CAPÍTULO 7
Una vida prestada
El piso de Rubén Otero tenía menos muebles de los que recordaba Emilia Gálvez. Nos lo dijo desde la puerta, mientras esperaba a que termináramos de comprobar las condiciones de entrada, y señaló el hueco que había quedado junto a la ventana del salón.
—Ahí tenía una estantería. La desmontó la semana pasada y me preguntó si conocía a alguien que la quisiera. Le dije que podía ofrecérsela a mi sobrino, pero cuando volví a hablar con él ya se la había llevado.
La entrada y registro había sido autorizada judicialmente aquella mañana.
La comisión encargada de documentar la diligencia se encontraba dentro, junto con los agentes de Policía Científica que examinaban las habitaciones.
Emilia había salido de su casa al vernos llegar y llevaba varios minutos intentando convencernos de que le permitiéramos ocuparse de las plantas.
—No quiero tocar nada de sus cosas —insistió—. Solo echarles agua. Hay una que tenía desde que llegó al edificio.
—En cuanto terminen las actuaciones, veremos cómo puede hacerse —le respondí.
—Eso me dijeron el otro día.
Molina miró las macetas alineadas junto al balcón.
—Por ahora parecen aguantar bastante bien.
—Porque las regué el domingo anterior. Si hubiera dependido de Rubén, alguna ya estaría seca.
Emilia recogió las llaves que había dejado sobre el alféizar de la escalera y regresó a su vivienda después de pedirnos que la avisáramos antes de marcharnos.
Entré en el salón.
Había un sofá gris, una mesa pequeña y un televisor colocado sobre un mueble bajo.
En la pared quedaban marcas más claras donde antes debieron de colgar fotografías o cuadros.
Dos cajas de cartón permanecían cerradas junto a la puerta del dormitorio y una tercera, abierta, contenía libros de contabilidad, manuales de informática y varias novelas.
La vivienda estaba limpia. En la cocina había una taza sobre el escurridor, algo de fruta y un calendario sujeto a la nevera con un imán publicitario. Las últimas anotaciones correspondían a citas profesionales que ya habíamos encontrado en la documentación de sus clientes.
—Parece que estaba preparando una mudanza —comentó Molina.
Me acerqué a las cajas. Una llevaba escrito «libros» y la otra «personal». Ninguna indicaba un domicilio de destino.
—Vamos a comprobar qué conservaba antes de decidirlo.
Pilar estaba examinando un armario del dormitorio. Había encontrado varias fundas vacías y una carpeta que contenía contratos de alquiler, recibos de suministros y documentación bancaria.
—Todo esto estaba en el cajón superior —explicó—. Debajo hay papeles de años anteriores. Estamos separándolos para poder relacionar cada documento con el lugar donde apareció.
En la carpeta figuraba el primer contrato de aquella vivienda, firmado en 2017 por Rubén Otero. También había copias de renovaciones posteriores, recibos y comunicaciones con el propietario.
Durante nueve años, Andrés había utilizado aquella identidad para desarrollar una vida perfectamente reconocible por sus vecinos, sus clientes y las empresas con las que trabajaba.
Molina examinó una notificación de la comunidad.
—Aquí le reclamaron una cuota extraordinaria. Y la pagó.
—¿Qué tiene de particular?
—Que un hombre que supuestamente intentaba desaparecer no se olvidaba ni de las derramas del edificio.
Le devolví la hoja.
—Precisamente eso pudo ayudarlo a mantener la identidad.
El resto de los documentos mostraba una continuidad semejante.
Había facturas de servicios corrientes, correspondencia del banco y justificantes de pagos realizados sin retrasos importantes.
Rubén había creado una trayectoria administrativa que parecía tan normal como la de cualquiera de sus vecinos.
En el cajón inferior encontramos una agenda de tapas negras. Sus primeras anotaciones correspondían a 2018 y contenían teléfonos de clientes, citas y encargos profesionales. Algunas páginas estaban llenas de referencias comerciales; otras apenas tenían un par de números.
—Aquí hay varios nombres que ya conocemos —dijo Molina.
Señaló a Gerardo Lozano y a dos empresarios que aparecían en las facturas recogidas durante los días anteriores.
Al final había una relación de trabajos pendientes. Varias anotaciones estaban tachadas y junto a otras figuraban fechas de devolución.
