El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO XVIII El Cuaderno y la Vieja Memoria #2
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CAPÍTULO XVIII El Cuaderno y la Vieja Memoria #2

No eran más que señales de emergencia, del mismo tipo que cualquier nave atlana llevaría consigo para marcar su posición en caso de naufragio, pero para una tripulación que ya había visto a un fantasma diminuto hundir naves colosales con solo cruzar el agua,

aquellas luces suspendidas sobre sus cabezas solo podían significar una cosa.

—¡Vienen del cielo! —gritó un vigía iscariote, con una voz que ya no distinguía entre el valor y el terror puro—. ¡Nos atacan también desde el aire!

—¡Es imposible, no hay naves ahí arriba! —bramó otro, aunque su propia voz temblaba tanto como la del primero.

—¿Y qué de lo que hemos visto esta noche ha sido posible, hermano? —respondió un tercero, y aquella sola pregunta, lanzada al vacío de la niebla, bastó para que cualquier disciplina que aún quedara en pie se desmoronara por completo.

La formación entera se disolvió por completo, cada galeón maniobrando ya solo por su propia supervivencia, disparando a ciegas contra sombras que en su mayoría no eran más que naves hermanas perdidas en la misma niebla artificial que las envolvía,

o contra luces del cielo que ya se apagaban sin haber sido jamás una amenaza real.

Fue en medio de aquel caos absoluto cuando la pequeña nave nacarada se deslizó, silenciosa como un pensamiento, hasta el costado mismo de la Santa María.

Aelión, apenas visible tras el resplandor tenue de su propio casco, no gritó ninguna orden ni pidió permiso alguno: se limitó a asomarse un instante y hacer un solo gesto con la mano, breve pero inconfundible, señalando hacia la brecha de aguas abiertas que se abría más allá del círculo de fuego.

Colón no necesitó una segunda señal.

—¡Seguid a esa nave! ¡Timón tras ella, ahora! —bramó, con una autoridad que no dejaba espacio para dudas ni para preguntas.

Martín Alonso Pinzón obedeció de inmediato, y la Santa María, con La Niña siguiendo de cerca su estela, se lanzó tras la nave atlana fuera del círculo de destrucción, dejando atrás el fuego, el humo, y los restos hundidos de tres naves que en ningún momento sabrían que su propio miedo,

más que cualquier arma extranjera, había sido la causa real de su hundimiento.

El silencio que siguió, una vez que la Flota Iscariote quedó reducida a un resplandor lejano de incendios dispersos en el horizonte, tenía una cualidad casi sagrada,

el tipo de quietud que solo llega después de que un peligro extremo ha pasado y el cuerpo entero todavía no logra creer del todo que ha sobrevivido.

Mateo se dejó caer contra la borda astillada, exhausto de una manera que no se parecía a ningún cansancio anterior de la travesía, con el diario de piel de buey todavía apretado contra el pecho —no recordaba en qué momento exacto de la batalla lo había sacado del morral,

ni por qué sus manos se habían aferrado a él con tanta desesperación—.

A su alrededor, la tripulación se movía despacio, casi con torpeza, entre los restos de la lucha: hombres que se ayudaban unos a otros a levantarse, otros que se limitaban a quedarse sentados donde habían caído, incapaces todavía de procesar por completo que seguían con vida.

Fue en aquella quietud extraña, con el cuaderno de su abuelo apretado contra el pecho y las manos temblando de un agotamiento que ya no distinguía bien entre el físico y el otro,

cuando Mateo sintió que algo se quebraba en su interior con una violencia mucho más silenciosa que la de cualquier cañonazo.

No fue un grito lo que le brotó de la garganta, sino apenas un hilo de voz roto, dirigido a nadie en particular, quizás al propio cuaderno que sostenía contra el cuerpo como quien abraza lo único que le queda de un mundo que ya no comprende del todo.

—¿Por qué? —murmuró, con los ojos cerrados y la frente apoyada contra el cuero gastado del diario—. ¿Por qué tanto odio sin sentido?

Y en el instante exacto en que aquellas palabras abandonaron sus labios, el mundo entero pareció detenerse a su alrededor.

Un asentamiento junto a los bosques de Europa central, año 1145 aproximado.

Solveig Halsdatter tenía sesenta y nueve inviernos cuando los hombres de negro llegaron a su poblado, y aunque la vejez le había robado ya buena parte de la fuerza en las piernas,

no le había robado ni un ápice de la memoria con la que recibió a aquellos dos monjes de rostro cerrado y ojos que no parpadeaban con la frecuencia que cualquier ojo humano debería.

Los había visto llegar desde lejos, con esa mirada que solo los años de partear a medio pueblo entero podía otorgarle a una anciana: sabía, con solo verlos desmontar de sus caballos con la rigidez perfecta de soldados que jamás habían conocido el cansancio genuino,

que aquellos hombres no venían a comprar lana ni a pedir cobijo para pasar la noche.

Venían buscando algo, y Solveig, con la sabiduría que solo da haber sobrevivido tanto tiempo en un mundo que rara vez perdonaba a los ancianos ni a los pobres, comprendió que no tenía sentido alguno mentirles.

