El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas Arco V El Eclipse de Roma #2
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Arco V El Eclipse de Roma #2

Y esta vez no será una batalla. Si es que aquello, siquiera, mereció llamarse batalla. Será una matanza.

Se llevó las manos al rostro, y Mateo, observando desde su asiento, vio temblar al Almirante con una violencia que ninguna tormenta, ningún motín, ninguna humillación anterior de la travesía había logrado arrancarle jamás.

—Dad la vuelta —repitió, con la voz ya deshecha—. Dejadme volver con ellos. Si van a morir, moriré junto a ellos, y no huyendo como un cobarde en la nave de un pueblo que ni siquiera es el mío.

Fue entonces cuando Aelión, para absoluto desconcierto de Mateo, dejó escapar una risa breve y suave, desprovista de toda burla, pero igualmente inconfundible.

—¡¿De qué diablos te ríes?! —bramó Colón, girándose hacia él con un furor que Mateo no le había visto emplear ni siquiera contra Arana—. ¡Son mis hombres los que morirán! ¡Déjame volver y morir con ellos!

Aelión, sin perder la calma ni por un instante, levantó ambas manos en un gesto apaciguador, aunque la sombra de su sonrisa tardó un momento más en desvanecerse por completo.

—Me río, Almirante, de la idea de que yo dejaría un cabo tan evidente sin atar —dijo—. ¿De verdad creéis que planeé nuestra huida de esa flota sin considerar, ni por un instante, qué sería de los hombres que dejábamos atrás?

Colón se detuvo, con el pecho todavía agitado, mirándolo sin comprender del todo.

—Antes de que abandonáramos el círculo de batalla —continuó Aelión—, dejé algo más suelto en aquellas aguas además de la niebla y las luces que sembraron el pánico.

Una pequeña sonda, hecha del mismo material que esta nave, que emite el mismo resplandor que vuestros ojos vieron esta noche.

La programé para alejarse hacia el sur, en dirección contraria a la ruta que Rodrigo tomará hacia España.

Para una tripulación ya convencida de haber presenciado a un fantasma del agua, ver esa misma luz reaparecer, alejándose sola hacia otro rumbo en la oscuridad, será toda la prueba que necesiten de que el peligro real se aleja en esa dirección,

no en la de dos carabelas maltrechas y sin luz alguna encendida que puedan delatarlas.

—¿Y si deciden perseguir a Rodrigo de todos modos? —preguntó Colón, aunque la furia de su voz ya empezaba a ceder paso a algo más parecido a la esperanza cautelosa.

—Es una flota que acaba de perder tres naves por su propio miedo, Almirante, con órdenes de capturar con vida antes que, de masacrar sin más, y sin luz alguna que seguir en mitad de una noche sin luna llena.

Ningún capitán, por fanático que sea su fervor hacia Roma, organiza una persecución eficaz en esas condiciones.

Y aunque decidieran intentarlo de todas formas...

—Aelión hizo una pausa breve, casi respetuosa— Rodrigo conoce esas aguas mejor que ningún hombre a bordo de ambas flotas.

Vos mismo lo dijisteis al nombrarlo vicealmirante.

No hay mapa, ni estrella, ni instinto que pueda reemplazar lo que ese hombre lleva media vida aprendiendo sobre el comportamiento de este océano.

Colón se quedó en silencio un largo instante, con la mirada perdida hacia algún punto indefinido más allá del ventanal curvo, y cuando finalmente volvió a hablar, su voz había perdido casi por completo el filo desesperado de minutos antes.

—Debisteis decírmelo antes —murmuró, dejándose caer de nuevo en su asiento, con el cuerpo entero vencido por un cansancio que ya no distinguía entre el físico y el otro—. Me habríais ahorrado años de vida en la angustia de estos últimos minutos.

—Debí hacerlo, Almirante, y os pido disculpas por no haberlo hecho —respondió Aelión, con una sinceridad que desarmaba cualquier resto de reproche—.

Pero llevo también yo esta noche cargando con más de lo que había cargado en toda mi vida anterior, y confieso que se me olvidó, entre el fragor de todo lo demás, que un hombre necesita saber que sus seres queridos están a salvo antes de poder respirar con tranquilidad.

Es una lección que apenas empiezo a comprender esta misma noche.

Mateo, observando a ambos hombres —el navegante humano curtido por décadas de ambición y fracaso, y el joven estratega atlante que rompía leyes ancestrales por una convicción que nadie le había ordenado sostener—, sintió que algo entre ellos se asentaba en un terreno nuevo,

distinto al respeto cauteloso que se habían profesado hasta entonces.

No era todavía amistad, quizás, pero era ya el principio de algo que se le parecía mucho.

Diego de Arana pisó tierra europea tres días antes de que la Atlacóatl surcara siquiera la mitad del Atlántico que la separaba de Roma.