Aquello coincidía con el testimonio de Gerardo: Rubén estaba terminando encargos y devolviendo documentación antes de morir.
—Quiero comprobar estas entregas —dije—. Especialmente las de la última semana.
Molina fotografió la página antes de dejarla donde estaba.
En el dormitorio, el armario conservaba suficiente ropa para que Rubén pudiera seguir viviendo allí, aunque una parte de las baldas estaba vacía. Había tres camisas colgadas, dos chaquetas y varias prendas dobladas con cuidado.
Una maleta pequeña permanecía debajo de la cama. Estaba vacía.
El equipo examinó también el escritorio situado junto a la ventana.
Sobre él había una impresora doméstica, una lámpara y un ordenador que sería intervenido conforme a la autorización.
Los cables estaban sujetos mediante pequeñas abrazaderas y los cajones contenían bolígrafos, sobres y material de oficina.
Pilar encontró una carpeta antigua entre dos archivadores.
—Esta es anterior a la documentación de Rubén.
Nos mostró la portada. Figuraba el nombre de la empresa que Andrés Mena había administrado antes del incendio de 2017.
En su interior había copias de facturas correspondientes a varios años. Los trabajos se describían mediante referencias internas, fechas y nombres de clientes. Algunos eran servicios administrativos habituales; otros aparecían identificados de forma demasiado genérica para conocer su naturaleza.
Molina pasó una hoja con cuidado.
—¿Por qué conservaría papeles de su antigua empresa si quería que nadie supiera quién era?
—Quizá los necesitaba para seguir trabajando. También puede que hubiera decidido guardarlos por otros motivos.
Al revisar el índice apareció una factura de 2016 que llevaba el nombre de Verónica Sanz junto al de Andrés. Correspondía a un encargo de organización documental realizado para una empresa cuyo domicilio figuraba en Madrid.
No había nada extraño en que ambos aparecieran en un trabajo de aquella época. Habían sido socios y Verónica tenía facultades para actuar en nombre de la empresa.
Sin embargo, aquella carpeta permitía identificar algunos encargos anteriores a la desaparición que todavía no habíamos localizado en otros registros.
—Necesitaremos contrastar las facturas con los clientes —comentó Molina.
—Y comprobar cuáles seguían pendientes cuando ocurrió el incendio.
Pilar terminó de documentar el contenido y guardó la carpeta entre los efectos que debían examinarse.
Encontramos también varias fotografías familiares en un sobre sin cerrar. En dos de ellas aparecía Andrés junto a una niña que, por la edad y el parecido, podía ser Aitana. Otra mostraba a tres personas sentadas alrededor de una mesa durante una celebración.
Me detuve en una fotografía donde Andrés sostenía una bicicleta infantil mientras la niña ajustaba el casco.
Molina la observó desde mi lado.
—Podría ser su hija.
—Eso parece.
La incorporamos al inventario sin separarla del resto del sobre.
Aitana nos había preguntado si su padre sabía dónde vivía ella durante aquellos nueve años. Las fotografías demostraban que Andrés conservaba recuerdos de su familia, pero todavía no permitían responder a aquella pregunta.
A primera hora de la tarde regresamos a comisaría. Nuria había recibido la documentación de la reprografía que habíamos solicitado después de hablar con Julián Cid.
Los dos juegos entregados el día del asesinato estaban identificados en el inventario inicial del despacho. Uno había quedado sobre la mesa, sujeto mediante una pinza, y el otro se encontró entre las carpetas desplazadas junto al archivador.
—Las fotografías originales permiten relacionarlos con los archivos enviados a imprimir —explicó Nuria—. Eran relaciones de clientes y trabajos pendientes. Las copias están completas.
Aquello resolvía una de las dudas sobre la entrega de las nueve y trece.
—¿Y el otro pedido del que habló Julián? —pregunté.
Nuria abrió una segunda ficha.
—También lo hemos localizado. Rubén envió un archivo después del primero, pero no llegó a retirarlo. La empresa conserva la solicitud y el documento recibido.
En la pantalla apareció el nombre de un fichero que contenía un índice de encargos anteriores a 2017. Las entradas estaban ordenadas por fecha, número de referencia y tipo de servicio.
Varias correspondían a empresas que ya habíamos encontrado en la documentación de Andrés. Otras aparecían identificadas únicamente mediante códigos internos.
