El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO XVIII El Cuaderno y la Vieja Memoria #3
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CAPÍTULO XVIII El Cuaderno y la Vieja Memoria #3

Solveig los observó marchar por el camino que bordeaba el río, sus caballos desapareciendo entre los árboles con la misma rigidez inhumana con que habían llegado, y sintió, sin saber todavía por qué, que debía haber mentido.

Que debía haber dicho que no recordaba nada, que la memoria le fallaba con los años, que jamás hubo gigante alguno ni amigo de piel oscura en aquel pueblo.

Pero ya era demasiado tarde para aquel arrepentimiento, y ninguna palabra que pudiera pronunciar ahora cambiaría ya lo que fuera que aquellos hombres llevaban de vuelta a quien fuera que los hubiera enviado.

El informe tardó semanas en llegar a Roma, transportado con la misma paciencia silenciosa con que la Orden de Iscariote llevaba generaciones trasladando cada pista, cada rumor, cada fragmento de verdad que sus agentes lograban arrancar del olvido de aldeas remotas.

Cuando finalmente llegó a los oídos del Papa —el mismo hombre devoto y bondadoso que había ocupado el trono de San Pedro durante años, ya del todo consumido por la conciencia antigua que había terminado por reemplazarlo—, la reacción no fue de furia, ni de sorpresa,

sino de algo mucho más frío y mucho más terrible: la certeza calculada de una inteligencia que llevaba siglos enteros esperando exactamente aquella clase de noticia.

—Un gitano —repitió el Papa, con la misma voz cálida y paternal que empleaba siempre, mientras sostenía entre las manos el informe recién llegado—.

Una estirpe nómada, sin tierra propia, sin corte que la proteja, sin ejército que responda por ella.

Y aun así, capaz de guardar un secreto durante generaciones enteras sin que ni sus propios vecinos lograran arrancárselo nunca.

Convocad al Cónclave de los Doce. Esta misma noche.

Cuando los doce hombres más altos de la Orden se reunieron, horas después, en la más profunda de las catacumbas vaticanas, el Papa les explicó, con la misma paciencia con que un maestro explica a sus alumnos más aventajados una lección que él mismo ya domina de memoria, la decisión que había tomado.

La cámara donde se reunían —una sala circular excavada en la roca viva bajo la basílica, iluminada solo por antorchas cuya luz jamás lograba disipar plenamente las sombras más profundas de las paredes— había sido testigo, en los siglos que llevaba existiendo,

de decisiones que habrían hecho temblar a cualquier hombre de fe genuina.

Pero ninguna de aquellas decisiones anteriores, comprendieron los doce hombres presentes aquella noche, alcanzaba la magnitud fría y calculada de la que su Pontífice estaba a punto de anunciarles.

—El secreto se ha filtrado a un pueblo que no tiene fronteras, hermanos —dijo—.

Un pueblo que cruza reinos enteros sin que ningún rey logre en ningún momento contarlos ni controlarlos del todo.

Si el conocimiento de nuestra existencia se ha instalado en esa sangre, no bastará con perseguir a una sola familia, ni a un solo clan.

Debemos perseguirlos a todos, en todas partes, sin descanso, hasta el fin del mundo si es necesario.

Que ningún reino les ofrezca refugio. Que ninguna ley los proteja.

Que no exista rincón alguno de la cristiandad donde puedan sentirse a salvo, hasta que encontremos a los que verdaderamente importan entre ellos.

Uno de los doce, el más joven del Cónclave, se atrevió a formular la única objeción que ninguno de sus hermanos mayores había osado pronunciar en voz alta.

—Santidad, con el debido respeto... ¿no bastaría con concentrar la búsqueda en las rutas que ese pueblo suele recorrer? Perseguir a una estirpe entera sin distinguir jamás al culpable del inocente, parece...

Se interrumpió a sí mismo antes de terminar la frase, consciente de que la palabra que estaba a punto de pronunciar —excesivo, quizás, o injusto— no encontraría oídos comprensivos en aquella sala.

—Parece cruel —terminó el Papa por él, con una calma que resultaba más inquietante que cualquier ira que hubiera podido mostrar—.

Lo es. No os equivocáis en eso, hermano.

Pero consideradlo de esta manera: un jardinero que descubre una sola mala hierba entre sus flores no se limita a arrancar la hoja visible.

Arranca la raíz entera, aunque para ello deba remover también la tierra sana que la rodea, porque sabe que cualquier fragmento de raíz que quede atrás volverá a brotar cuando ya nadie recuerde por qué debía temerse.

Siglo y medio llevamos ya protegiendo este secreto, hermanos.

No permitiré que una sola palabra, pronunciada por una anciana asustada en un pueblo que el mundo entero ha olvidado, ponga en riesgo lo que hemos construido con tanto cuidado.

Ninguno de los doce hombres presentes cuestionó la orden después de aquello, ni el precio que aquella decisión cobraría, generación tras generación, entre inocentes que nunca habían tocado ni visto siquiera un fragmento de la Piedra Angular.

