CAPÍTULO XXI La Cámara del Mecanismo #4
Mientras aquel drama se resolvía en las profundidades de las catacumbas, la Basílica de San Pedro y la plaza que se extendía ante ella habían alcanzado ya una densidad humana que ningún domingo anterior, por festivo que fuera, había logrado jamás igualar.
Decenas de miles de fieles se apretaban hombro con hombro bajo el cielo ceniciento, familias enteras que habían caminado días para llegar hasta allí, ancianos sostenidos por sus propios nietos, madres con niños de brazos que lloraban, inquietos,
ante la densidad asfixiante de la multitud y ante un peso en el aire que ningún niño necesitaba palabras para reconocer como algo profundamente equivocado.
Vendedores ambulantes, que en cualquier domingo normal habrían aprovechado la afluencia para ofrecer agua, pan o reliquias de dudosa autenticidad, permanecían inusualmente callados entre la multitud,
contagiados también ellos de la misma aprensión colectiva que oprimía cada pecho presente en aquella plaza.
Un anciano sacerdote de parroquia rural, que había caminado dos días enteros junto a su propia congregación para presenciar el milagro prometido, se encontró rezando en voz baja junto a una mujer joven que sostenía a un bebé de apenas meses,
ambos ajenos por completo a la magnitud real de lo que los rodeaba.
—¿Creéis de verdad que veremos un milagro, padre? —preguntó la mujer, con una esperanza genuina que le iluminaba el rostro pese al cansancio evidente del viaje.
—Creo que veremos algo que en ningún momento olvidaremos, hija mía —respondió el sacerdote, sin sospechar cuán literalmente cierta resultaría aquella respuesta antes de que el día llegara a su fin.
Y ante todos ellos, en el balcón principal de la Basílica, Alejandro VI —Rodrigo de Borgia en el nombre que la historia recordaría, aunque tras aquel nombre latiera ya algo que ninguna historia humana lograría jamás describir con precisión— extendió los brazos ante la multitud con una sonrisa que
irradiaba la misma calidez paternal de siempre, aunque algo en aquella sonrisa, para los ojos más atentos entre la multitud, empezaba a parecer sutilmente equivocado, como una máscara que empieza a resbalar de un rostro que ya no encaja por completo bajo ella.
—Hijos míos —proclamó, con una voz que resonó sobre la plaza entera con una claridad que ningún predicador humano debería poseer sin ayuda de instrumento alguno—.
Habéis venido hoy a presenciar un milagro, y ese milagro os será concedido.
Pero antes de que lo presenciéis, permitidme hablaros de lo que significa, en verdad, ser elegido para un propósito mayor que la propia vida individual.
La multitud, silenciada por una expectación casi religiosa, escuchó cada palabra con el fervor de quien aguarda una revelación que llevaba toda una vida esperando.
—Durante cuatrocientos años, esta Santa Sede ha guardado un secreto que ningún hombre, por devoto que fuera, estaba preparado para comprender —continuó el Papa, paseando la mirada sobre la multitud con una lentitud calculada, como quien saborea cada instante de una revelación largamente postergada—.
Un secreto más antiguo que la propia cristiandad, más antiguo que Roma misma, que se remonta a los primeros días de la creación, cuando seres de una sabiduría que ningún hombre podría nunca igualar caminaron sobre esta misma tierra que hoy pisáis.
—Vuestros propios sacerdotes os han enseñado que el sacrificio es sagrado —añadió, con una voz que se alzaba en intensidad con cada palabra, resonando sobre la plaza entera como un trueno contenido—.
Que los mártires ascienden al cielo purificados por su propia entrega.
Hoy, hijos míos, cada uno de vosotros tendrá la oportunidad de convertirse en el mártir más grande que esta Iglesia haya conocido jamás, no por la espada de un verdugo humano,
sino por la propia voluntad de un dios que ha esperado cuatro siglos enteros el momento exacto de despertar de su largo sueño.
Extendió los brazos todavía más, como quien abraza a una multitud entera desde la distancia imposible de un balcón, y su voz adquirió una cadencia casi litúrgica, un ritmo hipnótico que parecía sincronizarse con el propio pulso opresivo que llevaba días enteros oprimiendo el aire de la ciudad.
—Pensad, por un instante, en la promesa que vuestra propia fe os ha hecho desde la cuna: que esta vida terrenal no es más que un tránsito breve hacia algo mayor, que el verdadero propósito de la existencia humana se cumple solo en la entrega total a un poder que trasciende la comprensión mortal.
¿Acaso no es esto, exactamente, lo que os he ofrecido hoy?
No os pido que muráis en vano, hijos míos.
Os ofrezco el honor supremo de convertiros en el combustible mismo de la divinidad, de fundir vuestra breve existencia mortal con la eternidad de un ser que gobernará este mundo con una sabiduría que ningún Papa humano, por santo que fuera, podría nunca igualar.