El asentamiento donde había vivido toda su vida —un puñado de cabañas de madera y tejados de paja, apretadas junto a un río que bajaba helado desde las montañas cercanas incluso en los meses más cálidos del verano— llevaba generaciones enteras acostumbrado a recibir viajeros de toda condición:

mercaderes que cruzaban de un reino a otro por los caminos que bordeaban el bosque, peregrinos extraviados, y de vez en cuando, con la irregularidad propia de quienes no conocían fronteras ni dueño,

familias enteras de gente errante que hablaba lenguas que nadie del pueblo comprendía plenamente y que, de todos modos, siempre encontraban la manera de hacerse entender lo suficiente como para intercambiar un poco de pan por noticias del mundo exterior.

—Hemos oído que en este pueblo vivió, hace muchos años, un hombre de tamaño extraordinario —dijo el mayor de los dos monjes, con una voz desprovista de la calidez que cualquier viajero cansado debería mostrar tras días enteros de camino—.

Un extranjero. Venido de tierras del norte, según los rumores que hemos seguido durante meses.

Solveig no respondió de inmediato. Sirvió, en cambio, dos cuencos de caldo caliente que ninguno de los monjes tocó, y se sentó junto al fuego con la misma parsimonia con que había aprendido a manejar cada parto difícil de su larga vida: sin prisa, sin miedo aparente,

dejando que el silencio hiciera su propio trabajo antes de ceder una sola palabra de más.

—Lo recuerdo —dijo finalmente—. Era yo apenas una niña cuando llegó.

Un hombre enorme, de manos como troncos de roble y una tristeza en los ojos que ningún niño de mi edad sabía nombrar entonces, aunque ahora, con los años que llevo encima, la reconocería en cualquier rostro.

Ahuyentaba a los lobos con sus propias manos, ¿sabéis?

Sin arma alguna. Los lobos le temían más a él que a cualquier hacha.

—¿Y de dónde decía que venía? —preguntó el monje más joven, con una curiosidad que no lograba disimular del todo la tensión con que sostenía su propia pluma sobre el pergamino.

—Nunca lo dijo con claridad —respondió Solveig, y en aquella respuesta había una verdad genuina, no una evasión calculada—.

Hablaba poco de su pasado, y menos aún de las tierras que había dejado atrás.

Pero recuerdo que, en las pocas noches en que el vino lo soltaba lo suficiente para cantar junto al fuego, lo hacía en una lengua que ninguno de nosotros reconocía, dura y fría como el hielo que él mismo decía haber cruzado de niño.

Los mayores del pueblo, en aquel entonces, susurraban que venía de más allá de donde el sol se pone en verano, de tierras heladas donde los hombres eran gigantes y los dioses hablaban a través del mar.

—¿Y vivía solo? —preguntó el segundo monje, extendiendo sobre la mesa un pergamino donde Solveig, con un escalofrío que se esforzó en disimular, reconoció de inmediato el dibujo cuidadoso de un engranaje diminuto y de un báculo tallado con motivos que no pertenecían a ninguna tradición que ella

conociera.

—No en sus últimos años —respondió, tras una pausa que duró exactamente el tiempo necesario para decidir que la mentira, en aquel momento, resultaría más peligrosa que la verdad a medias—.

Tenía un amigo. Un hombre de piel más oscura que la nuestra, de una lengua que nadie del pueblo comprendía por completo, que llegó de los caminos con su propia gente errante y se quedó junto al gigante hasta el final de sus días.

Recuerdo que llegaron un otoño, una familia entera con carromatos pintados de colores que ninguno de nosotros había visto jamás, y que el gigante, apenas los vio acampar junto al río, caminó hasta ellos como quien reconoce a un hermano perdido hace mucho tiempo.

Nunca supe qué se dijeron aquella primera noche, ni en qué lengua lograron entenderse, pero desde entonces fueron inseparables.

Todos lo llamábamos simplemente así, entre nosotros: el gitano.

—¿Y qué fue de él, tras la muerte del gigante? —preguntó el monje joven, con una premura que su superior no se molestó en disimular.

—Partió con los suyos, como es costumbre de su pueblo —respondió Solveig, con un dejo de tristeza genuina que ningún cálculo político lograba explicar del todo—.

Antes de irse, sin embargo, vino a despedirse de mí.

Yo tenía entonces catorce años, y él me entregó un pequeño amuleto tallado en madera, diciéndome que me protegería de los lobos tal como el gigante nos había protegido a todos.

Lo guardé durante años, hasta que se perdió en una inundación.

Nunca volví a saber de él, ni de su familia, ni de hacia dónde los llevaron sus caminos.

El monje mayor no dijo nada durante un largo instante.

Se limitó a enrollar de nuevo el pergamino con movimientos lentos y precisos, y Solveig, observándolo, sintió por primera vez desde que aquellos hombres habían llegado a su puerta el frío genuino de haber cometido, sin saberlo por completo, un error que ya no tenía remedio.

—Habéis sido de gran ayuda, anciana —dijo el monje, poniéndose en pie con la misma rigidez perfecta con que había desmontado horas antes—. Que Dios os lo pague.