Y semanas después, en la aldea remota donde Solveig Halsdatter había servido de partera durante más de cinco décadas, los agentes de la Orden regresaron bajo la cobertura de la oscuridad, no para hacer más preguntas, sino para asegurarse, con la misma frialdad calculadora de siempre,

de que ninguna otra lengua pudiera repetir jamás lo que la anciana había revelado sin saber por completo la magnitud de lo que estaba desatando.

El pueblo entero ardió antes del amanecer.

Ninguna crónica oficial de la época registraría nunca aquel incendio como otra cosa que un accidente desafortunado, uno más entre tantos que asolaban las aldeas de madera de aquel siglo, y el propio Papa, al recibir la confirmación de que la fuente había sido silenciada,

no sintió ni remordimiento ni satisfacción, sino la misma indiferencia paciente con que un jardinero arranca una mala hierba que amenaza con extenderse más allá de los límites del huerto.

Ni él, ni ninguno de los doce hombres que ejecutaron aquella orden, ni la más mínima parte de su conciencia artificial, podía sospechar todavía cuánto tardaría esa cacería en dar sus primeros frutos, ni cuánta sangre inocente se derramaría, generación tras generación,

en nombre de una búsqueda que ya llevaba más de siglo y medio devorando vidas sin encontrar jamás lo que en verdad ansiaba recuperar.

De vuelta en la batalla, año 1492

—¿Mateo? —dijo Rodrigo, con una mano posada sobre el hombro del muchacho, la preocupación genuina asomando bajo el cansancio de su único ojo—. Lleváis un buen rato con la mirada perdida. ¿Estáis bien?

Mateo parpadeó, saliendo despacio del abismo de su propio cansancio, todavía con el diario apretado contra el pecho.

No sabría explicar, si alguien le preguntara, cuánto tiempo había pasado desde que pronunció aquellas palabras en voz baja, ni por qué la pregunta seguía pesándole en el pecho con la misma fuerza que un cañonazo.

Solo sabía que la cacería que llevaba toda su vida temiendo no era, para él, ninguna abstracción: era una herida abierta que ni siquiera comprendía del todo, heredada de generaciones de su sangre, y que ahora, apretando el diario contra su pecho, sentía arder como si fuera suya desde siempre.

—Estoy bien —mintió, guardando el diario de nuevo en el morral con manos que todavía temblaban un poco—. Solo... cansado.

Rodrigo no pareció por completo convencido, pero tampoco insistió, y se limitó a darle una palmada breve en el hombro antes de volver a sus propias tareas, dejando a Mateo con el peso silencioso de una pregunta que nadie a bordo podía responderle.

Colón, con el rostro surcado de hollín y de un cansancio que ya no intentaba disimular, recorrió con la mirada los daños de su propia nave: el mástil mayor astillado en dos puntos, media borda de estribor arrancada de cuajo,

tres tripulantes heridos de gravedad que Tomás Ruiz atendía ya con las escasas provisiones que les quedaban.

La Niña, a poca distancia, presentaba un aspecto todavía peor, con el casco abierto en un costado por un impacto que solo la pericia desesperada de sus carpinteros de a bordo había logrado sellar lo suficiente como para mantenerla a flote.

—Podemos navegar —dijo Martín Alonso Pinzón, evaluando los daños con el mismo ojo experto que llevaba toda la travesía calculando distancias y rumbos—. Pero no rápido, Almirante. No lo bastante rápido para alcanzar Europa antes de que Arana complete lo que sea que tenga planeado hacer allí.

Colón asintió, con una lentitud que hablaba de una decisión ya tomada mucho antes de que Pinzón terminara de pronunciar sus palabras.

—Rodrigo —dijo, volviéndose hacia el marinero tuerto con una solemnidad que ninguno de los presentes le había escuchado emplear nunca fuera de las cortes reales—.

Ningún hombre a bordo de estas dos naves conoce sus maderas, sus corrientes de agua y sus caprichos mejor que vos.

Os nombro vicealmirante de esta flota y contramaestre de la Santa María, con toda la autoridad que ese rango conlleva.

Confío en vos la vida de cada hombre que queda a bordo.

Rodrigo, con el único ojo abierto de una sorpresa que no intentó disimular, tardó un instante en responder.

—Almirante, yo no soy hombre de mando, yo...

—Sois exactamente el hombre de mando que esta tripulación necesita —lo interrumpió Colón, con una calidez que resultaba casi extraña viniendo de un hombre que la ambición y el orgullo habían definido durante toda la travesía—.

Y os pido, con toda la humildad que me queda después de esta noche, que llevéis a estos hombres de vuelta a España, sanos y salvos, en el tiempo que sea necesario.

Que descansen las velas si deben descansar.

Que atraquen en cualquier puerto amigo si el casco lo exige.

La prisa que a mí me queda ya no es la misma prisa que necesita esta tripulación.

Un murmullo de sorpresa recorrió a los pocos hombres que alcanzaron a escuchar aquellas palabras, y Mateo, observando el rostro de Colón, comprendió que algo fundamental había cambiado en el Almirante durante aquella noche de fuego y niebla:

la ambición que lo había definido desde que Mateo lo conociera en los muelles de Sevilla no había desaparecido del todo, pero se había reordenado, de alguna manera silenciosa, en torno a una prioridad distinta.