CAPÍTULO XXI La Cámara del Mecanismo #3
—Basta —dijo Arana, y por primera vez en toda la confrontación, algo parecido a la genuina irritación cruzó su voz, una grieta emocional que ningún cálculo frío debería permitirse—. No sabéis nada de lo que soy, Almirante. No os atreváis a hablar como si comprendierais.
—Entonces explicádmelo vos mismo —desafió Colón, dando un tercer paso, ya lo bastante cerca como para que Arana tuviera que elegir entre ignorarlo por completo o dedicarle la atención que la amenaza, real o no, de su cercanía exigía—.
Explicadme cómo un hombre vacío pudo sostenerme el hombro con tanta genuina compasión.
Explicadme cómo una criatura sin alma pudo defender a un muchacho gitano durante un motín, arriesgando su propia posición dentro de vuestra Orden, si ningún cálculo estratégico lo exigía verdaderamente.
No os creo, Diego. No por completo. Y esa duda, por pequeña que sea, es mía, y pienso aprovecharla.
Arana, por primera vez en toda la confrontación, titubeó, un instante de vacilación genuina que Colón explotó con la única arma que le quedaba: se lanzó hacia adelante, no con la intención real de herir a un enemigo que lo superaba en fuerza de manera abismal,
sino con la intención deliberada de obligarlo a defenderse, a apartar su atención del atlano por el tiempo exacto que Aelión necesitaba.
La espada de Colón, desviada con desdén por el propio antebrazo de Arana, salió despedida de sus manos con un dolor agudo que le recorrió el brazo entero, y el propio Almirante cayó de rodillas ante el impacto del contragolpe que Arana le propinó casi como un gesto reflejo,
apenas consciente del esfuerzo que empleaba en apartar a aquel humano molesto de su camino.
Pero había sido tiempo suficiente.
Aelión, reuniendo cada gramo de fuerza que le quedaba en el cuerpo maltrecho, se lanzó contra Arana desde el flanco que Colón había dejado expuesto, y con un movimiento final que le costó, evidentemente, cada reserva de energía que su cuerpo todavía conservaba,
empujó al replicante directamente hacia las llamas que ya devoraban buena parte del tapiz caído y empezaban a extenderse hacia el propio mobiliario ceremonial de la cámara.
El grito que profirió Arana al contacto con el fuego no sonó del todo humano.
Fue un sonido que pareció brotar de un lugar mucho más profundo que cualquier garganta humana, un chillido de frecuencias múltiples que hizo vibrar el propio aire de la cámara, mientras las llamas, alimentándose de aquel cuerpo con una voracidad que ningún fuego natural debería poseer,
consumían en cuestión de segundos capas enteras de la piel sintética que había servido de disfraz durante años.
Arana se desplomó, entre las llamas menguantes de lo que quedaba del tapiz, con el cuerpo humeante y una inmovilidad que Mateo no se atrevió a interpretar todavía como derrota definitiva.
El propio fuego, ya sin combustible fresco que alimentar, empezaba a menguar por sí solo, dejando tras de sí un olor acre que no se parecía a ningún incendio natural que Mateo hubiera presenciado nunca, una mezcla extraña de humo ordinario y algo más metálico, casi químico,
que le raspaba la garganta con cada respiración.
—No está destruido —advirtió Aelión, dejándose caer de rodillas con las últimas fuerzas que le quedaban, mientras Mateo corría a sostenerlo—.
El fuego lo ha dañado gravemente, quizás lo ha incapacitado durante horas, pero una réplica de esta antigüedad y complejidad no se destruye con un solo contacto breve con las llamas.
Necesitaríamos un fuego mucho más sostenido para asegurar su fin completo.
—Entonces lo atamos, lo vigilamos, y nos aseguramos de que no vuelva a levantarse mientras terminamos lo que vinimos a hacer —dijo Colón, incorporándose con dificultad del suelo donde el contragolpe de Arana lo había derribado,
sosteniéndose el brazo dolorido contra el pecho mientras se arrastraba hacia donde Aelión y Mateo se encontraban—.
Vos, Mateo, debéis terminar lo que Aelión os enseñó a ver en estos símbolos.
Yo cuidaré de vuestro amigo, y me aseguraré de que esta criatura no vuelva a amenazar a nadie más mientras vos hacéis lo que debáis hacer.
Se arrodilló junto a Aelión, examinando con manos temblorosas las heridas del atlano —heridas que sangraban con el mismo tono cobrizo oscuro que Colón ya había visto manar de su sien minutos antes, una sangre real, aunque distinta a la suya propia, que trataba, de todas formas,
con la misma urgencia protectora que habría empleado con cualquier hombre de su propia tripulación.
—Aguantad, amigo mío —murmuró, rasgando una tira de su propia camisa para presionarla contra la herida más profunda del costado de Aelión—. Habéis hecho ya más de lo que ningún hombre podría pediros. Dejad que el resto lo hagamos nosotros.
Aelión, pese al dolor evidente que le recorría cada rasgo del rostro, esbozó algo parecido a una sonrisa débil ante aquel gesto.
—Curioso, Almirante —murmuró—. Hace apenas unas semanas, ninguno de los dos sabía siquiera que el otro existía.
