El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO XVIII El Cuaderno y la Vieja Memoria #4
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CAPÍTULO XVIII El Cuaderno y la Vieja Memoria #4

—Vicente Yáñez —añadió Colón, dirigiéndose ahora al otro Pinzón con la misma solemnidad—, vos comandaréis La Niña bajo las órdenes de Rodrigo mientras yo no esté a bordo. Confío en que sabréis honrar esa autoridad tanto como esperaría que la honraseis viniendo de mí mismo.

Vicente Yáñez asintió, aunque su mirada, cargada de una preocupación que no intentó disimular, se posó primero en Mateo y luego en la pequeña nave nacarada que aguardaba a poca distancia.

—Almirante, ¿estáis seguro de que esta es la única manera? Podríamos reparar los cascos, esperar a que las heridas de los hombres sanen lo suficiente, y continuar todos juntos...

—No hay tiempo para esperar, Vicente Yáñez —respondió Colón, con una firmeza que no dejaba espacio para más discusión—.

Cada día que perdemos es un día que Arana gana para completar lo que sea que tenga planeado en Roma.

Estas naves ya cumplieron su parte en esta historia, con más valor del que jamás pude haber esperado de ellas.

Ahora les toca llevar a estos hombres a casa, y a mí me toca terminar lo que empezamos.

Colón se volvió entonces hacia Mateo, y durante un largo instante ninguno de los dos dijo palabra alguna.

No hizo falta. Mateo reconoció en aquella mirada la misma certeza silenciosa que él mismo llevaba sintiendo desde que la niebla se disipara: que la persecución de Arana, el destino del engranaje, el peligro que amenazaba con desatarse en Roma,

ya no era una batalla que dos carabelas maltrechas pudieran ganar a tiempo.

Que solo existía, ya, un único camino posible hacia adelante.

—Mi nave es para cinco —dijo Aelión, desde la borda de su pequeña embarcación, con una voz que había recuperado ya buena parte de la serenidad que la batalla le había arrebatado momentáneamente—.

En ella los alcanzaremos antes de que Arana complete lo que sea que esté planeando.

Se llama Atlacóatl —añadió, y una sombra de orgullo cruzó su rostro pálido y agotado al pronunciar aquel nombre—. La serpiente del agua.

Mateo, sin necesidad de que nadie se lo ordenara, sin una sola palabra de despedida más allá de un abrazo breve y torpe con Rodrigo, saltó hacia la pequeña nave nacarada con el diario de piel de buey todavía apretado contra el pecho.

Colón lo siguió un instante después, con una última mirada hacia las dos carabelas que había comandado durante meses enteros, una mezcla de orgullo y de duelo anticipado en sus ojos cansados.

Fue Tomás Ruiz quien, sin que nadie se lo pidiera, sin que ni él mismo lograra explicar plenamente la razón exacta que lo empujaba, abordó también la extraña embarcación en el último instante, con el rostro pálido pero decidido de un hombre que ha escuchado,

en algún rincón silencioso de su propia fe, una llamada que no sabe nombrar pero que tampoco se atreve a ignorar.

—¿Hermano Tomás? —preguntó Mateo, sorprendido—. Nadie os lo ha pedido.

—Lo sé, muchacho —respondió el antiguo fraile, con una calma extraña que no admitía mayor discusión—.

Pero llevo semanas enteras sintiendo que Dios me habla de una manera que ningún cura de Sevilla me enseñó en ningún momento a reconocer, y algo en el fondo de mi propio pecho me dice que el final de esta historia sea cual sea, no debo escucharlo de labios ajenos cuando regrese a puerto.

Debo verlo con mis propios ojos.

Nadie más subió a bordo. El interior de la pequeña nave, cuando Mateo por fin tuvo un instante para observarlo con algo de calma, resultó ser tan extraño y tan maravilloso como su casco exterior había prometido:

paredes curvas de un material nacarado que emitía su propia luz tenue sin necesidad de antorcha ni candil alguno, asientos que parecían moldearse ligeramente al peso de cada cuerpo que se posaba sobre ellos,

y un silencio interior casi absoluto que contrastaba de manera casi dolorosa con el estruendo de cañones y gritos que habían llenado cada minuto de las últimas horas.

Tomás Ruiz, santiguándose por costumbre antes de sentarse, observó a su alrededor con una mezcla de temor reverente y fascinación genuina.

—Esto es obra de manos humanas, sea cual sea la civilización que las gobernó —murmuró, más para sí mismo que para ningún interlocutor en particular—. Y, con todo, Dios mío, se parece tanto a como imaginamos siempre el interior de los cielos.

—Os conozco —dijo Mateo, de pronto, observando a Aelión con una atención que no había tenido ocasión de dedicarle hasta entonces—. Os reconozco del Cónclave. Estuvisteis todo el tiempo de pie, detrás de Yaguana, sin pronunciar una sola palabra durante toda la discusión.

Aelión, sin apartar las manos de los controles, dejó escapar algo parecido a una sonrisa breve, la primera que Mateo lograba interpretar con total claridad desde que se conocían.

—Guardia personal de la representante de Tainotlán, en efecto —confirmó—.

Aunque aquel día, confieso, escuché mucho más de lo que se esperaba de mí.

Me asombró la fuerza con que Yaguana os defendió aquella tarde, la convicción con que se enfrentó al resto del Cónclave por un desconocido al que ni siquiera conocía.

Llevaba yo mismo, en silencio, el mismo deseo que ella pronunció en voz alta: que mi propia región dejara por fin de mirar solamente hacia adentro.

Verla decirlo sin miedo, ante los doce, fue lo que finalmente me empujó a lanzarme yo mismo al mar, semanas después, sin permiso de nadie.

Mateo, sin saber qué responder del todo, solo pudo asentir, comprendiendo de golpe que la travesía que los había unido llevaba gestándose mucho antes de lo que él mismo había imaginado.

Aelión, ya de nuevo en su puesto de control, no respondió a aquel comentario, aunque algo parecido a una sonrisa cansada cruzó su rostro pálido durante un instante antes de concentrarse de nuevo en los indicadores luminosos que gobernaban el rumbo de su pequeña nave.

Y mientras la Atlacóatl se apartaba despacio de las dos carabelas maltrechas, ganando velocidad poco a poco hacia el este, hacia un continente que ninguno de sus tres pasajeros humanos había esperado jamás cruzar de aquella manera, Mateo observó, por última vez en mucho tiempo,

la silueta de Rodrigo el tuerto en el timón de la Santa María, con el único ojo bueno fijo en el horizonte que lo llevaría de vuelta a España, y sintió, por primera vez desde que zarpara de Triana meses atrás,

la certeza extraña y solitaria de que ya no había camino de regreso posible hasta que aquella historia, cuatro siglos en construcción, llegara por fin a su final.