EPÍLOGO
El Reposo de los Gigantes
Antes de que Mateo activara los controles que lo llevarían de vuelta a través del Atlántico, Baltasar, todavía junto a la escotilla abierta de la Atlacóatl, lo retuvo un instante más con una mano apoyada sobre su hombro.
—Gracias por vuestra ayuda esta noche, Baltasar —dijo Mateo, con una sinceridad que no necesitaba de más palabras para hacerse entender—. Sin vos, ninguno de nosotros habría salido con vida de aquella cámara.
—No me deis las gracias todavía, muchacho —respondió el verdugo, con una gravedad que no dejaba lugar a falsa modestia—.
Lo de esta noche fue apenas el primer acto de una vida entera que tendré que dedicar a enmendar los pecados que cometí bajo un engaño que debí haber cuestionado mucho antes.
No sé cuántos años me quedan, ni si bastarán para pagar siquiera una fracción de lo que debo.
Pero empezaré por aquí, esta misma noche, y seguiré cada día que Dios me conceda.
Mateo, sintiendo que el peso de aquellas palabras merecía algo de ligereza antes de partir, esbozó una sonrisa cansada.
—Cuidaos de la Flota Iscariote, entonces —dijo—. Imagino que no estarán precisamente contentos cuando regresen a puerto y descubran cuánto ha cambiado Roma en su ausencia.
Baltasar dejó escapar algo parecido a una risa breve, la primera que Mateo le había escuchado en toda la noche.
—De ellos me encargo yo —respondió, con una determinación que no dejaba espacio para duda alguna—.
Cada hombre que sirvió a la Orden bajo engaño merece la misma oportunidad de redención que a mí se me ha concedido esta noche.
Y cada uno que se niegue a aceptarla, hallará en mí al mismo verdugo que fui, empleado esta vez en la causa correcta.
Se apartó de la escotilla con una reverencia final, y Mateo, sin más palabras que ofrecer, cerró el acceso de la pequeña nave y activó, por última vez en aquella travesía interminable, los controles que Aelión le había enseñado a manejar la primera noche que se conocieron sobre el Atlántico.
El cruce de regreso transcurrió en un silencio que Mateo no intentó llenar con palabra alguna, ni siquiera consigo mismo.
Durante tres días enteros, con el cuerpo de Aelión dispuesto con el mismo cuidado reverente con que se dispone a un rey, la Atlacóatl surcó las mismas aguas que meses atrás había cruzado la Santa María entera, aunque esta vez sin tormenta alguna que amenazara el viaje,
sin sirenas que acecharan bajo la superficie, sin flota iscariote esperando en la niebla para cerrarle el paso.
El propio océano, comprendió Mateo en algún momento indefinido de aquella travesía solitaria, parecía haberse aquietado, como si él mismo reconociera que la guerra que había sostenido, sin saberlo, durante cuatro siglos enteros, había llegado por fin a su final.
Pensó, durante aquellas horas de silencio absoluto, en cada uno de los nombres que habían tejido la historia que ahora llevaba impresa en su propia piel y en las páginas gastadas del diario que jamás se apartaba de su pecho: su abuelo, cruzando aquellas mismas aguas en soledad total,
sin promesa de retorno.
Halvar, aquel nombre lejano y casi mítico que su propia familia había protegido durante generaciones sin que él supiera nunca gran cosa más allá de él.
Y ahora Aelión, un hombre —o algo mucho más que un hombre— de un mundo enteramente distinto al suyo, que había decidido que el precio de la propia vida valía la pena a cambio de salvar un mundo que ni siquiera era el suyo.
Atlán apareció en el horizonte al amanecer del tercer día, sus torres de metal reflejando la primera luz del sol con la misma majestuosidad silenciosa que Mateo recordaba de su primera llegada, meses atrás, a bordo de una Santa María maltrecha y una tripulación aterrorizada.
Esta vez, no obstante, no llegaba como un fugitivo desesperado ni como un muchacho que apenas comprendía la magnitud de su propia historia.
Llegaba como el hombre que había cerrado, con sus propias manos, una herida que llevaba abierta desde antes de que su propia familia existiera siquiera.
Los Heraldos, alertados de algún modo por la propia llegada de la nave nacarada, aguardaban ya en los muelles cuando Mateo finalmente atracó, y el silencio que se extendió entre ellos al ver el cuerpo de Aelión dispuesto en el interior de la nave habló con más elocuencia que cualquier palabra que
hubieran podido pronunciar.
—Llevadme ante el Cónclave —pidió Mateo, con la voz firme pese al cansancio que le pesaba en cada hueso del cuerpo—. Tienen que saber lo que hizo.
La Cámara de Representantes lo recibió con la misma solemnidad silenciosa con que había recibido a Colón meses atrás, aunque esta vez el propio anciano que presidía el Cónclave —el mismo que le había mostrado, en su primera visita, la tumba de su abuelo— se adelantó a recibirlo personalmente,
con una expresión que mezclaba el dolor anticipado y una dignidad que no le permitía derrumbarse antes de escuchar el relato completo.
