CAPÍTULO 8
El primer documento
El miércoles por la mañana, Molina llegó a mi despacho con una fotografía de la mujer que Julián Cid había visto junto a la máquina de café. La dejó sobre la mesa antes de quitarse la chaqueta.
—Se llama Lucía Roldán. Alquila un despacho en Santa Engracia tres días por semana. Ayer conseguimos localizarla.
En la fotografía aparecía una mujer de unos cuarenta años, con el teléfono junto a la oreja y una carpeta apoyada contra la cadera. La imagen procedía de una cámara situada al comienzo del pasillo, cerca de la zona común.
—¿Ha declarado?
—Sí. Estuvo hablando con su hermana hasta las nueve y veinticuatro. Tenemos la referencia de la llamada y estamos contrastándola. Después se cruzó con Otero.
Levanté la vista.
—¿Lo vio vivo?
—Salió del despacho ocho para tirar un vaso de café. Lucía lo conocía de otras ocasiones y se saludaron. Calcula que serían las nueve y veinticinco, aunque no miró el reloj.
Molina se sentó frente a mí y abrió su libreta.
—Entró en su oficina poco después y comenzó una videoconferencia a las nueve y media. Hemos comprobado que la reunión existió.
—Eso nos ayuda.
—Y bastante. Tenemos otra persona que vio a Rubén después de que Julián terminara su entrega.
Examiné la fotografía. Lucía se encontraba en una zona del pasillo que quedaba fuera del encuadre de la cámara principal de recepción. Aquel detalle explicaba por qué habíamos tardado en relacionarla con los movimientos próximos al despacho ocho.
—¿Vio a alguien más?
—Dos personas que trabajaban allí. Las ha identificado. Asegura que estuvo concentrada en su reunión hasta cerca de las diez y cuarto.
—¿Y después?
—Salió a buscar agua. La puerta del ocho estaba cerrada, pero no recuerda haber visto a nadie entrando o saliendo.
Molina me entregó una copia de la declaración.
Habíamos reducido el intervalo que necesitábamos examinar, aunque seguía siendo demasiado amplio para establecer quién había cometido el asesinato. El maletín marrón continuaba sin aparecer y faltaba relacionar varios accesos a la planta con las personas que realmente habían utilizado las tarjetas.
—Quiero que revisemos también la escalera de servicio —dije.
—Ya he encargado que comprueben los registros y hablen con los responsables del edificio. Hay tarjetas asignadas a empresas que comparten despachos, pero eso no significa que sepamos quién las utilizó cada vez.
Molina guardó la libreta.
—Ahora dime que seguimos sin poder señalar a nadie.
—Esta vez iba a darte la razón.
—Me estás estropeando la mañana.
Nuria nos esperaba en una sala de trabajo con el ordenador de Rubén conectado al equipo de análisis. Una especialista de la unidad había recuperado varios archivos relacionados con el índice de encargos que encontramos el día anterior.
Sobre la mesa había dos copias impresas y una hoja donde figuraban las referencias técnicas de los documentos.
—Hemos relacionado uno de los códigos del índice con un archivo del portátil intervenido en Santa Engracia —explicó Nuria—. Estaba guardado en una carpeta de documentación antigua.
Nos mostró la pantalla.
El nombre del archivo comenzaba por una referencia de septiembre de 2014, seguida de una serie de números que también aparecían en la relación recuperada de la reprografía.
—¿Qué contiene?
—Una copia digitalizada de una entrega documental. Faltan páginas, pero conserva la fecha, una dirección de Alicante y dos firmas.
Abrí la copia impresa.
El documento llevaba como encabezamiento «Acta de entrega y recepción de documentación».
La primera página disponible correspondía a la segunda de un expediente de tres, según la numeración del margen.
En ella se describía la entrega de un sobre cerrado y varios documentos relacionados con una gestión privada.
El texto utilizaba términos administrativos corrientes. Nada permitía determinar todavía qué clase de gestión había motivado la entrega.
En un apartado figuraba un nombre incompleto, que parecía corresponder a la persona destinataria. Solo podían leerse la inicial y parte del primer apellido.
La última hoja contenía dos firmas.
Reconocí inmediatamente el nombre que aparecía debajo de una de ellas.
Andrés Mena.
La segunda estaba trazada con tinta negra, pero carecía de un nombre mecanografiado que permitiera identificar a su autor.
