El testigo que murió dos veces (Los casos de Rivas 5) CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

«Mañana tengo una reunión a última hora. ¿Sigues pudiendo recogerla?»

Consulté mi agenda. Había bloqueado aquella franja varios días antes, cuando Claudia nos pidió que organizáramos los desplazamientos de la semana.

Respondí que sí y añadí que, si surgía algún problema, se lo comunicaría con tiempo.

Elena contestó poco después.

«Perfecto. Así puedo terminar tranquila».

Guardé el teléfono. Molina había encontrado otra referencia y me estaba esperando para comentarla.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Mañana me toca recoger a Claudia.

—Entonces apunta la hora en algún sitio que no puedas perder.

—Ya está apuntada.

—Haz otra copia.

Me pasó el documento.

La empresa de Andrés había tenido una segunda persona autorizada para determinadas operaciones, aunque el nombre no figuraba en el extracto que habíamos recibido. La documentación completa permitiría identificarla y comprobar qué facultades tenía.

—Esto puede ayudarnos a reconstruir su actividad anterior —dije.

—También podría haber alguien que supiera qué nombre utilizaba después.

—Primero tendremos que localizar a las personas que trabajaron con él.

Molina añadió la petición a las diligencias pendientes y se levantó para hablar con el compañero encargado de las consultas mercantiles.

Aproveché para revisar el informe preliminar de Científica que acababa de entrar.

El examen de la habitación continuaba abierto.

Se habían recogido muestras de distintas superficies, además de los objetos personales de la víctima.

Las fotografías del escritorio y los cajones estaban disponibles para su estudio, pero todavía no existía una identificación concluyente de los documentos que podían faltar.

Sobre el maletín descrito por Belén tampoco había novedades. Ningún objeto localizado hasta ese momento respondía claramente a su descripción.

Anoté que debíamos preguntarle si recordaba alguna marca, cierre o característica particular. También quería saber si Otero había utilizado ese maletín en visitas anteriores.

El teléfono volvió a sonar.

Era Pilar.

—Ya han comprobado las impresiones originales —dijo—. El cotejo confirma la correspondencia con la reseña de Andrés Mena. Tenemos una identificación dactiloscópica positiva.

—¿La ficha está completa?

—La fotografía, los datos de filiación y las impresiones originales. Te enviaremos el informe con su referencia.

—¿Hay alguna posibilidad de que las huellas se hayan asociado por error a otra persona?

—La coincidencia dactiloscópica está verificada. Si hubo un error cuando se creó la ficha antigua, necesitaríais demostrarlo por otra vía, pero las impresiones corresponden al hombre que tenéis en el depósito.

Le di las gracias y colgué.

Molina acababa de regresar.

—¿Confirmado?

—Las huellas son las de Andrés Mena.

Se sentó y volvió a observar las fotografías.

—Entonces Rubén Otero se llamaba Andrés Mena.

—Podemos afirmar que utilizaba la identidad de Rubén y que fue reseñado como Andrés. Todavía necesitamos comprobar su filiación original.

—¿Crees que el documento es falso?

—No lo sé. Quizá ambas identidades tengan una explicación administrativa que aún no hemos encontrado.

Molina se quedó mirando el ordenador.

—Hay algo que me preocupa más que el documento.

—¿Qué?

—La familia. Tenemos una víctima y todavía no sabemos a quién debemos comunicarle su muerte.

Era un problema que no podíamos resolver escogiendo el nombre que nos pareciera más probable. La identidad de Rubén Otero llevaba años utilizándose en contratos y registros. Andrés Mena tenía antecedentes documentales anteriores y una fotografía compatible con el hombre encontrado en Santa Engracia.

Podíamos estar ante una suplantación, un cambio de identidad preparado deliberadamente o una situación cuya explicación permanecía en expedientes que todavía no habíamos consultado.

—Quiero las certificaciones correspondientes —dije—. También la información registral completa de Andrés y la documentación utilizada para obtener el DNI de Otero.

—¿Avisamos a algún familiar?

—Vamos a localizar a quienes correspondan, pero antes de comunicarles nada sobre Andrés quiero que sepamos exactamente qué podemos acreditar. No podemos presentarnos en una casa con una identificación equivocada.

Molina tomó su libreta.

—¿Y el visitante de las nueve?

—Sigue siendo prioritario. Que comprueben si las imágenes permiten seguirlo después de salir del edificio. También quiero la lista de personas que accedieron a la planta por cualquier otra entrada durante esa mañana.

—Ya lo están haciendo.

—Perfecto.

Se marchó para organizar las solicitudes y me quedé revisando los dos documentos de identidad.

La fotografía antigua de Andrés mostraba a un hombre algo más joven, de pelo oscuro y mirada cansada. La de Rubén pertenecía a alguien que había envejecido de una forma corriente, sin rasgos especialmente llamativos.

Entre ambas había casi diez años.

Consulté las fechas de los documentos que Molina había localizado. Los últimos registros de actividad de Andrés y los primeros de Rubén estaban separados por un período relativamente breve, aunque todavía teníamos lagunas suficientes para impedir una reconstrucción.

En aquel momento sabíamos que el hombre asesinado había utilizado dos nombres y que existía documentación oficial asociada a ambos. Desconocíamos cuál era su identidad de origen, cuándo había comenzado a utilizar la segunda y quién podía conocer aquella circunstancia.

Abrí una nueva hoja en el expediente y anoté las comprobaciones necesarias. Después pedí que se priorizaran las certificaciones registrales y las referencias originales de los documentos de identidad.

El asesinato seguía siendo nuestra investigación principal. Pero antes de decidir a quién había que preguntar por los últimos días de Rubén Otero, necesitábamos averiguar qué había ocurrido con la vida anterior de Andrés Mena.

Y, sobre todo, por qué había dejado de utilizar su nombre.