El testigo que murió dos veces (Los casos de Rivas 5) CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

Belén dudó.

—Un hombre de unos cincuenta años, quizá algo menos. Llevaba una chaqueta oscura y pantalones claros. No me fijé mucho más.

—¿Se marchó después?

—Supongo.

—Necesitamos saber si lo vio salir.

—Yo estuve atendiendo llamadas. No puedo asegurarle que lo viera.

Le pedí que no intentara completar el recuerdo con suposiciones. Después anotamos la descripción, la hora aproximada y las circunstancias en las que había visto al visitante.

Molina cerró la libreta.

—Por lo menos sabemos que Otero esperaba a alguien.

—Sabemos que una persona dijo tener una cita con él.

—Te estás poniendo difícil demasiado pronto.

—Todavía no hemos comido.

Belén nos interrumpió.

—Hay algo que quizá les interese. El señor Otero preguntó esta mañana si podía utilizar nuestra impresora para sacar unas copias. Le expliqué que teníamos un servicio de impresión, pero que debía enviarnos los archivos desde su ordenador.

—¿Llegó a enviarlos?

—No lo sé. La aplicación conserva las solicitudes, aunque no recuerdo haber impreso nada para él.

Pedí que incorporaran también esa información a las comprobaciones. Si alguien había buscado documentos en el despacho, convenía averiguar cuáles había estado preparando la víctima.

Mientras Molina hablaba con uno de los agentes, recibí una llamada de la comisaría.

Era un compañero del equipo.

—Sergio, tenemos un recado para ti de esta mañana. Me ha dicho Molina que estás investigando un homicidio en Santa Engracia.

—Sí. ¿Qué ocurre?

—Ha llamado una mujer de atención al público porque había una solicitud pendiente de pasar a tu unidad. Al parecer, esta mañana alguien pidió hablar contigo personalmente.

Miré hacia el despacho ocho.

—¿Quién?

—Rubén Otero.

Tardé unos segundos en contestar.

—¿A qué hora?

—La llamada está registrada a las ocho y doce. Preguntó si podía concertar una cita contigo. No explicó el asunto, pero dijo que era importante que hablarais hoy.

—¿Le dieron hora?

—Le explicaron que debían trasladar la petición y que no podían confirmar una reunión sin consultarlo. Dejaron registrado su teléfono de contacto.

—¿Llegaron a llamarlo?

—Todavía no. El aviso estaba pendiente de asignación cuando han preguntado por él.

Le pedí que conservaran el registro completo y que nos remitieran la información por el conducto correspondiente. También quería saber exactamente qué había dicho Otero, quién había atendido la llamada y si existía alguna grabación disponible.

Cuando colgué, Molina estaba esperándome.

—¿Qué pasa?

—Otero llamó esta mañana para pedir una cita conmigo.

—¿Contigo?

—A las ocho y doce.

—¿Lo conocías?

—No recuerdo haber oído su nombre.

Molina miró hacia el pasillo.

—Y a las nueve recibe una visita. Poco después aparece muerto.

—Todavía no sabemos cuándo murió.

—Ya. Pero quería verte.

—Eso parece.

Se acercó al mostrador para comprobar la hora de la reserva mientras yo consultaba las notas de la llamada. Teníamos una solicitud dirigida a mí, una visita que todavía no habíamos identificado y un hombre asesinado en un despacho utilizado únicamente durante unas horas.

La coincidencia resultaba difícil de ignorar. También era demasiado pronto para decidir que todo formaba parte de la misma historia.

—¿Crees que sabía que iban a matarlo? —preguntó Molina.

—No tenemos motivos para pensar eso.

—Entonces ¿por qué te llamó?

—Puede que quisiera denunciar algo. O solicitar información sobre algún asunto antiguo. Hasta que sepamos quién era, tampoco podemos descartar que conociera mi nombre por otra investigación.

—¿Y la persona de las nueve?

—Quiero las grabaciones y los accesos antes de sacar conclusiones.

Molina guardó el teléfono.

—Voy a pedir que comprueben también las cámaras de la calle. Si ese hombre no pasó por recepción al salir, quizá lo encontremos fuera.

Regresé un momento al despacho.

Pilar había terminado de fotografiar el escritorio y un técnico estaba preparando el material para levantar impresiones. El cuerpo continuaba donde lo habíamos encontrado, pendiente de que concluyeran las actuaciones necesarias para su traslado.

Volví a mirar los documentos sujetos por la pinza.

Había varias facturas de servicios administrativos, un contrato de alquiler y una relación de pagos sin ningún dato que, a primera vista, justificara que alguien hubiera matado a su propietario.

Sobre la mesa todo ocupaba su sitio.

En el suelo seguían las carpetas desplazadas.

—Pilar, cuando terminéis, necesito una relación completa de lo que había en cada cajón y de cualquier objeto que parezca haber sido retirado.

—La tendrás. Y también de lo que encontremos en el resto de la habitación.

—Gracias.

—No te acostumbres.

Antes de salir consulté la hora. Pasaban unos minutos de las doce.

Molina estaba junto al ascensor, hablando con el agente encargado de las cámaras. Cuando terminó, me enseñó la confirmación de las solicitudes que acababa de cursar.

—Van a comprobarlo todo, pero tendremos que esperar a que revisen los registros.

—Bien.

—¿Qué hacemos mientras?

Miré la copia de la documentación que llevaba en la mano.

Rubén Otero, cincuenta y dos años, gestor documental. Un hombre que había alquilado un despacho para trabajar durante una mañana y que, antes de morir, había intentado hablar conmigo.

—Empezar por averiguar quién era —respondí.

Molina pulsó el botón del ascensor.

—Eso ya lo pone en el carné.

—Quiero saber qué hacía y con quién trabajaba. También qué documentos preparaba esta mañana.

Las puertas se abrieron.

—¿Y después?

Entramos.

—Después averiguaremos para qué quería verme.

Molina pulsó la planta baja y se guardó la libreta en el bolsillo. Yo volví a mirar el nombre que figuraba en la copia del documento.

No recordaba a ningún Rubén Otero.

De momento, lo único que podía afirmar era que él sí sabía quién era yo.