—¿La firma de Andrés está comprobada? —pregunté.
—Todavía no mediante un cotejo pericial —respondió la especialista—. Podemos compararla visualmente con otros documentos, pero necesitamos los originales o material adecuado para establecer conclusiones.
Volví a la segunda página.
La entrega se había realizado en una dirección del centro de Alicante, durante la segunda quincena de septiembre de 2014.
—Conozco esa zona —comenté.
Molina se acercó.
—¿Por Irene?
—Había inmuebles relacionados con Alborán Patrimonial a pocas calles de allí. Tendría que consultar las direcciones exactas.
—La dirección de una entrega puede ser una oficina que no tenga relación con los propietarios de los edificios cercanos.
—Por eso quiero comprobarla.
Nuria señaló la referencia del archivo.
—Hay otra cuestión. El documento fue digitalizado después de 2014. Podemos acreditar que la copia estaba en el ordenador de Rubén, pero todavía no sabemos cuándo obtuvo el original ni quién hizo el escaneo.
—¿Y la primera página?
—No aparece en esa carpeta. Seguimos examinando el material recuperado.
Dejé las copias sobre la mesa.
En la primera página debía de figurar la identificación de las partes, o al menos alguna referencia adicional que permitiera conocer quién había participado en aquella operación.
—Necesitamos encontrar el origen del documento —dije—. Si Andrés conservaba una copia, pudo haber otra entre los archivos de su empresa.
—También pudo recibirla de uno de los participantes —respondió Nuria.
La especialista nos mostró los datos disponibles del archivo. La fecha de digitalización era posterior a la que figuraba en el acta, y el documento había sido incorporado después a una carpeta de trabajo.
Aquello acreditaba la conservación de una copia, pero aún estaba lejos de demostrar la naturaleza de la operación.
Molina se quedó mirando la firma.
—Andrés afirmó que tenía información sobre un encargo de Alicante. Ahora encontramos un documento suyo de aquel año.
—Tenemos un motivo concreto para investigar esa relación —respondí.
Esta vez no añadió nada. Se llevó una de las copias para compararla con la documentación mercantil que habíamos solicitado.
Marta Seguí tardó unos minutos en atenderme. Cuando respondió, estaba saliendo de una reunión y me pidió que esperara mientras buscaba un lugar donde pudiera hablar.
Le expliqué el descubrimiento y le indiqué la dirección que figuraba en el acta.
—Conozco la calle —respondió—. Había varios despachos profesionales y locales comerciales por allí. ¿Qué clase de entrega era?
—Eso estamos intentando determinar. El documento está incompleto.
—¿Aparece Alborán?
—No.
—¿Irene?
—Tampoco.
Escuché cómo abría una puerta. Después desapareció el ruido del tráfico.
—Sergio, necesito que me digas exactamente qué quieres comprobar.
Su pregunta me hizo abandonar la explicación que había empezado a preparar.
—Si alguna de las personas relacionadas con la investigación de Irene utilizó aquella dirección durante septiembre de 2014.
—Eso puedo investigarlo. Pero hay una diferencia entre encontrar un servicio en el mismo barrio y demostrar que participaron las mismas personas.
—La conozco.
—Entonces envíame la referencia completa. Voy a revisar los contratos de aquella época y los registros de proveedores. Si alguien aparece relacionado con esa dirección, tendremos algo sobre lo que trabajar.
Me pidió también la fecha exacta de la entrega.
Se la facilité.
—Espera un momento.
Oí cómo movía varios papeles.
—Tengo aquí una relación de inmuebles que estamos comprobando por el asunto del acceso secundario. Hay una propiedad de Alborán en esa zona, pero está a varias calles. Necesito verificar las direcciones antes de establecer cualquier relación.
—Hazlo con calma. Prefiero que encontremos una coincidencia real.
Marta soltó una risa breve.
—Eso espero. Llevo varios días leyendo contratos de mantenimiento y ya empiezo a reconocer los nombres de los técnicos mejor que los de mis vecinos.
Antes de despedirnos le pregunté por las entrevistas que tenía pendientes sobre el testimonio de Teresa Villena.
Había conseguido localizar a uno de los antiguos trabajadores de mantenimiento, aunque todavía no habían fijado la fecha para hablar con él. De momento seguía sin poder identificar al hombre del coche ni confirmar que la joven mencionada por Teresa fuera Irene.
