El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO XXI La Cámara del Mecanismo #5
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CAPÍTULO XXI La Cámara del Mecanismo #5

entregando a sus propios hijos a manos de desconocidos con la certeza silenciosa de que quizás jamás volverían a verlos, pero con la esperanza, todavía más silenciosa, de que al menos ellos sobrevivirían a lo que fuera que estaba a punto de ocurrir en aquella plaza maldita.

Fue en aquel instante de pánico creciente, con la multitud empezando a empujarse contra las puertas selladas en una desesperación que amenazaba con desatar una estampida mortal por sí sola, cuando el tañido profundo de una campana cortó a través del caos con una claridad que pareció,

por un instante, detener el tiempo mismo.

Tomás Ruiz, que se había separado de los otros tres en algún punto de la infiltración —decidido, según explicaría después, a que alguien debía intentar algo desde el interior mismo de la Basílica mientras los demás se ocupaban del mecanismo— apareció en un balcón lateral,

mucho más modesto que el del propio Papa, con una mano todavía aferrada a la cuerda de la campana que acababa de tañer, y la otra sosteniendo en alto un crucifijo de madera gastada por años de uso devoto.

Llevaba, bajo el brazo, la misma Biblia desgastada que había cargado consigo durante toda la travesía marítima, sus páginas onduladas por la humedad de tantas semanas en alta mar, y su sola presencia en aquel balcón —un fraile humilde,

sin ornamento alguno que lo distinguiera de cualquier religioso rural, alzando la voz contra la entidad más poderosa que la cristiandad hubiera enfrentado nunca sin saberlo— poseía una fuerza visual que ni el propio Tomás Ruiz, en aquel instante de pura determinación, podía apreciar por completo.

—¡JAMÁS SERÁS EL MENSAJERO DEL DIOS VERDADERO!

—gritó, con una voz que, sin ayuda de artificio alguno, logró proyectarse sobre el rugido de la multitud aterrorizada con una fuerza que parecía brotar de algún lugar mucho más profundo que sus propios pulmones—.

¡CRIATURA INDIGNA! ¡YA TE VENCIERON EN EL PASADO, Y TE VENCEREMOS TAMBIÉN HOY!

El Papa, o lo que quedaba ya de él bajo aquella máscara resquebrajada, volvió su rostro cristalino hacia el balcón desde donde Tomás Ruiz gritaba su desafío, con una expresión que mezclaba, por primera vez en toda la confrontación, algo parecido a la genuina sorpresa.

—¿Quién eres tú, fraile, para hablar en nombre de un Dios que ni siquiera comprendes del todo? —respondió el Papa, con una voz que ya no intentaba disimular su naturaleza inhumana, resonando sobre la plaza entera con una potencia que hizo temblar los propios cristales de las ventanas circundantes.

—Soy nadie —respondió Tomás Ruiz, sin bajar el crucifijo ni un instante, con las lágrimas corriéndole ya por el rostro, pero la voz firme como una roca—.

Un fraile sin parroquia, sin rebaño propio, indigno hasta de mi propia vocación durante buena parte de mi vida.

Pero incluso un hombre indigno puede reconocer la mentira cuando la ve desnuda ante sus propios ojos, y esta plaza entera merece saber la verdad antes de que decidáis arrebatarles la vida en nombre de un dios que no es el suyo.

Y entre la multitud aterrorizada, en medio del caos de gritos y empujones, algo extraño empezó a suceder: uno tras otro, cardenales presentes en la plaza —hombres que jamás habían pertenecido a la Orden de Iscariote,

ignorantes por completo de la conspiración de cuatro siglos que se desarrollaba bajo sus propios pies— empezaron a arrodillarse en dirección al balcón donde Tomás Ruiz permanecía de pie, crucifijo en alto,

con una devoción espontánea que ninguno de ellos habría podido explicar plenamente si alguien les hubiera preguntado en aquel instante qué los impulsaba a hacerlo.

Uno de aquellos cardenales, un anciano de rostro surcado por décadas de servicio genuino a una fe que nunca había sospechado albergaba semejante secreto,

sintió que las palabras de Tomás Ruiz le resonaban en el pecho con una fuerza que ninguna homilía había logrado despertar en él durante los últimos veinte años de su sacerdocio.