—¿Por qué no se imprimió? —preguntó Molina.
—La solicitud quedó pendiente de confirmación. En la tienda consta que Rubén preguntó por ella, pero no llegó a autorizar el trabajo.
Examinamos las primeras páginas. Había referencias a expedientes comerciales, entregas documentales y gestiones privadas cuya descripción no permitía conocer los clientes.
Una parte de los números coincidía con la relación encontrada aquella mañana en el piso.
—Aquí tenemos un índice que puede ayudarnos a relacionar los documentos de las dos identidades —comenté.
Nuria señaló una columna.
—Faltan las descripciones completas de varios trabajos. Este documento parece una relación de control, no el archivo donde se explicaba cada encargo.
—Comprobaremos si esos expedientes siguen entre el material intervenido.
Molina se acercó a la pantalla.
—Andrés conservó los papeles de su antigua empresa y empezó a preparar una relación de ellos justo antes de morir.
—También conservaba sus contratos actuales. Parece que estaba reuniendo documentación de distintas etapas.
—¿Para entregársela a alguien?
Miré la fecha del archivo.
—Había solicitado hablar conmigo. Es una posibilidad que debemos considerar.
La relación de encargos anteriores incluía varias entradas de 2014, aunque por sus códigos no podíamos establecer todavía cuáles, si alguna, correspondían al trabajo mencionado en el formulario dirigido a la Policía.
Pedí que se incorporara el archivo a las diligencias y que sus referencias se contrastaran con el material intervenido.
Antes de marcharme, revisé con Molina la relación de efectos recogidos en el piso.
Rubén tenía una vivienda alquilada, clientes que confiaban en él y vecinos que lo apreciaban. Había utilizado su nueva identidad para realizar actividades corrientes durante años, pero conservaba documentación suficiente de su pasado como para que alguien pudiera reconstruirlo.
—¿Qué hacemos con Aitana? —preguntó Molina.
—Necesitamos comunicarle que hemos localizado documentos personales y fotografías familiares. Habrá que determinar cuáles pueden entregársele cuando ya no sean necesarios para la investigación.
—Le va a costar entender que su padre conservara todo eso.
—Probablemente. Pero tiene derecho a conocerlo.
Molina guardó la carpeta.
—Emilia también ha vuelto a preguntar por las plantas.
Habíamos recibido el aviso de que la diligencia en el domicilio había concluido y se estaba gestionando la situación de la vivienda con las personas legitimadas para ello.
—¿Podrá entrar?
—Cuando quede autorizado el acceso, sí. El propietario está informado y se ha indicado que no se alteren los efectos que todavía deban conservarse.
Pensé en la vecina, que había pasado parte de la mañana esperando en el rellano con una regadera.
—Dile que la avisaremos en cuanto pueda hacerlo.
Recogí mis cosas y me marché.
En casa, Claudia estaba enseñándole a Daniel un vídeo de la representación del viernes. Elena y yo habíamos asistido, pero Daniel insistía en que una de las escenas había durado mucho más durante el ensayo.
—Porque el viernes nadie se equivocó —le explicó su hermana—. Cuando hacéis las cosas bien, se termina antes.
—Pues a mí me gustaba más cuando el otro se olvidaba de lo que tenía que decir.
Claudia me vio entrar y me pidió que resolviera la discusión.
—¿A ti te pareció corta la escena?
Dejé la chaqueta sobre una silla.
—Me pareció que estabais todos bastante bien.
—Eso no es lo que te he preguntado.
Elena apareció desde la cocina.
—Llevas cuatro días diciéndole que estuvo muy bien. Ahora quiere una crítica profesional.
Me senté junto a Daniel para ver otra vez el fragmento. Claudia retrocedió unos segundos y nos indicó exactamente en qué momento debíamos fijarnos.
Cuando terminó, Daniel reconoció que la representación había salido mejor, aunque siguió defendiendo que el ensayo había sido más divertido.
Claudia guardó el teléfono satisfecha.
Más tarde, mientras ayudaba a recoger la mesa, encontré el programa de la función junto a unas revistas. Elena lo había conservado con los nombres de todos los participantes y una fotografía del grupo.
Lo coloqué en el estante donde guardábamos algunas cosas de los niños.
Después regresé a la cocina, donde Claudia seguía explicándole a su madre los cambios que quería proponer para la siguiente representación.