El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO XVII El Choque en las Líneas Muertas #2
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CAPÍTULO XVII El Choque en las Líneas Muertas #2

una media luna de acero y madera oscura diseñada específicamente para cerrarse alrededor de cualquier nave que se aventurara a perseguir a La Pinta hasta aquellas aguas exactas.

—Arana —murmuró el Almirante, y algo se quebró definitivamente en su voz al comprender la magnitud completa del engaño—. La Pinta nunca fue nuestra presa. Fue el cebo.

No hubo tiempo para lamentar la propia ingenuidad.

Los arcos gemelos de naves negras seguían cerrándose, despacio, pero sin vacilación alguna, y Mateo, observando aquella danza silenciosa desde la borda, comprendió con una claridad terrible que ninguna maniobra de escape sería posible ya: la Santa María y La Niña,

maltrechas por semanas de travesía y persecución, quedaban atrapadas en el centro exacto de un círculo que se estrechaba con la paciencia fría de un cazador que sabe, más allá de cualquier duda, que su presa ya no tiene adónde huir.

—¿Órdenes, Almirante? —preguntó Martín Alonso Pinzón, con las manos todavía aferradas al timón, buscando en el rostro de Colón alguna instrucción que le devolviera, aunque fuera por un instante, la ilusión de que existía todavía alguna decisión capaz de cambiar el desenlace.

Colón guardó silencio durante un momento que a Mateo le pareció insoportablemente largo, con la vista recorriendo las siluetas oscuras que continuaban cerrando el cerco, calculando, con la misma frialdad que lo había llevado a convencer en su día a una reina escéptica,

las escasas opciones que todavía le quedaban.

—Cargad los cañones —dijo finalmente, con una voz que había recuperado, contra todo pronóstico, algo de su antigua firmeza—.

Todos los que tengamos. Si vamos a morir esta noche, que quede constancia, ante Dios y ante estos demonios de Roma, de que la tripulación de Cristóbal Colón no murió de rodillas.

Un murmullo recorrió la cubierta, no de protesta, sino de algo mucho más complejo: el reconocimiento silencioso, compartido por cada hombre presente, de que aquellas palabras no eran una estrategia de supervivencia,

sino una declaración de cómo cada uno de ellos deseaba ser recordado en las últimas horas de su vida.

Los artilleros, apenas media docena de hombres entrenados en el manejo real de la pólvora entre toda la tripulación, corrieron hacia los pocos cañones que ambas carabelas todavía conservaban tras semanas de travesía y reparaciones improvisadas, mientras el resto de los marineros,

desprovistos de entrenamiento militar formal, se armaban con espadas, dagas, hachas de abordaje y cualquier herramienta capaz de cortar o golpear que la propia carabela pudiera ofrecerles.

Mateo, observando aquel despliegue desesperado, notó algo que le heló la sangre todavía más que la propia visión de los galeones enemigos: los rostros de aquellos hombres, divididos con una claridad casi quirúrgica entre dos categorías distintas.

Estaban los que ya habían conocido antes la muerte de cerca, curtidos por batallas anteriores en las costas de África o en las guerras de la Reconquista, cuyos rostros se endurecían con una calma silenciosa y terrible, manos que dejaban de temblar en el mismo instante en que empuñaban un arma,

como si el cuerpo entero recordara, sin necesidad de que la mente interviniera, el ritual exacto que la supervivencia exigía.

Y estaban los otros, la mayoría, marineros de mercancía y de pesca que jamás habían empuñado un arma contra otro ser humano en toda su vida, cuyas manos temblaban visiblemente al sostener espadas que no sabían usar, cuyos ojos se movían de un lado a otro con la desesperación de animales acorralados,

buscando en los rostros de sus compañeros más experimentados alguna señal de que aquello, de alguna manera imposible, podría todavía terminar bien.

Mateo alcanzó a distinguir, en aquellos minutos previos al primer disparo, detalles de los galeones enemigos que la distancia inicial le había ocultado: los cascos, más altos y más estrechos que cualquier galeón que hubiera visto retratado en los muelles de Sevilla,

carecían por completo de la ostentación dorada y los mascarones tallados que solían adornar las naves de guerra castellanas o portuguesas, como si sus constructores hubieran decidido, generación tras generación, que la belleza era un lujo que la eficacia mortal no necesitaba conceder.

Las troneras de cañón, dispuestas en dos hileras completas a lo largo de cada costado, superaban con creces cualquier armamento que una carabela como la Santa María pudiera siquiera aspirar a igualar, y el propio velamen, de un tejido oscuro y mate que absorbía la escasa luz en lugar de reflejarla,

parecía diseñado específicamente para deslizarse por la niebla sin ofrecer nunca un contorno claro que un vigía enemigo pudiera distinguir a tiempo.

Rodrigo el tuerto, colocándose junto a Mateo con una daga corta en cada mano, no dijo ninguna de sus bromas habituales. Se limitó a mirar al muchacho con una seriedad que Mateo no le había visto jamás, ni siquiera durante el ataque de la sirena.

