El testigo que murió dos veces (Los casos de Rivas 5) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

El entierro

Aitana Mena había traído una carpeta azul con los documentos del entierro de su padre. La sostenía sobre las rodillas mientras esperaba en la sala que habíamos preparado para recibirla, acompañada por una mujer de unos treinta años que se presentó como su amiga Laura.

La habíamos localizado aquella mañana. Por teléfono le explicamos que necesitábamos hablar con ella sobre una investigación relacionada con Andrés Mena y que, debido a la naturaleza de la información, preferíamos hacerlo personalmente.

Cuando entré con Molina, Aitana dejó la carpeta sobre la mesa.

—¿Ha ocurrido algo con la tumba de mi padre?

Me senté frente a ella. Molina ocupó una silla algo apartada, dejando espacio para que Laura pudiera permanecer a su lado.

—Tenemos información importante sobre la identidad de su padre y necesitamos explicársela con cuidado.

—¿Qué información?

Le indiqué que habíamos encontrado a un hombre fallecido en Madrid y que las comprobaciones realizadas para identificarlo habían proporcionado un resultado inesperado.

—Sus huellas dactilares coinciden con las que constan en una reseña policial de Andrés Mena, realizada en 2015.

Aitana miró primero a su amiga y después volvió hacia mí.

—Mi padre murió en un incendio.

—Eso es lo que figura en la documentación de 2017. Ahora tenemos una identificación que contradice aquella conclusión.

—¿Me está diciendo que se equivocaron?

—Sabemos que el hombre encontrado esta semana utilizaba otra identidad y que sus huellas corresponden a las de Andrés Mena. Todavía estamos investigando cómo se produjo la identificación del cadáver del incendio.

Aitana retiró las manos de la carpeta.

—¿Está vivo?

La pregunta me obligó a detenerme un momento. Había intentado ordenar la explicación para que pudiera seguirla, pero ella necesitaba saber lo que cualquier persona habría preguntado en su lugar.

—Lo siento. El hombre que hemos identificado falleció esta semana. Estamos investigando su muerte.

Laura acercó una mano al brazo de su amiga. Aitana permaneció mirando la mesa, mientras intentaba comprender lo que acabábamos de decirle.

—Entonces estuvo vivo todos estos años.

—Los datos que tenemos apuntan a que siguió utilizando otra identidad después de 2017.

—¿Dónde?

—En Madrid. Estamos reconstruyendo su actividad y sus domicilios.

—Yo vivo en Madrid.

Le respondí que lo sabía. Aitana cogió la carpeta, abrió las gomas que la mantenían cerrada y empezó a sacar documentos sin buscar ninguno en particular.

—Tengo esto desde el entierro. Mi madre quiso guardarlo todo, pero acabó dándomelo porque yo le preguntaba constantemente por las cosas de mi padre. Aquí están las facturas y el certificado que nos entregaron.

Laura le pidió que dejara los papeles sobre la mesa. Aitana tardó unos segundos en hacerlo.

—Quiero verlo —dijo.

—Podemos explicarle las diligencias necesarias para la identificación y cómo se gestionará esa posibilidad. También podemos facilitarle asistencia antes de que tome una decisión.

—Ya he visto una tumba con su nombre durante nueve años, inspector. Creo que tengo derecho a saber quién era el hombre que estaba dentro.

—Vamos a investigarlo. La identificación del cadáver de 2017 tendrá que revisarse mediante las actuaciones correspondientes, y le comunicaremos lo que podamos confirmar.

Aitana se echó hacia atrás.

—¿Y quién me asegura que ahora tienen razón?

Le mostré la referencia del cotejo dactiloscópico y le expliqué brevemente qué se había comparado. Escuchó sin interrumpirme, aunque mantuvo las manos cerradas sobre las rodillas.

Cuando terminé, señaló los documentos del entierro.

—Mi padre estaba ahí. Nos dijeron que no podíamos verlo porque el cuerpo había quedado muy deteriorado. Yo tenía dieciséis años y acepté lo que me contaron.

Molina se inclinó ligeramente hacia delante.

—¿Recuerda quién habló con ustedes sobre la identificación?

—Había policías y personal del hospital. Mi madre se encargó de casi todo. También vino una mujer que trabajaba con mi padre y nos ayudó con el entierro.

—¿Recuerda su nombre? —pregunté.

—Ahora mismo no. Hace mucho tiempo. Era una compañera de su empresa, alguien que llevaba los asuntos administrativos. Mi madre seguramente se acordará.

Aitana empezó a guardar las hojas, pero se detuvo al encontrar una factura.

—Aquí pone que pagó la empresa de mi padre.

Nos enseñó el documento. Correspondía a los servicios funerarios de 2017 y figuraba emitido a nombre de la sociedad que habíamos encontrado en los antecedentes profesionales de Andrés.

