El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO XXII El Sabotaje Gitano #4
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CAPÍTULO XXII El Sabotaje Gitano #4

Tomás, todavía con las lágrimas corriéndole por el rostro, alzó la vista hacia el anciano con una confusión genuina.

—¿Qué decís? —preguntó—. No soy Papa. No lo seré jamás. Soy un simple fraile, sin parroquia ni rebaño propio.

—Con el debido respeto, ya no os corresponde elegir, hermano —respondió el cardenal, con una solemnidad que no dejaba espacio para réplica—.

En aquella plaza, ante decenas de miles de testigos, se invocó la adoratio per inspirationem, el más antiguo de los ritos vaticanos, reservado para las ocasiones en que el pueblo entero, sin coacción ni orden de ningún hombre, reconoce a un elegido por voluntad divina.

Por ley romana, sagrada desde hace más de mil años, ocupáis ya la silla de San Pedro.

Otro de los cardenales presentes, un hombre más joven que había presenciado desde su propia posición cercana al balcón papal cada instante del desafío de Tomás, añadió, con una devoción que no intentaba disimular:

—Ningún concilio, ningún cónclave de cardenales reunido durante semanas enteras de deliberación, ha producido nunca un consenso tan absoluto como el que presenciamos esta tarde, hermano Tomás.

Decenas de miles de almas, sin que nadie las guiara, reconocieron en vos algo que ninguno de nosotros sabría nombrar con precisión completa.

No es un honor que podáis rechazar, por humilde que sea vuestro corazón.

Tomás, sintiendo el peso de aquellas palabras asentarse sobre sus propios hombros con una gravedad que ningún combate físico habría logrado igualar, buscó con la mirada a Mateo,

como si esperara de él alguna clase de guía en medio de aquella vorágine que trascendía por completo cualquier cosa que hubiera imaginado para su propia vida.

Mateo, de todos modos, no tuvo palabras que ofrecerle. Se limitó a asentir, una sola vez, con la misma confianza silenciosa que Tomás le había ofrecido a él en tantos momentos de duda a lo largo de aquella travesía imposible.

Sir Baltasar, el hombre más fiel a la Iglesia que Mateo hubiera conocido jamás, se arrodilló también ante Tomás con la misma reverencia absoluta que segundos antes había profesado únicamente a un Papa que ahora yacía hecho fragmentos bajo las ruinas de su propia catacumba.

—Ordenad, Su Santidad —dijo, con la cabeza inclinada—. Os serviré con la misma lealtad que juré aquella noche en que decidí, al fin, servir a la verdad.

Tomás, todavía desbordado por la magnitud de cuanto acababa de suceder, tardó un largo instante en encontrar su propia voz.

—Disolved la Orden de Iscariote —dijo finalmente, con una autoridad que parecía sorprenderlo a él mismo tanto como a quienes lo escuchaban—.

Inmediatamente. Liberad a cualquier hombre o mujer encarcelado injustamente por su causa, en cualquier rincón de la cristiandad donde todavía existan mazmorras marcadas con su nombre.

Es lo único que puedo ordenar en este instante, hermanos.

El resto... el resto tendremos que descubrirlo juntos, con el tiempo.

Los cardenales, asintiendo con una devoción que ya no necesitaba de ningún milagro adicional para sostenerse, se lo llevaron hacia la Basílica entre la multitud que empezaba, poco a poco, a comprender que algo verdaderamente extraordinario acababa de ocurrir sobre aquella plaza,

aunque ninguno de ellos llegara nunca a comprender del todo la magnitud completa de lo que habían presenciado.

Mateo, observando a Tomás alejarse rodeado de una devoción que ninguno de los dos habría podido imaginar apenas un día atrás, se volvió hacia Colón y Baltasar, todavía junto al cuerpo de Aelión, con una petición que no admitía demora alguna.

—Ayudadme a llevarlo hasta la Atlacóatl —dijo, con la voz quebrada pero firme—. Un guerrero digno de Atlán merece descansar en su propia tierra, no en un continente que ni siquiera llegó a conocer plenamente hasta hace apenas unos días.

Colón y Baltasar, sin una sola palabra de objeción, cargaron entre ambos el cuerpo del atlano a través de las calles de una Roma que empezaba apenas a comprender la magnitud de la noche que acababa de vivir, hasta la ensenada discreta donde la pequeña nave nacarada aguardaba, silenciosa,

el regreso de sus pasajeros.

Fue allí, ante la escotilla abierta de la Atlacóatl, donde los tres hombres se detuvieron antes de embarcar el cuerpo de Aelión, incapaces de llevarlo así, cubierto de polvo y de sangre reseca, hasta la tierra que tanto había amado.

Sin necesidad de palabra alguna que coordinara el gesto, los tres —Colón, Baltasar y Mateo— se arrodillaron junto a él con agua que Baltasar había ido a buscar a una fuente cercana, y lavaron su cuerpo con el mismo cuidado reverente con que se lava a un rey caído en batalla, limpiando cada herida,

cada rastro de la noche que acababa de consumirlo, en un silencio que decía más que cualquier oración.

—Ningún guerrero digno de ese nombre debería cruzar el umbral de su propia casa cubierto de la suciedad de la guerra que lo mató —murmuró Baltasar, mientras retiraba con un paño húmedo la ceniza que se había adherido al rostro sereno del atlano—.

