El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO XX Infiltración en las Fauces de la Bestia #4
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CAPÍTULO XX Infiltración en las Fauces de la Bestia #4

—Más rápido de lo previsto, hermano —respondió el otro, con un dejo de asombro genuino—.

Desde el amanecer no han dejado de llegar peregrinos de cada rincón de Italia, atraídos por el rumor que la propia Orden se encargó de sembrar en cada parroquia de la región durante las últimas semanas: que Su Santidad presenciará hoy, en la misa dominical,

un milagro que probará ante el mundo entero la existencia misma de Dios.

La plaza de San Pedro está ya a rebosar, y siguen llegando familias enteras por cada camino que conduce a la ciudad, dispuestas a esperar horas bajo este cielo enfermo con tal de presenciar la prueba que tanto ansían.

—Cuentan que algunos han caminado tres días enteros desde sus aldeas —añadió el primero, con una nota de genuina sorpresa humana asomando incluso bajo la disciplina fría de su entrenamiento—.

Familias con niños de brazos, ancianos que apenas pueden sostenerse en pie, todos convencidos de que presenciarán el mayor milagro de sus vidas.

—¿Y ellos no sospechan nada del propósito real?

—¿Cómo podrían? —respondió el primer monje, con una risa breve y fría que heló la sangre de los cuatro que escuchaban ocultos apenas unos pasos más allá—.

Creen que vienen a presenciar un milagro.

No tienen la menor idea de que serán, cada uno de ellos, parte del combustible que hará posible ese milagro.

—La Piedra necesita energía vital para completar su despertar, hermano, la misma clase de energía que consume lentamente el propio Custodio en cada ciclo de renovación de un Pontífice.

Y ninguna fuente de esa energía es tan abundante, ni tan fácil de reunir en un solo lugar sin levantar sospecha alguna, como una plaza entera de fieles devotos, congregados voluntariamente, esperando con el corazón abierto un milagro que jamás imaginarían que los devorará antes de concedérselo.

—¿Cuántos calculan los arquitectos de la Orden que hará falta? —preguntó el segundo, con una curiosidad que sonaba casi académica, desprovista de cualquier horror ante la magnitud de lo que describía.

—Más de los que ya se han reunido, según los cálculos de Su Santidad, aunque no muchos más —respondió el primero—. La misa comienza al mediodía. Para entonces, la plaza entera estará colmada, y el mecanismo tendrá cuanto necesita para completar, esta misma tarde, cuatro siglos enteros de espera.

Los pasos de ambos monjes se alejaron por el pasillo contrario, dejando tras de sí un silencio que ninguno de los cuatro escondidos se atrevió a romper durante varios segundos eternos.

Fue Mateo quien finalmente lo rompió, con una voz que temblaba de una furia que ya no intentaba contener.

—Miles de personas —susurró—. Están reuniendo a miles de personas para alimentar ese mecanismo como si fueran ganado.

Colón, con el rostro pálido bajo la escasa luz de las antorchas distantes, cerró los ojos un instante antes de hablar.

—Igual que las sirenas —murmuró—. Igual que aquellas criaturas que cazaron a mis hombres en alta mar, alimentándose de su terror y su energía vital antes de arrastrarlos a las profundidades.

El propio Custodio no inventó nada nuevo esta noche.

Solo aprendió, después de cuatro siglos de estudiar a la humanidad, cuál es la trampa perfecta para hacer que su propia presa acuda por voluntad propia, agradecida incluso, hacia sus propias fauces.

Tomás Ruiz, con las manos todavía temblorosas tras el sarcófago que acababa de dejar atrás, dejó escapar un sonido que no era del todo un sollozo, pero que tampoco estaba muy lejos de serlo.

—Familias enteras —dijo—. Niños de brazos, según acaba de decir ese monje.

Que Dios nos asista a todos, porque ningún hombre debería en ningún momento tener que decidir, en el poco tiempo que nos queda, cómo salvar a una multitud entera de una trampa que ellos mismos han acudido a buscar con el corazón abierto.

Aelión, con el instrumento todavía en la mano, la vibración en su pantalla intensificándose con cada segundo que pasaba, alzó la vista hacia los otros tres con una determinación que había reemplazado por completo cualquier vestigio del temor reverente con que había pisado, apenas horas antes,

aquel continente desconocido.

—Entonces no tenemos ya el lujo de la cautela —dijo—.

Cada minuto que perdemos aquí discutiendo es un minuto más que esa plaza sigue llenándose de gente que no sabe que camina hacia su propia muerte.

Debemos llegar a esa cámara antes de que comience la misa, o ninguno de los cuatro tendrá jamás la oportunidad de intentarlo de nuevo.

Mateo, apretando los puños hasta sentir las propias uñas clavándose en la palma de sus manos, asintió una sola vez, con la misma determinación silenciosa que había guiado cada paso de su vida desde la noche en que huyó de Triana perseguido por monjes negros idénticos a los que acababan de escuchar

hablar con tanta frialdad sobre la muerte de miles de inocentes.

—Entonces no perdamos ni un instante más —dijo, y fue el primero en retomar la marcha hacia las profundidades del Laberinto de Plomo, hacia el corazón mismo de una trampa que llevaba cuatro siglos enteros esperando pacientemente el momento exacto de cerrarse.