CAPÍTULO 6
La llamada pendiente
Julián Cid estaba terminando de cargar una impresora cuando llegamos a la reprografía de la calle de Ríos Rosas. Había varias cajas de papel abiertas junto al mostrador y una mujer esperaba a que le encuadernaran unos documentos. El ruido de las máquinas nos obligó a acercarnos para presentarnos.
—Ya hablé ayer con su compañero —dijo Julián, dejando un paquete de folios sobre una mesa—. Me comentó que querían preguntarme por una entrega.
—¿Podemos hablar en algún sitio más tranquilo? —pregunté.
Miró hacia la mujer que esperaba y después buscó con la vista al encargado.
—Tengo que terminar esto antes de las once.
Su compañero le indicó que se ocupara de nosotros y Julián nos condujo hasta una habitación donde almacenaban cartuchos de tinta, carpetas y cajas de sobres. Cerró la puerta, aunque el funcionamiento de las impresoras seguía oyéndose al otro lado.
—Antes de empezar, quiero saber si tengo algún problema —dijo.
—Estamos investigando una muerte. Necesitamos comprobar una entrega que realizó el martes por la mañana.
—La del señor Otero.
—¿Lo conocía?
—De otros encargos. Venía algunas veces a imprimir contratos y expedientes. Era bastante exigente con las copias, pero pagaba puntual.
Molina le mostró una fotografía de Rubén.
Julián la reconoció inmediatamente.
—Es él. Me enteré de lo que había pasado por mi jefe. Todavía tengo el justificante de aquel pedido.
Sacó el teléfono y abrió la aplicación con la que registraba las entregas. Buscó durante unos segundos hasta localizar una operación realizada en Santa Engracia.
—Aquí lo tienen. Martes, nueve y trece minutos. Dos juegos de documentos impresos y encuadernados.
Me enseñó la pantalla. Aparecía el número de pedido, la dirección del centro de oficinas y una firma que debía corresponder al destinatario.
—¿Firmó delante de usted?
—Sí. Primero comprobó las copias y después firmó.
—¿Estaba solo?
—Cuando entré, sí.
Le pedí que nos describiera la entrega desde su llegada al edificio. Julián explicó que Belén le había indicado el pasillo y que encontró a Rubén trabajando frente al ordenador. Había dejado varias carpetas sobre la mesa y tenía un maletín marrón junto a una de las sillas.
—¿Recuerda cómo era?
—De piel, con dos asas y una correa larga. Lo vi porque me pidió que apartara una silla para apoyar el paquete y tuve que moverlo un poco con el pie.
Aquello confirmaba que el maletín descrito por Belén seguía dentro del despacho después de las nueve.
—¿Qué ocurrió mientras esperaba? —preguntó Molina.
—Revisó los documentos. Había una página que le parecía demasiado oscura y me preguntó si podía volver a imprimirla. Le dije que tendría que llevarme el archivo o que podía enviarlo directamente a la tienda.
—¿Qué decidió?
—Quedarse con lo que había. Me dijo que ya lo resolvería él.
Julián abrió otra pantalla de la aplicación.
—Por eso tardé un poco más de lo normal. Entre que buscó el archivo y comprobó las hojas, se nos fue un rato.
—¿Notó algo extraño en su comportamiento?
Se quedó pensando.
—Tenía prisa, pero tampoco estaba nervioso. Me pidió que comprobara el teléfono de la tienda porque había enviado otro trabajo y quería asegurarse de que lo habíamos recibido.
—¿Qué trabajo?
—No lo sé. Yo solo me encargo de las entregas.
Le pregunté si recordaba haber visto a alguna otra persona en el pasillo. Mencionó a un hombre que salía de uno de los despachos y a una mujer que hablaba por teléfono junto a la máquina de café, aunque no podía precisar en qué momento.
Cuando le mostramos las imágenes de seguridad, señaló su propia figura sin vacilar.
—Ese soy yo. La bolsa es la que utilizo siempre.
—¿Llevaba algo dentro al salir?
—Mis cosas y el embalaje que había quitado del pedido. No recogí ningún documento del señor Otero.
Le explicamos que necesitaríamos conservar el registro de entrega y comprobar el contenido del pedido mediante las diligencias correspondientes.
Julián aceptó facilitarnos los datos profesionales, aunque pidió que cualquier solicitud de archivos de clientes se tramitara con el responsable del establecimiento.
Antes de despedirnos, volvió a mirar la fotografía de Rubén.
—Cuando salí estaba perfectamente. Me dio las gracias y volvió a sentarse delante del ordenador.