Mi propio abuelo me contaba, de niño, la historia de un rey troyano que se arrodilló ante el asesino de su hijo, suplicando solamente el derecho de lavar su cuerpo y devolverlo a casa con honor.

Nunca pensé que llegaría a comprender del todo esa súplica hasta esta misma noche.

Colón, con las manos todavía manchadas por su propio combate, ayudó a vestir a Aelión con la tela más digna que lograron encontrar entre las pertenencias de la propia Atlacóatl,

un manto sencillo pero limpio que sustituyera el uniforme desgarrado y ennegrecido con que había luchado sus últimas batallas.

Solo cuando los tres estuvieron satisfechos de que el cuerpo de su amigo reflejara, aunque fuera mínimamente, la dignidad con que había vivido y muerto, lo alzaron entre los tres y lo dispusieron con cuidado en el interior de la pequeña nave.

Fue allí, ante la escotilla ya cerrada, donde los tres hombres se despidieron con el peso entero de todo lo vivido colgando, silencioso, entre ellos.

El amanecer empezaba ya a asomar sobre las colinas romanas, tiñendo el cielo de un tono dorado que contrastaba, de manera casi obscena, con la ceniza que todavía flotaba en el aire tras la noche que acababan de sobrevivir,

como si la propia naturaleza se apresurara a borrar cualquier rastro visible del horror reciente.

—Volveré —dijo Mateo, con la voz apenas sostenida—, en cuanto Aelión descanse donde merece. Pero no sé cuánto tiempo me llevará.

—Tomaos el tiempo que necesitéis, muchacho —respondió Colón, con una sonrisa cansada que no lograba disimular por completo el propio duelo que llevaba encima—.

Este continente, y esta Iglesia, tendrán mucho que reconstruir para cuando volváis.

Nosotros nos encargaremos de que quede algo digno a lo que regresar.

—¿Y vos, Almirante? —preguntó Mateo—. ¿Qué haréis ahora, sin flota que comandar, sin corona que os espere con nuevas órdenes?

Colón guardó silencio un instante, con la mirada perdida hacia el horizonte marino que llevaba media vida entera cruzando.

—Supongo que descubriré, por primera vez en muchos años, quién soy cuando no persigo ningún mapa —respondió, con una honestidad que sorprendió al propio Mateo—.

Quizás ayude a Su Santidad a reconstruir lo que la Orden dejó roto.

Quizás, simplemente, aprenda a navegar sin más propósito que el propio placer de ver el mar. Ya habrá tiempo de decidirlo.

Baltasar, con la mano derecha todavía manchada de la sangre de la batalla, hizo una reverencia breve pero genuina hacia Mateo.

—Fue un honor luchar junto a vos y vuestros amigos, gitano de Sevilla —dijo—.

El mundo entero os debe una deuda que jamás podrá pagar del todo, aunque nunca llegue a saberlo.

Que vuestro viaje de regreso sea tranquilo, y que vuestro amigo encuentre, al fin, el descanso que se ganó con creces esta noche.

Mateo, sin palabras suficientes para responder a todo lo que aquellos dos hombres habían llegado a significar para él en tan poco tiempo, se limitó a abrazar a cada uno por turno, sintiendo en aquel gesto simple el peso entero de una travesía que los había unido —a uno desde los muelles de Sevilla,

al otro desde apenas una única noche de fuego y sangre compartida— de una manera que ninguno de los tres habría podido predecir jamás.

Después, con el cuerpo de Aelión ya dispuesto con cuidado dentro de la pequeña nave, Mateo se sentó por primera vez solo ante aquel puesto de control que tan brevemente había compartido con su dueño legítimo,

y sintió que las manos le temblaban al posarlas sobre las mismas superficies luminosas que Aelión le había enseñado a leer con tanta paciencia aquella primera noche sobre el Atlántico.

Cada línea de luz, cada símbolo que respondía ahora a su propio tacto en lugar del de su amigo, le recordaba con una crueldad silenciosa que la lección que una vez le había parecido apenas una curiosidad compartida entre dos hombres que empezaban a confiar el uno en el otro,

era ahora lo único que le quedaba de él, convertida en la última tarea que podía ofrecerle: llevarlo a casa con sus propias manos, sin ayuda de nadie más.

Activó los controles con un cuidado casi reverente, como quien teme que un solo gesto en falso pudiera deshonrar la memoria de quien se los había enseñado,

y sintió que un nudo se le cerraba en la garganta al comprender que en ningún momento volvería a escuchar la voz paciente de Aelión corrigiendo su postura sobre aquel mismo asiento, explicándole con calma cada símbolo, cada función,

cada pequeño milagro de una tecnología que ya nunca más compartirían juntos.

La Atlacóatl se elevó sobre las aguas oscuras, dejando atrás una Roma que empezaba, apenas, a vislumbrar el amanecer de un mundo distinto, mientras Mateo, solo ya con el cuerpo silencioso de su amigo y el diario de su abuelo descansando a su lado, ponía rumbo hacia el oeste,

hacia un continente que llevaba toda una vida esperándolo sin que él lo supiera por completo, para cumplir la última promesa de una historia que había tardado cuatrocientos años en llegar a su fin.