—¿Quién contrató el servicio? —pregunté.

—Yo pensaba que mi madre. Nunca me preocupé por saberlo.

Le expliqué que necesitaríamos una copia y que comprobaríamos quién había realizado las gestiones.

Antes de marcharse, Aitana quiso saber si su padre había sufrido al morir. Le respondí que el examen forense seguía abierto y que, cuando dispusiéramos de resultados suficientes, podríamos explicarle las circunstancias acreditadas.

Se levantó con ayuda de Laura y recogió la carpeta.

—Cuando sepan dónde estuvo viviendo, quiero conocerlo. Quiero saber si tenía otra familia, si trabajaba cerca de mi casa o si alguna vez nos vio por la calle.

Le aseguré que aquellas cuestiones formarían parte de la investigación.

Aitana salió acompañada por su amiga. Antes de cerrar la puerta se volvió.

—Y quiero que averigüen quién enterramos.

El responsable de la funeraria nos recibió a primera hora de la tarde en unas oficinas próximas al cementerio.

Se llamaba Ernesto Galán y llevaba más de veinte años trabajando en el sector.

Habíamos solicitado previamente la documentación que conservaran del servicio de Andrés Mena y se había ofrecido a explicarnos cómo se habían tramitado las gestiones.

La oficina tenía una mesa pequeña, tres archivadores y una ventana que daba al aparcamiento. Ernesto había preparado una copia del expediente sobre una bandeja de plástico.

—Conservamos los datos de contratación, facturación y prestación del servicio —explicó—. Para lo que necesiten fuera de esa documentación habrá que consultar los registros correspondientes.

Le mostramos nuestras acreditaciones y la referencia de la solicitud.

—Nos interesa saber cómo llegó aquí la identificación del fallecido —dije.

Ernesto abrió una de las hojas.

—Nosotros recibimos la autorización para realizar el servicio con los datos de Andrés Mena. Esa identificación venía de las actuaciones previas. La funeraria no determina quién es una persona fallecida.

—¿Recuerda si el féretro estaba cerrado?

—En la documentación figura que permaneció cerrado durante la ceremonia. Por las condiciones de los restos se adoptaron medidas específicas de preparación y traslado.

Molina señaló la factura.

—¿Quién encargó el entierro?

—El servicio se contrató a través de una persona que actuaba en nombre de la empresa. El pago se realizó mediante transferencia.

—Necesitamos identificarla.

Ernesto buscó otra hoja y nos mostró la copia del formulario original. La firma se encontraba junto a un sello de la sociedad, pero el nombre manuscrito resultaba difícil de leer.

—Puedo facilitarles la copia conforme a la solicitud que han presentado. El original está archivado y tendrá que tramitarse su entrega si lo necesitan para alguna diligencia.

Anoté la referencia.

—¿Hubo reconocimiento del cadáver por parte de algún familiar dentro de sus instalaciones?

—No consta ninguno. Recibimos los restos una vez autorizada su entrega. La identificación anterior pertenece a las actuaciones judiciales y forenses.

Aquello coincidía con lo que Aitana nos había contado. La familia había asistido al entierro, pero su presencia no significaba que hubiera participado en el reconocimiento del cadáver.

—¿Recuerda personalmente aquel servicio? —preguntó Molina.

Ernesto tardó un momento en contestar.

—Recuerdo el incendio porque se habló bastante de él. Yo llevaba la coordinación de los traslados aquella semana, aunque no atendí directamente a la familia. Tampoco quiero decirles algo de memoria que después resulte distinto de lo que figura aquí.

—Con la documentación nos basta de momento —respondí.

Revisamos las fechas. La empresa había abonado el servicio varios días después del entierro, dentro de un plazo normal para ese tipo de gestiones. La factura incluía transporte, preparación del féretro, ceremonia e inhumación.

Todo estaba correctamente descrito.

Lo que todavía desconocíamos era por qué una persona vinculada a la empresa de Andrés había asumido aquellas gestiones y qué información manejaba sobre la identificación original.

Pedí que se conservaran todos los documentos disponibles y que quedara registrada nuestra solicitud de los originales.

Al salir, Molina se detuvo junto al coche.

—La hija no vio el cadáver y la empresa organizó el entierro.

—Eso es lo que podemos acreditar hasta ahora.

—Y alguien tuvo que dar por buena la identidad.

—Por eso quiero hablar con quienes intervinieron en el levantamiento y en el examen forense. La funeraria recibió una identificación ya consignada.

Molina abrió la puerta del acompañante.

—¿Crees que en aquel momento sabían que era otra persona?

—Necesitamos averiguar primero qué medios utilizaron para identificarlo. Después podremos examinar quién aportó cada dato.

