pequeña librería de segunda mano cerca de Cuatro Caminos. Cuando llegué, estaba desmontando una estantería mientras otro hombre trasladaba cajas hacia el almacén.

—Ahora mismo no puedo atenderle mucho tiempo —me advirtió después de comprobar mi identificación—. El local de al lado tiene una humedad y estamos apartando los libros antes de que nos llegue.

Le ofrecí esperar mientras terminaba. Teresa me entregó una caja pequeña y señaló una mesa alejada de la pared.

—Pues ya que está aquí, póngala allí. Con cuidado, que son primeras ediciones.

La llevé hasta donde me indicó. Cuando regresé, había dejado el destornillador sobre el mostrador y se estaba limpiando las manos con un pañuelo.

—Dígame qué necesita saber de Rubén.

Había trabajado con él durante casi cinco años. Se encargaba de organizar sus facturas y de preparar la documentación que necesitaba para presentar determinadas solicitudes.

—Era muy bueno —explicó—. Un poco maniático con el orden, eso sí. Si una factura no estaba donde debía, podía pasarse media tarde preguntando por ella.

—¿Habían seguido trabajando juntos?

—Hasta hace poco. Me dijo que iba a dejar algunos clientes. Pensé que quería jubilarse o cambiar de actividad.

Teresa abrió un cajón del mostrador y sacó una libreta.

—Le debía una cantidad pequeña por el último trimestre. Vino personalmente a devolverme unos documentos y quiso dejar todas las cuentas cerradas.

—¿Cuándo ocurrió?

—El jueves anterior a su muerte.

Aquello coincidía con lo que nos habían contado Emilia y Gerardo Lozano. Rubén había dedicado sus últimos días a resolver compromisos profesionales.

—¿Le explicó por qué tenía tanta prisa?

Teresa se quedó mirando la libreta.

—Me dijo que había decidido solucionar un asunto antiguo. Algo que llevaba demasiado tiempo aplazando.

—¿Sabe de qué se trataba?

—No. Pero parecía preocupado.

Se apartó del mostrador para dejar pasar al hombre que transportaba otra caja.

—Lo conozco desde hace años, inspector. Nunca había sido de contarme su vida. Aquel día me preguntó si creía que una persona podía arreglar una cosa grave después de mucho tiempo.

Esperé a que continuara.

—Le contesté que dependía de lo que hubiera hecho. Se quedó callado y después me dijo que quizá ya era demasiado tarde.

—¿Mencionó a alguien?

—No dio ningún nombre. Dijo que había personas que preferirían que ciertas cosas siguieran como estaban.

—¿Le pareció que tenía miedo?

Teresa volvió a guardar la libreta.

—No estaba asustado como alguien que cree que van a pegarle. Estaba preocupado por lo que podía pasar cuando hablara. Es distinto.

Quise saber si había recibido visitas o llamadas que le hubieran llamado la atención.

—Mientras estuvo aquí, ninguna. Pero guardó el teléfono en cuanto empezamos a hablar de aquello. Me pidió que no comentara con nadie que estaba dejando sus trabajos.

—¿Le explicó por qué?

—Dijo que quería terminar las cosas a su manera, antes de que alguien intentara convencerlo de lo contrario.

La conversación quedó interrumpida cuando el hombre del almacén pidió ayuda para retirar otra estantería. Teresa miró el reloj y me pidió que volviera otro día si necesitaba ampliar la declaración.

Antes de salir, me acompañó hasta la puerta.

—¿Saben por qué lo mataron?

—Estamos intentando averiguarlo.

Se quedó unos segundos mirando hacia la calle.

—Espero que no fuera precisamente por querer arreglar aquello.

Cuando regresé a comisaría, Molina estaba hablando con Nuria sobre las fotografías de la escalera de servicio. Me acerqué lo suficiente para escuchar que habían identificado al trabajador que aparecía en una de las imágenes.

Era un empleado de mantenimiento que había accedido al edificio poco después de las diez. Su presencia quedaba respaldada por una orden de trabajo.

La apertura de las nueve y cuarenta y siete seguía pendiente de atribución.

Molina terminó la conversación y me preguntó por Teresa.

Le expliqué lo ocurrido en la librería, especialmente la preocupación de Rubén por las consecuencias de revelar algún asunto de su pasado.

—Eso encaja con la petición de hablar contigo —comentó.

—Y con que estuviera cerrando sus encargos.

—¿Crees que se refería a Alicante o al incendio?

Había pensado en ambas posibilidades durante el regreso.

—Todavía no podemos distinguirlas. Tenía motivos para querer explicar las dos cosas.

Le enseñé mis anotaciones. Molina se detuvo en la frase sobre las personas que preferían que todo siguiera como estaba.

—Si alguien sabía que iba a hablar, necesitamos averiguar cómo se enteró.

—Y cuándo —añadí.

Molina volvió a las fotografías del acceso de servicio.

—Voy a continuar con esto. La tarjeta tiene que haber pasado por las manos de alguien, aunque la empresa perdiera el registro.

Lo dejé trabajando y regresé a mi mesa.

Al final de la tarde, Marta me remitió una referencia complementaria de la documentación de Alicante. La había contrastado con la información conservada por una de las empresas que prestaban servicios administrativos en 2014.

El número coincidía con el del acta de Andrés y con la relación de encargos recuperada del ordenador de Rubén.

En una anotación se describía el trabajo como preparación de antecedentes documentales para una identidad alternativa, seguido de la entrega de un sobre cerrado al destinatario.

La referencia no incluía el nombre de ese destinatario.

Abrí la copia del acta y examiné la firma de Andrés. A continuación, revisé la anotación del servicio y el registro de entrega.

Había tres documentos de procedencias diferentes que describían partes de una misma operación.

Andrés había participado en ella, aunque todavía desconocíamos cuánto sabía de su finalidad.

Preparé una comunicación para que Marta continuara con las comprobaciones de los proveedores y para que las referencias quedaran incorporadas a la investigación por los cauces establecidos.

Después recogí las anotaciones de la entrevista con Teresa y las coloqué junto a la solicitud que Andrés había enviado utilizando su verdadero nombre.

Su decisión de hablar conmigo había sido anterior al asesinato. También había empezado a desprenderse de su vida como Rubén Otero.

Llamé a Molina antes de marcharme.

—Mañana quiero que revisemos a quién comunicó Andrés su intención de recuperar su identidad. Empecemos por las personas con las que habló durante sus últimos días.

—¿Incluida Verónica?

—Incluidas todas las que podamos identificar.

Molina consultó su agenda y me indicó cuándo podíamos reunir al equipo.

Cuando salí, todavía tenía sobre la mesa la copia del acta de Alicante. La dejé donde estaba: al día siguiente continuaríamos intentando identificar a las personas que participaron en aquella entrega.

Pero el primer trabajo de la mañana sería reconstruir quién conocía los planes de Andrés antes de que lo mataran.