CAPÍTULO XVIII El Cuaderno y la Vieja Memoria
La pequeña nave nacarada emprendió su primer movimiento con una velocidad que ningún ojo humano logró seguir del todo, y el silencio que había sostenido el mar entero durante aquellos segundos eternos se rompió, de golpe,
en el estruendo simultáneo de veinte tripulaciones abriendo fuego contra un blanco que ya no estaba donde había estado un instante antes.
—¡A cubierta! ¡Todos a cubierta! —bramó Colón, arrastrando a Mateo consigo tras la borda en el mismo instante en que una lluvia de proyectiles empezaba a caer, erráticos y desesperados, sobre las aguas que rodeaban a la Santa María.
Un cañonazo, más suerte que puntería en medio de aquel caos ciego, impactó de lleno contra el costado de la carabela, y todo el casco se sacudió con un crujido que Mateo sintió en los propios huesos, como si la nave entera hubiera recibido un golpe destinado a un gigante y hubiese tenido,
contra toda proporción, que sobrevivirlo.
Astillas de madera saltaron por los aires, una de ellas rasgando la manga de Mateo lo bastante cerca del brazo como para dejarle un hilo de sangre que ni siquiera notó hasta varios minutos después.
—¡Aguanta, aguanta! —gritó Martín Alonso Pinzón, luchando por sostener el timón mientras un segundo impacto, más de refilón esta vez, arrancaba parte de la borda de estribor—. ¡El casco resiste, Almirante! ¡Resiste!
Mateo, aferrado a un mástil astillado con las manos ensangrentadas por la fuerza de su propio agarre, sintió que el miedo le latía bajo cada pensamiento como un segundo corazón, pero no tuvo tiempo de detenerse a nombrarlo.
La batalla que se desarrollaba a su alrededor había adquirido, en los pocos minutos transcurridos desde la primera embestida de Aelión, una cualidad de caos que ningún estratega humano de aquel siglo habría sido capaz de anticipar ni de controlar por completo.
La pequeña nave nacarada se deslizaba entre los galeones negros con una velocidad que desafiaba cualquier intento razonable de puntería, apareciendo y desapareciendo de la vista de los artilleros iscariotes con una rapidez que convertía cada intento de disparo certero en poco más que un gesto
desesperado.
Cuando finalmente lograban apuntar sus cañones hacia el punto exacto donde la nave de Aelión había estado un instante antes, el propio fantasma del agua ya no se encontraba allí, deslizándose ya hacia otro flanco de la formación,
dejando tras de sí solo la estela fugaz de vapor luminiscente que se disolvía en el aire casi tan rápido como se formaba.
Mateo, observando aquella danza imposible desde la borda castigada de la Santa María, comprendió que el verdadero genio de la maniobra de Aelión no residía en ningún arma que su pequeña nave pudiera desplegar, sino en el tiempo mismo:
cada cañón de aquella flota colosal necesitaba varios segundos enteros para recargar, apuntar y disparar, un proceso que ningún artillero humano, por entrenado que estuviera, podía acelerar más allá de cierto límite físico.
Y Aelión, cruzando el agua a una velocidad que convertía aquellos segundos en una eternidad inútil, explotaba cada uno de esos intervalos con una precisión que parecía casi burlarse de la propia superioridad tecnológica que la Flota Iscariote llevaba generaciones enteras acumulando.
—¡Ahí va otra vez! —gritó Rodrigo, señalando hacia un destello de luz que cruzaba entre dos galeones del flanco sur, tan rápido que apenas dejaba una estela visible antes de desaparecer de nuevo entre la niebla que empezaba a disiparse—.
¡Por todos los santos, ni siquiera intentan ya acertarle a él!
¡Se disparan entre ellos de puro pánico!
Y fue precisamente aquella persecución imposible, aquella frustración acumulada de veinte tripulaciones disparando una y otra vez contra un blanco que jamás permanecía quieto el tiempo suficiente,
lo que empezó a cobrarse su propio precio entre las filas de la Flota Iscariote mucho antes de que ningún disparo lograra siquiera rozar a Aelión.
—¡Fuego! ¡Fuego, ahora! —gritó un capitán desde uno de los galeones del flanco norte, apuntando hacia una sombra fugaz que cruzaba entre su propia nave y la del capitán vecino.
El disparo, lanzado con la desesperación de quien ya no calcula del todo la trayectoria antes de ejecutarla, no alcanzó a la pequeña nave nacarada, que ya se había deslizado varias varas más allá antes de que la bala completara su recorrido.
Alcanzó, en cambio, el costado desprotegido del galeón vecino, cuya propia tripulación, presa del mismo pánico ciego, respondió con una descarga igualmente errática que impactó a su vez contra un tercer navío que intentaba maniobrar para evitar la colisión.
—¡Se disparan entre ellos! —gritó Mateo, observando desde la borda de la Santa María con una mezcla de horror y de una esperanza incrédula que apenas se atrevía a sentir por completo—. ¡Están tan desesperados por acertarle que se están matando entre sí!
