CAPÍTULO 5
Rubén Otero
Emilia Gálvez llevaba seis años viviendo frente a Rubén Otero y todavía tenía en la cocina una caja de herramientas que él le había prestado. Cuando le explicamos que estábamos investigando su muerte, nos invitó a entrar y fue directamente a buscarla.
—Se la iba a devolver el sábado. Me estaba arreglando una puerta que no cerraba bien.
Dejó la caja sobre la mesa y apartó un periódico para hacernos sitio. El piso era pequeño, con muebles antiguos y una ventana que daba a la calle de Francos Rodríguez. Desde la cocina se oían los motores de los autobuses que pasaban por delante del edificio.
—¿Cuánto tiempo lo conocía? —pregunté.
—Desde que llegó. Al principio nos saludábamos en el ascensor, como todo el mundo. Después empezamos a hablar más. Era muy servicial.
Molina se sentó frente a ella.
—¿Venía mucha gente a visitarlo?
—Alguna persona de vez en cuando. Trabajaba bastante en casa, aunque también salía con su ordenador. Nunca le pregunté a qué se dedicaba exactamente.
—¿No se lo contó?
—Decía que llevaba papeles de empresas. Una vez me ayudó con una reclamación de la compañía eléctrica. Se pasó una tarde entera buscando facturas y al final consiguió que me devolvieran un dinero que me habían cobrado de más.
Emilia sonrió al recordar aquello, pero enseguida volvió a mirar la caja.
—¿Saben quién le ha hecho esto?
—Estamos investigándolo —respondí—. Necesitamos conocer sus relaciones y sus actividades recientes.
Le enseñé la fotografía de Rubén.
La cogió entre las manos y pasó un dedo por el borde del papel.
—Aquí parece más serio de lo que era. Tenía sus cosas, como todos, pero también sabía reírse. A veces bajábamos a tomar café al bar de la esquina.
—¿Tenía amigos?
—Conocidos, bastantes. Amigos de los que vienen a cenar a casa, eso ya no sabría decirle. Era un hombre reservado, pero tampoco vivía escondido.
Aquella descripción coincidía poco con la imagen que empezábamos a construir a partir de sus documentos. Andrés había conseguido mantenerse durante nueve años bajo otro nombre, aunque en el edificio donde vivía había establecido relaciones que no parecían especialmente calculadas.
—¿Notó algún cambio en las últimas semanas? —preguntó Molina.
Emilia dejó la fotografía sobre la mesa.
—Estaba deshaciéndose de cosas.
—¿Qué clase de cosas?
—Libros, carpetas, alguna ropa. Bajó varias cajas al contenedor de papel. Le pregunté si se mudaba y me dijo que todavía no lo sabía.
—¿Cuándo ocurrió?
—La semana pasada. El miércoles o el jueves, creo. Tendría que mirar el calendario.
—¿Parecía preocupado?
—Más bien ocupado. Tenía muchas cosas que hacer, según me dijo. Lo que me extrañó fue que rechazara un trabajo.
Le pedí que nos explicara a qué se refería.
—El dueño de una tienda de recambios venía a veces a buscarlo. Se llama Gerardo Lozano. El lunes estuvieron hablando en el portal y Rubén le dijo que ya no podía seguir llevándole las cuentas. Gerardo se enfadó bastante.
—¿Presenció la conversación?
—Estaba esperando el ascensor. No escuché todo, pero sí lo suficiente para saber que discutían por trabajo.
—¿Recuerda algo más?
Emilia miró hacia la ventana.
—Gerardo le preguntó qué iba a hacer con los clientes. Rubén le contestó que tendría que buscarse a otra persona. Después se fueron cada uno por su lado.
Anoté el nombre y le pedí los datos que pudiera facilitarnos.
Antes de marcharnos, Emilia quiso saber qué ocurriría con el piso.
—Eso tendrá que resolverlo la propiedad cuando corresponda —respondí.
