El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO XXII El Sabotaje Gitano #2
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CAPÍTULO XXII El Sabotaje Gitano #2

Y con aquellas palabras todavía resonando en el aire, lanzó la estocada final.

Fue entonces cuando una figura irrumpió en la cámara con una velocidad que ningún hombre presente había anticipado, interceptando la lanza de cristal a escasos dedos del pecho de Colón con una espada que refulgía, plateada e impecable, bajo la luz ámbar del altar.

Sir Baltasar de Saint-Clair, verdugo de Roma y mejor guerrero de toda la Orden de Iscariote, se irguió entre el Papa y el Almirante caído con la misma disciplina marcial que había definido cada instante de su vida al servicio de la Iglesia, aunque algo en su expresión,

algo que ningún miembro de la Orden había visto jamás en aquel rostro tallado en la más estricta obediencia, ardía ahora con una determinación completamente nueva.

Descendiente directo de aquel mismo capitán que, generaciones atrás, había asesinado Halvar en una barcaza sobre aguas heladas del norte, Baltasar llevaba en la sangre un legado de servicio ciego a la Orden que se extendía hasta donde alcanzaba cualquier registro familiar,

un legado que aquella misma noche, por primera vez en generaciones enteras, estaba a punto de quebrarse para siempre.

—¡¿Qué hacéis?! —bramó el Papa, con una incredulidad genuina rompiendo por primera vez la calma inhumana que había sostenido durante toda la confrontación—. ¡Sois mi siervo! ¡Habéis jurado lealtad absoluta a esta Santa Sede!

—He escuchado suficiente esta noche para saber que aquello a lo que juré lealtad nunca existió —respondió Baltasar, con una voz que temblaba, no de miedo, sino de una furia contenida durante toda una vida de servicio ciego—.

Pasé años enteros siguiendo, bajo engaño, a un demonio encarnado, convencido de que servía a Dios mismo con cada ejecución que llevé a cabo en vuestro nombre.

Pero mi camino hacia la redención empieza aquí, esta misma noche, en este mismo instante.

Desenvainó por completo su espada, cuyo acero refulgía con un brillo que parecía casi sagrado bajo la luz mezclada del altar y de las últimas llamas menguantes, y se colocó en posición de combate con la precisión absoluta de generaciones de entrenamiento en el arte de la guerra santa.

—Entonces moriréis como el traidor que os habéis convertido —dijo el Papa, con la lanza de cristal todavía extendida, girándose por completo hacia aquel nuevo adversario.

—Quizás —concedió Baltasar, sin el menor rastro de vacilación en la voz—. Pero moriré enfrentando, al fin, al verdadero enemigo de la fe que juré proteger. Mi propia estirpe lleva generaciones enteras sirviendo, sin saberlo, a la misma mentira que hoy termina conmigo.

El combate que siguió trascendió por completo cualquier batalla que Mateo, todavía inclinado frenéticamente sobre el altar, hubiera presenciado en toda su vida.

Baltasar se movía con una maestría marcial forjada en décadas enteras de servicio como el verdugo más temido de Roma, cada estocada calculada con una precisión que ni siquiera Arana había logrado igualar en su propio combate contra Aelión,

esquivando la lanza de cristal del Papa con giros que parecían desafiar las leyes mismas del movimiento humano.

Su armadura, antaño símbolo del terror que representaba para cualquier hereje condenado a su hoja, refulgía ahora bajo la luz ámbar del altar con una pureza que parecía haberse purificado, en aquel mismo instante, de todos los pecados que había cometido en nombre de una fe traicionada.

Cada intercambio entre ambos combatientes producía un estruendo que hacía vibrar la cámara entera: el acero bendecido de Baltasar chocando con el cristal viviente del Papa en una sinfonía de chispas y de luz que ningún testigo humano habría podido presenciar sin sentir, al mismo tiempo,

terror y una especie de reverencia imposible de nombrar.

El verdugo, con los años enteros de disciplina marcial grabados en cada músculo de su cuerpo, esquivaba estocadas que habrían decapitado a diez hombres comunes, respondiendo con una cadencia de golpes que empezaba, poco a poco,

a encontrar grietas en la guardia aparentemente perfecta de su adversario.

El Papa, adaptándose con la misma velocidad de cálculo que Arana había demostrado antes en su propio combate contra Aelión, empezó a variar sus propios ataques, alternando la lanza afilada con embestidas del brazo opuesto, todavía humano en apariencia,

pero con una fuerza que ningún brazo humano podría jamás sostener.

Baltasar, obligado a defenderse en dos frentes simultáneos, sintió por primera vez desde que había desenvainado el peso completo de la desventaja que enfrentaba, y pese a ello cada golpe recibido, cada grieta abierta en su propia armadura,

parecía alimentar en él una determinación todavía mayor que el propio dolor físico.

—¿Sentís miedo, verdugo? —preguntó el Papa, en mitad de un intercambio particularmente violento, con un tono que buscaba, deliberadamente, sembrar la duda en su adversario—.

Vuestros hermanos de armas, generación tras generación, sirvieron a esta Santa Sede sin cuestionar nunca.

