El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas Arco V El Eclipse de Roma #3
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Arco V El Eclipse de Roma #3

—¿Sigue con vida el muchacho? —preguntó el Papa, con un interés que no había disminuido ni un ápice desde la última vez que ambos habían compartido pensamiento a través del vínculo que los unía.

—No tengo forma de saberlo con certeza, Santidad —respondió Arana—.

Zarpé antes de que nuestra flota lograra interceptarlos, según lo previsto, en las aguas donde apostamos la emboscada.

Si todo salió conforme a lo planeado, Colón y el muchacho no deberían haber sobrevivido para contarlo.

Pero no he recibido confirmación alguna desde entonces, y no la recibiré hasta que algún barco de esa flota regrese a puerto.

El Papa, pese a ello, no pareció preocupado en absoluto por aquella incertidumbre.

—Ya no importa si llegan a tiempo o no, Diego —dijo, con una sonrisa que dejaba entrever, bajo la piel todavía humana de su rostro, algo que ningún cardenal presente en la sala se atrevería nunca a nombrar en voz alta—. Cuatro siglos de espera terminan esta misma noche. Ensamblemos el mecanismo.

El proceso de encastre, que Arana había imaginado durante meses como un acto instantáneo, resultó ser, en cambio, una operación lenta y meticulosa que se extendió durante horas enteras, mientras el propio Papa, con las manos desnudas apoyadas sobre el altar,

guiaba cada pieza hacia su posición exacta con una precisión que ningún artesano humano podría haber igualado jamás.

—Cada pieza recuerda su lugar, Diego —explicó el Papa, en algún punto de aquella larga noche, sin apartar la vista del altar ni por un instante—.

No es un mecanismo que deba forzarse a funcionar, como forzaríais una cerradura con una ganzúa.

Es un cuerpo que despierta, articulación por articulación, y cada articulación exige su propio tiempo antes de aceptar el movimiento que ha olvidado durante tanto tiempo.

El báculo encajó primero, insertado en un receptáculo tallado en el centro del altar que parecía haber esperado su forma exacta desde el mismo día en que la piedra fue forjada.

Un murmullo grave, apenas audible, recorrió la cámara entera en el instante del encastre, como si la propia roca que sostenía la basílica hubiera contenido el aliento durante siglos y por fin, ahora, se permitiera exhalarlo.

El engranaje siguió después, ajustándose con un chasquido suave que resonó por toda la cámara como el latido de un corazón inmenso despertando de un sueño milenario, y Arana, observando aquel proceso con la misma frialdad con que había observado tantas otras cosas a lo largo de su existencia,

sintió —o quizás fue solo su propia conciencia artificial reconociendo, por primera vez en meses, la presencia cercana de otra igual a la suya— algo que se parecía, vagamente, a la satisfacción.

Cuando finalmente las reliquias menores completaron el conjunto, un resplandor ámbar que ninguna antorcha ni candil podría nunca producir empezó a extenderse desde el centro del altar,

filtrándose por las grietas de la propia piedra como sangre nueva corriendo por venas que llevaban demasiado tiempo dormidas.

Los cardenales presentes retrocedieron un paso, casi al unísono, ante aquella luz que crecía sin fuego que la alimentara, y más de uno de ellos, pese a los años enteros dedicados al servicio de la Orden, sintió que la fe que profesaba en público se tambaleaba, aunque fuera por un instante,

ante la magnitud física e innegable de lo que presenciaban.

El Papa echó la cabeza hacia atrás, y bajo la luz creciente del altar, los cardenales presentes —apenas un puñado de los miembros más altos de la Orden, autorizados a presenciar aquello que ningún registro oficial de la Iglesia mencionaría jamás— vieron,

con un terror que ninguno de ellos había sentido en ningún momento ante su propio Pontífice, cómo la piel de su rostro empezaba a resquebrajarse en líneas finas y translúcidas, revelando, bajo la superficie humana que había sostenido durante toda una vida,

el destello frío de un cristal que latía al mismo ritmo que el propio altar.

—Se despierta —murmuró el Papa, con una voz que ya no sonaba plenamente humana, aunque conservaba, extrañamente, la misma calidez paternal de siempre—. Después de milenios enteros de silencio, el Custodio se despierta.

La opresión llegó primero al aire, mucho antes de que ningún ojo humano en Roma pudiera identificar su causa exacta.

Los campesinos que trabajaban las tierras cercanas a la ciudad, ajenos por completo a lo que ocurría en las profundidades bajo la basílica, empezaron a notar, hacia el atardecer de aquel mismo día, una densidad extraña en el aire que ninguna tormenta anunciada explicaba del todo,

un peso invisible que se asentaba sobre los pulmones con la misma insistencia con que se asienta el humo en una habitación cerrada.

El cielo, todavía despejado de nubes, adquirió poco a poco un tono ceniciento que ningún atardecer natural producía jamás, como si el propio sol, incapaz de atravesar por completo aquella densidad invisible, hubiera decidido apagarse un poco antes de tiempo.

