El testigo que murió dos veces (Los casos de Rivas 5) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Un hombre con dos nombres

El hombre que había preguntado por el despacho ocho apareció en la grabación a las nueve y dos minutos.

Llevaba una chaqueta oscura, pantalones beige y una bolsa de tela que sujetaba por las asas.

Se detuvo frente al mostrador, intercambió unas palabras con Belén y esperó mientras ella pulsaba algo en el ordenador.

La cámara estaba instalada sobre la entrada principal, a suficiente altura para mostrar casi toda la recepción. El rostro del visitante se veía de perfil y, durante buena parte de la conversación, una columna ocultaba su cuerpo.

—Por lo menos sabemos que Belén recuerda bien la ropa —comentó Molina.

Estábamos en una sala de la comisaría, examinando la primera copia de las grabaciones. Habíamos conseguido las imágenes de recepción y del acceso al edificio, aunque todavía quedaban pendientes las de dos cámaras exteriores que administraba la comunidad de propietarios.

—¿Podemos ampliar la cara? —pregunté.

El agente encargado de la revisión detuvo la imagen.

—Puedo enseñártela más grande, pero no vamos a recuperar detalles que la cámara no registró.

Amplió la zona. El resultado era suficiente para distinguir unas gafas y el contorno del rostro, aunque no para realizar una identificación fiable.

—Déjala así.

El hombre recogió su bolsa y desapareció por el pasillo. La cámara no cubría las puertas de los despachos, de modo que todavía ignorábamos si había llegado a entrar en el ocho.

A las nueve y dieciséis volvió a aparecer.

Caminaba hacia la salida mientras consultaba el teléfono. Llevaba la misma bolsa y no parecía tener dificultades para moverse. Pasó frente al mostrador, levantó una mano en dirección a Belén y salió del encuadre.

—Catorce minutos —dijo Molina.

—Desde que entró en recepción hasta que volvió a pasar por ella.

—Tiempo suficiente para una reunión.

—O para esperar delante de una puerta.

Molina señaló la pantalla.

—¿Y si Belén recuerda que habló con él al marcharse?

—Que lo comprueben. También quiero saber si alguien lo vio utilizar las escaleras o entrar en otro despacho.

El agente anotó la petición. Había otras personas circulando por aquella planta durante la mañana y sería necesario relacionar cada movimiento con los registros de acceso.

—La salida exterior está aquí —añadió, cambiando de archivo.

El visitante abandonó el edificio a las nueve y dieciocho. Cruzó la acera y caminó hacia el norte, hasta desaparecer de la imagen.

Molina acercó su silla.

—La bolsa parece igual.

—Sí.

—Podría llevarse los documentos.

—Podría.

Esta vez no añadió ninguna broma. Habíamos encontrado a un visitante cuya identidad desconocíamos y que había pasado catorce minutos dentro de unas oficinas donde, poco después, encontraron un cadáver.

Necesitábamos localizarlo, pero todavía había demasiadas personas a las que no habíamos conseguido situar aquella mañana.

Pedí que prepararan imágenes de referencia para distribuirlas entre los agentes encargados de las entrevistas.

Cuando salimos, Molina miró la hora.

—Son casi las cuatro. ¿Has comido?

—Un bocadillo.

—¿Cuándo?

—Mientras veníamos.

—Eso no cuenta como comida.

—Llevaba jamón.

—Entonces retiro la objeción.

Caminamos hasta nuestro despacho, donde habían dejado varias comunicaciones relacionadas con la identificación de Rubén Otero.

La primera comprobación indicaba que el número de su documento y los datos personales asociados figuraban en los registros oficiales de expedición.

Sin embargo, aquella consulta no acreditaba que fueran auténticos los documentos utilizados para obtenerlo.

Habíamos solicitado el expediente original para comprobar cuándo se emitió, qué antecedentes se aportaron y quién figuraba como solicitante.

Encontramos a Pilar hablando por teléfono junto a mi mesa. Tenía una carpeta abierta y utilizaba el extremo de un bolígrafo para seguir una línea del informe.

Nos indicó que esperáramos.

—Sí, pero necesito que me confirmes si la comparación se ha hecho contra las impresiones originales —dijo—. No me sirve únicamente la referencia del sistema. De acuerdo. Cuando tengas la ficha, me llamas.

Terminó la conversación y dejó el teléfono.

—Tenemos una coincidencia dactiloscópica que hay que comprobar.

Molina se sentó sin quitarse la chaqueta.

—¿Con algún sospechoso?

—Con una reseña antigua. Los especialistas están recuperando la documentación asociada.

Pilar nos explicó que las impresiones tomadas al cadáver habían permitido realizar una búsqueda en los archivos policiales. El sistema había señalado una correspondencia con una ficha registrada años atrás, aunque faltaba cotejarla con el material original y confirmar los datos personales.

—¿El nombre? —pregunté.

Consultó la carpeta.

—Andrés Mena.

Molina levantó la cabeza.

—¿Y Rubén Otero?

—Ese es el nombre de la documentación que llevaba encima.

—Entonces tenemos dos nombres.