Acordamos intercambiar únicamente los datos contrastados, dejando las interpretaciones para cuando tuviéramos más elementos.
Molina regresó a mi despacho después de comer. Traía una copia del acta con varias anotaciones y una relación de empresas que habían operado en Alicante durante 2014.
—He revisado los antecedentes de Andrés. La dirección del documento no coincide con ningún domicilio social que hayamos encontrado hasta ahora.
—¿Y la segunda firma?
—He pedido que comparen los documentos de su antigua empresa. Todavía es pronto para ponerle nombre.
Dejó la carpeta sobre la mesa, pero permaneció de pie.
—Hay otra cosa que quiero aclarar contigo.
Le indiqué que se sentara.
—Andrés te buscó personalmente por una investigación de hace doce años. Y tú llevas tiempo trabajando sobre ella fuera de las diligencias oficiales.
—Lo sabes desde hace mucho.
—Sí. Lo que quiero es que cualquier dato utilizado ahora quede incorporado de forma clara, con su procedencia. Si tienes anotaciones particulares que te ayudan a reconocer una dirección o un nombre, necesito saber cuáles son y de dónde salen.
Su preocupación iba más allá de una cuestión administrativa. Aquel documento podía acabar formando parte de una investigación judicial y no debíamos permitir que una conclusión dependiera de recuerdos o papeles que nadie más pudiera comprobar.
Abrí el cajón donde conservaba las anotaciones que había llevado a comisaría para contrastar algunos datos de Alicante.
—Tengo copias de varias relaciones de empresas y una cronología que he elaborado a partir de documentos conocidos. Puedo enseñártelas y distinguir lo que procede de actuaciones oficiales de mis notas personales.
Molina acercó la silla.
Pasamos casi media hora revisando las referencias. En varios casos señalé qué documento había utilizado y qué parte correspondía únicamente a una interpretación mía. Molina tomó nota de dos números de expediente que quería consultar directamente.
Cuando terminamos, dejó las hojas sobre la mesa.
—Así podemos trabajar.
—¿Creías que iba a ocultártelas?
—Creo que llevas tantos años intentando entender lo de Irene que a veces te cuesta separar lo que sabes de lo que sospechas.
Me quedé mirando la cronología.
—Puede ser.
Molina recogió sus copias.
—Voy a ocuparme de los movimientos de Santa Engracia. Quiero saber quién pudo acceder al despacho después de que Lucía viera a Otero. Tú sigue con el documento, pero cualquier coincidencia la contrastamos antes de incorporarla como conclusión.
—De acuerdo.
Esta vez el reparto del trabajo había quedado bastante más claro que en nuestras conversaciones anteriores.
A última hora de la tarde volví a examinar la copia de 2014.
La firma de Andrés aparecía en el apartado destinado a los testigos. Debajo había una fecha y una referencia manuscrita que podía corresponder al número interno de la operación.
Amplié la imagen en el ordenador.
En la parte inferior de la hoja distinguí una anotación parcialmente cortada por el borde del escaneo. Parecía indicar que la documentación había sido entregada en presencia de dos personas, aunque el resto de la frase quedaba fuera de la imagen.
Consulté el índice recuperado de la reprografía y localicé la misma referencia.
En la columna correspondiente al tipo de servicio figuraban únicamente dos palabras: «entrega privada».
Aquel dato coincidía con el acta, pero tampoco explicaba quién había recibido el sobre ni qué contenían los documentos.
Guardé la copia junto a los materiales que debíamos contrastar y preparé una nota para que Nuria examinara si el archivo había sido digitalizado en la antigua empresa de Andrés o en algún equipo identificable.
Después abrí la documentación del homicidio de Santa Engracia.
Molina había dejado señaladas las entradas a la planta que todavía no habíamos podido asociar con una persona concreta.
El nuevo testimonio de Lucía nos permitía ajustar la secuencia de movimientos, aunque seguíamos pendientes de averiguar quién había entrado en el despacho durante la franja posterior.
Repasé ambas investigaciones durante unos minutos.
En una teníamos un hombre asesinado y todavía no habíamos identificado a quien estuvo con él antes de morir. En la otra, un documento antiguo acreditaba una entrega realizada en Alicante sin permitirnos conocer su finalidad.
Cerré el archivo de 2014 y coloqué encima la relación de accesos de Santa Engracia.
Al día siguiente empezaría por esa lista.