El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO XX Infiltración en las Fauces de la Bestia #3
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CAPÍTULO XX Infiltración en las Fauces de la Bestia #3

flanqueados a cada paso por sarcófagos de plomo cuya superficie, para el ojo entrenado de un atlano, vibraba con una estática apenas perceptible que delataba, sin necesidad de abrir un solo féretro, la verdadera naturaleza de lo que contenían.

Burlar la guardia exterior de la basílica, en medio del pánico generalizado que ya dominaba Roma entera, resultó menos complicado de lo que ninguno de los cuatro había anticipado: los soldados apostados en los muros externos,

distraídos por el propio terror de la población y por órdenes contradictorias que llegaban desde el interior del Vaticano con una frecuencia cada vez mayor, mantenían una vigilancia mucho menos rigurosa de la que cualquier día normal habría exigido.

Desde un callejón estrecho frente a uno de los accesos laterales, los cuatro observaron durante largos minutos el patrón de movimiento de los dos guardias apostados, mientras Mateo,

con los ojos entrecerrados y la misma paciencia felina que le había salvado la vida incontables veces en los callejones de Triana, memorizaba el ritmo exacto de sus rondas.

—Cambian de posición cada cierto número de respiraciones, no de minutos —susurró, más para sí mismo que para los otros—. Un hombre nervioso pierde la cuenta del tiempo, pero no logra controlar del todo su propio cuerpo. Contad conmigo. Cuando ambos miren hacia la plaza, tendremos el tiempo justo.

—El sigilo que aprendí en Triana sirve para calles empedradas y callejones estrechos, no para catedrales enteras —añadió, guiando a los otros tres a través de un acceso lateral que había identificado,

con el mismo instinto que lo había salvado incontables veces de los monjes negros en su propia ciudad, como el punto de vigilancia más débil de todo el perímetro—.

Pero el principio es el mismo: moverse cuando los ojos ajenos están puestos en otra parte, y jamás correr cuando caminar despacio basta para pasar desapercibido.

Colón, siguiendo cada uno de los movimientos de Mateo con una mezcla de asombro y de un orgullo casi paternal que no intentó disimular por completo, murmuró por lo bajo, mientras cruzaban el último tramo expuesto antes de alcanzar la sombra protectora del muro lateral:

—Quién iba a decirme, la noche en que os encontré en los muelles de Sevilla ofreciéndome un diario a cambio de pasaje, que aquellas mismas mañas de fugitivo callejero terminarían siendo la diferencia entre la vida y la muerte para el Vaticano entero.

Aelión, por su parte, aportó un conocimiento que ningún ladrón de Triana podría haber igualado nunca: con un pequeño dispositivo extraído de un compartimento oculto de su propio traje,

capaz de detectar las vibraciones metálicas de cerraduras y mecanismos de seguridad con una precisión que ningún cerrajero humano de aquel siglo podría soñar con emular, logró desactivar, uno tras otro, los cerrojos y trampas que protegían el acceso más discreto a las catacumbas propiamente dichas.

—Ingeniería arcaica, la llamaríais vos —le dijo a Mateo, mientras el último cerrojo cedía con un chasquido apenas audible—, aunque para mi pueblo esto no es más avanzado que el propio candado de una puerta cualquiera.

—Milenios enteros de aislamiento no borraron del todo el conocimiento técnico que los Arquitectos nos legaron, muchacho, aunque sí borraron buena parte de la necesidad práctica de emplearlo.

El descenso a las profundidades resultó, para cada uno de los cuatro, una experiencia radicalmente distinta según la propia naturaleza de sus miedos.

Para Colón, acostumbrado a la vastedad abierta del océano, el peso de la roca sobre sus cabezas, los pasillos estrechos que apenas permitían el paso de dos hombres al mismo tiempo, despertaban una claustrofobia que ninguna tormenta marina había logrado jamás provocarle.

Avanzaba con la mandíbula tensa y la respiración controlada, contando mentalmente sus propios pasos como si aquel ejercicio pudiera mantener a raya el pánico que amenazaba con desbordarlo.

En más de una ocasión, cuando el pasillo se estrechaba todavía más de lo habitual, Mateo lo vio cerrar los ojos un instante y murmurar, casi sin sonido, el nombre de alguna de sus tres carabelas,

como si invocar aquellas maderas familiares pudiera anclarlo a un mundo más amplio que el de aquellas paredes de roca húmeda.