—Tiene plantas dentro. Las vi el domingo, cuando me pidió que le recogiera un paquete. Si nadie entra durante varios días, se van a secar.
Le expliqué que había actuaciones pendientes sobre el domicilio y que trasladaríamos su preocupación a quienes correspondiera.
Nos acompañó hasta la puerta con la caja de herramientas todavía sobre la mesa.
—Cuando terminen con todo esto, me gustaría saber dónde lo entierran. Era buen vecino.
Gerardo Lozano nos recibió en una tienda de recambios de automóvil situada a pocas calles del edificio. Tenía unos cuarenta y cinco años, la camisa remangada y una expresión de impaciencia que se acentuó cuando le dijimos por qué queríamos hablar con él.
—Lo he visto en las noticias —dijo—. Aunque al principio pensé que sería otro Rubén Otero.
Nos condujo hasta una oficina situada detrás del mostrador. Entre las estanterías se acumulaban cajas de filtros, facturas y catálogos de proveedores.
—¿Cuánto tiempo trabajó para usted? —pregunté.
—Casi cuatro años. Llevaba la contabilidad pequeña, los cobros pendientes y parte del archivo. Era bueno, se lo aseguro. Encontraba cualquier factura, aunque llevara meses guardada.
—¿Por qué dejaron de trabajar juntos?
Gerardo se apoyó contra una estantería.
—Porque me dijo que lo dejaba. Así, de repente. Le había pagado el trimestre y quería devolverme la parte que faltaba.
—¿Le explicó el motivo?
—Asuntos personales. Eso fue todo. Le dije que necesitaba tiempo para buscar a otro gestor, pero estaba decidido.
—¿Se enfadó usted?
Nos miró alternativamente.
—Claro que me enfadé. Tengo una empresa que llevar y no puedo quedarme sin nadie de un día para otro. Pero discutimos por eso, no por otra cosa.
Gerardo abrió un cajón y sacó una carpeta.
—Aquí tengo las últimas facturas. Me entregó las claves de los programas y una relación de trabajos pendientes. Lo dejó todo bastante preparado.
Examiné la documentación que nos mostró. Había fechado la entrega la semana anterior al asesinato y detallado los asuntos que debían quedar resueltos.
—¿Le habló de marcharse de Madrid?
—No. Me dijo que tenía que poner en orden su vida. Recuerdo esas palabras porque me parecieron una manera muy solemne de decir que ya no quería trabajar para mí.
—¿Conocía a sus familiares?
—Nunca me habló de ninguno.
Molina le mostró la fotografía de Andrés Mena, tomada en 2015.
Gerardo la estudió un momento.
—Es Rubén más joven, ¿no?
—¿Lo había visto antes de conocerlo con ese nombre? —pregunté.
—No. Cuando empezó a trabajar conmigo ya tendría sus cincuenta años.
Le pedimos que conservara cualquier comunicación profesional y acordamos solicitar formalmente la documentación que pudiera resultar relevante.
Al regresar al coche, Molina consultó sus notas.
—En una semana cancela trabajos, devuelve dinero y empieza a vaciar su casa. Parece que tenía previsto cambiar de vida.
—Al menos estaba cerrando asuntos pendientes.
—¿Y después de nueve años utilizando otro nombre decide dejarlo todo?
Miré hacia la tienda. Gerardo había vuelto al mostrador y atendía a un cliente mientras sostenía una factura entre los dedos.
—Tenemos que averiguar qué estaba preparando. Y con quién había hablado de ello.
En comisaría nos esperaba una respuesta sobre la antigua sociedad de Andrés Mena.
Los documentos mercantiles confirmaban que, además de él, otra persona había tenido facultades para actuar en nombre de la empresa: Verónica Sanz. Su participación había continuado durante las gestiones posteriores al incendio de 2017.
Molina colocó la documentación sobre mi mesa.
