CAPÍTULO 10 #2
—¿Conocía el despacho que utilizaba Rubén Otero?
—Ni siquiera sabía que Andrés utilizaba ese nombre.
Dejó la fotografía sobre la mesa y se reclinó ligeramente en la silla.
—Inspectores, comprendo que tengan que comprobar mis movimientos, pero preferiría saber si existe algún motivo concreto para pensar que estuve con él.
—Estamos verificando los accesos al edificio y las relaciones de la víctima —expliqué—. De momento necesitamos conocer dónde estuvo usted.
—Entonces soliciten lo que consideren necesario. Les facilitaré los documentos correspondientes.
Molina tomó nota de las referencias del viaje.
Al despedirnos, Verónica nos acompañó hasta la puerta. Una empleada la esperaba con una carpeta de facturas y se acercó en cuanto nos vio salir.
—La transferencia sigue pendiente de autorización.
Verónica miró los documentos.
—Porque el cliente todavía no ha confirmado los importes. Llámalo y dile que, si no contesta antes de las dos, tendrá que esperar al lunes.
Después volvió hacia nosotros.
—Les enviaré la relación de documentos que hemos revisado. Si necesitan los originales, lo organizaremos.
En el coche, Molina repasó sus anotaciones mientras yo salía de la zona de Orense.
—Lo de Zaragoza se puede comprobar.
—Sí.
—Pero salir a las once y media no nos dice dónde estuvo a las diez.
—Tendremos que reconstruir esa parte de la mañana.
Molina guardó la libreta.
—Tampoco me convence lo que ha contado sobre Lucas. Dice recordar consultas relacionadas con un desaparecido, pero no sabe si recibió la carta.
—Puede ser verdad. La carta se envió a una empresa que ya había cerrado.
—Por eso quiero las comunicaciones originales.
Le pedí que se ocupara de comprobar las reservas del viaje y la asistencia al encuentro de Zaragoza. También debía averiguar si Verónica conservaba alguna relación profesional con empresas que hubieran alquilado despachos en Santa Engracia.
Durante el trayecto hablamos de la documentación financiera.
Verónica había explicado las operaciones posteriores al incendio mediante obligaciones normales de una sociedad que estaba cerrando. Esa explicación podía comprobarse contrastando los libros, las cuentas bancarias y los documentos mercantiles originales.
Había facilitado referencias concretas, aunque todavía desconocíamos el destino de algunas cantidades.
—¿Crees que sabía lo que ocurrió realmente en 2017? —preguntó Molina.
—Intervino en las gestiones posteriores. Necesitamos reconstruir cuáles realizó personalmente y qué información tenía entonces.
—Ha tenido nueve años para ordenar los papeles.
—También nueve años para conservar documentos que podrían perjudicarla.
Molina miró por la ventanilla.
—Eso último no suele ser la primera opción de alguien que quiere ocultar algo.
No respondí. La documentación que Verónica nos había mostrado permitía comprobar algunos hechos, pero todavía no establecía qué sabía sobre la supervivencia de Andrés.
Al regresar a comisaría, Nuria y el responsable de la investigación de los accesos tenían preparada una actualización.
La puerta de servicio de Santa Engracia pertenecía al sistema de seguridad general del inmueble, administrado por una empresa distinta de la que gestionaba los despachos. Por eso sus registros no se habían incluido en la primera relación remitida desde recepción.
Molina extendió el plano que había preparado el día anterior.
—¿La apertura de las nueve y cuarenta y siete está confirmada?
—Sí —respondió Nuria—. No es un intento fallido. La cerradura registró una apertura válida desde la escalera.
El sistema identificaba la tarjeta mediante un número interno, pero la base de datos actual no permitía asociarla directamente con una persona. La autorización correspondía a un grupo antiguo de accesos utilizados por empresas que habían ocupado dependencias del edificio años atrás.
—¿Tenemos identificado al titular original? —pregunté.
—La administración está recuperando las asignaciones antiguas. Hemos conseguido el número de tarjeta, pero todavía no sabemos quién la conservaba.
Examiné el plano.
La escalera comunicaba la planta baja con varios niveles del edificio. El lector de tarjetas registraba la apertura de aquella puerta, pero la salida hacia la escalera podía realizarse sin utilizarlo.
Eso explicaba por qué un acceso a las 9:47 no tenía necesariamente una salida correspondiente en el mismo registro.
—¿Y las cámaras exteriores? —preguntó Molina.
—El establecimiento contiguo nos ha facilitado la grabación que conserva. El equipo está comprobando qué parte de la entrada resulta visible y si podemos relacionar algún movimiento con esa apertura.
Habíamos conseguido aclarar el funcionamiento del sistema. La cuestión siguiente era determinar quién había utilizado aquella tarjeta durante la mañana del asesinato.
Molina se quedó con Nuria para continuar las comprobaciones.
Yo regresé a mi mesa y abrí las copias de los documentos de Verónica.
En una hoja aparecían las fechas de cierre de la actividad de la empresa. En otra, los movimientos realizados durante los meses posteriores al incendio.
Marqué las operaciones que necesitaban una justificación individual y añadí la referencia de las autorizaciones bancarias.
Después separé los documentos relacionados con el entierro de Andrés.
Verónica había reconocido que autorizó el pago y que participó en algunas gestiones de la empresa, pero seguíamos sin saber quién había aportado exactamente las pertenencias que permitieron identificar los restos en 2017.
Dejé una copia de su primera declaración junto a las notas de la entrevista de aquella mañana.
Ambas versiones podían compararse ahora con documentación fechada y con personas concretas.
Guardé los originales recibidos conforme al registro de entrega y envié las copias necesarias para su cotejo.
Aún faltaba demostrar quién utilizó la tarjeta de Santa Engracia. Y los documentos de Verónica, por primera vez, nos permitían comprobar sus explicaciones sin depender únicamente de su memoria.