CAPÍTULO 10
La mujer de los registros
Verónica Sanz había preparado dos cajas de documentación cuando llegamos a su despacho. Las había colocado sobre una mesa auxiliar, junto a una trituradora de papel y varias carpetas etiquetadas con los años de actividad de su antigua empresa.
—Esto es lo que he conseguido recuperar —dijo—. Hay facturas, autorizaciones bancarias y parte de la correspondencia que conservamos después del incendio. Los libros completos están archivados en otro lugar.
Nos había recibido sin hacernos esperar, aunque durante los primeros minutos estuvo pendiente de una empleada que intentaba resolver un problema con las nóminas de un cliente.
—Dile que la transferencia está preparada desde ayer. Si quiere modificar los importes, tendrá que enviarnos una nueva autorización.
La mujer desapareció por el pasillo y Verónica cerró la puerta.
—Perdonen. Hay empresas que creen que podemos rehacer una nómina cinco minutos antes de pagarla.
Se quitó las gafas y las dejó junto a un ordenador portátil. A diferencia de nuestra primera visita, parecía decidida a dirigir la conversación.
—Supongo que quieren hablar del incendio.
—Y de algunas gestiones posteriores —respondí.
—Entonces empecemos por los documentos. Prefiero enseñarles lo que puedo acreditar antes de discutir sobre recuerdos de hace nueve años.
Molina se acercó a las cajas.
—¿Podemos examinarlos?
—Los relacionados con Andrés, por supuesto. Hay información de otros clientes que tendrán que solicitar por el procedimiento correspondiente.
Abrí la primera carpeta.
Las hojas estaban ordenadas por fechas, con separadores que identificaban contratos, pagos y comunicaciones. Verónica había añadido pequeñas etiquetas adhesivas en los documentos que consideraba relevantes.
Encontré una relación de operaciones bancarias de los meses posteriores al incendio. Varias correspondían a obligaciones ordinarias de la empresa: alquiler, servicios contratados y liquidaciones pendientes.
—Usted nos dijo que había terminado su relación profesional con Andrés antes de 2017 —comenté.
—Y así fue. Dejamos de trabajar juntos en los encargos nuevos. Otra cosa es que la sociedad siguiera teniendo obligaciones.
—También conservaba autorización para operar con sus cuentas.
—Era administradora solidaria. Mi firma siguió siendo válida hasta que se modificaron los poderes y se completaron los trámites correspondientes.
Señaló dos fechas en una de las hojas.
—Aquí tienen el cese de actividad. Y aquí, varios meses después, el último movimiento de la cuenta que utilizábamos para pagar gastos pendientes. Son cosas distintas.
Molina examinó ambas anotaciones.
—¿Quién decidió mantener abierta la cuenta?
—Yo, con el asesoramiento de la gestoría. Había facturas sin cobrar y proveedores a los que todavía debíamos dinero.
—¿Y quién revisaba esas operaciones?
—La gestoría preparaba la documentación. Yo autorizaba lo que correspondía y el resto se tramitaba según los poderes vigentes.
Hablaba con soltura, como si aquella conversación no fuera muy diferente de explicar a un cliente las obligaciones de una sociedad en liquidación.
Le pedí copias de los documentos que identificaban las operaciones y las facultades de cada interviniente.
—Se las facilitaré. Pero quiero que quede constancia de qué se entrega y para qué se solicita.
—Quedará registrada la recepción.
Verónica volvió a ponerse las gafas.
—Perfecto. Así nos evitamos problemas después.
La segunda carpeta contenía documentación relacionada con el entierro de Andrés.
Reconocí la referencia de la factura que nos había mostrado Ernesto Galán. También había un justificante de transferencia desde la cuenta de la sociedad y varias comunicaciones con la funeraria.
Verónica observó el documento que yo sostenía.
—El servicio se pagó con dinero de la empresa. Ya se lo expliqué en nuestra primera conversación.
—Queremos saber quién intervino personalmente en las gestiones.
—La parte administrativa la llevaba una empleada nuestra. Yo autoricé el pago.
—¿Recuerda si usted entregó alguna pertenencia de Andrés para su identificación?
Verónica dejó de ordenar las hojas.
—La Policía nos pidió información sobre las cosas que utilizaba habitualmente. Había perdido buena parte de su documentación en el incendio y resultaba difícil saber qué se había conservado.
—¿Quién facilitó esa información?
—Tendría que comprobarlo. Hablamos varias personas con quienes investigaban el incendio.
—¿Usted también?
—Recuerdo haber respondido preguntas sobre la empresa y sobre Andrés. Era su socia. Naturalmente, podían necesitar mi declaración.
Molina señaló la carpeta.
—¿Conserva alguna copia de lo que entregaron?
—De algunos documentos, sí. De todo lo que se habló entonces, probablemente no.
Se levantó y abrió uno de los armarios situados detrás de su mesa. Buscó entre varios archivadores hasta encontrar una carpeta de cartón más antigua que las otras.
La dejó delante de nosotros.
—Aquí guardé lo relacionado con las solicitudes que recibimos. No he tenido ocasión de revisar cada hoja, así que prefiero que lo hagamos con cuidado.
