El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO XXI La Cámara del Mecanismo #2
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CAPÍTULO XXI La Cámara del Mecanismo #2

Arana, observando aquellas llamas con la misma indiferencia calculadora que había mantenido durante todo el combate, dio un paso atrás por primera vez, un gesto mínimo pero inconfundible que no pasó desapercibido para ninguno de los presentes,

como si algo en el propio instinto de su cuerpo reaccionara ante el fuego con una alarma que ni su mente calculadora terminaba de justificar plenamente.

Mateo, observando aquel fuego crecer, sintió algo mucho más simple que un recuerdo: una corazonada desesperada, nacida del puro instinto de un fugitivo acostumbrado a buscar cualquier grieta posible en un enemigo que parecía no tener ninguna.

Arana era cristal bajo la piel, cristal y algún tipo de carne artificial que ningún acero lograba doblegar del todo.

Y el cristal, pensó Mateo en aquel instante de pánico puro, sin certeza real alguna que respaldara la idea, se resquebraja con el calor de la misma manera en que se resquebraja con el frío repentino.

No era conocimiento. Era una apuesta, la única que se le ocurrió en el segundo exacto en que las llamas empezaron a crecer, y el propio retroceso instintivo de Arana ante el fuego, por mínimo que fuera, bastó para convencerlo de que quizás no se equivocaba por completo.

—¡El fuego! —gritó, con una urgencia que atravesó el fragor del combate, sin poder ofrecer ninguna razón más sólida que su propia desesperación—. ¡Aelión, probad con el fuego! ¡Es lo único que se me ocurre!

Aelión, incorporándose con evidente dolor, con un hilo de sangre de un tono cobrizo más oscuro que la sangre humana resbalando desde una herida en su sien, alzó la vista hacia las llamas que ya lamían buena parte del tapiz caído, y algo en su expresión cambió,

una determinación fría reemplazando el dolor evidente de su cuerpo maltrecho.

—No tengo forma de confirmarlo, Mateo, pero tampoco tengo nada mejor que intentar —respondió, sin apartar la vista de Arana, cuyo propio retroceso instintivo ante las llamas empezaba a parecer, cada vez más, una confirmación involuntaria—.

Necesitaré un último esfuerzo, muchacho.

Y necesitaré que comprendáis algo antes de que ese esfuerzo llegue a su fin.

—Miradlo, Mateo —dijo Aelión, señalando con un gesto débil hacia las paredes de la cámara, hacia los símbolos tallados que Mateo había atribuido, durante todo el descenso, a mera decoración ceremonial de la Orden—. Mirad los símbolos. No son adornos. Son un idioma.

Mateo, siguiendo la dirección de aquel gesto, observó por primera vez con atención real los patrones grabados en cada superficie de la cámara, líneas y curvas que se repetían con una regularidad que ahora, bajo la indicación de Aelión,

revelaba una estructura mucho más deliberada de lo que cualquier ojo desprevenido habría notado nunca.

—Mi propia lengua, la lengua ceremonial de Atlán, desciende de una raíz mucho más antigua que mi pueblo jamás terminó de comprender del todo —continuó Aelión, con la voz debilitándose, pero la mente todavía afilada por la urgencia del momento—.

La misma raíz de la que descienden estos símbolos, Mateo.

No reconozco cada trazo individual, pero reconozco el patrón, la lógica subyacente, del mismo modo en que un oído entrenado reconoce el eco de una lengua antigua en una nueva, aunque en ningún momento la haya estudiado formalmente.

Se apoyó contra la columna más cercana, con el rostro pálido por la propia pérdida de sangre, y aun así señaló, con un dedo que apenas lograba sostener firme, una secuencia particular de símbolos que se repetía, con variaciones sutiles, en cada superficie visible de la cámara.

—¿Veis esta secuencia? —preguntó—. Se repite exactamente cada cierto intervalo, como si fuera el latido de un corazón tallado en piedra.

En nuestra propia lengua ceremonial, un patrón similar se emplea para marcar los puntos de conexión de una red mayor, los nodos donde distintos canales de energía convergen y se distribuyen.

Sospecho, aunque no puedo confirmarlo con certeza absoluta, que estamos observando exactamente lo mismo aquí.

—¿Qué significan? —preguntó Mateo, con el corazón acelerado, consciente de que cada segundo que pasaba acercaba más el momento en que Arana recuperaría el control de la situación.

—No son solo decoración de esta cámara —respondió Aelión—.

Se repiten, con variaciones sutiles, en cada nivel de estas catacumbas que hemos atravesado.

Cuatro siglos enteros de talla y de trazo, Mateo, extendidos bajo la ciudad entera de Roma como una red que ningún arquitecto humano habría podido concebir sin un propósito preciso.

No es el altar, solo, lo que constituye el mecanismo.

Es la red entera. El altar es apenas el punto donde esa red converge, el corazón visible de un cuerpo mucho más vasto que se extiende bajo cada calle, cada plaza, cada cimiento de esta ciudad maldita.

Mateo sintió que aquella revelación se asentaba en su pecho con el mismo peso que la cicatriz que llevaba días enteros ardiendo.

