CAPÍTULO 3 #2
Nos explicó que varias empresas habían abandonado el complejo después del incendio y que otras continuaban allí, aunque con distintos propietarios. Nos indicó cuáles podían llevar funcionando desde 2017.
—¿Y de Andrés qué se decía? —preguntó Molina—. Me refiero a si tenía problemas con alguien.
Vicente se quitó las gafas.
—Aquí se hablaba de él como de un hombre que sabía arreglar asuntos complicados. Había clientes que venían desde bastante lejos para verlo. Pero yo nunca supe exactamente qué hacía.
—¿Asuntos complicados de qué tipo?
—Documentos de empresas, permisos, contratos. Supongo que cosas legales. Si alguno tenía problemas, no venía a contármelos a mí.
Nos acompañó hasta la salida y señaló un edificio situado al otro extremo del aparcamiento.
—La oficina antigua estaba por allí. Ahora la ocupa una empresa de embalajes. Si buscan a alguien que trabajara entonces, quizá puedan empezar por el taller de la esquina. El dueño lleva aquí toda la vida.
Le agradecimos la información y regresamos al coche.
Molina esperó a que cerrara la puerta para hablar.
—Reconoce las fotografías, pero no sabe prácticamente nada de su vida.
—Nos ha dado dos lugares donde buscar a antiguos trabajadores. Eso ya nos sirve.
Arranqué y salimos del aparcamiento.
—¿Crees que preparó su desaparición? —preguntó.
—Es una posibilidad. También tenemos que averiguar cómo se produjo la identificación del cadáver y quién facilitó los datos.
—Si resulta que alguien utilizó otro cuerpo para darlo por muerto, tendremos dos investigaciones.
—Ya las tenemos. Lo que falta es establecer cómo están relacionadas.
Molina guardó la libreta.
—Y quién lo mató ayer.
En el semáforo siguiente tuve que frenar detrás de una furgoneta que descargaba material de construcción. Aproveché para consultar el reloj del salpicadero.
Todavía teníamos tiempo de regresar a comisaría y preparar las actuaciones del día siguiente.
A las cinco y cuarto dejé sobre mi mesa las últimas solicitudes. Habíamos localizado las referencias del servicio funerario que intervino en 2017, aunque faltaban documentos del cementerio y del procedimiento de identificación.
El hombre encontrado muerto en Santa Engracia había seguido trabajando durante años bajo la identidad de Rubén Otero. Eso estaba respaldado por contratos, facturas y personas que lo habían tratado. También existía una inscripción oficial que declaraba fallecido a Andrés Mena desde 2017.
Las huellas vinculaban ambas identidades al mismo hombre.
Molina entró con el abrigo puesto.
—¿Te vas?
—Tengo que recoger a Claudia.
Miró la hora.
—Todavía puedes llegar.
—Eso espero.
—Yo me encargo de que incorporen los documentos que faltan. Mañana hablamos con los responsables de las antiguas diligencias y veremos qué podemos comprobar del entierro.
Le indiqué dónde había dejado las notas y recogí mis cosas.
Antes de salir revisé las últimas comunicaciones. Continuábamos sin identificar al visitante de las nueve, aunque ya teníamos su recorrido dentro del edificio y estaban pendientes las cámaras exteriores. También faltaba determinar con mayor precisión el intervalo de la muerte.
Dejé ambas cuestiones anotadas para la mañana siguiente.
Claudia me esperaba en la entrada del centro donde ensayaba, junto a dos compañeras que discutían sobre una escena. Cuando me vio, se despidió y vino hacia el coche con una carpeta doblada bajo el brazo.
—Has llegado pronto —dijo al sentarse.
—Cinco minutos.
—Normalmente llegas justo cuando termino de llamarte.
—Hoy he mejorado.
Se abrochó el cinturón y dejó la carpeta en el asiento trasero.
—Mamá dice que mañana también tienes trabajo hasta tarde.
—Probablemente.
—Pues acuérdate de que el viernes tenemos la representación. Ya te dije que quería que vinierais los dos.
—Lo tengo apuntado.
Me miró con una expresión que conocía demasiado bien.
—Eso dijiste la otra vez.
—Y fui.
—Al ensayo. La representación es otra cosa.
Salimos del aparcamiento mientras me explicaba que habían cambiado una escena porque el profesor consideraba que duraba demasiado.
Claudia estaba convencida de que la versión anterior era mejor, aunque reconoció que varios compañeros habían olvidado sus intervenciones y aquello complicaba bastante las cosas.
La escuché mientras atravesábamos las calles de vuelta a casa. En un semáforo me pidió que le dejara elegir la música y empezó a buscar una canción en el teléfono.
Sobre el asiento del acompañante llevaba la carpeta con las copias de las certificaciones. Antes de salir de comisaría la había cerrado y guardado dentro de mi cartera de trabajo.
Me acordé de la hija de Andrés Mena. Había recibido la noticia de su muerte nueve años atrás y, según los documentos que estábamos revisando, asistido a las consecuencias de aquella pérdida durante todo ese tiempo.
Ahora tendríamos que averiguar cómo comunicarle que el hombre al que había enterrado podía haber seguido viviendo.
Claudia encontró por fin la canción que buscaba y subió un poco el volumen.
—¿Te molesta?
—No. Déjala.
Durante el resto del trayecto me habló del ensayo, de sus compañeros y de una discusión sobre quién debía encargarse del vestuario.
Cuando llegamos a casa, Elena estaba en la cocina y Daniel había extendido sus deberes sobre la mesa del comedor. Claudia dejó la carpeta de teatro junto a la mochila de su hermano y fue a contarle a su madre lo que habían decidido aquella tarde.
Yo guardé las llaves y me acerqué a Daniel, que llevaba varios minutos intentando resolver una división.
—¿Necesitas ayuda?
—Ya casi la tengo.
Me senté a su lado mientras terminaba la operación. Después comprobamos juntos el resultado y le pedí que recogiera los lápices antes de cenar.
Elena apareció en la puerta.
—¿Todo bien?
—Sí. He recogido a Claudia y Daniel está terminando.
Miró hacia la mesa y después hacia mí.
—Entonces ven a ayudarme con la cena.
Me levanté y la seguí hasta la cocina.
El expediente de Andrés Mena continuaría allí a la mañana siguiente, con sus dos nombres, una inscripción de defunción y una familia a la que todavía no sabíamos cómo explicar lo ocurrido.
Aquella tarde, sin embargo, había llegado a tiempo para recoger a mi hija. Y Elena necesitaba que preparara la cena, no que le explicara otra investigación.