El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO XXI La Cámara del Mecanismo
83%

CAPÍTULO XXI La Cámara del Mecanismo

La cámara se abrió ante ellos como una herida en la roca viva, iluminada por el mismo resplandor ámbar que Mateo llevaba días enteros sintiendo arder contra su propio pecho, ahora multiplicado mil veces en la superficie pulida del altar circular que dominaba el centro de la sala.

El aire mismo, tan denso ya en cada rincón de las catacumbas que habían recorrido, alcanzaba en aquella cámara una densidad que Mateo sintió físicamente contra el propio pecho, como si estuviera empujando contra una pared invisible con cada paso que daba hacia el interior.

Las paredes, talladas con los mismos símbolos que habían visto repetirse por todo el laberinto de plomo, convergían aquí en un patrón mucho más denso, líneas y curvas que se entrelazaban unas con otras hasta formar algo que, a primera vista, Mateo confundió con mera ornamentación barroca,

un exceso decorativo propio de la megalomanía de una Orden que llevaba siglos enteros construyendo en secreto.

Solo después, cuando Aelión se lo señalara, comprendería que aquella aparente decoración ocultaba un propósito mucho más preciso y mucho más terrible.

Y de pie junto a aquel altar, solo, sin la compañía del Papa que Mateo había esperado encontrar presidiendo aquel lugar como un sumo sacerdote ante su propio dios, se encontraba Diego de Arana.

—Su Santidad preside la misa dominical en este mismo instante —dijo Arana, sin volverse siquiera para confirmar quién había irrumpido en la cámara, como si hubiera sentido su llegada mucho antes de que ningún sonido los delatara—.

Alguien debía quedarse a vigilar que nada perturbara el encastre final antes de que la ceremonia complete su propósito.

Un custodio para el Custodio, si me permitís la ironía, muchacho.

Nunca pensé que apreciaría tanto ese matiz hasta este preciso instante.

Mateo sintió que la sangre se le helaba en las venas al reconocer, en aquella voz, la misma calma protectora que le había salvado la vida durante el motín de la Santa María, ahora completamente desprovista de calidez, vaciada de cualquier rastro del hombre que él había creído conocer.

—Arana —dijo, con la voz quebrada por una mezcla de furia y de un dolor que todavía no había terminado de asimilar del todo—. Todo este tiempo.

—Todo este tiempo —confirmó Arana, volviéndose finalmente hacia ellos con una sonrisa que no llegaba a los ojos, o que quizás llegaba demasiado, revelando algo bajo la superficie humana que ningún gesto cálido debería jamás acompañar—.

Aunque debo admitir, con una honestidad que quizás os sorprenda, que hubo momentos genuinos entre nosotros, Mateo.

El hombre que os protegió durante el motín no mentía por completo al hacerlo.

Simplemente servía, sin saberlo entonces del todo, a un propósito mucho mayor que cualquier lealtad individual.

—Eso no os disculpa de nada —dijo Mateo, con los puños apretados y la vista nublada por una furia que llevaba semanas enteras acumulándose sin salida—. Cada palabra amable que me disteis, cada gesto de protección fue una mentira calculada para mantenerme dócil hasta que ya no os sirviera de nada.

—Quizás —concedió Arana, con una indiferencia que resultaba más hiriente que cualquier crueldad abierta—.

O quizás la mentira y la verdad, en una criatura como yo, dejaron de ser categorías por completo separables hace ya mucho tiempo.

Vivo dividido, Mateo, entre los fragmentos de un hombre real que alguna vez sintió afecto genuino por sus compañeros de tripulación, y la conciencia fría que ese mismo hombre sirve ahora sin remedio.

No sabría deciros, con honestidad completa, cuál de los dos habla en este preciso instante.

Pero no habéis venido hasta aquí, arriesgando todo lo que os queda, para debatir filosofía conmigo, ¿verdad?

Aelión, junto a Mateo, observaba a Arana con la misma atención clínica con que había examinado cada sarcófago de plomo durante el descenso, calculando, con la velocidad silenciosa de un estratega entrenado, cada posible ángulo de aproximación,

cada debilidad potencial de un enemigo cuya naturaleza exacta todavía no terminaba de comprender del todo.

—Sabéis que no vamos a permitir que esto continúe —dijo el atlano, con una serenidad que desmentía la tensión visible en cada músculo de su cuerpo.

—Lo sé —respondió Arana, con una calma que resultaba mucho más aterradora que cualquier grito de guerra—.

Y por eso mismo, lamento profundamente que ninguno de los dos vaya a salir con vida de esta cámara.

Sois valientes, ambos. Eso os lo concedo sin reservas.

Pero la valentía, frente a lo que soy, es apenas una nota a pie de página en la historia que está a punto de escribirse.

El primer movimiento de Arana llegó sin previo aviso, una velocidad que ningún ojo humano debería haber podido seguir, y que solo los reflejos entrenados de Aelión, perfeccionados durante años enteros en el consejo de seguridad del Cónclave, lograron esquivar por el margen más estrecho imaginable.

