El testigo que murió dos veces (Los casos de Rivas 5) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

El trabajador desaparecido

Molina había conseguido que el responsable de seguridad de Santa Engracia le acompañara por los accesos del edificio. Cuando regresó a comisaría, traía un plano de la segunda planta con varias anotaciones hechas a mano.

—Hay una puerta que no aparecía en el primer informe —dijo mientras extendía el papel sobre mi mesa—. Comunica la escalera de servicio con un pasillo lateral. Se utiliza para mantenimiento y entregas de material.

Me señaló su ubicación. El pasillo desembocaba cerca de los últimos despachos, fuera del campo de visión de la cámara que habíamos utilizado para identificar a Julián Cid.

—¿Tiene control de acceso?

—Lector de tarjetas. Estamos cotejando las aperturas con las autorizaciones del edificio, pero hay una que todavía no hemos conseguido atribuir a nadie.

—¿A qué hora?

—A las nueve y cuarenta y siete del martes.

Me acerqué al plano. Desde aquella puerta podía llegarse al despacho ocho sin atravesar la recepción, aunque el trayecto pasaba por una zona donde trabajaban varios clientes.

—¿La cámara exterior cubre la entrada a esa escalera?

—Solo parcialmente. Se ve una parte de la calle, pero el acceso queda detrás de una columna. He pedido las grabaciones del establecimiento contiguo.

—¿Y la tarjeta?

—La administración está revisando el historial de asignaciones. Algunas se entregaron a empresas que ya no alquilan oficinas allí.

Molina había conseguido algo que necesitábamos desde el comienzo: una posible vía de acceso que explicaba por qué las grabaciones de recepción podían no recoger todos los movimientos.

Le pedí que continuara por aquella línea y que comprobara si se habían registrado otras aperturas durante la mañana del asesinato.

Mientras recogíamos el plano, Nuria apareció con una carpeta que llevaba varias etiquetas de archivo.

—Creo que deberíais ver esto antes de marcharos.

La acompañamos hasta su mesa.

Había estado cruzando la relación de trabajadores y empresas del complejo incendiado en 2017 con las denuncias de desaparición registradas durante aquellas semanas.

Entre los resultados había encontrado un expediente que hasta entonces no figuraba en las diligencias que habíamos recuperado.

Saúl Ibáñez. Treinta y cuatro años. Empleado de un almacén situado junto a la nave donde se encontraron los restos atribuidos a Andrés Mena.

Su familia denunció la desaparición varios días después del incendio.

—¿Por qué no aparece en las actuaciones que hemos consultado? —pregunté.

—Porque se tramitó como una desaparición independiente. Saúl había terminado su jornada antes del incendio y nadie pudo acreditar que regresara al almacén. Además, el cadáver encontrado en la nave ya había sido identificado como Andrés.

Nuria abrió una copia de la denuncia.

La última persona que había visto a Saúl, según los testimonios recogidos entonces, era un compañero de trabajo. Lo situaba saliendo del almacén aquella tarde. Después se perdía su rastro.

—La familia intentó relacionar ambos hechos —añadió—. Su hermano pidió que se comprobara si podía haber estado en el complejo durante el incendio, pero la identificación del cadáver ya constaba como resuelta.

Molina examinó la documentación.

—¿Tenemos localizado al hermano?

—Lucas Ibáñez. Vive en Madrid. Sigue presentando escritos sobre la desaparición.

Volví a mirar las fechas.

Durante nueve años, una familia había buscado a un trabajador desaparecido mientras otra visitaba una tumba que llevaba el nombre de un hombre que todavía estaba vivo.

Esa coincidencia exigía una investigación, aunque por el momento carecíamos de pruebas para afirmar que ambos hechos tuvieran una relación directa.

—Vamos a hablar con Lucas —dije.

Lucas Ibáñez nos recibió en un pequeño taller de carpintería metálica de Usera. Cuando llegamos, estaba ajustando el cierre de una ventana de aluminio y nos pidió que esperáramos mientras terminaba de colocar una pieza.

El local olía a metal cortado y aceite de maquinaria. Había perfiles apoyados contra las paredes y una radio sonaba detrás de un banco de trabajo.

—Si vienen por lo de mi hermano, les aviso de que tengo poco tiempo —dijo después de comprobar nuestras acreditaciones—. A las doce tengo que entregar un encargo.