¿Qué os hace pensar que vuestra rebeldía, esta única noche, borrará siglos enteros de obediencia ciega?

—No busco borrar nada, criatura —respondió Baltasar, sin perder el ritmo de sus propios golpes—. Busco, simplemente, terminarlo. Y un final honesto vale más que mil años enteros de servicio construido sobre una mentira.

—¡Impresionante, verdugo! —dijo el Papa, genuinamente sorprendido por primera vez ante la resistencia que aquel guerrero humano lograba ofrecerle—. Años enteros forjando el instrumento perfecto de mi propia voluntad, y ahora descubro que forjé, sin saberlo, al único hombre capaz de hacerme sangrar.

Y en efecto, allí donde Aelión y Colón habían fallado en hacer mella alguna significativa en aquel cuerpo cristalino, la espada de Baltasar, forjada con un acero bendecido por generaciones de rituales de la propia Orden, empezaba a abrir grietas visibles en la superficie translúcida del Papa,

líneas de luz ámbar escapando por cada corte como sangre de una herida que ningún cuerpo humano podría jamás producir.

El propio Baltasar, sintiendo aquella primera victoria parcial recorrerle el cuerpo entero, encontró en ella una fuerza renovada, un segundo aliento que ninguna reserva física debería haberle permitido sostener después de tantos minutos de combate ininterrumpido.

—Cada grieta que abro en vuestra piel, criatura, es una oración que nunca debí rezar en vuestro nombre, devuelta con intereses —dijo, encadenando una estocada tras otra con una furia que no dejaba espacio para la fatiga—.

Cada ejecución que llevé a cabo bajo vuestras órdenes, cada hereje inocente que hice arder pensando que servía a la justicia divina, arde hoy en este acero.

El Papa, notando aquel daño acumulándose con cada intercambio, giró bruscamente su atención hacia el altar, hacia Mateo, comprendiendo con una claridad fría que el verdadero peligro no residía en el guerrero que lo enfrentaba, sino en el muchacho que trabajaba, con desesperación creciente,

sobre los símbolos milenarios.

—¡Suficiente! —rugió, lanzándose directamente hacia Mateo con una velocidad que Baltasar apenas logró anticipar.

—¡Yo seré vuestro oponente hasta el fin de los tiempos si es necesario! —gritó el verdugo, interponiéndose de nuevo con un salto que lo colocó directamente en la trayectoria del Papa—. Mi propia redención empieza por venceros a vos primero.

—¡Mateo, apresuraos! —gritó Baltasar, entre el fragor de estocadas que ya empezaban a cobrarse un precio visible en su propio cuerpo, cortes que sangraban a través de su armadura otrora reluciente—. ¡Mis fuerzas menguan, muchacho! ¡No sé cuánto más podré contenerlo!

Mateo, con las manos manchadas ya de la tinta que había mezclado apresuradamente con su propia sangre, siguiendo los trazos exactos que el diario de Halvar le había revelado,

sintió que el pánico le atenazaba el pecho con una intensidad que ni siquiera el propio dolor de su cicatriz había logrado provocarle.

—¡No puedo! —gritó, con la voz quebrada por la desesperación—. ¡El último símbolo requiere una hendidura en la propia roca, no un simple trazo de tinta! ¡No tengo tiempo, ni herramienta alguna para tallar piedra viva!

El Papa, escuchando aquella confesión desde el otro extremo de la cámara mientras intercambiaba golpes con Baltasar, dejó escapar una carcajada que heló la sangre de todos los presentes.

—Ahí lo tenéis, verdugo —dijo, con un regocijo que no intentaba disimular—.

Vuestro sacrificio, tan noble en apariencia, resulta ser en vano.

Bastará con que yo mate a cada uno de vosotros y active el mecanismo con mis propias manos.

El mundo que conocéis caerá de todas formas, esta misma noche, sin importar cuánta sangre humana derraméis en su defensa.

Fue entonces, con la desesperación absoluta pintada en cada rasgo del rostro de Mateo, cuando Colón, todavía tendido en el suelo, pero con una última chispa de determinación ardiendo en sus ojos exhaustos, se arrastró hasta ponerse en pie una vez más.

—Mateo —dijo, con la voz rasposa pero firme—. Decidme exactamente qué necesitáis. Ahora mismo.

—¡Una hendidura, aquí! —señaló Mateo, con el dedo tembloroso sobre un punto exacto del altar—. ¡Algo lo bastante profundo para completar el trazo, y no tengo con qué hacerlo!

Colón, sin una palabra más de explicación, se lanzó hacia el Papa en el instante exacto en que Baltasar, ya visiblemente agotado, retrocedía ante una nueva embestida de la lanza cristalina, y sujetó con ambas manos uno de los brazos de la criatura,

tirando con toda la fuerza que le quedaba en su cuerpo maltrecho.

—¡MATEO, EL OTRO brAZO! —gritó, sin necesidad de coordinación previa alguna, en el mismo instante exacto en que Mateo, comprendiendo de golpe la intención de Colón, se lanzó a sujetar el brazo opuesto de la criatura con la misma desesperada determinación.

Baltasar, viendo aquel acto de pura valentía ciega, comprendió en el mismo instante lo que debía hacer.