—Tenemos dos identificaciones que hay que reconciliar —respondió Pilar—. Si el cotejo confirma la coincidencia, tendremos razones para afirmar que las huellas corresponden al mismo individuo. El resto pertenece a vuestra investigación.

Le pedí la referencia de la reseña.

Se había practicado en 2015, durante unas diligencias por presuntas irregularidades documentales.

Andrés Mena había sido investigado por su participación en determinadas gestiones administrativas para terceros.

El procedimiento no había terminado con una condena y necesitábamos recuperar el expediente antes de conocer exactamente qué se le había atribuido.

—¿Tenemos fotografía? —pregunté.

—Una imagen incorporada a la ficha.

Pilar nos la mostró.

El hombre de la fotografía aparentaba unos cuarenta años. Tenía el pelo oscuro, entradas marcadas y un rostro alargado, con una pequeña desviación en la nariz. Miraba al objetivo sin expresión particular.

Molina tomó la copia del documento de Otero y la colocó junto a la pantalla.

—Podría ser él.

Las fotografías se habían tomado con muchos años de diferencia. En la más reciente, el pelo era casi completamente gris y el rostro tenía mayor volumen alrededor de la mandíbula. Las entradas seguían allí y la nariz presentaba una desviación semejante.

—Se parecen bastante —respondí.

—Bastante es quedarse corto.

—Esperemos a las huellas.

Pilar recogió la carpeta.

—Eso mismo llevo diciéndoos desde que habéis entrado.

Salió para atender otra llamada y nos dejó con las dos fotografías.

Molina fue hasta su mesa y abrió el sistema de consulta.

Yo llamé al compañero encargado de recuperar las diligencias de 2015.

Le pedí también que comprobara si existían procedimientos posteriores relacionados con Andrés Mena y que distinguiera las investigaciones policiales de las resoluciones judiciales.

Cuando terminé, Molina seguía mirando la pantalla.

—Rubén Otero tiene actividad laboral en Madrid desde hace varios años. Contratos, facturas, altas y modificaciones de domicilio. Estamos solicitando la documentación que corresponda, pero su identidad administrativa parece bastante completa.

—¿Desde cuándo?

—Las referencias más antiguas que me han pasado son de 2017.

Me acerqué.

La documentación mostraba a un trabajador autónomo dedicado a servicios de gestión y organización de archivos. Había colaborado con pequeñas empresas, despachos profesionales y algunos negocios que necesitaban ordenar su documentación contable.

Su actividad no parecía especialmente lucrativa, aunque tampoco irregular a primera vista.

—¿Y Andrés?

—Estoy buscando.

Encontró una dirección antigua y dos referencias profesionales. La última actividad que podíamos comprobar en aquel momento también correspondía a 2017.

—Aquí tenemos algo —dijo.

Giró el monitor para que pudiera verlo mejor.

Andrés Mena había figurado como administrador de una pequeña empresa dedicada a intermediación y servicios documentales. La sociedad tenía su domicilio en Madrid y había trabajado para clientes de distintas provincias.

—¿Sigue activa?

—Consta un cese de actividad, pero necesito la documentación mercantil completa para saber qué ocurrió.

Abrí la fotografía antigua.

Andrés Mena.

Volví a mirar la copia de Rubén Otero.

La existencia de dos trayectorias administrativas no demostraba todavía cómo se habían construido ni quién había aportado los documentos utilizados.

Podían existir errores, suplantaciones o expedientes relacionados con personas distintas.

El resultado dactiloscópico, si se confirmaba, reduciría considerablemente aquellas posibilidades.

Molina apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Si son la misma persona, alguien tendrá que explicar por qué dejó de utilizar un nombre y empezó con otro.

—Y cómo consiguió la documentación.

—Eso suponiendo que el documento de Otero sea auténtico.

—Puede ser auténtico y contener datos obtenidos mediante una declaración falsa.

—Lo cual mejora bastante el problema.

Consultamos los antecedentes disponibles de la empresa de Andrés. Había prestado servicios administrativos y de archivo, aunque algunos clientes aparecían vinculados a encargos cuya naturaleza no quedaba clara en los registros.

Molina encontró una anotación relacionada con las diligencias de 2015.

—Aquí figura una denuncia por documentación utilizada en una operación comercial. El cliente aseguró que había firmado unas autorizaciones distintas de las que después presentaron ante una entidad financiera.

—¿Andrés fue acusado de falsificarlas?

—Todavía no lo sé. El resumen menciona que intervino en la preparación de los documentos, pero no especifica quién los modificó.

Le pedí que solicitara el expediente completo.

Si Andrés había trabajado legalmente durante años preparando documentación para otras personas, su experiencia podía explicar parte de las circunstancias que estábamos descubriendo.

Pero convertirlo en un falsificador únicamente porque había sido investigado anteriormente sería adelantarnos a las pruebas.

Mi teléfono vibró sobre la mesa.

Elena me había enviado una fotografía del calendario familiar. Había marcado la actividad de Daniel del día siguiente y, debajo, una anotación sobre el horario del ensayo de Claudia.