—La empresa pagó el entierro y Verónica figuraba autorizada para operar con su cuenta. Según los registros, también intervino en su liquidación.
—¿Tenemos una dirección actual?
—Sí. Sigue trabajando en Madrid, aunque ahora tiene su propio despacho.
Revisé la información disponible. Verónica había sido socia de Andrés durante varios años y después había continuado prestando servicios de administración empresarial por cuenta propia.
Nuria apareció poco después con una relación de contactos obtenida del teléfono de Rubén, cuyo contenido autorizado estaban examinando.
—Entre los números guardados aparece Verónica Sanz —explicó—. La ficha de contacto es antigua y todavía estamos comprobando si hubo comunicaciones recientes.
—¿El número sigue activo?
—Corresponde a la misma persona, según las primeras comprobaciones.
Molina miró el documento.
—Entonces tenemos a la antigua socia en la agenda de Rubén.
—Puede conservar su número desde hace años —respondí—. Vamos a hablar con ella.
Verónica Sanz trabajaba en un despacho de la calle de Orense, en una planta compartida con dos pequeñas asesorías. Nos recibió en una sala de reuniones después de terminar una conversación telefónica.
Tendría alrededor de cincuenta años. Llevaba un traje azul oscuro y el pelo recogido. Antes de sentarse, nos preguntó si necesitábamos agua o café.
—Prefiero que me expliquen qué ha ocurrido —dijo cuando estuvimos acomodados.
Le comunicamos que estábamos investigando la muerte de un hombre identificado como Rubén Otero y que las comprobaciones dactiloscópicas lo relacionaban con Andrés Mena.
Verónica dejó de mover el bolígrafo que tenía entre los dedos.
—¿Andrés?
—¿Cuándo fue la última vez que habló con él? —pregunté.
—Antes del incendio. Hace nueve años.
—¿Mantenían alguna relación profesional?
—Habíamos sido socios, pero llevábamos tiempo separando nuestros negocios. Después de su muerte terminé algunos asuntos de la empresa y seguí por mi cuenta.
—¿Conocía a Rubén Otero?
—No me suena ese nombre.
Le mostré la fotografía actual.
La sostuvo unos segundos antes de dejarla sobre la mesa.
—Es Andrés, desde luego. Está mucho más mayor, pero es él.
Se quedó mirando la imagen.
—¿Dónde lo encontraron?
—En un despacho alquilado en Madrid.
—¿Y están seguros de que llevaba vivo todo este tiempo?
—Hemos confirmado su identidad mediante huellas y estamos reconstruyendo su actividad posterior a 2017.
Verónica se levantó para cerrar la puerta de la sala. Al regresar, acercó la silla a la mesa.
—Esto va a causar un problema terrible a su familia.
—Ya hemos hablado con su hija.
—Pobre Aitana. Era una cría cuando ocurrió aquello.
Le pregunté por su participación en el entierro.
—La empresa se hizo cargo de los gastos. Andrés tenía algunas obligaciones pendientes y consideré que era lo correcto. Yo autoricé el pago.
—¿Quién contrató personalmente los servicios?
—Creo que intervino nuestra administrativa. Tendría que revisar los documentos para asegurárselo. Han pasado muchos años.
—Necesitaremos esos registros.
—Si los conservo, se los facilitaré por el procedimiento que corresponda.
Molina abrió su libreta.
—¿Qué ocurrió con la empresa después del incendio?
—Fuimos cerrando contratos, pagando lo que debíamos y liquidando lo que quedaba. Andrés llevaba la mayor parte de los clientes, así que resultaba difícil continuar.
—¿Tenían problemas económicos?
—Los habituales de una empresa pequeña. Algunos clientes pagaban tarde, otros discutían los honorarios. Nada especialmente extraordinario.
—¿Y problemas personales?
Verónica tardó algo más en responder.
—Andrés era un hombre complicado. Tenía facilidad para conseguir trabajo y también para enemistarse con la gente. A veces aceptaba encargos que después nos daban más problemas de los previstos.