—¡Atrás, Mateo! —gritó el atlano, empujando al muchacho hacia la protección relativa de una columna cercana mientras él mismo se lanzaba a interceptar el segundo golpe de Arana, un puñetazo que, de haber conectado con la fuerza que Aelión percibió en su trayectoria,

habría bastado para destrozarle el cráneo con la misma facilidad con que se destroza una cáscara de huevo.

Lo que siguió fue una danza mortal que Mateo, observando desde las sombras protectoras de la columna, reconoció como algo que trascendía por completo cualquier combate humano que hubiera presenciado nunca, incluida la propia batalla naval contra la Flota Iscariote.

Aelión se movía con la precisión estudiada de generaciones enteras de entrenamiento marcial atlano, técnicas de combate diseñadas para maximizar cada ventaja de velocidad y de anticipación, esquivando, bloqueando,

contraatacando con una economía de movimiento que ningún maestro de esgrima castellano habría podido igualar jamás.

Cada giro de sus caderas, cada desplazamiento de su peso parecía calculado con una precisión matemática que convertía el combate en algo que se asemejaba más a una forma extraña de danza ceremonial que a una pelea callejera cualquiera.

Y, sin embargo, Arana lo superaba en cada intercambio, no por técnica, sino por una fuerza y una velocidad que desafiaban cualquier límite biológico razonable, encajando los golpes de Aelión con una indiferencia que rayaba en el desprecio, y devolviendo cada ataque con una contundencia que iba,

poco a poco, minando la resistencia del atlano como el mar erosiona, golpe tras golpe durante siglos enteros, la roca más dura de cualquier acantilado.

Mateo, observando aquel desequilibrio creciente desde su escondite, sintió que el pánico le atenazaba el pecho con una fuerza casi tan intensa como el propio dolor de su cicatriz.

Cada vez que Aelión lograba anticipar un golpe, Arana parecía adaptarse en el instante siguiente, aprendiendo del propio estilo de su adversario con una velocidad de cálculo que ningún guerrero humano podría nunca igualar.

No era solo fuerza bruta lo que enfrentaban, comprendió Mateo con un escalofrío: era una inteligencia fría estudiando, en tiempo real, cada patrón de defensa que Aelión intentaba emplear,

descartando lo que no funcionaba y refinando lo que sí con una eficiencia que convertía cada segundo adicional de combate en una ventaja creciente para Arana.

—Vuestra técnica es admirable, atlano —dijo Arana, en algún punto del combate, sin apenas alterar el ritmo de su respiración pese al esfuerzo—. Generaciones de refinamiento marcial, seguramente. Pero la técnica, por perfecta que sea, tiene límites que la fuerza bruta simplemente no conoce.

—La fuerza bruta también tiene límites, Arana —respondió Aelión, con la respiración ya entrecortada pero la voz todavía firme—. Solo que los vuestros, sospecho, no los habéis encontrado todavía porque nadie os ha dado motivo suficiente para buscarlos.

Aelión no respondió con más palabras. Respondió con un giro que Mateo no había visto emplear jamás, una maniobra que aprovechó el propio impulso de un golpe de Arana para desviarlo con el mínimo esfuerzo posible,

abriendo por un instante una grieta en la guardia del replicante que el atlano aprovechó para asestar un golpe directo al costado expuesto.

Arana retrocedió medio paso, con una expresión de sorpresa genuina cruzando su rostro por primera vez desde que el combate había comenzado, y Mateo, observando aquel instante de vacilación, sintió una chispa de esperanza que se apagó casi tan rápido como había surgido cuando Arana,

recuperando la compostura, contraatacó con una furia renovada que envió a Aelión volando contra la pared más cercana con un impacto que hizo temblar la cámara entera.

El propio Mateo, viendo a Aelión desplomarse contra la piedra con un sonido húmedo que no auguraba nada bueno, sintió el impulso desesperado de abandonar su escondite y lanzarse en su ayuda, un impulso que solo la propia advertencia previa de Aelión —transmitida sin palabras,

con una sola mirada breve antes de que el combate lo alejara demasiado como para comunicarse— logró contener.

Vuestro papel llegará después, muchacho, parecía decir aquella mirada. Ahora, sobrevivid.

Fue en aquel instante, con Aelión luchando por incorporarse entre los restos de una de las antorchas derribadas por el impacto, cuando el fuego empezó a propagarse.

La antorcha, todavía encendida, había prendido un tapiz ceremonial que colgaba cerca del altar, un tejido antiguo bordado con los mismos símbolos que decoraban cada superficie de la cámara, y las llamas, alimentadas por siglos de tela reseca y por el propio aire denso y cargado de la cámara,

se extendieron con una rapidez que ninguno de los presentes había anticipado.

El resplandor anaranjado del fuego, mezclándose con el brillo ámbar del altar, arrancó por un instante sombras danzantes que se proyectaron sobre las paredes talladas, dándoles, a los ojos aterrorizados de Mateo, una apariencia casi viva,

como si los propios símbolos se retorcieran ante el calor creciente.