El testigo que murió dos veces (Los casos de Rivas 5)
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CAPÍTULO 1
La cita de las nueve
La recepcionista llevaba casi una hora cancelando reuniones sin explicar a los clientes por qué no podían utilizar sus despachos. Cuando llegamos, estaba hablando por teléfono con un hombre que insistía en recuperar un contrato que había dejado allí la tarde anterior.
—Ya le he dicho que hoy no puede subir. En cuanto nos autoricen a entrar, buscaremos sus documentos y le avisaremos.
Escuchó la respuesta mirando al techo.
—No, señor. Tampoco puede venir a recogerlos personalmente.
Molina se acercó al mostrador y señaló el teléfono.
—Dígale que, si tiene mucha prisa, puede venir a explicárselo a la Policía.
La mujer lo observó durante unos segundos antes de volver a hablar con su cliente.
—Mire, aquí hay un inspector que quizá pueda aclarárselo mejor.
Molina levantó las dos manos.
—Era una sugerencia, no un ofrecimiento.
La recepcionista consiguió terminar la llamada sin necesitar nuestra ayuda.
Se llamaba Belén Fuentes y trabajaba desde hacía cuatro años en aquel centro de oficinas de la calle de Santa Engracia. Ocupaban la segunda planta de un edificio antiguo, reformado para albergar pequeños despachos que podían alquilarse por horas, jornadas completas o períodos más largos.
En recepción había una cafetera, dos sillones de color verde y una pantalla donde aparecían las reservas del día. Una impresora seguía encendida junto a varios sobres preparados para su recogida.
—¿Han encontrado ustedes al señor Otero? —pregunté.
Belén señaló el pasillo.
—Una compañera de limpieza. Yo estaba aquí cuando vino a avisarme. Había sangre en el suelo y el hombre estaba tumbado junto a la mesa.
—¿Llegó a entrar?
—Me acerqué hasta la puerta, pero no pasé. Llamé al 112 inmediatamente.
—¿Conocía a la víctima?
—Venía algunas veces. No tenía un despacho fijo, aunque últimamente reservaba casi siempre el ocho. Aquí los despachos se entregan vacíos y los clientes no pueden dejar documentación entre una reserva y otra. Rubén siempre traía sus cosas y se las llevaba al terminar.
Molina consultó la información que le había facilitado la primera patrulla.
—Rubén Otero. Cincuenta y dos años. ¿Le suena?
—Claro. Lo tenía apuntado esta mañana. Había reservado desde las ocho y media hasta las once.
—¿Para trabajar solo?
Belén miró la pantalla.
—En principio, sí. Aquí no preguntamos qué hace cada cliente dentro. Algunos vienen a trabajar y otros reciben visitas.
—¿Otero recibía muchas?
—No sabría decirle. Yo no estoy pendiente de quién entra en cada habitación.
Le pedí que permaneciera disponible mientras examinábamos el despacho. Antes de marcharnos nos explicó que los agentes ya habían solicitado las grabaciones de seguridad y los registros de acceso.
El pasillo era estrecho y estaba iluminado por unas lámparas empotradas en el techo. Una moqueta gris amortiguaba nuestros pasos. A ambos lados había puertas iguales, identificadas con placas metálicas que contenían números del uno al doce.
El despacho ocho estaba al fondo.
Pilar se encontraba junto a la entrada, fotografiando el marco de la puerta. Levantó la vista cuando nos acercamos.
—Antes de que entréis, los dos con protección en el calzado. Y no quiero que me mováis las sillas.
—Buenos días, Pilar —respondió Molina—. Nosotros también nos alegramos de verte.
—Pues demuéstralo haciendo lo que te he pedido.
Nos colocamos los protectores y esperamos a que terminara una serie de fotografías.
—¿Qué tenemos? —pregunté.
—Un hombre muerto y una escena que todavía estamos examinando. La puerta estaba entornada cuando lo encontraron. No presenta daños visibles y, según la patrulla, nadie ha tenido que forzarla.
—¿Han identificado al fallecido?
—La cartera contiene un documento a nombre de Rubén Otero. Ya están comprobándolo. El forense está dentro.
Pilar se apartó para dejarnos pasar.
La habitación tendría unos veinte metros cuadrados. Había un escritorio junto a la pared, tres sillas, un archivador de dos cajones y una ventana que daba a un patio interior. El aire acondicionado estaba encendido y un olor suave a café permanecía en el ambiente.
Rubén Otero estaba tendido de lado entre el escritorio y la silla principal. Llevaba pantalones oscuros, camisa azul y una chaqueta que se había desplazado hacia un hombro. Una mancha de sangre se extendía desde la parte posterior de su cabeza hasta la moqueta.
El médico forense estaba agachado junto al cuerpo.
—¿Alguna conclusión provisional? —pregunté.
—Una lesión importante en la cabeza. Hay que examinarla mejor y realizar la autopsia, pero tenemos motivos suficientes para investigar una muerte violenta.
Molina se colocó cerca de la puerta.
—¿Podría ser una caída?
—Podría haber caído, desde luego. Lo que todavía no puedo aseguraros es que la lesión se produjera únicamente por eso. Hay características que requieren una explicación.
—¿Hora de la muerte?
—No voy a darte una hora exacta porque te venga bien. Podemos trabajar con una franja amplia de esta mañana. La ajustaremos cuando tenga más datos.
El forense volvió a ocuparse del cuerpo.