—¿Recuerda la hora?
—Firmó a las nueve y trece. Me marché poco después.
Al regresar al mostrador, Julián retomó el trabajo que había dejado pendiente. Su compañero ya había colocado los documentos de la clienta sobre la encuadernadora y le pidió que terminara de preparar el siguiente pedido.
De camino a comisaría, Molina examinó las notas de la entrevista.
—Tenemos a Otero vivo después de las nueve y trece, si se confirma el registro.
—Y el maletín seguía allí.
—Así que quien se lo llevara tuvo que hacerlo después.
—Siempre que realmente haya desaparecido. Aún tenemos que revisar el inventario completo.
Molina me miró de reojo.
—Podías dejarme disfrutar de una conclusión durante treinta segundos.
Sonreí mientras esperaba a que cambiara el semáforo.
El testimonio de Julián era importante porque aportaba una observación directa de la víctima durante aquella mañana. Tendríamos que contrastar el justificante digital con los registros originales de la empresa, pero su presencia coincidía con las grabaciones y con lo declarado por Belén.
A las diez y media teníamos una reunión con el médico forense para conocer los primeros resultados de la autopsia.
Nos recibió en su despacho con varias fotografías y una copia del informe provisional.
—La causa de la muerte es un traumatismo craneoencefálico grave —explicó—. Las lesiones son compatibles con un impacto contundente. Estamos estudiando algunas características para determinar mejor el mecanismo.
—¿Puede establecer si hubo una agresión? —pregunté.
—La distribución de las lesiones y otros hallazgos hacen que esa posibilidad sea relevante. Una caída simple no explica satisfactoriamente todo lo observado, aunque todavía debemos completar el estudio.
Señaló una fotografía del antebrazo derecho.
—Aquí hay una contusión reciente que podría haberse producido durante un forcejeo. Por sí sola no nos permite asegurar cómo ocurrió.
Molina anotó los datos.
—¿Podemos precisar la hora?
—La autopsia no os va a proporcionar un minuto exacto. Los hallazgos son compatibles con el intervalo que estáis investigando, pero tendréis que apoyaros en testimonios y otros registros para acotarlo.
Le comunicamos que Julián había visto a la víctima con vida después de las nueve y trece. El aviso a emergencias se había producido poco antes de las once, de acuerdo con los registros que habíamos incorporado.
—Entonces ese es vuestro intervalo de trabajo —respondió—. Desde la última observación fiable hasta el hallazgo. Mis conclusiones no permiten reducirlo mucho más.
Salimos con una copia del informe provisional y la necesidad de reconstruir los movimientos de quienes habían accedido al centro de oficinas durante aquella franja.
Nuria nos esperaba en el despacho con dos impresiones sobre la mesa.
—He encontrado otra comunicación de Otero dirigida a la Policía —dijo cuando entramos—. Es anterior a la llamada de las ocho y doce.
Me acerqué.
—¿Cuánto anterior?
—Tres días. Utilizó un formulario electrónico de contacto. La solicitud entró por el circuito general de atención ciudadana y todavía estaba pendiente de asignación.
—¿Por qué no apareció cuando revisamos la llamada?
—Porque no utilizó el mismo nombre.
Nuria me entregó la primera hoja.
En el apartado correspondiente al remitente figuraba Andrés Mena.
Leí la fecha y el texto. El mensaje solicitaba una entrevista conmigo y hacía referencia a un encargo documental realizado en Alicante en septiembre de 2014. Andrés afirmaba que conservaba información que podía resultar relevante para una investigación en la que yo había intervenido.
No proporcionaba nombres de clientes ni adjuntaba archivos. Pedía hablar personalmente antes de entregar los originales.
Volví a leerlo.
—¿Tenemos alguna forma de relacionar esta solicitud con Otero?
—El correo de contacto coincide con una cuenta asociada a su actividad reciente. Estamos verificando los datos técnicos, pero la solicitud estaba registrada con el nombre de Andrés Mena. La llamada del martes, en cambio, se recibió a nombre de Rubén Otero.
Molina cogió la segunda hoja.
—Así que primero escribió como Andrés y después llamó como Rubén.
—Eso parece —respondió Nuria—. La persona que atendió la llamada no tenía delante la solicitud anterior. Son dos comunicaciones distintas.
Me senté para examinar el texto con más detenimiento.
Septiembre de 2014.
Alicante.
Durante los últimos años había repasado suficientes veces la investigación de Irene Valdés como para reconocer inmediatamente la importancia de aquellas referencias. Sin embargo, la existencia de un encargo documental no demostraba que tuviera relación con su muerte.