Entre las primeras páginas había correspondencia con proveedores y comunicaciones administrativas posteriores al fallecimiento.
También encontramos una relación de efectos personales recuperados en el complejo industrial, pero la copia carecía de las referencias que permitieran comprobar quién había identificado cada objeto.
—¿Por qué conservó todo esto? —preguntó Molina.
Verónica lo miró por encima de las gafas.
—Porque una empresa no puede tirar sus documentos simplemente porque haya muerto uno de sus administradores. Y porque durante aquellos meses recibimos reclamaciones de todo tipo.
Volvió a señalar los archivadores.
—Algunos clientes llegaron a exigirnos trabajos que Andrés ni siquiera había terminado. Yo tuve que explicarles que había fallecido y que ciertos expedientes se habían perdido.
—¿Todos aceptaron esa explicación?
—Algunos sí. Otros pensaron que estábamos intentando quedarnos con su dinero.
Se detuvo en una factura.
—Tuve que despedir a dos personas. Una llevaba trabajando con nosotros más de diez años y tenía una hipoteca. No fue una época especialmente agradable.
Dejó la factura en su sitio y esperó a que termináramos de examinar la carpeta.
Habíamos comprobado que Lucas Ibáñez intentó ponerse en contacto con Verónica en 2020. Quería preguntarle por las personas que habían participado en las gestiones posteriores al incendio.
Saqué la copia de la carta que Lucas nos había facilitado.
—¿Recuerda haber recibido esto?
Verónica leyó el encabezamiento.
—Ibáñez... Me suena.
Continuó examinándola hasta llegar a la firma.
—Recuerdo que hubo consultas sobre un trabajador desaparecido. No podría asegurarles que esta carta llegara a mis manos.
—Lucas afirma que llamó varias veces y que nadie quiso atenderlo.
—La empresa de Andrés ya estaba cerrada. Las consultas antiguas se derivaban a la gestoría o a quien correspondiera. Yo no podía dedicarme a investigar todas las reclamaciones relacionadas con aquel incendio.
—Él no reclamaba dinero —intervino Molina—. Buscaba a su hermano.
Verónica levantó la vista.
—Entiendo la diferencia, inspector. Pero yo tampoco sabía dónde estaba ese hombre.
—¿Recuerda que le preguntaran si podía haber muerto en las instalaciones?
—Se habló de distintas personas que trabajaban allí. Hubo mucha confusión durante los primeros días.
—¿Conocía a Saúl Ibáñez?
—No recuerdo haberlo tratado. Andrés tenía relación con trabajadores de otros almacenes, pero yo apenas iba por aquella zona cuando dejamos de compartir los encargos.
Le expliqué que Lucas había conservado la correspondencia durante nueve años y que ahora investigábamos una posible relación entre la desaparición de su hermano y los restos enterrados bajo el nombre de Andrés.
Verónica bajó la mirada hacia la carta.
—¿Han hablado ya con la familia?
—Con Lucas.
—Entonces comprenderán que no quiera añadir nada basado únicamente en mis recuerdos.
Dejó el documento junto a los demás.
—Si aquel hombre desapareció durante el incendio, espero que puedan aclararlo. Pero no voy a asumir que conocía su situación porque alguien me llamara tres años después.
No insistí. Teníamos una carta dirigida a una empresa que ya no existía y varias llamadas cuya recepción todavía necesitábamos comprobar.
Verónica tomó una hoja en blanco y anotó la referencia del escrito.
—Buscaré si quedó registrada alguna respuesta. Si la hubo, prefiero que tengan la copia original.
Antes de terminar, le pregunté por el martes en que Andrés había sido asesinado.
—Usted comentó que tenía compromisos profesionales fuera de Madrid.
—Viajé a Zaragoza. Había una jornada sobre gestión de documentación empresarial.
—¿A qué hora salió?
—A media mañana. La primera sesión a la que asistí comenzaba después del mediodía.
Abrió el correo electrónico y localizó la reserva ferroviaria.
Nos mostró un billete con salida de Madrid a las once y media aproximadamente, además de una confirmación de inscripción al encuentro profesional.
—Aquí está el desplazamiento. También puedo facilitarles la factura del alojamiento y la documentación de la jornada.
—¿Viajó acompañada? —preguntó Molina.
—No. Coincidí con varios compañeros cuando llegué.
—¿Dónde estuvo antes de ir a la estación?
Verónica tardó un momento en responder.
—En Madrid. Recogí unas cosas, resolví un asunto personal y después fui a coger el tren.
—¿En su despacho?
—No durante toda la mañana. ¿Por qué?
—Estamos reconstruyendo los movimientos de distintas personas relacionadas con Andrés.
Verónica cerró el correo.
—Imagino que me preguntan porque trabajamos juntos.
—Y porque necesitamos comprobar qué personas pudieron tener contacto con él durante sus últimos días —respondí.
—Ya les dije que no había vuelto a hablar con Andrés desde antes del incendio.
Le mostré una fotografía del centro de oficinas de Santa Engracia.
—¿Conoce este edificio?
La examinó.
—No recuerdo haber estado allí recientemente.
—¿Acudió el martes por la mañana?
—No.