Me quedé observando la distribución de los muebles.
El escritorio estaba colocado frente a la puerta. Sobre él había un ordenador portátil cerrado, un vaso de papel con restos de café y varios documentos sujetos mediante una pinza negra.
Las hojas estaban perfectamente alineadas.
En cambio, uno de los cajones del archivador permanecía abierto y varias carpetas se habían desplazado hacia el suelo. Una de ellas había quedado atrapada bajo una pata de la silla.
—Alguien ha estado buscando algo —comentó Molina.
—Puede.
—Los cajones no suelen vaciarse solos.
—También puede haberlos abierto Otero.
Molina miró los papeles esparcidos.
—Y después se golpeó la cabeza para complicarnos la mañana.
Pilar, que acababa de entrar detrás de nosotros, intervino.
—Si habéis terminado de resolverlo, puedo guardar la cámara.
Se agachó junto al archivador y señaló unas marcas en uno de los cajones.
—Estamos documentando las superficies. Hay zonas donde los documentos parecen haber sido desplazados, pero eso no nos dice todavía quién los tocó ni cuándo.
Me acerqué al escritorio sin tocarlo.
Las hojas sujetas por la pinza eran formularios administrativos, copias de facturas y una relación de fechas. Los bordes coincidían casi exactamente. La pinza estaba situada en el centro de la parte superior.
—¿Las habéis encontrado así?
—Sí —respondió Pilar—. Y antes de que preguntes, también hemos fotografiado el vaso.
—No iba a preguntar por el vaso.
—Hoy estás especialmente contenido.
Molina se acercó a mi lado.
—Igual necesitaba tener unos papeles a mano y estaba revisando otros.
—Es posible.
Observé la silla desplazada, el archivador abierto y la mesa.
—Lo que me interesa es saber cuándo quedaron ordenados estos documentos.
—¿Por qué?
—Porque quien abrió los cajones no se preocupó por dejar las carpetas en su sitio.
Pilar siguió mi mirada.
—Eso no demuestra que fueran dos personas distintas.
—Lo sé.
Nos dejamos espacio para que Científica continuara trabajando.
En el bolsillo de la chaqueta de Otero habían encontrado un teléfono móvil. Estaba bloqueado y ya lo habían documentado antes de retirarlo para su examen. También llevaba una cartera con algo de dinero, varias tarjetas y un juego pequeño de llaves.
—Si buscaban dinero, no se han llevado lo que llevaba encima —comentó Molina.
—Tampoco sabemos qué había en los cajones.
Pilar nos enseñó las primeras fotografías de la habitación.
En una de ellas se distinguía una marca rectangular en el revestimiento del cajón superior, delimitada por pequeños arañazos en dos de sus lados.
—Podía haber una caja, una carpeta gruesa o cualquier otro objeto —explicó—. Estamos comprobando si quedan restos que permitan precisar algo.
—¿Y si lo retiró Otero antes de que llegara quien lo mató? —preguntó Molina.
—También cabe esa posibilidad —respondí.
Pilar guardó la cámara.
—Me encanta cuando recordáis que las cosas tienen más de una explicación.
Regresamos a recepción.
Belén había terminado de cancelar las reuniones de la mañana y esperaba con una libreta abierta. A nuestro lado pasó un hombre que llevaba una mochila y preguntó si podría entrar a recoger un ordenador. Un agente le indicó que esperara en la planta inferior.
—Necesitamos reconstruir las entradas y salidas —le dije a Belén—. Empecemos por Otero.
Consultó la pantalla.
—Su reserva comenzaba a las ocho y media. Recuerdo que llegó algo antes, alrededor de las ocho y veinte. Le entregué la tarjeta del despacho.
—¿Venía solo?
—Sí.
—¿Traía alguna cosa?
—Un maletín de piel. Marrón oscuro, creo.
Anoté el dato.
—¿Lo llevaba normalmente?
—No me acuerdo. A veces llegaba con una cartera de mano y otras con un ordenador.
—¿Ha visto salir ese maletín?
Belén se quedó pensando.
—Yo no he visto salir al señor Otero.
—Le pregunto por el maletín.
—No. Tampoco lo recuerdo.
Molina señaló el apartado de reservas de la pantalla.
—¿Tenía alguna reunión programada?
—Aquí solo consta el alquiler del despacho. Si se reúnen con alguien, normalmente no tenemos por qué saberlo.
—¿Normalmente?
Belén se acomodó detrás del mostrador.
—Cuando reciben visitas, algunos clientes nos avisan para que las hagamos pasar. Otras veces vienen personas que conocen el número de la habitación y van directamente.
—¿Entonces cualquiera puede subir?
—La puerta de la planta tiene un control de acceso, pero durante el horario de recepción podemos abrir a los visitantes. Los clientes habituales también tienen sus tarjetas.
Le pedí que conservaran los registros y la información de la reserva. Los agentes que habían llegado primero ya estaban gestionando las grabaciones, pero quería que quedaran identificados todos los sistemas que podían registrar movimientos por separado.
—¿Recuerda alguna visita a Otero esta mañana?
—A las nueve vino un hombre preguntando por el despacho ocho.
Molina levantó la vista de su libreta.
—¿Qué hombre?
—No sé cómo se llamaba. Me dijo que tenía una cita y le indiqué el pasillo.
—¿Le preguntó con quién?
—No. Me dio el número del despacho.
—¿Puede describirlo?