—Entonces destruir el altar no bastará —dijo, comprendiendo la magnitud completa de lo que Aelión intentaba comunicarle.

—No bastará —confirmó el atlano—. Pero un corazón puede detenerse sin necesidad de destruir el cuerpo entero que sirve, Mateo.

Si encontráis la manera de cortar, de corromper, de silenciar el patrón en el punto exacto donde converge, la red entera podría fallar, como falla un cuerpo humano cuando el propio corazón se detiene, aunque cada extremidad permanezca intacta.

—¿Cómo sabré cuál es ese punto? —preguntó Mateo, con una urgencia que ya no podía disimular.

—Lo sabréis —respondió Aelión, con una certeza que sorprendió al propio Mateo—.

Llevo observando ese medallón vuestro, o lo que queda de su recuerdo en vuestra propia piel, desde que os conozco.

Vuestro cuerpo ha aprendido a reconocer esta frecuencia mejor que cualquier instrumento que yo pudiera construir.

Confiad en ese dolor, Mateo, en vez de temerle.

Os llevará exactamente adonde debéis ir.

Fue en aquel instante, con Arana avanzando ya hacia ellos con una determinación renovada, decidido a sofocar tanto el fuego como la amenaza que representaban antes de que ninguna de las dos cosas escapara a su control, cuando Colón irrumpió en la cámara,

con la espada desenvainada y el rostro desencajado por la carrera que lo había traído hasta allí.

—¡Mateo! ¡Aelión! —gritó, y se detuvo en seco al ver el fuego, el combate, la sangre de tono cobrizo de Aelión manchando el suelo de piedra.

Fue en aquel instante de distracción compartida, con Arana volviéndose brevemente hacia el recién llegado, cuando Aelión, reuniendo cada última reserva de fuerza que le quedaba, se lanzó hacia adelante y logró, por fin, asestar un golpe que abrió un tajo profundo en el brazo de Arana.

Lo que emergió de aquella herida no fue sangre.

Colón, observando desde la entrada de la cámara con una expresión que se congeló entre el horror y una comprensión que llevaba días enteros gestándose sin que él se atreviera a nombrarla por completo, vio cómo un colgajo de piel y carne se abría sobre el brazo de Arana, revelando,

bajo aquella capa superficial que había engañado a médicos, sacerdotes y a un Almirante entero durante años, el destello inconfundible de un cristal que latía con una luz propia, idéntica en su naturaleza a la que Mateo llevaba semanas enteras describiendo.

—Dios santo —susurró Colón, con la voz reducida a un hilo apenas audible—. Era cierto. Todo era cierto.

Arana, observando su propia herida con una indiferencia que resultaba más perturbadora que cualquier grito de dolor, se limitó a cubrirla de nuevo con la manga rasgada de su ropaje, como quien acomoda una prenda que se ha desordenado por accidente.

—Ahora lo veis con vuestros propios ojos, Almirante —dijo, dirigiéndose a Colón con una frialdad que contrastaba brutalmente con los años de camaradería que ambos habían compartido—.

Espero que esa certeza os traiga algún consuelo, ya que será, con toda probabilidad, el último pensamiento coherente que tengáis ocasión de formular.

Colón, con todo, no retrocedió.

Sintió, en aquel instante, el peso completo de todos los años compartidos con aquel hombre —las noches de vino barato, las derrotas compartidas ante cortes indiferentes, la lealtad silenciosa que había sostenido su propia cordura durante los años más duros de su búsqueda de patrocinio— y comprendió,

con una claridad que ningún miedo lograba nublar del todo, que si existía todavía una sola oportunidad de honrar aquella amistad, sería precisamente en aquel instante, arriesgando su propia vida por distraer, aunque fuera un segundo, a la criatura que había ocupado el lugar de su amigo.

—Diego —dijo, dando un paso hacia adelante, con la espada todavía en la mano, pero la voz cargada de algo que no era plenamente estrategia, sino un dolor genuino que ni siquiera la urgencia del momento lograba disimular del todo—.

¿Recordáis Palos? ¿La taberna de la esquina del muelle, donde compartíamos vino barato mientras yo os hablaba de mapas que nadie más quería mirar?

—Ese hombre ya no existe, Almirante —respondió Arana, aunque algo en su propia voz vaciló, apenas un instante, una fracción de segundo que ningún oído menos entrenado que el de Aelión habría captado jamás.

—Existió —insistió Colón, avanzando otro paso, atrayendo deliberadamente la atención de Arana hacia sí mismo, alejándola del atlano herido que se preparaba, con las últimas fuerzas que le quedaban, para el esfuerzo final—.

Existió lo suficiente como para sostenerme el hombro la noche en que la reina me humilló por tercera vez.

Lo suficiente como para jurarme lealtad en cada puerto de España donde nadie más creía en mi locura.

Decidme, Diego, ¿queda algo de ese hombre todavía ahí dentro, bajo el cristal?

¿O el Papa os vació por completo, como se vacía una vasija para llenarla con otra cosa?