—¿Por qué no puso el motivo completo? —preguntó Molina.
—Tendremos que averiguar qué documentos quería entregar.
Nuria abrió el registro de entrada.
—La solicitud incluía también un teléfono, pero corresponde al número que utilizaba Otero. No consta ningún intento de contacto posterior desde nuestra unidad hasta la llamada del martes.
—Conservad el formulario original y su trazabilidad —dije—. Quiero que quede documentado cómo se ha recuperado.
Molina siguió leyendo.
—¿Te suena Andrés Mena de alguna de las investigaciones de Alicante?
—No recuerdo haberlo visto entre las personas investigadas. Pero durante aquellos meses hubo empresas, intermediarios y trabajadores cuyos nombres aparecieron en documentos secundarios.
—¿Crees que trabajó para alguno de ellos?
—Es lo que tendremos que comprobar.
Nuria se levantó para continuar con las gestiones del registro. Cuando salió, Molina dejó la hoja frente a mí.
—Tenemos que hablar de esto.
—Te escucho.
—Llevas años investigando lo de Irene por tu cuenta. Ahora aparece un hombre asesinado que había pedido reunirse contigo para hablar de Alicante. Quiero saber si tienes información que pueda ayudarnos a entender esa relación.
Su planteamiento era razonable. Le expliqué que Marta Seguí continuaba revisando determinados documentos relacionados con el acceso de servicio mencionado por Teresa Villena, la testigo localizada durante la investigación anterior.
También le recordé que aquella mujer había descrito a un hombre junto a un coche, aunque sus recuerdos no permitían establecer con seguridad quién era ni qué relación tenía con Irene.
Molina escuchó sin interrumpirme.
—Entonces tendremos que separar bien lo que pertenece a este homicidio de lo que estás siguiendo sobre Irene.
—Estoy de acuerdo.
—Y cualquier relación que aparezca tendrá que comprobarse como las demás.
—Por supuesto.
Se levantó con la copia del mensaje.
—Voy a revisar si Andrés tuvo clientes en Alicante durante 2014. Quizá encontremos alguna sociedad que ya conozcamos.
Marta Seguí atendió mi llamada a primera hora de la tarde.
Seguía trabajando en Alicante y tenía pendientes varias entrevistas relacionadas con las empresas que prestaron servicios de mantenimiento en las propiedades de Alborán Patrimonial.
Le expliqué que investigábamos la muerte de un hombre dedicado a la gestión documental y que habíamos encontrado una comunicación donde mencionaba un encargo realizado en la ciudad durante septiembre de 2014.
—¿Tienes el nombre de la empresa? —preguntó.
—Andrés Mena figuró como administrador de una sociedad madrileña. Estoy esperando la documentación completa de sus clientes.
—Puedo comprobar si aparece entre los proveedores de entonces, pero necesitaré una referencia más concreta. Hay demasiados contratos.
—Te enviaré los datos mercantiles que podamos compartir por el cauce correspondiente.
Marta hizo una pausa.
—¿Crees que tiene relación con Irene?
—Todavía no lo sabemos. Quiero comprobar si aquel encargo pudo afectar a alguna de las personas o empresas que investigamos.
—Sigo pendiente de dos entrevistas sobre el acceso secundario. Si aparece algún nombre relacionado con esa sociedad, te lo comunicaré.
Acordamos contrastar primero los datos de las empresas y evitar cualquier conclusión basada únicamente en la coincidencia de fechas.
Cuando terminé la conversación, Molina estaba revisando el justificante que nos había facilitado Julián Cid.
—La reprografía ha confirmado que el pedido salió de allí y que la firma se recogió a las nueve y trece —me dijo—. También han conservado los archivos del trabajo por si necesitamos examinarlos.
Le conté lo acordado con Marta.
—Entonces tenemos dos caminos —comentó—. Saber quién entró en aquel despacho después de que Julián se marchara y averiguar qué quería contarte Andrés sobre Alicante.
—Y no necesariamente llevan al mismo sitio.
Molina dejó las hojas sobre la mesa.
—Esta vez procuraré acordarme de decirlo antes que tú.
Cogí el formulario de Andrés y preparé una solicitud para contrastar los datos de su antigua empresa con los documentos conservados de 2014. Incluí las referencias conocidas, limité la consulta a la información pertinente y añadí a Molina como responsable de seguimiento.
Cuando terminé, le pasé la hoja para que comprobara los datos.
Corrigió una fecha, añadió una referencia y me la devolvió.
Firmamos los dos antes de remitirla.