El testigo que murió dos veces (Los casos de Rivas 5) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Fallecido en 2017

La certificación llegó a las ocho y cuarenta y siete de la mañana. Molina la había solicitado la tarde anterior y, cuando entré en el despacho, estaba sentado frente al ordenador con una taza de café que todavía no había probado.

—Tienes que ver esto.

Dejé la chaqueta en el respaldo de mi silla y me acerqué. En la pantalla aparecía una certificación literal del Registro Civil correspondiente a Andrés Mena. Comprobé el nombre completo, la fecha de nacimiento y los datos de filiación antes de llegar al apartado que nos interesaba.

Andrés Mena había fallecido en 2017.

La inscripción constaba practicada en Madrid, con una fecha de defunción situada nueve años antes de que encontráramos su cadáver en Santa Engracia.

—¿Has comprobado la procedencia? —pregunté.

—La certificación se ha obtenido por el cauce oficial. He confirmado también la referencia registral y los datos de nacimiento. Coinciden con los de la reseña de 2015.

Volví a leer el documento. Las huellas del hombre encontrado en el despacho ocho pertenecían a Andrés Mena, cuya muerte figuraba inscrita desde hacía nueve años.

—¿Sabemos qué ocurrió entonces?

Molina abrió otro archivo.

—Hubo un incendio en una nave industrial de Villaverde. Encontraron restos humanos y terminaron identificándolos como Andrés. Tengo un resumen de las diligencias, pero he pedido el expediente completo.

El documento contenía la fecha del siniestro, la intervención de los bomberos y la referencia al levantamiento de un cadáver. La identificación se había realizado durante las actuaciones posteriores y había permitido tramitar la inscripción de defunción.

—¿Quién lo identificó?

—El resumen habla de pertenencias personales y de información facilitada durante la investigación. Necesitamos los informes originales para saber exactamente en qué se apoyaron.

—¿Hay una identificación genética?

—En lo que nos han enviado todavía no aparece.

Me aparté de la pantalla para buscar la carpeta del homicidio. Entre las primeras fotografías del cadáver estaba la imagen de Rubén Otero que habíamos obtenido de su documentación.

La coloqué junto a la ficha de Andrés Mena.

Habíamos pasado la tarde anterior tratando de averiguar por qué aquel hombre utilizaba dos nombres. Ahora teníamos que explicar también cómo había conseguido seguir viviendo después de que se certificara su muerte.

—¿Y el entierro? —pregunté.

—Consta un servicio funerario y una inhumación. Estoy esperando la documentación del cementerio para confirmar dónde se realizó y bajo qué referencias.

—¿Había familiares?

—Una hija, según los datos antiguos. También aparecen otras personas en las diligencias, pero todavía no tengo comprobadas sus relaciones con Andrés.

Molina se levantó para buscar la carpeta que había dejado junto a la impresora.

—Hay una cosa más. La identidad de Rubén Otero empezó a utilizarse documentalmente en 2017, pocos meses después del incendio.

—Eso ya lo vimos ayer.

—Sí, pero ayer no sabíamos que Andrés estaba muerto.

Volví a examinar las fechas. Los últimos movimientos conocidos de Andrés Mena y los primeros documentos asociados a Rubén Otero se encontraban separados por un intervalo relativamente corto.

—Necesitamos el expediente de expedición del DNI de Otero —dije—. Quiero saber qué documentos se aportaron y qué comprobaciones se realizaron.

Molina buscó una hoja en la carpeta.

—Ya está solicitado.

—También habrá que comunicar la discrepancia sobre la muerte de Andrés por los cauces correspondientes. Y recuperar la documentación completa del incendio.

—¿Incluida la identificación del cadáver?

—Especialmente esa parte.

Me senté y abrí el expediente del homicidio. La última anotación correspondía a las grabaciones del centro de oficinas. El hombre que había visitado el despacho ocho seguía sin identificar, aunque los agentes estaban intentando reconstruir su recorrido después de que abandonara el edificio.

De momento, nada permitía relacionarlo con lo ocurrido nueve años atrás.

Molina colocó la certificación sobre mi mesa.

—Hay una familia que enterró a este hombre.

Miré el documento.

—Sí.

—¿Cómo se lo vamos a explicar?

—Primero tenemos que confirmar qué ocurrió en aquel incendio y localizar a los familiares. Después habrá que organizar la comunicación con las garantías necesarias.

—Su hija podría llevar nueve años creyendo que su padre está enterrado en algún cementerio.

—Eso es lo que indica la documentación. Todavía no sabemos qué le comunicaron exactamente ni quién intervino.

Molina recogió su café, lo probó y dejó la taza otra vez sobre la mesa.

—Pues alguien tendrá que contárselo. Y no me gustaría hacerlo con media historia.

Tampoco a mí.

A media mañana recibimos una copia más completa de las actuaciones de 2017.

El incendio se había producido en un conjunto de naves utilizado por pequeñas empresas de almacenaje y distribución.

Una de ellas tenía relación con la actividad profesional de Andrés Mena.

Los bomberos habían intervenido después de que un empleado de una finca próxima avisara de que salía humo por la parte posterior de un edificio.