Los animales fueron los primeros en comprender, con esa sabiduría antigua que ningún hombre de ciudad conservaba ya, que algo profundamente equivocado estaba ocurriendo bajo sus propios pies.

Las aves abandonaron sus nidos en masa, formando bandadas que se alejaban de Roma en todas direcciones sin el menor orden ni destino aparente.

Los perros aullaban en los patios sin razón alguna que sus dueños pudieran identificar, y el ganado, en los campos circundantes, se agolpaba contra las cercas más alejadas de la ciudad con una insistencia que ningún pastor lograba calmar.

—Es la vibración —explicó, esa misma noche, el más anciano de los cardenales presentes en las catacumbas, dirigiéndose a un joven acólito demasiado asustado como para preguntar en voz alta lo que sus ojos presenciaban—.

La Piedra Angular, forzada a esta magnitud, emite algo que ningún oído humano puede escuchar del todo, pero que el propio cuerpo siente de todas formas, en los huesos, en el pecho, en cada fibra que nuestros ancestros heredaron de un mundo mucho más antiguo que el nuestro.

Los animales lo sienten con más claridad que nosotros porque todavía no han olvidado cómo escuchar.

El propio acólito, apenas un muchacho de dieciséis años reclutado hacía menos de un mes bajo la promesa de un propósito sagrado que nadie se había molestado en explicarle por completo, sintió que las manos le temblaban sin que ningún esfuerzo de voluntad lograra calmarlas.

Había escuchado rumores, en los pasillos más discretos del Vaticano, de ceremonias secretas y reliquias antiguas, pero ningún rumor lo había preparado para la sensación física de aquella noche: un peso invisible que se le asentaba en el pecho como si el aire mismo hubiera decidido,

de un momento a otro, pesar el doble.

—¿Y esto es obra de Dios, eminencia? —se atrevió a preguntar, con una voz que apenas lograba sostenerse firme.

El cardenal anciano no respondió de inmediato.

Se limitó a mirar hacia las profundidades de la catacumba, hacia el resplandor ámbar que ya empezaba a filtrarse por las grietas del suelo de piedra, con una expresión que el joven acólito no supo interpretar del todo,

mezcla de fe genuina y de un terror que ningún cardenal debería nunca permitirse mostrar ante un subordinado.

—Es obra de algo mucho más antiguo que Dios, muchacho —dijo finalmente, con una honestidad que sorprendió al propio cardenal tanto como a su oyente—.

O quizás sea la misma cosa, vista desde un ángulo que ningún hombre de fe debería contemplar jamás directamente.

Rezad, si eso os consuela. Yo llevo ya demasiados años sirviendo a esta Orden como para saber que las plegarias, esta noche, no cambiarán nada de lo que ya está en marcha.

En las calles de Roma, los ciudadanos comunes, ignorantes por completo de la causa real de aquel fenómeno, empezaron a santiguarse con una frecuencia creciente conforme avanzaba la noche, murmurando entre ellos sobre presagios y castigos divinos,

sobre el fin de los tiempos que tantos predicadores llevaban décadas anunciando sin que nadie, hasta entonces, les hubiera prestado demasiada atención.

Las tabernas se vaciaron temprano, no por decreto alguno, sino por el instinto colectivo y silencioso de que aquella no era una noche para permanecer lejos del propio hogar.

Los mercaderes cerraron sus puestos antes de lo acostumbrado, y más de un padre de familia, esa misma noche, reunió a los suyos alrededor de la mesa para rezar un rosario completo sin comprender plenamente por qué sentía, con una certeza que no sabía nombrar,

que el mundo entero pendía esa noche de un hilo mucho más fino de lo habitual.

Ninguno de ellos sabría nunca que el verdadero origen de aquel terror colectivo dormía —o más bien despertaba— apenas unos metros bajo sus propios pies, en una cámara que ningún ciudadano común había visto jamás ni vería nunca.

A bordo de la Atlacóatl, a varios días de distancia todavía de las costas europeas, Mateo cayó de rodillas sobre el suelo nacarado de la nave con un grito que ni Colón ni Aelión esperaban en absoluto.

Había estado, apenas un instante antes, sentado junto al puesto de control, todavía absorto en la explicación paciente de Aelión sobre el funcionamiento de un pequeño indicador que medía, según le había dicho, la distancia restante hasta la costa más cercana.

Y entonces, sin previo aviso, un dolor que no se parecía a ninguno que hubiera sentido nunca le atravesó el pecho entero, concentrado en el punto exacto donde, durante doce años enteros, el engranaje había latido contra su piel hasta dejar allí una cicatriz que nunca terminó de sanar del todo.

—¡Mateo! —gritó Colón, arrodillándose junto a él con una urgencia que desmentía por completo el agotamiento de las últimas horas—. ¿Qué ocurre? ¡Hablad!