El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO XX Infiltración en las Fauces de la Bestia
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CAPÍTULO XX Infiltración en las Fauces de la Bestia

La costa italiana apareció ante ellos envuelta en una calima gris que no se parecía a ninguna niebla natural, un velo ceniciento que parecía brotar de la propia tierra antes que descender del cielo, y que se aferraba a cada colina, cada campanario,

cada tejado de teja roja con la persistencia enfermiza de un humo que ningún incendio hubiera producido.

Desde la altura a la que Aelión mantenía la Atlacóatl, ganando distancia prudencial de cualquier ojo curioso que pudiera todavía transitar aquellas aguas, los cuatro pasajeros contemplaron en silencio la magnitud del fenómeno: la calima no se limitaba a Roma misma, sino que se extendía,

cada vez más densa conforme se aproximaba a su origen, sobre un radio de leguas enteras alrededor de la capital, como si el propio territorio italiano hubiera empezado a enfermar desde su corazón hacia afuera.

—Ahí está —dijo Colón, con la voz reducida a poco más que un susurro, observando desde el ventanal curvo de la Atlacóatl la línea de costa que llevaba media vida enteros cruzando océanos para volver a ver—. Italia. Roma se encuentra apenas a un día de camino tierra adentro desde aquí.

Mateo, todavía débil por el dolor que le había recorrido el pecho durante los últimos dos días de travesía acelerada, se acercó también al ventanal, y sintió, al posar los ojos sobre aquella tierra conocida, una sensación extraña que no supo nombrar del todo: el alivio instintivo de reconocer,

después de tantas semanas de mares y continentes ajenos, la silueta familiar de un campanario cristiano, mezclado con un terror mucho más profundo al comprender que aquella familiaridad no ofrecía, esta vez, ningún consuelo real.

—Nunca pensé que volver a ver un campanario me haría sentir peor que cualquier criatura del abismo —murmuró, casi para sí mismo.

Aelión, en su puesto de control, guiaba la nave hacia una ensenada discreta al sur de la costa toscana, con los ojos fijos en un paisaje que, para él, no ofrecía absolutamente ningún consuelo de reconocimiento.

—¿Es así como se ve el resto del mundo? —preguntó, con una voz que mezclaba a partes iguales fascinación y un temor que no intentaba disimular—.

Toda mi vida he estudiado mapas y crónicas de estas tierras en los archivos de Atlán, pero ningún pergamino me preparó para la sensación de verlo con mis propios ojos.

Es... más pequeño de lo que imaginaba, y al mismo tiempo infinitamente más vasto.

—Es el mundo entero, Aelión —respondió Tomás Ruiz, que se había mantenido en silencio durante buena parte de la travesía, con el rostro pálido pero decidido—.

O al menos, el único mundo que la mayoría de los hombres de mi época creíamos que existía, hasta que un gitano de Triana nos enseñó lo contrario.

Castilla, año 1489 aproximado.

Mucho antes de que Cristóbal Colón lograra finalmente el patrocinio real que llevaba años enteros persiguiendo de corte en corte, de reino en reino, con la misma tenacidad obstinada con que perseguiría después las costas de un continente desconocido,

sus repetidas audiencias ante los consejeros de los Reyes Católicos habían empezado ya a llamar la atención de oídos mucho más antiguos y mucho más pacientes que los de cualquier ministro de la corona española.

La Orden de Iscariote mantenía, desde hacía generaciones, una red silenciosa de informantes distribuida entre las cortes de toda la cristiandad, hombres y mujeres reclutados no por su fe,

sino por su posición privilegiada para escuchar cuanto se murmuraba en pasillos y antesalas donde ningún consejo de estado se pronunciaba jamás en voz completamente alta.

Fue uno de esos informantes, un escribano menor de la corte castellana sin la menor idea de a quién servía en realidad, quien hizo llegar a Roma, en un informe rutinario entre docenas de informes igualmente rutinarios, la mención de un marino genovés obstinado que insistía,

ante cualquiera dispuesto a escucharlo, en la existencia de una ruta occidental hacia las Indias.

El Papa de aquel entonces —Inocencio VIII en el nombre que la historia oficial recordaría, aunque tras aquel nombre latiera ya la misma conciencia antigua que llevaba quinientos años ocupando el trono de San Pedro— leyó aquel informe con el mismo interés distante con que leía cientos de informes

semejantes cada mes, hasta que un detalle particular le hizo detenerse.

—Una ruta hacia el occidente —murmuró, releyendo el pergamino una segunda vez, en la soledad de sus propios aposentos—. Hacia el mismo horizonte donde nuestros archivos más antiguos sitúan al Confín, al límite de las aguas que ningún marino cristiano ha cruzado nunca y ha vivido para contarlo.

No tenía pista alguna, en aquel momento, de que existiera realmente algo al otro lado de aquellas aguas.