Mateo, de pie ante los doce miembros del Cónclave reunidos, con el cuerpo de Aelión dispuesto sobre una plataforma ceremonial que los propios Heraldos habían preparado con una premura reverente, relató entonces, con una voz que no titubeó ni una sola vez pese al peso de cada palabra,
la totalidad de lo vivido desde que la Flota Iscariote los interceptara en las aguas del mar de brea y la batalla naval, el sacrificio de Aelión al lanzarse contra Arana entre las llamas, la travesía hasta Roma, la infiltración en el Laberinto de Plomo, y finalmente, el instante final en que Aelión,
gravemente herido, se había interpuesto entre la lanza de cristal del Papa y el pecho de Colón, ofreciendo su propia vida sin un solo instante de vacilación.
—No murió solo por salvar al Almirante —concluyó Mateo, con la voz quebrándose por primera vez ante la magnitud completa de lo que estaba a punto de decir—.
Murió por salvar a la Tercera Humanidad entera de una amenaza que la Segunda Humanidad, hace milenios, no logró contener del todo.
Y murió, también, por salvaros a vosotros.
Si el Custodio hubiera completado su despertar aquella tarde, ningún continente de este mundo, ni siquiera el vuestro, habría quedado a salvo de lo que habría venido después.
Aelión no rompió las leyes de Atlán por capricho, ni por rebeldía vacía.
Las rompió porque comprendió, antes que ninguno de vosotros, que la prudencia ancestral ya no bastaba para protegeros de un peligro que llevaba todo ese tiempo esperando, paciente, el momento exacto de despertar.
El silencio que siguió a aquellas palabras se extendió por la Cámara entera durante un largo instante, roto finalmente por el propio anciano, cuya voz, cargada de un dolor que ningún protocolo ceremonial lograba contener por completo,
resonó con una autoridad distinta a la que Mateo recordaba de su primera visita.
Fue entonces cuando Yaguana, representante de Tainotlán, se puso en pie sin pedir la palabra —algo que ningún protocolo del Cónclave permitía, y que nadie, en ese instante, se atrevió a impedirle—.
Su rostro, siempre firme, siempre seguro, se había quebrado en algo que Mateo no le había visto jamás desde el día en que la conoció defendiéndolo con tanta fiereza.
—Era mío —dijo, con una voz que temblaba a pesar de todo su esfuerzo por sostenerla—.
Antes de ser de todos ustedes, antes de ser el héroe que hoy lloran, Aelión fue mi guardia, mi sombra silenciosa, el muchacho de mi propia región al que vi crecer detrás de mi propio asiento en esta misma sala.
Le enseñé yo misma, sin saberlo, la única lección que necesitaba para lanzarse al mar: que la prudencia, sin coraje que la sostenga, no es más que otro nombre para el miedo.
—Se llevó una mano al pecho, y por primera vez ante todo el Cónclave reunido, no intentó disimular las lágrimas—.
Tainotlán entera llorará a su hijo. Pero yo lloraré, además, al muchacho al que, sin saberlo, le regalé el valor que a mí me faltó para cruzar yo misma ese mismo mar.
—Aelión desafió cada ley que este Cónclave sostiene desde hace generaciones enteras —dijo—. Y, sin embargo, ninguno de nosotros, en esta sala, puede ya sostener que se equivocó al hacerlo.
Lo que siguió, en los días posteriores, transformó por completo el rostro ceremonial y contenido que Mateo había conocido de la propia Atlán.
El Cónclave, quebrando cada tradición de discreción que había sostenido durante siglos enteros, ordenó la construcción de una cripta digna del sacrificio de su ciudadano más rebelde: una tumba tallada en el mismo metal luminiscente que sostenía las torres de la ciudad entera,
adornada con oro reluciente y con la tecnología más avanzada que la civilización atlante todavía conservaba, un monumento que ningún otro atlano, por distinguido que fuera su servicio, había recibido nunca en toda la historia registrada de la ciudad.
Y por orden expresa del propio Cónclave, honrando el deseo que Mateo mismo había expresado ante ellos con una determinación que no admitía negociación alguna, aquella cripta se erigió exactamente junto al sepulcro sencillo de piedra donde descansaba, desde hacía seis inviernos,
el cuerpo del viejo de mar.
Fue allí, ante ambas tumbas dispuestas una junto a la otra bajo el cielo despejado de Atlán, donde Mateo cumplió, por fin, la promesa que había hecho semanas atrás, arrodillado ante aquel mismo sepulcro con el corazón desbordado de un dolor que entonces todavía no sabía cómo procesar del todo.
Con sus propias manos, guiadas por un artesano atlano que le enseñó la técnica exacta con reverente paciencia, Mateo talló sobre la piedra de su abuelo el nombre completo que llevaba demasiado tiempo esperando ser grabado: Luis Gámez, el Viejo de Mar, que cruzó el océano por fe y encontró,
al final de su travesía, un hogar que no esperaba merecer.
—Te dije que algún día tu nombre quedaría grabado aquí, para que nadie olvidara jamás quién fuiste —murmuró Mateo, con la voz quebrada, pasando los dedos sobre cada letra recién tallada—. Tardé más de lo que debí, abuelo. Pero al fin lo cumplí.