CAPÍTULO XVII El Choque en las Líneas Muertas #3
arrancando una lluvia de astillas oscuras que se alzó hacia el cielo iluminada por un instante por el propio resplandor del disparo.
Un grito de sorpresa genuina recorrió las filas iscariotes. Ningún hombre de aquella flota, acostumbrado durante décadas a la superioridad absoluta de su tecnología robada, había esperado jamás que aquellas carabelas de madera anticuada se atrevieran siquiera a disparar primero.
—¡Han abierto fuego, capitán! —gritó el segundo de a bordo, con una mezcla de indignación y de genuino asombro.
Cifuentes, con el rostro impasible pese al impacto que acababa de sacudir su propia nave, no ordenó todavía el contraataque completo.
—Contened el fuego pesado —repitió, con una firmeza que empezaba a costarle sostener—. Dispersad su puntería con fuego de advertencia si es necesario, pero no hundáis esas naves. Repito: no las hundáis. Nuestras órdenes no han cambiado.
Y así, durante los minutos siguientes, se desarrolló una batalla desigual y extraña que ninguno de los presentes, en ninguno de los dos bandos, habría podido anticipar del todo: la Santa María y La Niña, con sus escasos cañones y su tripulación de hombres aterrados pero decididos,
disparando cuanto podían hacia un enemigo que, por primera vez en toda su historia de superioridad tecnológica absoluta, se negaba a responder con toda su fuerza disponible.
Los galeones negros devolvían el fuego de manera limitada, calculada, apuntando deliberadamente hacia los mástiles y el velamen antes que, hacia el propio casco, buscando inmovilizar antes que destruir, mientras el cerco continuaba estrechándose con la misma paciencia inflexible de siempre.
Mateo, agachado tras la borda con una daga que le temblaba en la mano, sintió que el propio tiempo se deformaba a su alrededor, cada segundo estirándose con la misma lentitud imposible con que se estira el instante final antes de una caída.
Vio a un grumete joven, apenas mayor que él mismo, vomitar de puro terror antes de sostener por primera vez una espada real contra un enemigo real.
Vio a un marinero curtido, veterano de las guerras africanas, moverse por la cubierta con una calma casi serena, dando órdenes breves y precisas a los hombres más jóvenes con la misma naturalidad con que un padre calma a un hijo asustado durante una tormenta.
Vio a Tomás Ruiz, arrodillado junto al palo mayor, rezando en un murmullo constante que no parecía dirigido ya a ningún Dios en particular, sino a la propia necesidad humana de tener algo, cualquier cosa, a lo que aferrarse en medio del caos.
—Nos superan en todo —murmuró Rodrigo, junto a Mateo, con la voz tensa, pero sin el pánico que dominaba a buena parte de la tripulación—.
En naves, en cañones, en esa maldita tecnología suya.
Pero no nos superan en la voluntad de no rendirnos sin pelear.
Que se joda Roma si piensa que esto va a ser fácil.
Fue entonces, en el instante exacto en que uno de los galeones negros, ya lo bastante cerca como para preparar el abordaje, extendía sus botes hacia el agua con una veintena de hombres armados dispuestos a ejecutar la captura ordenada, cuando el mar mismo pareció partirse en dos.
No hubo sonido de motor, ni crujido de madera, ni ningún ruido que ningún oído humano de aquel siglo pudiera reconocer como perteneciente a nave alguna.
Solo una línea de luz pálida y silenciosa que cruzó la superficie del agua a una velocidad que ningún ojo debería haber logrado seguir, dejando tras de sí una estela de vapor luminiscente que se disolvía en el aire casi tan rápido como se formaba,
como si el propio mar se abriera avergonzado ante el paso de algo que no le pertenecía.
—¿Qué diablos es eso? —gritó un marinero iscariote, señalando hacia aquella luz con una voz que ya no lograba disimular el terror genuino.
La nave, cuando finalmente se detuvo —si es que aquella suspensión repentina merecía llamarse detención, dado que no pareció frenar tanto como simplemente decidir dejar de moverse— resultó ser, para el ojo entrenado de cualquier marinero castellano presente,
una visión que desafiaba cualquier categoría conocida de embarcación.
No más larga que un bote grande de pesca, pero de líneas tan afiladas y perfectas que parecía tallada de una sola pieza de material nacarado, sin una sola costura visible, sin un solo clavo ni remache que delatara mano humana alguna en su construcción.
Flotaba sobre el agua con una levedad imposible, como si su propio peso no obedeciera a las mismas leyes que gobernaban cualquier otra nave nunca construida, y de su casco emanaba un resplandor tenue, ámbar y blanco a la vez, que recordaba, con una precisión que heló la sangre de Mateo,
al mismo brillo que había sentido latir contra su propio pecho durante meses enteros de travesía.
—¡Es un fantasma! —gritó otro de los hombres de Cifuentes, con una voz que ya rozaba el pánico absoluto—. ¡El demonio del que hablan las leyendas! ¡Ha venido a proteger a los herejes!
Cifuentes, pese a toda su disciplina, sintió por primera vez en años el escalofrío genuino de lo desconocido recorrerle la espalda. Ningún informe de la Orden, en generaciones de vigilancia y de caza, había preparado jamás a sus hombres para algo semejante.
—¡Silencio en las filas! —bramó, con una autoridad que apenas lograba disimular su propia inquietud—. ¡Es una nave, no un demonio! ¡Apuntad los cañones hacia ella, ahora!
Pero antes de que una sola orden pudiera ejecutarse, la pequeña nave nacarada se lanzó hacia adelante con una aceleración que arrancó gritos de auténtico terror de las gargantas de una veintena de hombres que, apenas minutos antes,
habían cazado a sus presas con la fría certeza de quien nunca ha conocido la derrota.
En el interior de aquella nave diminuta y perfecta, Aelión sujetaba los controles con las manos firmes de un hombre que ya ha aceptado, mucho antes de aquel instante, el precio exacto de la decisión que estaba a punto de ejecutar.
Había sido, hasta apenas unas semanas atrás, uno de los miembros más jóvenes nunca admitidos al consejo de seguridad del Cónclave de Atlán, encargado de vigilar, junto a un puñado de estrategas mayores,
las escasas defensas que su pueblo pacífico todavía conservaba de una era en que la guerra había sido, brevemente y de manera catastrófica, una realidad concreta más que un concepto abstracto reservado para los libros de historia.
Había escuchado, oculto entre los pasillos exteriores de la Cámara de Representantes, la súplica desesperada de un muchacho gitano llamado Mateo Gámez ante un Cónclave que se negaba, con toda la razón legítima de su miedo ancestral,
a cruzar el océano para frenar una amenaza que amenazaba con repetir, siglos después, el mismo cataclismo que había hundido su propio mundo.
Y había comprendido, con una claridad que ningún otro miembro del Cónclave parecía dispuesto todavía a aceptar, que el inmovilismo de su pueblo —aquella prudencia sagrada,
aquella ley inquebrantable de jamás volver a cruzar las aguas que los separaban del resto del mundo— no los protegería en ningún momento de un enemigo que ya había demostrado, generación tras generación,
la paciencia infinita necesaria para esperar el momento exacto en que la prudencia ajena se convirtiera en su arma más eficaz.