—¿De qué tipo?
—Documentación de empresas, trámites, autorizaciones. Su actividad habitual.
No insistí sobre aquel asunto. Queríamos recuperar los documentos originales de la sociedad y conocer a quienes habían trabajado con ambos antes de formular preguntas más concretas.
—¿Conservó contacto con la familia? —pregunté.
—Durante un tiempo, sí. Después cada uno siguió con su vida.
Le expliqué que podríamos necesitar otra entrevista y le facilitamos los datos de contacto de la unidad.
Antes de despedirnos, volvió a mirar la fotografía de Rubén.
—Si realmente estuvo vivo todos estos años, me gustaría saber por qué hizo algo así.
Guardé la imagen.
—Eso estamos intentando averiguar.
Cuando regresamos a comisaría, Nuria había terminado una nueva revisión de las grabaciones de Santa Engracia. Había conseguido relacionar al visitante de las nueve con un establecimiento de reprografía situado a varias calles del centro de oficinas.
—La cámara exterior de un comercio lo recoge entrando en el local después de salir del edificio —explicó—. Hemos mostrado la imagen al responsable y cree reconocer a uno de sus colaboradores habituales.
—¿Tenemos nombre? —pregunté.
—Julián Cid. Trabaja realizando entregas y recogidas de documentación para varias empresas. Estamos verificando sus datos y tratando de localizarlo.
Molina se inclinó sobre la pantalla.
—¿Llevaba la misma bolsa?
—Sí. El responsable nos ha explicado que utiliza bolsas de tela para transportar encargos pequeños.
—¿Ha confirmado que estuvo en el despacho ocho?
—Todavía no hemos hablado con él.
Pedí que organizaran la entrevista cuanto antes. Necesitábamos conocer qué había recogido o entregado, si había visto a Rubén con vida y si podía explicar la ausencia del maletín marrón con el que la víctima había llegado aquella mañana.
Antes de terminar la jornada revisé con Molina los primeros movimientos bancarios que habíamos recibido por el cauce correspondiente. Rubén cobraba regularmente por trabajos administrativos. Varias facturas coincidían con clientes que ya habíamos localizado.
Había también algunas transferencias periódicas cuyo concepto no permitía identificar claramente su finalidad. Los datos disponibles todavía eran insuficientes para determinar si correspondían a servicios, deudas u obligaciones personales.
—Por lo menos sabemos de qué vivía —comentó Molina.
—De trabajos bastante corrientes.
—Y de otros que tendremos que entender mejor.
Le señalé las entregas de documentación que Gerardo nos había descrito. Rubén había preparado la retirada de varios clientes y empezado a desprenderse de pertenencias personales durante la misma semana en que solicitó hablar conmigo.
—Quiero que comprobemos si hizo algo parecido con sus otros clientes —dije—. Si estaba cerrando su actividad, tiene que haber más personas que lo sepan.
Molina recogió sus papeles.
—Mañana podemos empezar por los que quedan en la relación.
Asentí y guardé la carpeta de Verónica junto a las diligencias de 2017.
Aquella mañana habíamos conocido a un Rubén Otero muy distinto del hombre que sugerían sus antecedentes: un vecino dispuesto a ayudar, un gestor que cumplía sus compromisos y alguien que, por razones todavía desconocidas, había empezado a desprenderse de la vida que había construido.
Antes de marcharme llamé a Gerardo Lozano para concretar la entrega formal de sus documentos. Me dijo que podía prepararlos al día siguiente y que prefería llevarlos personalmente para aclarar algunas facturas.
Quedamos en vernos a media mañana.
Después apagué el ordenador y recogí la chaqueta. Aún teníamos que localizar a Julián Cid, estudiar las relaciones de Verónica con la antigua empresa y averiguar qué había decidido hacer Rubén durante sus últimos días.
Salí del despacho mientras Molina terminaba una anotación en su libreta.