Era un hombre de unos cuarenta años, ancho de hombros, con pequeñas marcas de cortes antiguos en las manos. Hablaba sin apartar completamente la atención de la ventana que acababa de reparar.

—Queremos revisar algunas circunstancias de su desaparición —expliqué.

—Eso me llevan diciendo desde 2017.

Dejó el destornillador sobre el banco y nos condujo hasta una oficina separada del taller por una mampara de cristal. Había una mesa, dos sillas y varios archivadores metálicos.

Lucas abrió el cajón inferior de uno de ellos y sacó una carpeta gruesa.

—Aquí está todo. Denuncias, cartas, respuestas del juzgado, solicitudes a la Policía y hasta las facturas de los investigadores privados que contraté. Si buscan algo que no esté ahí, probablemente tampoco lo encuentre yo.

La dejó delante de nosotros, aunque mantuvo una mano apoyada sobre la cubierta.

—¿Qué ha cambiado para que ahora quieran hablar conmigo?

Me senté frente a él.

—Estamos revisando la identificación de unos restos encontrados durante el incendio de 2017.

Lucas retiró lentamente la mano.

—Los de Andrés Mena.

—Sí.

—¿Qué pasa con ellos?

—Hace unos días encontramos muerto en Madrid a un hombre cuyas huellas coinciden con las de Andrés Mena.

Lucas permaneció inmóvil unos segundos.

—Eso es imposible. Andrés murió en el incendio.

—La identificación dactiloscópica está confirmada. Lo que necesitamos aclarar ahora es quién fue enterrado bajo su nombre.

Lucas se levantó, caminó hasta la puerta de la oficina y la cerró. Cuando regresó, dejó la carpeta en el extremo de la mesa.

—¿Me están diciendo que aquel cadáver no era Andrés?

—Las pruebas indican que Andrés sobrevivió a 2017. La identificación de los restos enterrados está siendo revisada.

—¿Y mi hermano?

—Todavía no tenemos elementos suficientes para relacionarlo con ese cuerpo.

Lucas abrió la carpeta y buscó entre varios documentos hasta encontrar una carta de 2019. Nos la enseñó sin sentarse.

—Esto lo escribí yo. Pedí que comprobaran si Saúl podía haber muerto en aquel incendio. Me contestaron que no existían motivos para relacionar la desaparición con un cadáver que ya estaba identificado.

Molina tomó el documento y leyó la respuesta.

Lucas señaló la fecha.

—Dos años después de desaparecer. Ya había hablado con antiguos trabajadores, con los propietarios del almacén y con varias personas que estuvieron allí cuando llegaron los bomberos. Nadie podía decirme dónde estaba Saúl.

—¿Su hermano tenía previsto regresar al almacén aquella noche? —pregunté.

—No lo sé. Esa es la cuestión. Había terminado de trabajar, pero a veces volvía cuando olvidaba alguna herramienta. También tenía conocidos en las otras naves.

Se sentó y apartó unos papeles.

—Durante meses pensé que se había marchado por su cuenta. Tenía problemas con su pareja y estaba cansado del trabajo. Pero nunca había desaparecido sin avisarnos.

—¿Conserva algún contacto con sus compañeros?

—Con dos. Los demás se marcharon cuando cerraron las empresas de aquella zona. He intentado localizarlos, aunque algunos ni siquiera quieren hablar conmigo.

Molina le preguntó si había tenido problemas con esas personas.

—He discutido con alguno. Cuando llevas años preguntando por lo mismo y todo el mundo te dice que pases página, acabas perdiendo la paciencia.

Sacó una fotografía de un sobre transparente. Mostraba a dos hombres junto a una motocicleta, delante de un edificio de ladrillo.

—Este es Saúl —dijo señalando al más joven—. La compró de segunda mano y se pasó tres meses intentando que arrancara bien.

Me acerqué para examinarla.

Saúl tenía el pelo corto, una barba poco poblada y una sonrisa amplia. Su hermano aparecía a su lado, con una mano apoyada sobre el manillar.

—¿De cuándo es?

—De 2016. La moto la vendimos después de su desaparición. Mi madre no soportaba verla en el garaje.

Lucas colocó la fotografía otra vez dentro del sobre.

—¿Van a comprobar si es él?

—Vamos a solicitar que se relacionen formalmente ambas investigaciones y que se valoren las pruebas necesarias para identificar los restos. Cualquier comparación requerirá las actuaciones y autorizaciones correspondientes.