El primero de los tres galeones enredados en aquel fuego cruzado empezó a hundirse apenas minutos después, su casco abierto por dos impactos que ningún enemigo externo había disparado contra él, y el segundo, con el timón destrozado por una bala que nunca debería haberlo alcanzado,
quedó a la deriva entre las llamas de su propia cubierta, incapaz ya de sostener su lugar en la formación que apenas minutos antes había cerrado con precisión perfecta alrededor de las carabelas castellanas.
Fue el tercer navío, pese a ello, el que arrancó de Colón un sonido que Mateo jamás le había escuchado emitir en toda la travesía: un gemido breve, casi imperceptible bajo el estruendo general de la batalla, cuando las llamas de aquel galeón, ya fuera de control,
alcanzaron finalmente el casco solitario y abandonado de La Pinta, todavía flotando a la deriva en el centro exacto del combate como el cebo que siempre había sido.
—No —murmuró Colón, con una voz que se quebró de una manera que ninguna derrota anterior de la travesía había logrado quebrarla del todo—. No, no así.
Mateo, siguiendo la mirada del Almirante, vio cómo la vela solitaria que los había atraído hasta aquella trampa mortal se hundía finalmente bajo las aguas negras, envuelta en llamas que ningún hombre a bordo de la Santa María o de La Niña podría ya extinguir nunca, y comprendió,
observando el rostro de Colón, que aquella pérdida —la de una nave vacía, sin tripulación humana alguna que llorar, robada días atrás por el propio hombre que ahora huían de capturar— pesaba sobre el Almirante con una tristeza que ninguna palabra lograría consolar plenamente.
—La bauticé yo mismo, ¿sabéis? —dijo Colón, sin apartar la vista del último resplandor de las llamas que se hundían ya bajo la superficie—.
Bueno, no exactamente. Ya llevaba ese nombre cuando la contraté en Palos, pero recuerdo haber pensado, la primera vez que la vi zarpar junto a sus hermanas, que las tres parecían casi mujeres de una misma familia, cada una con su propio temperamento.
La Pinta siempre fue la más veloz de las tres, la más ligera en el agua.
Martín Alonso solía bromear que tenía alma propia, que respondía al timón de una manera que ninguna otra nave de Palos lograba igualar.
Guardó silencio un instante, con la mandíbula tensa de un hombre que se niega, incluso en aquel momento, a permitirse un duelo más largo del que la propia batalla podía costearle.
—Zarpamos juntos desde España con la promesa de un mundo nuevo, Mateo. Y ahora la veo morir aquí, en mitad de una guerra que ninguno de los tres pudimos siquiera imaginar cuando izamos las velas por primera vez en Palos. Hay una crueldad particular en eso que todavía no sé bien cómo nombrar.
La Pinta había sido, después de todo, parte de un sueño que Colón había perseguido durante años enteros antes de que ningún continente perdido, ninguna civilización antigua,
ninguna guerra secreta entre humanos y replicas viniera a complicar aquel sueño con verdades que ningún navegante debería haber tenido jamás que enfrentar.
Fue en aquel instante exacto, con tres naves iscariotes ya hundidas o inutilizadas por su propio fuego descontrolado y el pánico extendiéndose entre el resto de la flota como una enfermedad, cuando Aelión ejecutó la última pieza de su plan.
Desde el interior de su pequeña nave, con las manos firmes pese al cansancio evidente de sostener durante tantos minutos seguidos maniobras que ningún piloto atlante había ejecutado nunca en tantos siglos de paz,
activó un segundo sistema oculto bajo las mismas capas de tecnología civil que había despertado ya una vez aquella noche.
De los flancos de su nave brotó, no una nube de humo como cualquier marinero castellano habría reconocido de inmediato, sino una neblina espesa y luminiscente, del mismo material vaporoso que su propia estela dejaba tras cada movimiento,
expandida ahora deliberadamente hasta cubrir un área que ningún vigía iscariote, por entrenado que estuviera, podría ya penetrar con la mirada.
—¡No veo nada! ¡La niebla se ha vuelto más espesa que antes! —gritó el segundo de a bordo de Cifuentes, con una voz que ya no lograba disimular el pánico genuino.
—¡Es el propio demonio del agua que la invoca! —gritó otro, y aquel grito, repetido de nave en nave entre una tripulación que ya no distinguía del todo entre la superstición y el terror genuino, terminó de sembrar el caos que Aelión necesitaba.
La formación, que apenas media hora antes se había cerrado con la precisión coreografiada de generaciones de práctica silenciosa, empezó a resquebrajarse en cuestión de minutos.
Y entonces, justo cuando el pánico por la niebla artificial empezaba a ceder paso a los primeros intentos de orden, el cielo mismo pareció volverse contra ellos.
De la pequeña nave nacarada brotaron, una tras otra, un puñado de luces que ascendieron silbando hacia lo alto de la niebla antes de estallar en destellos de un blanco cegador, suspendidos en el aire durante varios segundos eternos como si algo invisible los sostuviera.