CAPÍTULO XXII El Sabotaje Gitano #3
—¡SOSTENEDLO! —bramó, retrocediendo un paso para tomar impulso, con la espada plateada en alto, brillando por última vez bajo la luz mezclada del altar y las llamas menguantes.
Y con un grito que pareció brotar de cada año de servicio ciego que ahora, por fin, encontraba su verdadera redención, Sir Baltasar de Saint-Clair atravesó el cuerpo de cristal del Papa de lado a lado, con una fuerza que llevó la propia hoja de su espada más allá de la carne translúcida,
incrustándola directamente en la roca viva del altar.
En el punto exacto donde faltaba completar la última inscripción milenaria.
Lo que sucedió después fue un caos que ninguno de los cuatro presentes lograría jamás describir con palabras completas.
La resonancia que sacudió la cámara entera no se pareció a nada que Mateo hubiera sentido en ningún momento, ni siquiera en los peores momentos de su propia cicatriz ardiendo contra su pecho.
Las paredes de roca viva empezaron a temblar con una violencia creciente, fragmentos de piedra desprendiéndose del techo mientras un rugido subterráneo, profundo y antiguo, parecía brotar de las entrañas mismas de la tierra bajo Roma entera.
El propio suelo se sacudía bajo sus pies con una violencia que hacía casi imposible mantenerse en pie, y Mateo, aferrado al borde del altar con una mano mientras con la otra sostenía el diario contra su pecho,
sintió que el mundo entero se desmoronaba a su alrededor con la misma furia con que se había desmoronado, siglos atrás, el propio continente de la Atlántida.
La Piedra Angular, en el centro del altar, brilló durante un solo instante con la intensidad exacta del sol al mediodía, una luz que pareció, por una fracción de segundo imposible de medir,
recordar el propio Fulgor Sagrado que los Arquitectos habían desatado sobre su propio mundo hacía millones de años, un resplandor tan puro y tan blanco que Mateo tuvo que cerrar los ojos ante su intensidad,
sintiendo bajo los propios párpados cerrados cómo aquella luz parecía filtrarse de todas formas, iluminando cada rincón de su propia conciencia con una claridad que no tenía nada de física.
Y entonces, con un estruendo que hizo temblar cada piedra de la basílica entera sobre sus cabezas, la Piedra Angular estalló en mil fragmentos que ningún poder humano ni atlante lograría jamás volver a reunir, esparciéndose por toda la cámara como una lluvia de luz agonizante que se apagaba,
fragmento a fragmento, con la misma rapidez con que había brillado.
Bajo aquel estruendo, Mateo escuchó —o quizás sintió, con una certeza que trascendía cualquier oído físico— una melodía ancestral que llevaba escuchando, sin saberlo por completo, desde que tenía apenas diez años y un medallón robado empezó a latir contra su pecho por primera vez.
Una melodía que ahora, por fin, se apagaba para siempre, llevándose consigo cuatrocientos años enteros de terror silencioso, disolviéndose en el propio aire de la cámara como el último suspiro de algo que había esperado demasiado tiempo por un final que nunca debió postergarse tanto.
—¡LA CÁMARA SE DERRUMBA! —gritó Baltasar, ya arrastrando el cuerpo inerte de Aelión hacia la salida con una fuerza que desmentía por completo el agotamiento de su propio cuerpo herido—. ¡DEBEMOS SALIR AHORA MISMO!
Mateo, con las manos temblando, recogió a toda prisa el báculo y el medallón del suelo donde habían quedado tras el colapso del altar, guardándolos junto al diario contra su pecho, mientras Colón, apoyándose contra la pared para mantenerse en pie,
ayudaba a Baltasar a cargar el peso del cuerpo de Aelión entre ambos.
Grandes bloques de piedra empezaban ya a desprenderse del techo entero, estrellándose contra el suelo apenas segundos después de que los cuatro pasaran corriendo bajo cada punto de derrumbe, como si la propia cámara, en sus últimos instantes de existencia,
intentara todavía cobrarse un último tributo de sangre antes de sepultarse a sí misma para siempre.
Corrieron a través del Laberinto de Plomo mientras la cámara entera se desplomaba tras ellos, sepultando para siempre bajo toneladas de roca ancestral cuatro siglos enteros de secretos, de sarcófagos de plomo, y de un terror que jamás volvería a amenazar a nadie más.
Los propios sarcófagos que habían custodiado en su descenso, generaciones enteras de Pontífices infectados sellados en plomo, quedaron enterrados definitivamente bajo el peso de una montaña entera de escombros, su secreto milenario condenado, por fin,
al mismo silencio absoluto que ellos mismos habían impuesto durante siglos a tantas víctimas inocentes.
El propio trayecto de regreso, que les había tomado casi una hora entera durante el descenso cauteloso, se redujo ahora a apenas unos minutos de carrera desesperada, esquivando bloques de piedra que se desprendían del techo a su paso,
saltando sobre grietas que se abrían en el suelo mismo bajo sus pies con una rapidez que ningún terremoto natural debería nunca producir.