Me observó durante un momento.

—Quiero que me avisen antes de hacer algo que afecte a mi familia. Mi madre estuvo años esperando noticias de Saúl. No quiero que se entere por un periodista.

—Tendremos en cuenta esa petición. También necesitaremos hablar con ella cuando dispongamos de información que debamos comunicarle.

Lucas asintió, aunque no parecía dispuesto a terminar la conversación.

—¿Quién es el hombre que han encontrado muerto?

Le expliqué que había utilizado el nombre de Rubén Otero durante los últimos años y que investigábamos su asesinato.

—¿Y creen que alguien lo mató porque fingió su muerte?

—Estamos examinando distintos motivos. Todavía no hemos establecido cómo se produjo aquella falsa identificación.

Lucas abrió otro apartado de la carpeta.

Había guardado copias de noticias sobre el incendio, nombres de responsables de las empresas afectadas y direcciones que había conseguido durante sus averiguaciones.

—He buscado a mucha gente relacionada con aquella noche —dijo—. Algunos me recibieron y otros me cerraron la puerta. También he intentado averiguar quién se hizo cargo de las oficinas de Andrés después de su supuesto fallecimiento.

—¿Llegó a hablar con alguno de sus socios?

—Pregunté por una mujer que trabajaba con él, pero nunca conseguí que me atendiera. En la empresa me dijeron que aquello estaba cerrado y que cualquier consulta debía hacerla por escrito.

Buscó una nota entre las hojas.

El nombre de Verónica Sanz aparecía junto a una dirección antigua y una fecha.

—¿Recuerda cuándo intentó contactar con ella? —pregunté.

—En 2020. Mandé una carta y después llamé un par de veces. No obtuve respuesta.

Le pedí permiso para incorporar una copia de aquella documentación a nuestras diligencias.

Lucas volvió a cerrar la carpeta.

—Les daré lo que necesiten, pero quiero conservar los originales. Ya entregué documentos hace años y algunos tardaron meses en devolvérmelos.

Molina propuso revisar juntos las hojas relevantes y preparar las copias debidamente identificadas, dejando constancia de su procedencia.

Lucas aceptó.

Durante casi una hora repasamos sus gestiones. Algunas se referían a personas que ya habíamos localizado. Otras contenían nombres que todavía necesitábamos comprobar.

Antes de marcharnos, le pregunté qué esperaba encontrar después de tantos años.

Se quedó mirando la fotografía de su hermano.

—Al principio quería que volviera. Después quería saber por qué se había marchado. Ahora me conformaría con que alguien pudiera decirme qué le pasó.

Guardó el sobre dentro de la carpeta.

—Si resulta que estuvo allí aquella noche, espero que esta vez lo investiguen hasta el final.

Al salir del taller, Molina esperó a que nos alejáramos de la puerta.

—Lucas lleva nueve años intentando relacionar la desaparición de Saúl con aquel incendio.

—Y hasta ahora no había una prueba que obligara a revisar la identificación.

—Ahora la tenemos.

—Tenemos motivos sólidos para revisarla. También necesitamos reconstruir cuándo se vio a Saúl por última vez y quién pudo encontrarse con él después de salir del trabajo.

Molina abrió el coche y dejó las copias en el asiento trasero.

—Voy a ocuparme de sus antiguos compañeros. Tú puedes seguir con la documentación del incendio.

—De acuerdo. Y quiero que comprobemos cuándo se incorporaron las pertenencias atribuidas a Andrés al expediente original.

Antes de arrancar, miré hacia el taller.

Lucas había vuelto al banco de trabajo. Desde el coche lo vi levantar la ventana de aluminio que estaba reparando y colocarla sobre dos soportes para continuar con el cierre.

Había aceptado colaborar con nosotros después de años de respuestas que consideraba insuficientes. Ahora esperaba que las nuevas comprobaciones condujeran a algo más que otra carta.

Encendí el motor mientras Molina revisaba en el teléfono la dirección del primer compañero al que quería localizar.

Regresamos a comisaría con las copias de Lucas y una nueva diligencia que preparar: solicitar que la desaparición de Saúl Ibáñez se examinara junto con la revisión de los restos enterrados bajo el nombre de Andrés Mena.

Esta vez había una identificación dactiloscópica que justificaba volver a preguntar quién murió realmente en aquel incendio.