El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas Arco V El Eclipse de Roma #4
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Arco V El Eclipse de Roma #4

Mateo, con las manos apretadas contra el pecho y el rostro contraído en una mueca de dolor que apenas lograba contener un gemido, sintió cómo la cicatriz —aquella marca pálida y ligeramente hundida que había cargado consigo desde que tenía apenas diez años— empezaba a arder con un calor que no

venía de fuera, sino de algún lugar profundo bajo su propia piel, como si el propio hueso hubiera decidido, después de tantos años de silencio, recordar de golpe la forma exacta del metal que una vez había sostenido.

—Algo... —logró decir, entre dientes apretados—. Algo está pasando. En Roma. Lo siento en el pecho, como... como un zumbido que se me mete en los huesos.

Aelión, abandonando de inmediato su puesto de control, se arrodilló al otro lado de Mateo, con una expresión de comprensión horrorizada que se dibujó en su rostro conforme observaba la cicatriz palpitar bajo la ropa entreabierta del muchacho con una luminiscencia tenue, apenas perceptible,

pero inconfundible para cualquier ojo que hubiera visto antes el resplandor de la propia Piedra Angular.

—El estigma biológico —murmuró el atlano, más para sí mismo que para los otros dos—.

No conozco registro alguno de un caso semejante, Mateo.

La tecnología de los Arquitectos desapareció de nuestro mundo el mismo día en que el Arca se perdió bajo el mar, hace más de tres mil años; ningún atlano vivo ha tenido jamás contacto directo con una de sus reliquias durante más que unos instantes.

Pero si vuestro propio cuerpo aprendió a reconocer el latido de esa pieza durante doce años enteros, no me parece extraño que la carne recuerde una frecuencia que la mente ya daba por olvidada.

Es la única explicación que se me ocurre, aunque os confieso que la digo más por intuición que por certeza.

—Mi abuelo —dijo Mateo, con la voz entrecortada por el dolor—.

Mi abuelo sintió esto. Me lo contó la noche en que me entregó el medallón, cuando yo tenía apenas diez años...

la misma frecuencia que sintió cuando el Vaticano hizo la primera prueba exitosa con la piedra, hace tantos años.

Decía que el propio aire se volvía denso, que los huesos le zumbaban durante días enteros después.

Yo pensé... pensé que hablaba en sentido figurado.

Que era el miedo de un anciano disfrazado de recuerdo.

—No hablaba en sentido figurado —dijo Aelión, con una gravedad que no dejaba espacio para consuelo alguno—.

Vuestro abuelo sintió exactamente lo que vos sentís ahora, Mateo, porque también él llevaba consigo, en algún momento de su vida, un contacto lo bastante prolongado con estas reliquias como para que su propio cuerpo aprendiera a reconocer su frecuencia.

Es un idioma que la carne no olvida, por mucho tiempo que pase.

Colón, con el rostro pálido bajo la luz tenue de la cabina, comprendió antes incluso de que Mateo terminara de hablar la magnitud exacta de lo que aquello significaba.

—Arana ya llegó —dijo, con una certeza que no admitía duda alguna—. Ya está ensamblando el mecanismo. Estamos llegando tarde.

—No —dijo Mateo, apretando los dientes contra una nueva oleada de dolor que le recorrió el pecho entero—. No estamos llegando tarde. Si ya hubiera terminado, no lo sentiría así, a medias, como un eco que todavía busca su forma completa. Esto es solo el principio. Todavía hay tiempo.

Ninguno de los dos hombres presentes se atrevió a preguntarle cómo sabía aquello con tanta certeza, y Mateo, en el fondo de su propio dolor, tampoco habría sabido responder con palabras completas.

Era, simplemente, una certeza que le llegaba desde el mismo lugar de donde llegaba el propio dolor: desde una cicatriz que llevaba doce años dormida y que ahora, por primera vez desde que Arana se la arrebatara,

volvía a hablarle en el único idioma que en ningún momento había terminado de olvidar por completo.

Mateo, todavía de rodillas sobre el suelo nacarado, con las manos apretadas contra el pecho y el zumbido metiéndosele cada vez más hondo en los huesos, alzó la vista hacia Aelión con una determinación que el dolor no lograba apagar del todo.

—Cuánto falta para Roma —preguntó, aunque la pregunta sonó menos a interrogación que a exigencia.

—A esta velocidad, tres días —respondió Aelión, ya de vuelta en su puesto de control, con las manos moviéndose sobre los indicadores luminosos con una urgencia que no había mostrado ni siquiera durante el combate contra la Flota Iscariote—.

Puedo forzar la nave más allá de sus límites recomendados.

Reduciríamos el tiempo a dos días, quizás menos, aunque el riesgo para el propio casco sería considerable.

—Hacedlo —dijo Colón, sin un solo instante de vacilación—. Sea cual sea el riesgo, es menor que el de llegar a Roma cuando ya no quede nada que salvar.

La Atlacóatl aceleró entonces con una fuerza que empujó a los tres pasajeros contra sus asientos, cortando el agua oscura del Atlántico con una velocidad que ninguna nave humana había alcanzado jamás en toda la historia de la navegación, mientras Mateo,

todavía con el pecho ardiendo y el zumbido metido en los huesos, cerraba los ojos y sentía, con una certeza que no necesitaba de ninguna prueba adicional, que en algún lugar de Roma, algo que había dormido durante milenios enteros, terminaba de abrir los ojos.