—Ese hombre habla con la voz de los mártires —murmuró, arrodillándose sobre las piedras frías de la plaza sin que nadie se lo hubiera ordenado—. Que Dios me perdone si me equivoco, pero no puedo hacer otra cosa que reconocerlo.

El propio gesto se extendió, cardenal tras cardenal, obispo tras obispo, en una ola silenciosa de reverencia que ninguna orden papal había convocado jamás, y que parecía brotar de un instinto mucho más antiguo que cualquier protocolo eclesiástico escrito.

Ninguno de los presentes comprendería del todo, en aquel momento de caos absoluto, que aquel gesto colectivo y espontáneo acababa de poner en marcha un antiguo ritual del Vaticano, uno que ni siquiera la propia Orden de Iscariote, en sus cuatro siglos enteros de vigilancia meticulosa,

había previsto nunca que pudiera activarse de aquella manera.

El Papa, con el rostro ya casi por completo transformado en aquel mosaico de cristal viviente y luz ámbar, permaneció inmóvil durante un instante que se extendió, para quienes lo observaban, como una eternidad entera.

La multitud entera, presa ya de un pánico que ninguna palabra humana podría haber calmado, contemplaba aquella figura a medio transformar con el mismo horror paralizante con que se contempla el instante exacto en que un rayo parte un árbol centenario,

incapaces de apartar la vista pese al terror que aquella visión les inspiraba.

Y entonces, algo cambió en su expresión, una rigidez repentina que no tenía nada que ver con Tomás Ruiz ni con los cardenales arrodillados, sino con algo que llegaba desde mucho más profundo, desde las mismas catacumbas donde Mateo, Aelión y Colón acababan de enfrentarse a Arana.

Fue como si un dolor lejano, transmitido a través de un vínculo que ningún ojo humano podría jamás percibir, atravesara de pronto la teatralidad ceremonial de aquel momento con la urgencia fría de una alarma que ningún Pontífice, humano o no, podía permitirse ignorar.

—El mecanismo —murmuró, con una voz que había perdido, de golpe, toda la teatralidad ceremonial de momentos antes, reemplazada por una urgencia fría y calculadora—. Atacan el mecanismo.

Sin una palabra más de explicación hacia la multitud aterrorizada, hacia los cardenales arrodillados, hacia el propio Tomás Ruiz que todavía sostenía su crucifijo en alto desde el balcón lejano,

el Papa se dio media vuelta y abandonó su propio balcón con un movimiento que ya no tenía nada de humano en su fluidez, una rigidez mecánica que recordaba más al andar de un autómata poseído por una furia que ningún cuerpo humano podría contener,

dirigiéndose a toda prisa hacia las profundidades de su propia basílica, hacia la cámara donde su Custodio, su dios dormido, su propia razón de existir durante cuatro siglos enteros, corría ya un peligro que ninguna profecía de la Orden había anticipado en ningún momento.

Tomás Ruiz, observando aquella retirada abrupta desde su propio balcón, sintió que un escalofrío distinto —no de miedo, sino de una esperanza feroz que apenas se atrevía a permitirse— le recorría el cuerpo entero.

—Se marcha —murmuró, más para sí mismo que para ningún oyente en particular—.

Algo, en las profundidades de este lugar maldito, le ha hecho más daño del que mi propia voz jamás podría infligirle.

Que Dios los proteja, quienesquiera que sean mis compañeros en esa oscuridad, porque de ellos depende ya el destino de cada alma presente en esta plaza.

Bajo él, la multitud, liberada momentáneamente de la presencia aterradora del Papa transformado, seguía presa de un caos que las puertas selladas y los monjes de la Orden todavía apostados entre la gente no hacían sino agravar.

Pero algo, en el gesto colectivo de reverencia hacia el fraile del balcón, en la extraña quietud que empezaba a extenderse entre los cardenales arrodillados, sugería que aquella plaza entera acababa de convertirse en el escenario de algo que ninguno de los presentes,

ni siquiera la propia Orden de Iscariote con toda su paciencia de siglos, podría ya controlar por completo.