El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas Arco V El Eclipse de Roma
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Arco V El Eclipse de Roma

CAPÍTULO XIX: El Retorno de la Sombra y el Trance de la Tierra

El silencio que reinaba dentro de la Atlacóatl tenía una cualidad distinta a cualquier otro silencio que Mateo hubiera conocido a bordo de una nave.

No era el silencio tenso de una guardia nocturna en la Santa María, ni el silencio contenido de una tripulación agotada tras una tormenta.

Era, más bien, el silencio de un espacio que no había sido construido para el ruido: las paredes nacaradas absorbían cada sonido con la misma suavidad con que absorbían la luz, y el propio avance de la nave sobre el agua no producía crujido alguno,

ni el chapoteo constante que Mateo llevaba media vida escuchando sin siquiera notarlo ya.

Fue Aelión quien rompió aquel silencio, todavía con las manos apoyadas sobre los indicadores luminosos de su puesto de control, sin apartar la vista del horizonte oscuro que se extendía más allá del casco.

—Almirante —dijo, con una naturalidad que resultaba casi desconcertante después de todo lo que acababan de vivir—, ¿hacia dónde exactamente debo dirigir la nave?

Colón, que se había dejado caer contra uno de los asientos curvos con los ojos cerrados, tardó un instante en responder, como si la pregunta tuviera que atravesar primero una capa espesa de cansancio antes de alcanzar algún lugar de su mente todavía capaz de pensar en rutas y rumbos.

—Hacia el este —respondió finalmente, sin abrir los ojos—. Roma se encuentra al este de estas aguas, más allá de las columnas de Hércules, cruzando el Mediterráneo entero.

—Comprendo la dirección general —dijo Aelión, con una honestidad que no intentaba disimular su propia limitación—, pero jamás he cruzado esta agua, Almirante.

Ningún atlano lo ha hecho en generaciones enteras.

Mis instrumentos conocen cada corriente, cada bajío, cada arrecife de las aguas que rodean nuestro propio continente, pero más allá de Tainotlán, esta nave navega tan ciega como cualquier carabela vuestra.

Aquella confesión, pronunciada sin el menor rastro de vergüenza, pareció devolverle a Colón una chispa de la vieja energía que la noche entera le había ido arrebatando poco a poco.

Se incorporó en su asiento, y por primera vez desde que habían abordado la Atlacóatl, algo parecido a una sonrisa cansada le cruzó el rostro.

—Entonces esta noche, Aelión, os toca a vos aprender de mí, en vez de al revés —dijo, levantándose y acercándose al ventanal curvo que se abría hacia el cielo estrellado—. Venid. Dejadme mostraros lo único que un navegante nunca pierde, ni siquiera cuando pierde todo lo demás.

Señaló hacia el firmamento, donde las estrellas, libres ya de la niebla que las había ocultado durante la batalla, brillaban con una nitidez que solo el mar abierto, lejos de cualquier hoguera humana, podía ofrecer.

—¿Veis aquella estrella, la que no se mueve mientras las demás giran a su alrededor durante toda la noche?

Los marineros la llamamos la Estrella del Norte.

Mientras la mantengáis siempre a vuestras espaldas, un poco hacia la izquierda, sabréis que navegáis hacia levante.

Roma, se encuentra más al norte de lo que estas aguas cálidas podrían sugerir, así que deberemos corregir el rumbo conforme avancemos, pero por ahora, esa estrella y esta —trazó con el dedo una línea imaginaria hacia otro punto luminoso— nos bastarán para no perdernos en la inmensidad.

Aelión observó el cielo con la misma atención reverente con que Mateo lo había visto examinar, horas antes, los indicadores de su propia nave, y ajustó algo en su puesto de control que hizo que la Atlacóatl virara suavemente, alineándose con la dirección que Colón acababa de señalar.

—Fascinante —murmuró el atlano—. Nosotros medimos el rumbo con instrumentos que leen el campo magnético del propio planeta, pero nunca se me había ocurrido que el firmamento mismo pudiera servir al mismo propósito, sin artificio alguno de por medio.

—Es lo único que nunca falla, Aelión —respondió Colón, con una nostalgia repentina en la voz—.

Los mapas mienten. Las brújulas se estropean con la humedad.

Los hombres, con el miedo o la ambición suficiente, mienten también.

Pero las estrellas llevan brillando en el mismo lugar exacto desde antes de que existiera el primer hombre que se atreviera a mirarlas, y seguirán brillando ahí mucho después de que todos nosotros hayamos desaparecido.

—¿Y jamás os habéis perdido, guiándoos solo por ellas? —preguntó Aelión, con una curiosidad genuina que parecía, por un instante, dejar de lado por completo el peso de la noche recién vivida.

—Una vez —admitió Colón, con una media sonrisa que se le escapó casi sin permiso—.

Mi primer viaje de mercader, apenas un muchacho todavía, confundí una estrella por otra durante una noche nublada y pasamos tres días enteros navegando en la dirección equivocada antes de que el capitán se diera cuenta del error.

Me llevé el peor castigo de toda mi vida a bordo de un barco, y nunca volví a confundir el firmamento desde entonces.

