CAPÍTULO XX Infiltración en las Fauces de la Bestia #2
jamás llegaría a saber la fecha exacta ni el lugar preciso en que su amigo había dejado de serlo del todo.
—Colón —dijo Mateo, con suavidad, observando al Almirante inmóvil junto al ventanal, con la mirada perdida hacia la costa que se aproximaba—. ¿Estáis bien?
Colón tardó un momento en responder, y cuando lo hizo, su voz cargaba un peso que Mateo no le había escuchado emplear ni siquiera durante la peor de las tormentas.
—Pensaba en Arana —dijo, sin apartar la vista del horizonte—.
En el hombre real, quiero decir. No en el hombre que nos traicionó, sino en el contramaestre que conocí hace años, cuando ambos éramos más jóvenes y ninguno de los dos tenía todavía motivo para desconfiar del otro.
Compartimos vino en una docena de tabernas de Palos, Mateo.
Me sostuvo el hombro cuando lloré, de puro agotamiento, la noche en que la reina rechazó mi propuesta por tercera vez.
No era un hombre cálido, nunca lo fue, pero era leal, o eso creí siempre.
Y ahora no sé si aquel hombre desapareció de golpe, en algún instante concreto que yo debería haber notado, o si se fue apagando poco a poco, año tras año, sin que ninguna de mis propias palabras de confianza hacia él significase jamás nada real.
—No podíais haberlo sabido —dijo Mateo, aunque las palabras le sonaron huecas incluso a él mismo mientras las pronunciaba.
—Lo sé —respondió Colón, con una sonrisa amarga que no llegaba a los ojos—. Y de todos modos, eso no hace que duela menos preguntármelo.
La Atlacóatl encalló, aquella misma noche, en una cala estrecha y desierta a varias leguas al sur de Roma, oculta entre acantilados que la protegían de cualquier ojo curioso que pudiera todavía transitar los caminos costeros pese al pánico general que ya se extendía por toda la región.
Aelión, tras asegurar la nave con el mismo cuidado meticuloso con que había gobernado cada uno de sus sistemas durante la travesía entera, se detuvo un largo instante ante la escotilla de salida, con una expresión que Mateo no le había visto nunca,
ni siquiera en el instante más crudo de la batalla naval.
—¿Qué ocurre? —preguntó Mateo, notando la vacilación del atlano.
—Estoy a punto de pisar un continente que la propia tradición de mi pueblo daba por perdido desde hace más de tres mil años —respondió Aelión, con una honestidad que no intentaba disimular el temblor apenas perceptible en su propia voz—.
Sabíamos, por los registros más antiguos, que nuestros ancestros comerciaron alguna vez con estas tierras, con un pueblo de las arenas que vivía dividido por un río tan largo como ningún otro según cuentan nuestras crónicas,
y con otros reinos que ya entonces empezaban a olvidar de dónde venía ese conocimiento.
Pero la propia tradición de Atlán siempre sostuvo que el cataclismo que hundió nuestra civilización se llevó consigo al mundo entero, no solo a nosotros.
Que no había quedado nada más allá de nuestras propias costas salvo agua y silencio.
Ahora descubro que estábamos equivocados durante dos milenios enteros: que mientras nosotros llorábamos la muerte del mundo, el mundo entero seguía adelante sin nosotros, construyendo reinos, guerras, catedrales, sin la menor idea de que existíamos.
No sé qué esperar de pisar ese error con mis propios pies, Mateo.
Y confieso que esa incertidumbre me asusta más de lo que me asustó la Flota Iscariote entera.
Mateo, escuchando aquella confesión, sintió que algo se removía en su propio pecho, un reconocimiento extraño de una experiencia que él mismo había vivido a la inversa, meses atrás, al pisar por primera vez los muelles de metal de Atlán.
—Recuerdo la primera vez que vi vuestra ciudad —dijo—.
Sentí exactamente lo mismo que describís ahora: el terreno bajo mis pies, tan sólido como cualquier calle de Sevilla, y no obstante la sensación constante de que en cualquier momento el suelo entero podría revelarse como un sueño del que despertaría de golpe.
Si os sirve de consuelo, Aelión, ese miedo no desaparece plenamente.
Simplemente se aprende a caminar con él.
Aelión asintió despacio, con una gratitud silenciosa que no necesitaba de más palabras para expresarse, y durante un instante breve, ninguno de los cuatro dijo nada,
como si aquel intercambio hubiera bastado para sellar entre ellos un entendimiento que ninguna otra conversación de la travesía había logrado del todo.
—Hay algo más —añadió el atlano, tras aquel silencio—.
Los últimos registros que Atlán conserva de este mundo describen pueblos ribereños divididos en pequeños reinos que se disputaban tierras de cultivo entre inundación e inundación, gobernados por hombres que se hacían llamar hijos de sus propios dioses.
Un mundo antiguo, primitivo incluso para los criterios de mi pueblo de entonces.
Jamás imaginé que, mientras Atlán se hundía y el silencio se instalaba en nuestras propias crónicas, aquellos pueblos ribereños seguirían adelante durante tres mil años enteros, transformándose en esto: catedrales de piedra que rozan el cielo,
reinos capaces de armar flotas para cruzar océanos que ni mi propia gente se atrevió nunca a cruzar.