Mateo, con el diario apretado contra el pecho con una mano mientras con la otra ayudaba a sostener parte del peso de Aelión, sintió que sus propios pulmones ardían con cada bocanada de aire cargado de polvo,
pero ningún cansancio físico lograba igualar el peso mucho más profundo que llevaba ya instalado en su propio pecho desde el instante en que Aelión había cerrado los ojos por última vez.
Emergieron a la superficie, tosiendo por el polvo y el humo, ante los ojos horrorizados de un puñado de monjes de la Orden que todavía custodiaban el acceso exterior, incapaces de comprender del todo la magnitud de lo que acababa de suceder bajo sus propios pies.
—¿Sir Baltasar? —preguntó uno de ellos, con la voz temblando entre la confusión y un respeto reverencial que llevaba años enteros profesando hacia el verdugo de Roma—. ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde está Su Santidad?
Baltasar, todavía sosteniendo buena parte del peso del cuerpo de Aelión, se volvió hacia ellos con una expresión que no dejaba espacio para preguntas adicionales.
—Su Santidad ha muerto —dijo, con una autoridad que ninguno de los monjes presentes se atrevió a cuestionar—. Pero no esta noche. Murió hace mucho, mucho tiempo, hermanos. El hombre que ocupaba el trono de San Pedro llevaba siglos siendo un impostor.
No era, comprendió Mateo mientras escuchaba aquellas palabras, la verdad completa. Pero era, quizás, la única verdad que aquellos hombres podían soportar sin desatar un pánico todavía mayor del que ya sacudía la ciudad entera.
—Abrid la plaza —ordenó Baltasar, con una voz que no admitía discusión alguna—. Ahora mismo. Que cada familia recupere a los suyos.
El caos que siguió, mientras las puertas selladas se abrían una tras otra y decenas de miles de fieles se derramaban hacia la libertad entre lágrimas de alivio y reencuentros desesperados, transformó la plaza entera en un mar de abrazos, de nombres gritados a voz en cuello,
de padres alzando a sus hijos recuperados con una gratitud que ningún milagro religioso habría podido igualar jamás.
El anciano sacerdote de parroquia rural, que había pasado la hora entera del caos gritando el nombre de la joven madre entre la multitud, la encontró finalmente junto a una de las fuentes, todavía aferrada a su bebé, ambos ilesos, y el abrazo que compartieron,
ajeno por completo a la magnitud teológica de cuanto acababa de suceder bajo sus propios pies, resumía mejor que cualquier sermón la verdadera medida de lo que se había evitado aquella tarde.
En otro rincón de la plaza, el joven que había descubierto la grieta entre las puertas selladas, aquel mismo que había ayudado a docenas de niños a escapar hacia la calle contigua, se derrumbó de rodillas al ver aparecer, entre la multitud liberada, a sus propios padres, ambos ilesos,
aunque cubiertos de polvo y de un cansancio que ningún abrazo lograba disipar por completo.
Cerca de allí, dos hermanas que se habían perdido la una a la otra en los primeros segundos de pánico se reconocieron entre el gentío con un grito que atravesó, por un instante, todo el rumor confuso de la plaza entera,
y corrieron la una hacia la otra con la misma desesperación con que corre quien teme, hasta el último instante, que aquel reencuentro pudiera ser solo un espejismo cruel.
Aquel respiro breve ofreció a Mateo la primera oportunidad, desde que abandonaran la cámara subterránea, de observar el rostro sereno de Aelión, ya sin vida, tendido sobre el empedrado de la plaza mientras Colón y Baltasar recuperaban el aliento a su lado, ambos cubiertos de heridas y de polvo,
ninguno de los dos con fuerzas suficientes ya para sostenerse en pie sin apoyo mutuo.
Fue entonces cuando Tomás Ruiz, descendiendo desde su propio balcón acompañado ya de un puñado de cardenales que no se apartaban de su lado, llegó hasta ellos y, al ver el cuerpo del atlano, cayó de rodillas junto a él sin lograr contener las lágrimas que le corrían libremente por el rostro.
—Sin él, nunca lo habríamos logrado —murmuró, con una voz quebrada por un dolor genuino—. Sin su locura, sin su valentía de romper cada ley de su propio pueblo, ninguno de nosotros habría llegado siquiera a pisar Roma.
Posó una mano temblorosa sobre el pecho inmóvil de Aelión, en un gesto que no tenía nada de ritual eclesiástico, sino la simple necesidad humana de tocar, una última vez, a un compañero de travesía que jamás volvería a responder a aquel contacto.
—Que descanse en paz un hombre que no creía en nuestro Dios, y que sin embargo hizo por nosotros más de lo que muchos de los que sí creen habrían hecho en ningún momento —añadió, con la voz apenas audible.
Fue en aquel instante de duelo compartido cuando el cardenal más anciano del grupo que acompañaba a Tomás, un hombre de rostro surcado por décadas de servicio se arrodilló ante el propio fraile con una reverencia que hizo que Mateo, observando la escena,
sintiera un escalofrío de incredulidad recorrerle la espalda.
—Su Santidad —dijo el cardenal, con la cabeza inclinada—. ¿Cuáles serán vuestras órdenes?