Arranqué mientras él consultaba la dirección del organismo donde se conservaba parte de la documentación de 2017.

Regresamos a comisaría con las copias del servicio funerario y una relación de las diligencias pendientes. Nuria estaba revisando los accesos del edificio de Santa Engracia cuando pasamos por su despacho.

—Del visitante de las nueve todavía no tengo una identificación —nos dijo—. Las cámaras exteriores permiten seguirlo un tramo, pero después abandona la zona cubierta. Estamos intentando relacionar sus movimientos con otras imágenes disponibles.

—¿Y los accesos a la planta? —pregunté.

—Tenemos registros de varias tarjetas y aperturas realizadas desde recepción. Estoy comprobando a quién correspondía cada autorización. Hay entradas de clientes habituales que tendremos que contrastar con las reservas.

Le pedí que mantuviera aquella línea como prioritaria. El descubrimiento de la falsa muerte podía ocupar buena parte de nuestra atención, pero seguíamos investigando un homicidio cometido aquella misma semana.

Molina se quedó con Nuria mientras yo regresaba a mi mesa.

Tenía una copia del informe inicial del incendio y otra de las actuaciones posteriores de identificación. Las examiné juntas, prestando atención a las fechas de recogida de efectos personales y a las referencias que relacionaban esos objetos con los restos humanos.

El informe del levantamiento describía un cuerpo encontrado en una zona próxima a las oficinas y hacía constar que se habían recuperado varios objetos en el área afectada.

Los documentos posteriores utilizaban esas pertenencias y la información obtenida durante la investigación como parte del proceso de identificación.

Sin embargo, la copia disponible todavía no incluía todos los anexos de recogida y custodia. Para reconstruir el recorrido de cada objeto necesitábamos consultar los originales.

Anoté las referencias y preparé una nueva solicitud.

Poco después entró Molina.

—He hablado con el equipo encargado de recuperar las diligencias antiguas. Parte de la documentación está disponible y otra se conserva en archivos diferentes. Van a indicarnos dónde solicitar cada original.

Le enseñé las referencias que acababa de anotar.

—Quiero que revisemos quién entregó cada pertenencia y cuándo se incorporó a las actuaciones. También necesitamos la documentación forense completa.

Molina examinó las hojas.

—¿Has encontrado algo que contradiga la identificación?

—Todavía no puedo afirmarlo. Hay referencias a objetos personales, pero nos faltan los documentos que expliquen exactamente cómo fueron recogidos y relacionados con el cadáver.

Se sentó frente a mí.

—Entonces el siguiente paso es hablar con quien estuvo allí.

—Sí. Y preparar un informe sobre la discrepancia de identidad para que se valore judicialmente qué nuevas actuaciones proceden.

Molina empezó a ordenar las copias por fecha.

—¿Has pensado en lo que ha dicho Aitana?

—¿Sobre su padre?

—Sobre haber vivido nueve años en la misma ciudad.

Miré la fotografía de Rubén Otero. Habíamos localizado varios domicilios suyos, todos en Madrid, aunque todavía faltaba reconstruir cuánto tiempo pasó en cada uno.

—Tenemos que comprobar si sabía dónde vivía su hija —respondí.

—Eso va a ser difícil de contarle.

—Primero habrá que saberlo.

Molina dejó la fotografía junto a la factura de la funeraria.

En una aparecía un hombre que había trabajado durante años bajo otro nombre. En la otra constaban los gastos del entierro que su familia celebró en 2017.

Ambos documentos eran auténticos en cuanto a su procedencia, pero describían situaciones que necesitaban una explicación conjunta.

Preparé las solicitudes pendientes y añadí a la investigación del incendio la identificación de la persona que había contratado el servicio funerario.

Después incorporé la declaración de Aitana, con las comprobaciones que su testimonio permitía iniciar.

Habíamos conseguido establecer quién organizó administrativamente el entierro y qué documentación recibió la funeraria. Ahora necesitábamos reconstruir la identificación anterior, desde la recuperación de los restos hasta la decisión de atribuirlos a Andrés Mena.

Molina recogió las carpetas que debía entregar.

—Mañana empezamos por los informes originales.

—Y por las personas que firmaron las diligencias.

Se marchó con los documentos.

Antes de cerrar el expediente de aquella tarde, dejé separadas dos hojas: la certificación de defunción de 2017 y el informe dactiloscópico del hombre asesinado en Santa Engracia.

La primera seguía acreditando que Andrés Mena figuraba oficialmente muerto desde hacía nueve años. El segundo demostraba que el hombre encontrado esta semana era el mismo al que se había reseñado con aquel nombre.

La revisión de lo ocurrido entre ambos documentos acababa de convertirse en una parte imprescindible de nuestra investigación.