CAPÍTULO XVII El Choque en las Líneas Muertas #4
No se lo había comunicado a nadie. Sabía que ningún miembro del Cónclave, por comprensivo que fuera con su razonamiento, le habría concedido jamás el permiso para violar la ley más sagrada de toda su civilización.
Así que actuó solo, como Mateo mismo había actuado semanas atrás al enfrentarse al Cónclave sin discurso preparado ni estrategia retórica alguna, guiado únicamente por la certeza silenciosa de que algunas decisiones, cuando llegan al límite exacto de lo que la propia conciencia puede soportar,
dejan de requerir permiso de nadie.
Su nave —diseñada originalmente para el transporte diplomático rápido entre las provincias más distantes de Atlán, con capacidad para cinco pasajeros, pero perfectamente operable por una sola mano experta— no había sido concebida nunca para el combate.
Su forma recordaba, para cualquier ojo que hubiera conocido ambos mundos, a la elegancia estilizada de las embarcaciones de recreo más lujosas que Mateo había visto amarradas en los muelles privados de Atlán: un casco bajo y afilado, sin una sola línea recta en toda su estructura,
cada superficie curvada con la misma precisión orgánica con que la naturaleza talla el interior de una concha marina.
En su interior, donde en tiempos de paz habrían viajado embajadores y consejeros reclinados sobre asientos que se ajustaban al cuerpo de cada pasajero, Aelión ocupaba ahora un único puesto de control rodeado de superficies luminosas que respondían al más leve contacto de sus dedos,
indicadores de energía y de rumbo que ningún ojo humano de aquel siglo habría sabido interpretar jamás.
Pero Atlán, pese a toda su sabiduría pacífica, no había olvidado por completo las lecciones más amargas de su propia historia, y cada nave de la flota diplomática conservaba, oculto bajo capas de tecnología civil, un sistema de defensa que ningún atlano había tenido nunca la ocasión,
ni la necesidad, de emplear en más de cuatro siglos de paz ininterrumpida.
Aelión activó aquel sistema por primera vez en su vida, sintiendo bajo sus manos el zumbido grave de una tecnología que despertaba de un letargo de generaciones, y dirigió su pequeña nave nacarada directamente hacia el centro exacto de la formación enemiga,
sin estrategia militar alguna que sus años de estudio en el consejo de seguridad pudieran justificar del todo, guiado únicamente por la misma determinación pura y desesperada que había llevado, años atrás,
a un abuelo gitano a lanzarse solo al Atlántico sin más certeza que la fe ciega en una promesa.
La pequeña nave se detuvo, con la misma quietud repentina y silenciosa de un depredador marino que ha dejado de nadar, justo en el centro exacto del cerco, equidistante entre los galeones que un instante antes se disponían a cerrar el abordaje y las dos carabelas castellanas que aguardaban,
inmóviles e indefensas, el desenlace de aquella noche.
El resplandor ámbar y blanco de su casco iluminaba la niebla circundante con una luz que no parecía pertenecer a ningún fuego conocido, y durante varios segundos que a Mateo le parecieron eternos, ningún hombre en ninguna de las naves presentes —ni castellano,
ni iscariote— se atrevió siquiera a respirar con normalidad.
—¿Qué espera? —murmuró Rodrigo, con el único ojo abierto de par en par, sin apartar la vista de aquella aparición imposible—. ¿Por qué no ataca?
Mateo no tuvo respuesta que ofrecerle. Observaba, con el corazón desbocado, aquella silueta diminuta y perfecta plantada en solitario frente a veinte galeones colosales, y comprendió, con una certeza que no supo explicar por completo,
que estaba presenciando algo que ningún relato posterior lograría jamás describir con la fidelidad exacta con que lo estaba viviendo en aquel instante.
Fue entonces cuando la voz de Aelión resonó sobre el agua entera, amplificada por algún artificio de su pequeña nave que ningún oído humano de aquel siglo había escuchado nunca,
una voz que llegó con la misma claridad tanto a los oídos aterrorizados de la Flota Iscariote como a los oídos exhaustos de la tripulación castellana que aguardaba, inmóvil, su destino.
No era un grito de guerra, ni el desafío triunfal que cualquier guerrero humano habría proclamado en semejante momento.
Era, en cambio, algo mucho más sereno, mucho más terrible en su propia calma, la voz de un hombre que ha aceptado plenamente el precio de la decisión que está a punto de tomar y que ya no necesita, en el instante final, ninguna otra certeza salvo la de haber actuado como su conciencia le exigía.
—Viajeros de otro mundo —dijo Aelión, con su pequeña nave todavía inmóvil en el centro exacto de un cerco que la superaba en número de una manera que ningún cálculo racional podría justificar jamás—, hoy no lucharéis solos.
El silencio que siguió a aquellas palabras se extendió sobre el agua entera como si el propio océano hubiera decidido, por un instante, contener el aliento junto a los hombres que flotaban sobre su superficie.
Y entonces, sin que ninguno de los presentes —ni en la Santa María, ni en La Niña, ni en ninguno de los veinte galeones negros que todavía cerraban el círculo— pudiera anticipar del todo lo que vendría a continuación, la pequeña nave nacarada emprendió su primer movimiento.