CAPÍTULO XXII El Sabotaje Gitano
El temblor que Aelión había sentido acercarse desde las profundidades del laberinto se convirtió, apenas segundos después, en la presencia física del propio Papa irrumpiendo en la cámara,
con el cuerpo ya transformado casi por completo en aquel mosaico de cristal viviente y luz ámbar que la multitud entera de la plaza había presenciado horrorizada apenas minutos antes.
Su sola entrada bastó para que el aire mismo de la cámara pareciera contraerse, como si la propia roca que los rodeaba reconociera, con un instinto mineral y ancestral, la presencia de algo que no debería caminar jamás sobre la faz de la tierra.
Ya no quedaba en él rastro alguno de la calidez paternal que había sostenido durante siglos enteros ante sus fieles.
Su rostro, completamente cristalizado ya, mostraba unas facciones que conservaban apenas la forma general de un hombre, como si la propia carne hubiera cedido por completo a la estructura mineral que la sostenía por debajo, y sus ojos, dos pozos de luz ámbar sin pupila alguna que los humanizara,
recorrieron la cámara entera con la velocidad fría de un depredador evaluando cada amenaza potencial en cuestión de un solo instante.
—¿Qué habéis hecho? —rugió, con una voz que ya no conservaba ni el menor rastro de la calidez paternal que había empleado durante cuatrocientos años enteros de máscara cuidadosamente sostenida—. ¡Diego!
La figura humeante de Arana, todavía inmóvil entre los restos menguantes del fuego, no respondió, y algo en el rostro cristalino del Papa se contrajo en una expresión que ningún humano habría reconocido nunca como propia de un rostro humano,
una furia que trascendía por completo cualquier emoción que la carne pudiera contener.
—Terminaréis lo que él empezó, entonces —dijo Colón, interponiéndose entre el Papa y el altar donde Mateo trabajaba ya, con desesperada concentración, sobre los símbolos que Aelión le había enseñado a reconocer—. Aunque tengáis que pasar sobre mi propio cadáver para lograrlo.
—Un almirante sin flota, defendiendo un altar que no comprende, contra un dios que ha esperado cuatrocientos años este preciso instante —dijo el Papa, con una risa que resonó por toda la cámara como el crujido de cristal quebrándose—.
Vuestra valentía es admirable, Cristóbal Colón. Vuestra ingenuidad, todavía más.
El combate que siguió no tuvo nada de la elegancia marcial que Aelión había desplegado contra Arana.
Colón, sin entrenamiento alguno más allá de los enfrentamientos ocasionales de sus años de mercader y navegante, se lanzó contra el Papa con la espada en alto y toda la furia acumulada de meses enteros de traición, humillación y pérdida concentrada en cada golpe desesperado que asestaba.
No luchaba con la esperanza racional de vencer —comprendía, en algún rincón lúcido de su propia mente, que ninguna espada humana podría jamás derrotar a lo que tenía delante—, sino con la determinación ciega de un hombre que ha decidido que el tiempo comprado, por breve que sea,
vale más que la propia vida que arriesga para comprarlo.
No era una batalla que Colón pudiera ganar por técnica, y él mismo lo sabía con cada hueso de su cuerpo maltrecho.
Pero cada golpe que lograba desviar, cada segundo que lograba robarle al Papa antes de que este pudiera dirigir su atención completa hacia el altar, era un segundo más que Mateo tenía para completar lo que Aelión le había enseñado a ver.
—¡Mateo! ¿Cuánto os falta? —gritó Colón, esquivando por muy poco un manotazo que habría bastado para partirle el cuello con la misma facilidad con que se parte una rama seca.
—¡No lo sé! —respondió Mateo, con el diario abierto ante sí sobre el altar, comparando frenéticamente los trazos que Halvar había calcado siglos atrás con los símbolos tallados en la piedra que tenía ante los ojos—. ¡Necesito más tiempo!
El Papa, harto ya de la resistencia de Colón, extendió el brazo derecho hacia el Almirante con un gesto que no tenía nada de humano, y ante los ojos horrorizados de todos los presentes, el propio brazo de cristal se alargó, se afiló,
transformándose en cuestión de un instante en algo que ya no era una extremidad, sino una lanza translúcida de bordes mortales, dirigida directamente hacia el pecho de Colón.
—¡ALMIRANTE!
Aelión, que había permanecido apoyado contra la columna cercana, reuniendo cada fragmento de fuerza que le quedaba en su cuerpo destrozado, se lanzó hacia adelante en el último instante posible,
interponiéndose entre la lanza de cristal y el pecho de Colón con un movimiento que no dejó al atlano ni un solo segundo para reconsiderar el precio de aquella decisión.
La lanza lo atravesó de lado a lado.
El grito que profirió Colón, al ver el cuerpo de Aelión suspendido por un instante sobre aquella lanza translúcida antes de que el Papa, con un gesto casi displicente, la retirara y dejara caer al atlano al suelo de piedra, no fue del todo humano tampoco,
un sonido de dolor tan puro que pareció desgarrar el propio aire de la cámara.