A veces pienso que ese error, y no ninguna lección formal, fue lo que me convirtió de verdad en navegante.

Aelión guardó aquel relato con el mismo cuidado con que guardaba cualquier otro dato nuevo sobre el mundo humano que llevaba apenas días enteros descubriendo, y Mateo, escuchando aquel breve intercambio desde su asiento, sintió que algo en el ambiente de la nave se aligeraba,

aunque fuera solo por unos minutos, como si el propio recuerdo de un error juvenil bastara para recordarles a los tres que, pese a todo lo vivido esa noche, seguían siendo, en el fondo, criaturas capaces de reír de sus propias torpezas pasadas.

Mateo, sentado en uno de los asientos curvos con el diario todavía apretado contra el regazo, observaba aquel intercambio con una fascinación que por un instante logró apartar de su mente el peso de todo lo que acababan de vivir.

Sus ojos, pese a ello, no permanecían mucho tiempo fijos en el cielo estrellado que Colón le señalaba a Aelión: volvían, una y otra vez, hacia el propio puesto de control de la nave,

hacia aquellas superficies luminosas que respondían al más leve roce de los dedos del atlano con una obediencia que ningún timón de madera podría jamás igualar.

Se acercó despacio, con la misma cautela reverente con que se acerca uno a un animal que podría, en cualquier instante, decidir que la confianza ha ido demasiado lejos, y Aelión, sin apartar la vista del horizonte, no pareció molesto en absoluto por aquella curiosidad silenciosa.

—Podéis acercaros, Mateo —dijo, con una calidez que Mateo no esperaba después de una noche tan violenta—. No hay nada aquí que pueda dañaros con solo mirarlo.

—¿Cómo hacéis que gire? —preguntó Mateo, señalando hacia una de las superficies donde una serie de líneas de luz parecían fluir como agua bajo el contacto de los dedos de Aelión.

—Esta franja aquí —explicó el atlano, deslizando dos dedos sobre una línea curva que emitía un resplandor ámbar tenue—controla la dirección.

Basta con inclinarla hacia el lado hacia el que deseo virar, con más o menos presión según cuán cerrado quiero el giro.

Y esta otra —señaló una segunda línea, más recta, de un tono azulado— regula la velocidad.

Presionar hacia adelante acelera, y hacia atrás frena, aunque nunca de forma brusca: la propia nave suaviza cualquier cambio demasiado repentino, para que ningún pasajero salga despedido por un exceso de entusiasmo del piloto.

Mateo observó, fascinado, cómo aquellos gestos mínimos —apenas el roce de dos dedos, la inclinación casi imperceptible de una muñeca— bastaban para gobernar una embarcación entera con una precisión que ningún timonel humano, por experto que fuera, podría soñar con igualar nunca usando cuerdas,

velas y la fuerza bruta de sus propios brazos.

Le preguntó por el resto de las superficies, por los símbolos que parpadeaban en tonos distintos según lo que parecía ser su urgencia, por el modo en que la nave parecía anticipar cada corrección antes incluso de que la orden terminara de ejecutarse, y Aelión,

con la paciencia genuina de alguien que encuentra en la curiosidad ajena un descanso bienvenido después del horror reciente, respondió a cada pregunta sin apuro ni condescendencia, como si enseñar aquellos mecanismos a un muchacho de Triana fuera la cosa más natural del mundo.

Ninguno de los dos sabía, en aquel momento, cuánto llegaría a valer aquella lección improvisada en las semanas que estaban por venir.

Mateo, sentado junto al puesto de control con los ojos absorbiendo cada detalle, memorizaba aquellos gestos sin propósito consciente alguno, simplemente porque la curiosidad y el asombro se lo exigían; pero en algún rincón silencioso de su mente, cada giro de muñeca, cada línea de luz,

cada respuesta paciente de Aelión, se grababa con la misma persistencia con que su propio abuelo había reentintado, generación tras generación, los trazos ya desvaídos de un diario centenario.

Fue Colón quien rompió aquella calma extraña, apenas veinte minutos después, con una brusquedad que sobresaltó tanto a Mateo como al propio Aelión.

—Dad la vuelta —dijo, poniéndose en pie con una urgencia que no admitía discusión—. Volvamos con Rodrigo y los hombres. Ahora mismo.

Aelión, con las manos todavía sobre los controles, se volvió hacia él con una expresión de genuina confusión.

—¿Ha ocurrido algo, Almirante? No he detectado señal alguna de peligro cercano.

—¡Peligro! —repitió Colón, y su voz, contenida hasta entonces por el agotamiento, se quebró en algo que se parecía mucho a un grito ahogado—.

¡Claro que hay peligro! ¡Acabamos de dejar a ochenta hombres a la deriva, con dos naves destrozadas, en las mismas aguas donde toda una flota enemiga acaba de perder tres barcos por su propio pánico!

En cuanto la niebla se disipe del todo, en cuanto esos hombres recuperen la compostura suficiente para pensar con claridad, ¿qué creéis que harán?

Nos cazarán, Aelión. Los cazarán a ellos, sin la protección de vuestra pequeña nave, sin nadie que les abra una brecha de escape.