Los daños fueron importantes. Una zona de oficinas quedó afectada por las llamas y parte de la cubierta sufrió un derrumbe que dificultó los trabajos posteriores.

En el interior aparecieron restos humanos.

Molina extendió sobre la mesa un plano antiguo del complejo.

—Según esto, encontraron el cadáver junto a un pasillo que comunicaba las oficinas con el almacén.

—¿Había alguien trabajando cuando empezó el incendio?

—La empresa estaba cerrada al público, pero todavía estamos reconstruyendo quién tenía acceso. Aquí aparecen varios trabajadores y empresas que utilizaban instalaciones contiguas.

Examiné las primeras fotografías. El humo había ennegrecido las paredes y varias estanterías metálicas permanecían deformadas por el calor. En una de las imágenes se distinguía parte de un pasillo cubierto de escombros.

—¿La causa del incendio?

—El informe preliminar hablaba de un posible origen eléctrico. Después se realizaron más comprobaciones, pero esa documentación todavía no nos ha llegado completa.

—¿Y la identificación?

Molina buscó el apartado correspondiente.

Los restos se habían encontrado en condiciones que dificultaban el reconocimiento visual. En las diligencias figuraban pertenencias atribuidas a Andrés y referencias facilitadas durante las entrevistas posteriores al incendio.

Había una identificación consignada y una resolución que había permitido tramitar la defunción. Sin embargo, los documentos que teníamos delante no permitían reconstruir por completo cómo se había llegado a aquella conclusión.

—Esto pudo estar bien justificado en su momento —comenté—, pero necesitamos saber qué pruebas utilizaron realmente.

Molina señaló una referencia al margen.

—También existe documentación de Medicina Legal. He pedido que nos indiquen qué se conserva y qué comparaciones llegaron a realizarse.

Le pedí que incorporara todo al informe destinado a la autoridad judicial. Si resultaba necesario revisar los restos enterrados, tendríamos que solicitarlo formalmente y explicar por qué las nuevas circunstancias justificaban esa diligencia.

—¿Quieres ir a Villaverde? —preguntó.

—Sí. Tenemos una dirección antigua de la empresa y quiero comprobar qué queda allí.

—Ahora mismo podríamos hablar con los responsables del edificio.

Consulté la hora.

—Vamos.

El complejo industrial estaba situado en una zona de Villaverde donde convivían talleres mecánicos, pequeños almacenes y empresas de transporte. Algunas fachadas conservaban rótulos antiguos, aunque los negocios que anunciaban habían desaparecido hacía años.

La dirección de Andrés correspondía a una nave de dos plantas, con una puerta metálica azul y un acceso lateral compartido con otras instalaciones. Actualmente funcionaba como almacén de suministros para oficinas.

El encargado nos recibió después de que una empleada avisara de nuestra presencia.

Se llamaba Vicente Ocaña, tendría unos sesenta años y llevaba una chaqueta de trabajo con el nombre de la empresa bordado sobre el pecho. Nos condujo hasta una pequeña oficina desde la que podía verse el movimiento de varias carretillas elevadoras.

—Nosotros entramos aquí en 2019 —explicó—. Lo del incendio ocurrió antes, pero yo ya trabajaba en la zona.

—¿Recuerda a Andrés Mena?

Vicente apoyó una mano sobre la mesa.

—Lo recuerdo de verlo por aquí. Tenía una empresa de gestión de papeles, contratos y esas cosas. Venía bastante, aunque su oficina estaba al otro lado del edificio.

—¿Llegó a tratar con él?

—Poco. Algunas veces coincidíamos en el bar de enfrente. Hablaba más con el dueño que conmigo.

Molina le enseñó una fotografía de la reseña de 2015.

Vicente se puso las gafas y la examinó acercándola a la ventana.

—Sí, es él. Aunque entonces llevaba algo más de pelo.

Le mostramos después la imagen del documento de Rubén Otero.

La observó durante más tiempo.

—También se parece. ¿Es una fotografía reciente?

—Estamos comprobando su identidad —respondí—. ¿Recuerda qué supo de Andrés cuando ocurrió el incendio?

Vicente nos devolvió las fotografías.

—Que había muerto dentro. Se comentó mucho porque lo conocían bastantes personas de aquí. Después vino gente a retirar cosas de las oficinas, pero no sabría decirles quiénes eran.

—¿Estuvo usted presente aquella noche?

—No. Yo trabajaba en otra nave, dos calles más abajo. Me enteré al día siguiente, cuando llegué y vi los coches de bomberos todavía por la zona.

—¿Conocía a los trabajadores de la empresa de Andrés?

—A alguno de vista. Eran pocos. Él tenía una secretaria o administrativa, creo, y contrataba a gente cuando le salían trabajos grandes.

—¿Conserva algún contacto de aquellas personas?

Vicente negó con la cabeza.

—Los teléfonos que tenía eran del negocio. Cambiaron de manos cuando cerró todo aquello. Quizá el propietario anterior conserve algún documento, pero nosotros recibimos la nave vacía.

Anoté el dato y le pregunté por las instalaciones contiguas.