—¡NO! —bramó, dejando caer la espada y arrodillándose junto a Aelión con las manos temblando incontrolablemente, presionando contra la herida abierta un intento inútil de contener algo que ya no tenía remedio alguno—. No, no, resistid, Aelión, resistid, os lo suplico.
Aelión, con el rostro ya pálido más allá de cualquier palidez que Colón hubiera presenciado en él durante toda la travesía, alzó una mano temblorosa hacia el rostro del Almirante, con una serenidad que contrastaba de manera casi cruel con la herida mortal que acababa de recibir en su lugar.
—Mis heridas ya no tenían salvación, hermano —murmuró, con una voz que apenas lograba sostenerse audible sobre el fragor de la cámara—. El fuego, el combate... ya llevaba conmigo más daño del que este cuerpo podría haber soportado mucho tiempo más. Al menos ahora sirvió para algo que valía la pena.
—No digáis eso —sollozó Colón, sin apartar las manos de la herida, como si su propia negativa pudiera bastar para revertir lo irreversible—. No os atreváis a decir eso. Todavía tenemos tiempo. Aguantad, os lo suplico, aguantad solo un poco más.
—Almirante —dijo Aelión, con una sonrisa débil que contrastaba de manera casi insoportable con la gravedad de su herida—.
Ni siquiera la tecnología de mi propio pueblo, en su mejor momento, habría logrado sanar algo semejante.
Dejadme, por favor, decir lo que necesito decir mientras todavía puedo pronunciar las palabras con claridad.
Colón, con el rostro deshecho por unas lágrimas que ya no intentaba contener, asintió una sola vez, incapaz de negarle aquello a un hombre que le había salvado la vida a costa de la suya propia.
—Pensé, la primera noche que os conocí en aquella playa de Atlán, que nunca lograría comprender vuestro mundo —continuó Aelión, con la voz cada vez más débil—.
Y ahora comprendo que la propia palabra "comprender" nunca fue el verdadero desafío.
El desafío era, simplemente, atreverme a querer.
Y a eso sí llegué, Almirante. Llegué más lejos de lo que ningún atlano ha llegado jamás en milenios enteros de prudencia.
—Te lo encargo —susurró, con los ojos ya empezando a perder el foco, buscando con una última determinación los ojos de Colón—.
Cuidad de Mateo. Terminad lo que empezamos.
Y decidle a Atlán... decidle que un atlano, al menos uno, decidió que ya no valía la pena seguir siendo prudentes si el precio de esa prudencia era perder el alma misma de su pueblo.
Su mano cayó, inerte, y sus ojos se cerraron con la misma serenidad silenciosa con que había afrontado cada instante de aquella travesía imposible.
Colón, con el rostro bañado en lágrimas que ya no intentaba disimular, se incorporó despacio, recogiendo la espada caída con manos que ya no le temblaban por el miedo, sino por una furia que trascendía por completo cualquier cálculo de supervivencia.
—Vais a pagar por esto —dijo, con una voz irreconocible incluso para sí mismo, lanzándose de nuevo hacia el Papa con una ferocidad que ningún entrenamiento habría podido enseñarle nunca, golpe tras golpe, sin técnica alguna que los sostuviera,
solo la pura desesperación de un hombre que ya no tenía nada más que perder.
El Papa, absorbiendo cada golpe con la misma indiferencia con que había absorbido los de Aelión, permitió que aquella furia se desahogara durante varios minutos enteros, casi como quien permite que un niño agote su propia rabieta antes de imponer, finalmente, el orden natural de las cosas.
Y cuando Colón, exhausto más allá de cualquier límite físico razonable, finalmente cayó de rodillas, incapaz ya de sostener siquiera el peso de su propia espada, el Papa se irguió sobre él con una calma que resultaba mil veces más aterradora que cualquier furia.
—Admirable resistencia, para un hombre sin ningún poder real que oponer —dijo, extendiendo de nuevo aquel brazo transformado en lanza mortal—. Pero incluso la voluntad más férrea, Almirante, tiene un límite que la carne no puede trascender.
Colón, con el último aliento que le quedaba, alzó la vista hacia su verdugo con una mirada que no tenía nada de rendición.
—Os detendremos de alguna manera, demonio del pasado —dijo, con la voz reducida a un susurro rasposo, pero sin un solo temblor de duda en cada palabra—. Si no somos nosotros, será otro. Siempre habrá otro dispuesto a intentarlo.
El Papa sonrió, y aquella sonrisa, ante los ojos de cualquier testigo presente, no habría dejado lugar a duda alguna de que contemplaban al demonio mismo encarnado: una boca que se abría demasiado, con una hilera de dientes que no pertenecían a ninguna anatomía humana conocida.
—Soy más viejo que toda la vida que ha existido jamás sobre esta tierra, Almirante —dijo, con una voz que parecía brotar simultáneamente de mil gargantas distintas—.
Vuestra especie entera, desde el primer hombre que caminó erguido hasta el último que caminará en ningún momento, es apenas un pestañeo en la existencia que yo he presenciado.
¿De verdad creéis que vuestra breve rebeldía significa algo, frente a la paciencia de una eternidad?