Vos ignorabais que hubiera continente alguno más allá de esas aguas, y mi propio pueblo daba por hundido al vuestro desde hace tres mil años.
Y ahora aquí estáis, vendándome una herida con vuestras propias manos, como si toda una vida entera de mutuo desconocimiento no fuera más que un detalle sin importancia real.
—Quizás nunca lo fue —respondió Colón, con una sonrisa cansada que no llegaba por completo a disipar la preocupación de su mirada—.
He pasado media vida entera buscando rutas hacia mundos desconocidos, Aelión, convencido de que la distancia entre los pueblos se medía en leguas de océano.
Vos me habéis enseñado, en apenas unas semanas, que la distancia verdadera nunca estuvo en el agua que nos separaba, sino en la simple falta de ocasión para conoceros.
Ahora, guardad las fuerzas que os queden.
Mateo os necesitará lúcido, aunque sea un momento más, si algo sale mal con lo que está a punto de intentar.
Mateo, con el corazón desbordado por una gratitud que no tenía tiempo de expresar del todo, asintió una sola vez hacia ambos, y se volvió hacia el altar, hacia el punto exacto que Aelión le había señalado momentos antes,
sintiendo que la cicatriz de su propio pecho latía ya con una intensidad que no dejaba lugar a duda alguna sobre el camino que debía seguir.
Mateo se acercó al altar con el diario de piel de buey ya en las manos, sintiendo bajo sus propios dedos el peso familiar de generaciones enteras de su propia sangre, preguntándose, en aquel instante suspendido antes de actuar, si su abuelo,
en algún momento de su propia travesía solitaria por aquel mismo mundo antiguo, habría sentido jamás una certeza semejante a la que ahora le recorría el pecho entero.
Pensó en su abuelo, cruzando aquel mismo océano hacia lo desconocido, sin promesa alguna de retorno, guiado únicamente por la fe ciega en una historia que ni él mismo comprendía plenamente.
Pensó en Halvar, aquel ancestro lejano cuyo nombre su propio abuelo le había legado junto con el diario, sin que Mateo supiera nunca gran cosa más allá de eso: un hombre de tierras heladas, muerto hacía siglos,
cuya sola decisión de confiar sus pergaminos a un desconocido de otra sangre y otra lengua había bastado para que aquella historia sobreviviera generación tras generación hasta llegar a sus propias manos.
No conocía los detalles de su huida, ni el precio que aquel hombre había pagado por proteger el secreto; solo conocía el resultado final, el hilo ininterrumpido que unía a un gigante del norte, a un gitano de Triana, y a él mismo, cuatro siglos después,
ante un altar que llevaba generaciones esperando aquel momento exacto.
—No estoy solo —murmuró, para sí mismo, con la voz apenas audible sobre el crepitar menguante de las últimas llamas—. Ninguno de nosotros lo estuvo jamás, en realidad.
Detrás de él, Colón seguía sosteniendo a Aelión con ambos brazos, susurrándole palabras de aliento en una mezcla de castellano y de las pocas frases atlanas que había logrado aprender durante la travesía, mientras el propio atlano, pese al dolor evidente,
mantenía los ojos fijos en Mateo con una expectación silenciosa que no necesitaba de palabra alguna para expresar cuánto dependía de lo que estaba a punto de suceder.
Fue entonces, con la mano de Mateo ya suspendida sobre el punto exacto que Aelión le había señalado, cuando un temblor distante recorrió la propia cámara, una vibración que ninguno de los tres había sentido hasta entonces,
proveniente de algún punto profundo de las catacumbas que se extendían más allá de aquella sala.
—Algo se acerca —dijo Aelión, con la voz tensa pese a su debilidad—. Algo grande, Mateo. Y se mueve con una urgencia que no presagia nada bueno.
Colón, incorporándose pese al dolor de su propio brazo herido, se colocó entre la entrada de la cámara y sus dos compañeros, con la espada recuperada del suelo empuñada de nuevo,
aunque el cansancio evidente de su postura delataba cuán poco le quedaba ya de las fuerzas necesarias para sostener otro enfrentamiento semejante al que acababan de sobrevivir.
—Sea lo que sea que se aproxima —dijo, con una determinación que desmentía por completo el agotamiento de su cuerpo—, tendrá que pasar sobre mí antes de llegar hasta vosotros. Terminad lo que vinisteis a hacer, Mateo. Yo os daré el tiempo que necesitéis, cueste lo que cueste.
Mateo, sintiendo que aquel temblor se intensificaba con cada segundo que pasaba, comprendió, con una certeza que no necesitaba de ninguna confirmación adicional, exactamente qué —o quién— se aproximaba hacia ellos desde las profundidades de aquel laberinto maldito.
El Papa, alertado de algún modo que ningún hombre presente en aquella cámara podría nunca comprender del todo, regresaba ya de su propia ceremonia interrumpida,
y el tiempo que les quedaba para completar lo que Aelión le había enseñado a ver en aquellos símbolos milenarios se reducía ahora a apenas los segundos que la propia distancia de las catacumbas todavía les concedía.
Minutos antes.