Cuatro siglos enteros de búsqueda infructuosa en las tierras heladas del norte habían enfriado, con el tiempo, la urgencia original de la Orden, convirtiendo la caza del secreto gitano en una vigilancia paciente más que en una persecución activa.

Pero una inteligencia que medía el tiempo en siglos, no en las décadas breves de una vida humana, no descartaba jamás ninguna posibilidad, por remota que pareciera, sin antes cubrirla con la misma meticulosidad con que cubría todas las demás.

—Averiguad quién compone la tripulación de ese marino genovés, si es que alguna vez consigue el patrocinio que busca —ordenó a uno de los doce miembros de su Cónclave más cercano, semanas después—. Y buscad, entre ellos, al hombre más apropiado para nuestros propósitos.

El elegido fue Diego de Arana, contramaestre de mediana edad, de pocas palabras y menos amigos, cuya reputación entre los marineros de Palos y Huelva era la de un hombre eficiente pero distante, respetado por su competencia antes que querido por su calidez.

Ningún agente de la Orden habría podido diseñar, ni con años enteros de estudio, un candidato más perfecto: un hombre cuya naturaleza áspera y reservada haría que cualquier cambio posterior, cualquier frialdad adicional en su trato,

pasara casi completamente desapercibido entre quienes ya lo conocían así.

La infección ocurrió en circunstancias que ningún registro oficial, ni siquiera los archivos más secretos de la propia Orden, describirían nunca con detalle completo: un encuentro nocturno en una posada de Huelva, meses antes de que las tres carabelas zarparan finalmente de Palos,

donde un fragmento minúsculo de la Piedra Angular —transportado con el mismo cuidado reverencial con que se transportaba cualquier reliquia de la Orden— pasó de unas manos a otras bajo la promesa vaga de una recompensa que Arana jamás llegó a comprender por completo antes de que la propia infección

comenzara su trabajo silencioso.

Al contrario que con los Papas que la Orden había transformado durante siglos, con meses enteros de proceso gradual bajo la más estricta supervisión, la infección de un hombre común como Arana se ejecutó con una premura que la propia Orden reconocía como imperfecta, arriesgada,

casi desesperada por la escasez de fragmentos disponibles de una piedra que llevaba siglos sin producir nuevos brotes.

El agente que ejecutó la infección aquella noche —un hombre de rostro anodino que Arana recordaría después, en los escasos fragmentos de memoria genuina que sobrevivieron a la transformación,

apenas como un comerciante de vinos portugueses interesado en su ruta comercial— había recibido instrucciones precisas de la propia Roma: observar al candidato durante semanas antes de actuar, confirmar que su temperamento se ajustara al perfil que el Cónclave de los Doce había definido como óptimo,

y ejecutar la infección solo si la oportunidad se presentaba sin riesgo de ser descubierto.

Arana, bebiendo solo en un rincón apartado de la posada tras una discusión con otro marinero sobre el reparto de guardias nocturnas, ofreció exactamente la clase de aislamiento momentáneo que el agente necesitaba.

El propio Papa, informado semanas después del éxito de la operación a través de canales que ningún registro escrito documentaría nunca, no ocultó cierta satisfacción calculada ante el informe.

—Un hombre sin familia que reclame su ausencia repentina, sin amigos íntimos que noten los cambios más sutiles de su temperamento, y con la disciplina militar suficiente como para ejecutar órdenes sin cuestionarlas jamás en voz alta —comentó a uno de sus cardenales de mayor confianza—.

No podríamos haber diseñado un instrumento mejor si hubiéramos tenido generaciones enteras para perfeccionarlo.

El propio Arana, en los meses posteriores a aquella noche en Huelva, en ningún momento llegó a sospechar del todo que el hombre que había sido —tosco, leal, capaz a su manera silenciosa de un afecto genuino hacia quienes se ganaban su respeto— se iba desdibujando, semana tras semana,

bajo la conciencia fría y calculadora que terminaría por ocupar su lugar por completo mucho antes de que la Santa María avistara siquiera las primeras costas del Nuevo Mundo.

La propia lentitud del proceso, tan distinta de la transformación relativamente rápida que experimentaban los Papas bajo supervisión directa, tuvo un efecto que ni la propia Orden anticipó por completo: fragmentos genuinos de la personalidad original de Arana sobrevivieron, dispersos y debilitados,

mucho más allá del punto en que cualquier miembro del Cónclave habría esperado que se extinguieran por completo.

Fue quizás esa misma persistencia residual la que explicaba, aunque ni el propio Arana habría sabido articularlo, los momentos de protección genuina que había ofrecido a Mateo durante el motín de la Santa María,

mucho antes de que su propia naturaleza replicante tomara el control definitivo de cada una de sus decisiones.

Cristóbal Colón, que había compartido con aquel hombre años enteros de negociaciones fallidas, de esperas humillantes ante cortes que se reían de sus mapas, de las escasas noches en que ambos habían compartido vino y confidencias sobre sueños que ningún otro hombre a su alrededor tomaba en serio,