Desembarcó en un puerto discreto de la costa toscana, escoltado por los remanentes de la Flota Iscariote que habían logrado escapar sin daños del encuentro con la nave atlante —apenas media docena de galeones de los veinte que habían zarpado semanas atrás, aunque a Arana,

observando desde la cubierta de su propio navío la línea oscura de la costa italiana recortándose contra el amanecer, aquella pérdida le resultaba tan indiferente como la pérdida de cualquier herramienta que ya hubiera cumplido su propósito.

Los hombres, humanos o no, eran siempre prescindibles ante la magnitud de lo que llevaba consigo.

El báculo, envuelto en paños oscuros para ocultar cualquier resplandor que pudiera delatarlo ante ojos curiosos, viajó bajo escolta armada desde el puerto hasta Roma en un carruaje cerrado que no se detuvo ni una sola vez durante el trayecto entero,

cambiando caballos con una precisión logística que solo generaciones de práctica silenciosa podían haber perfeccionado.

Junto a él viajaban las reliquias menores de los Arquitectos que Arana había logrado sustraer de los depósitos de Atlán, y el propio engranaje central, el mismo que había latido contra el pecho de Mateo durante doce años enteros,

ahora encerrado en un cofre de plomo idéntico a los que la Orden empleaba desde hacía siglos para ocultar sus secretos más peligrosos.

—Su Santidad os espera con una ansiedad que ningún Pontífice debería en ningún momento permitirse mostrar —le dijo el cardenal que lo recibió en las puertas de las catacumbas vaticanas, un hombre de rango elevado dentro de la Orden cuyos ojos, al posarse sobre el cofre de plomo,

brillaron con una codicia que ningún voto sacerdotal había logrado nunca apagar por completo—.

Lleva semanas enteras sin apenas dormir, esperando noticias vuestras.

Arana no respondió. Descendió los escalones de piedra húmeda que conducían a las profundidades bajo la basílica con la misma frialdad calculadora que había empleado durante meses enteros para ganarse la confianza absoluta de un muchacho gitano y de una tripulación entera,

sin que ninguno de ellos sospechara jamás, hasta el final, la verdadera naturaleza del hombre que consideraban su protector.

El trayecto por las catacumbas, para cualquier hombre completamente humano, habría resultado angustiante: pasillos excavados directamente en la roca, apenas iluminados por antorchas dispuestas con una regularidad casi matemática,

flanqueados por nichos donde generaciones de secretos habían sido enterrados junto a los cuerpos que los custodiaban.

Arana, sin embargo, recorrió aquel laberinto con la misma indiferencia con que un hombre recorre los pasillos de su propia casa, reconociendo cada giro, cada intersección,

cada punto de control vigilado por monjes de rostro cerrado que se inclinaban a su paso con una reverencia que ningún soldado humano les habría dedicado nunca a un simple contramaestre de expedición.

—¿Cuánto tiempo lleva Su Santidad preparando esta cámara? —preguntó, más por cortesía protocolaria que por curiosidad genuina, al cardenal que lo escoltaba.

—Desde el mismo día en que sintió el primer eco de vuestra voz a través del vínculo, contramaestre —respondió el cardenal, con un respeto reverencial que reservaba únicamente para asuntos de la más alta importancia—.

Semanas enteras de preparativos, maestros de obra y artesanos que trabajaron sin descanso ni explicación completa de lo que construían, todos ellos ya...

reasignados, una vez terminada su labor, para asegurar el más estricto silencio.

Arana no hizo comentario alguno ante aquella última palabra, ni ante la implicación evidente que escondía. Los detalles de cómo la Orden aseguraba su propio silencio nunca le habían interesado demasiado; le bastaba con saber que el silencio, en efecto, se mantenía.

La cámara donde Alejandro VI aguardaba había sido preparada durante semanas para aquel momento exacto, con una meticulosidad que solo una inteligencia dispuesta a esperar generaciones enteras por un solo instante podía sostener sin fisuras.

En el centro de la sala, tallado directamente sobre la roca viva que sostenía los cimientos de la basílica entera, se alzaba un altar circular cuya superficie, pulida hasta un brillo casi líquido, esperaba las piezas que llevaba cuatro siglos buscando reunir.

—Al fin —dijo el Papa, y su voz, aunque conservaba la misma calidez paternal que empleaba siempre ante sus fieles, vibraba con una anticipación que ningún hombre completamente humano habría logrado disimular—.

El báculo del Viejo de Mar. El engranaje que una familia gitana protegió durante generaciones sin comprender jamás su verdadero valor.

Y las reliquias de un continente que ni siquiera nuestros archivos más antiguos lograron confirmar del todo que existiera.

Arana depositó cada pieza sobre el altar con el mismo cuidado reverente con que un sacerdote deposita una ofrenda ante su dios, y mientras lo hacía, relató, con la precisión desapasionada de un informe militar, cuanto había presenciado en Atlán: la existencia del Cónclave de las Doce regiones,

el conocimiento perdido de las Tres Humanidades, la debilidad estratégica de un pueblo pacífico que llevaba siglos sin necesidad de defenderse de nada ni de nadie.

—Y el muchacho —preguntó el Papa, con un interés que no había disminuido ni un ápice desde la última vez que ambos habían compartido pensamiento a través del vínculo que los unía—.