Nuestros archivos no mienten, Mateo, pero envejecieron sin que nadie se diera cuenta, congelados en el último día en que alguien de mi pueblo se molestó en mirar hacia afuera.
Tomás Ruiz, uniéndose a ambos junto a la escotilla, con el rostro pálido pero la mandíbula firme, añadió su propia reflexión antes de que ninguno de los tres diera el primer paso hacia el exterior.
—Yo he cruzado ese umbral dos veces ya en esta travesía —dijo—.
Primero al pisar Atlán, un continente que mi propia fe me había enseñado a considerar imposible.
Y ahora, al volver a pisar suelo cristiano sabiendo lo que sé, sintiendo lo que siento, incapaz ya de mirar mi propia Iglesia con los mismos ojos ingenuos con que la miraba hace apenas unos meses.
Si alguno de los tres se pregunta si está preparado para lo que viene esta noche, yo mismo os respondo que no lo sé, y que he decidido avanzar de todas formas, porque la fe que me queda ya no es la fe cómoda de las certezas, sino la fe más difícil de actuar sin ellas.
Colón, el último en aproximarse a la escotilla, no ofreció ninguna reflexión propia. Se limitó a asentir, con el rostro endurecido por una determinación que ya no dejaba espacio para la duda, y fue el primero en poner un pie sobre la tierra italiana, seguido de cerca por los otros tres.
El camino hacia Roma, recorrido durante la noche entera a pie por senderos que Colón conocía apenas de mapas antiguos y Aelión analizaba constantemente con un pequeño instrumento que llevaba oculto bajo su capa improvisada —una capa robada de un tendedero rural,
la única manera que habían encontrado de disimular, aunque fuera parcialmente, la extrañeza de su atuendo atlano—, reveló, kilómetro tras kilómetro, la magnitud completa de la opresión que se había apoderado del campo romano entero.
Aldeas enteras aparecían desiertas, sus habitantes refugiados ya fueran en las propias iglesias locales, rezando en vigilias improvisadas que ningún sacerdote había convocado formalmente, o huyendo hacia el sur,
alejándose de la capital con la misma urgencia instintiva de los animales que habían abandonado sus nidos días atrás.
En una de aquellas aldeas, ya entrada la madrugada, los cuatro viajeros se cruzaron con una familia completa —padres, abuela, y tres niños pequeños que apenas lograban mantener el paso— que arrastraba consigo lo poco que habían podido cargar en un solo carromato,
huyendo sin destino claro más allá de la simple necesidad de alejarse cuanto antes de la capital.
—¿Sabéis qué ocurre en Roma? —se atrevió a preguntar Colón, deteniendo brevemente al padre de familia, que los miró con la desconfianza instintiva de quien ya no confía en ningún desconocido.
—Solo sé que el cielo lleva días enteros sin ser un cielo normal, señor —respondió el hombre, sin detener por completo su propio paso—.
Y que mi abuela, que ha vivido setenta inviernos y ha visto pestes, guerras y hambrunas, dice que nunca en su vida ha sentido nada semejante al peso que se respira en el aire desde hace tres días.
Eso me basta para no querer que mis hijos estén allí cuando sea lo que sea que está por ocurrir.
El carromato se perdió en la oscuridad del camino, dejando a los cuatro viajeros con un silencio pesado que ninguno se atrevió a romper durante un buen trecho.
El aire mismo, cada vez más denso conforme se acercaban a la ciudad, empezaba a producir en los cuatro viajeros una sensación física incómoda, un peso en el pecho que ninguno de ellos, ni siquiera Aelión con toda su comprensión teórica de la Piedra Angular,
había experimentado jamás con aquella intensidad.
—Nunca imaginé que el propio aire pudiera sentirse... equivocado —murmuró Tomás Ruiz, en algún punto de la marcha nocturna, llevándose una mano al pecho como si aquel gesto pudiera aliviar la presión invisible.
Fue al amanecer, con las primeras cúpulas de Roma recortándose ya contra un cielo del color ceniciento que ningún amanecer natural produce en ningún momento, cuando Aelión, deteniéndose de golpe con la vista fija en su pequeño instrumento,
reveló algo que hizo que los otros tres se detuvieran también con un escalofrío compartido.
—La resonancia crece —dijo, con la voz tensa—. No de manera constante, sino en oleadas que se intensifican y luego ceden, como si algo, en el centro mismo de esa ciudad, estuviera respirando. Y cada oleada es más fuerte que la anterior.
—El mecanismo se está preparando —dijo Mateo, con una certeza que no necesitaba de ningún instrumento para confirmarla—. Igual que se preparó mi propio cuerpo estos últimos días. Está reuniendo fuerza para algo.
El Laberinto de Plomo, como Aelión terminaría por llamarlo horas después, resultó ser una designación tan precisa como involuntariamente poética: las catacumbas vaticanas, un dédalo de túneles excavados durante siglos enteros bajo la propia basílica,