—Cada uno de vosotros —continuó, con la sonrisa ensanchándose poco a poco hasta adquirir una cualidad que ya no tenía nada de paternal— forma parte hoy de un plan que se gestó mucho antes de que ninguno de vosotros naciera,
un plan que se remonta a antes incluso de que esta basílica misma fuera erigida.
Sois, cada uno de vosotros, la ofrenda perfecta: fe pura, entregada voluntariamente, reunida en un solo lugar por la promesa de un milagro que en verdad os concederá algo mucho más grande de lo que ninguno de vosotros podría imaginar.
Se os concederá el privilegio de despertar, con la propia energía de vuestras almas devotas, a un dios verdadero que lleva demasiado tiempo dormido.
Un murmullo de confusión empezó a extenderse entre los presentes más cercanos al balcón, la primera grieta de duda asomando entre el fervor religioso que hasta entonces había dominado a la multitud entera.
El anciano sacerdote de parroquia rural, todavía junto a la mujer con el bebé en brazos, sintió que un frío genuino le recorría la espalda, un instinto tan antiguo como su propio sacerdocio advirtiéndole de que algo, en aquellas palabras,
no pertenecía en absoluto a ningún sermón cristiano que hubiera escuchado jamás.
—Padre —susurró la mujer, con la voz ya temblando de un miedo que empezaba a reemplazar la esperanza de minutos antes—, eso no suena a ningún milagro del que yo haya escuchado hablar nunca en la iglesia.
El sacerdote no tuvo tiempo de responder.
Fue entonces cuando el Papa echó la cabeza hacia atrás, y una risa que no tenía nada de humano brotó de su garganta, un sonido que pareció multiplicarse en ecos imposibles sobre la plaza entera, mientras su rostro, ante los ojos horrorizados de decenas de miles de testigos,
empezaba a resquebrajarse en líneas de luz ámbar que se extendían desde sus ojos hasta sus sienes, revelando, bajo la piel humana que se desprendía en fragmentos translúcidos, el destello frío e inconfundible de un cristal viviente.
Pronunció entonces palabras en una lengua que ningún cristiano presente pudo jamás reconocer, sílabas duras y antiguas que parecían pertenecer a una época anterior a cualquier idioma humano conocido, y con cada palabra, la propia multitud pareció sentir, de manera colectiva,
el mismo peso opresivo que llevaba días enteros oprimiendo el aire de Roma entera, ahora concentrado con una intensidad insoportable sobre la plaza misma.
Algunos de los presentes cayeron de rodillas, no por devoción, sino porque las propias piernas parecían haber perdido la fuerza necesaria para sostenerlos ante aquella presión invisible.
Otros, presas de un pánico que ya no distinguía entre razón y instinto puro, empezaron a empujar hacia los bordes de la plaza, buscando desesperadamente una salida que, como pronto descubrirían, ya no existía.
El caos estalló casi de inmediato.
Los monjes de la Orden, apostados discretamente entre la multitud vestidos con hábitos comunes que ocultaban su verdadera afiliación, empezaron a moverse hacia las puertas y accesos de la plaza con una coordinación silenciosa,
cerrando cada salida posible con cadenas y cerrojos que llevaban semanas enteras preparados para aquel momento exacto.
Los gritos de pánico que empezaron a extenderse entre la multitud, al comprender que las salidas se sellaban una tras otra, se mezclaron con los sollozos de los niños y los rezos desesperados de quienes todavía no comprendían del todo la magnitud de lo que estaba ocurriendo ante sus propios ojos.
La mujer del bebé, arrastrada por la propia marea humana que se movía en oleadas contradictorias hacia salidas que ya no existían, se aferró con ambos brazos a su hijo mientras el anciano sacerdote, empujado en dirección contraria por el peso de cientos de cuerpos aterrorizados,
gritaba su nombre sin lograr ya distinguirla entre la multitud.
En cuestión de minutos, la plaza entera que apenas una hora antes había vibrado con la esperanza colectiva de presenciar un milagro se había transformado en un mar de cuerpos empujándose los unos contra los otros,
presas de un terror que ninguna estampida ordinaria podría en ningún momento igualar en intensidad.
Algunos de los presentes, más cercanos a las puertas selladas, golpeaban la madera y el hierro con los puños desnudos, gritando nombres de esposos, de hijos, de padres perdidos entre el gentío en los primeros segundos de pánico.
Otros, incapaces ya de moverse en cualquier dirección por la propia densidad de la multitud que los rodeaba, simplemente cerraban los ojos y rezaban, algunos con la calma resignada de quien ha aceptado ya lo peor,
otros con la desesperación febril de quien todavía se aferra a la esperanza de un rescate que no llegaba.
Un joven, apenas mayor que el propio Mateo, trepó sobre los hombros de un desconocido para alcanzar el borde de una fuente cercana, gritando a todo pulmón que había un hueco entre dos de las puertas selladas,
una grieta lo bastante ancha para que los niños más pequeños pudieran escurrirse hacia la calle contigua, y durante varios minutos, un goteo desesperado de familias enteras se abrió paso a empujones hacia aquel punto,