Para Tomás Ruiz, cada sarcófago de plomo que dejaban atrás representaba una fractura más en la fe que llevaba toda una vida sosteniendo sin cuestionar: generaciones de Pontífices, hombres que la Iglesia entera veneraba como santos, reducidos ahora a cascarones vacíos ocultando, bajo capas de plomo,

la evidencia de que la institución a la que había dedicado su vida entera había sido, durante cuatrocientos años, algo completamente distinto a lo que predicaba.

Se detuvo, en un punto del trayecto, ante un sarcófago cuya inscripción reconoció de sus propios estudios en el seminario, y su rostro, iluminado por la escasa luz de una antorcha lejana, reflejó un dolor que ninguna herida física habría podido producir.

—Este hombre —murmuró, con la voz quebrada— fue recordado durante siglos como un pastor humilde, devoto hasta el último aliento.

Enseñé su vida a novicios jóvenes como ejemplo de virtud cristiana.

Y ahora yace aquí, encerrado en plomo, siendo desde hace generaciones algo que ninguna virtud humana podría nunca describir.

—Que Dios me perdone la duda que llevo naciendo en el pecho desde que entramos aquí —añadió después, santiguándose ante cada nuevo sarcófago que dejaban atrás, aunque el propio gesto, repetido una y otra vez, empezaba a sonar más a súplica desesperada que a costumbre devota.

Para Aelión, el propio hecho de caminar entre los restos físicos de una tecnología emparentada, aunque distante, con la que había estudiado toda su vida en los archivos de Atlán, producía una fascinación horrorizada que no dejaba de examinar cada superficie, cada inscripción,

cada detalle arquitectónico con la mirada analítica de un estudioso incapaz de apagar plenamente su propia curiosidad incluso en medio del peligro más extremo.

Se detuvo, brevemente, ante una de las paredes talladas con símbolos que ningún cristiano reconocería jamás como propios de su fe, y pasó dos dedos sobre ellos con una reverencia casi dolorosa.

—Estos motivos —susurró— guardan un parecido inquietante con la escritura ceremonial más antigua que conservamos en los archivos del Cónclave.

No idéntica, pero emparentada, como dos ramas de un mismo árbol que llevan siglos enteros creciendo en direcciones opuestas.

Es la primera prueba física que veo con mis propios ojos de que el conocimiento de los Arquitectos, antes del cataclismo, alcanzó rincones del mundo que ni mi propio pueblo llegó nunca a sospechar del todo.

Y para Mateo, cada paso hacia el centro de aquel laberinto se sentía como un paso hacia el final de una historia que había comenzado, sin que él lo supiera entonces, la misma noche en que su abuelo le entregó un medallón robado y un diario de piel de buey junto al río Guadalquivir.

Sentía la cicatriz de su pecho palpitar con una intensidad creciente, un tambor silencioso que marcaba el ritmo de su propio avance hacia una confrontación que llevaba, en cierto sentido, esperándolo desde antes incluso de que él naciera.

Apretaba, sin darse cuenta, el morral donde todavía guardaba el diario de su abuelo, como si aquel objeto pudiera ofrecerle alguna clase de protección que ninguna arma física lograría igualar.

Fue en uno de los pasillos más profundos, apenas a un centenar de varas de lo que Aelión, guiándose por la intensidad creciente de las vibraciones en su instrumento, identificó como el núcleo mismo de la actividad,

cuando los cuatro se vieron obligados a detenerse ante el sonido de voces que se aproximaban desde un cruce cercano.

Se ocultaron tras un recodo del pasillo, apretados unos contra otros en un espacio apenas suficiente para los cuatro, con Mateo conteniendo el aliento y Colón cubriéndose instintivamente la boca con una mano, mientras dos monjes de la Orden pasaban a escasos metros de distancia,

enfrascados en una conversación que ninguno de los cuatro habría podido escuchar por accidente en circunstancias menos desesperadas.

—¿Y la plaza? —preguntó uno de ellos, con una voz que apenas lograba disimular una mezcla de fervor y de un nerviosismo que ningún entrenamiento de la Orden lograba borrar por completo—. ¿Se está llenando conforme a lo previsto?