—Pase lo que pase esta noche, muchacho —dijo, con la voz baja—, no os alejéis de mi lado. Y si veis que la cosa se pone verdaderamente mal, saltad al agua antes que dejar que os capturen. Prefiero veros ahogado por vuestra propia mano que imaginar lo que esos hombres de negro os harían en Roma.

Mateo no respondió. No encontró palabras que ofrecer, y se limitó a asentir, con el pecho vacío latiendo de un miedo que no había sentido con aquella intensidad ni siquiera en la noche del motín, meses atrás, en aquella misma cubierta.

A bordo del galeón que lideraba el arco de estribor, el capitán Roque de Cifuentes —antiguo soldado de las guerras de Granada, reclutado por la Orden de Iscariote hacía ya quince años tras una masacre que su propia conciencia nunca terminó de perdonarse del todo— observaba el avance del cerco con

la misma disciplina fría que había definido cada instante de su vida desde que juró lealtad absoluta a la Santa Sede.

No sentía compasión alguna por los hombres atrapados en el centro de aquel círculo cada vez más estrecho.

Los consideraba, con la misma certeza inflexible que sostenía cada uno de sus juicios desde hacía años, herejes al servicio de un demonio disfrazado de continente perdido,

cómplices —conscientes o no— de una conspiración que amenazaba con desatar sobre la cristiandad entera un mal que ningún hombre de fe debía siquiera imaginar.

Pero sí sentía, bajo aquella disciplina fría, algo parecido a la impaciencia de un cazador al que se le ha ordenado no clavar todavía el cuchillo en la presa que ya tiene entre las fauces.

—Capitán —dijo el segundo de a bordo, un hombre joven cuyo entrenamiento apenas disimulaba la tensión nerviosa de su primera captura verdadera—, están cargando cañones. Van a intentar disparar primero.

—Que disparen —respondió Cifuentes, sin apartar la vista de las siluetas oscuras de las dos carabelas castellanas, cada vez más nítidas conforme el cerco se estrechaba—.

Sus cañones son juguetes de madera comparados con el blindaje de nuestros cascos.

No representan amenaza real alguna. Nuestras órdenes son claras, y las repetiré una vez más para que ningún hombre a bordo cometa un error que lamentaremos ante Su Santidad: capturamos con vida al muchacho gitano, al almirante Colón, y a cuantos oficiales de rango podamos reducir sin matarlos.

El resto de la tripulación... —hizo una pausa breve, con la misma frialdad calculadora con que un carnicero evalúa el peso de una res— morirá si es necesario, pero solo si es necesario.

Roma quiere un juicio público, hermanos.

Un hereje ejecutado en secreto no sirve de advertencia a nadie.

Necesitamos verlos arder ante los ojos de media Europa, para que ningún otro hombre vuelva jamás a soñar con desafiar a la Santa Sede.

El segundo asintió, aunque Mateo, de haber podido escuchar aquella conversación desde la distancia que los separaba, habría reconocido en el rostro del joven oficial algo que ni la disciplina ni la fe lograban ocultar plenamente: el mismo temblor nervioso, apenas contenido,

que compartía con cualquier marinero castellano a punto de entrar en su primera batalla real.

—Contened el fuego hasta que estemos lo bastante cerca para abordar —añadió Cifuentes, dirigiéndose ya al resto de su tripulación con una voz que resonó, amplificada por algún artificio que ningún oído castellano habría reconocido en ningún momento, a lo largo de toda la línea de galeones—.

La orden es clara: tomad al muchacho, tomad a Colón, tomad a cuantos oficiales podáis reducir con vida.

Al resto, si oponen resistencia real, matadlos sin piedad ni vacilación.

Pero contened el fuego de cañón mientras exista alguna posibilidad de capturarlos intactos.

Su Santidad los quiere vivos, y lo que Su Santidad quiere, esta Orden se lo entrega.

Fue precisamente aquella orden —contener el fuego, priorizar la captura sobre la aniquilación inmediata— la que, sin que ninguno de los presentes pudiera todavía sospecharlo,

terminaría por costarle a la Flota Iscariote el margen exacto de segundos que necesitaban para perder aquella noche mucho más de lo que jamás habrían imaginado arriesgar.

El primer disparo, cuando llegó, no vino de los galeones negros, sino de la propia Santa María.

Colón, de pie junto al cañón principal con una antorcha en la mano, esperó hasta el último instante posible, calculando con la misma precisión fría de sus mejores días de negociación cortesana el momento exacto en que la distancia resultara suficientemente corta para garantizar un impacto certero,

y aplicó la llama a la mecha con un gesto que Mateo nunca olvidaría: no la desesperación de un hombre acorralado, sino la determinación serena de alguien que ha decidido, con toda la claridad de su voluntad intacta, morir peleando antes que morir suplicando.

El estruendo del disparo desgarró el silencio espeso de la niebla, y la bala de cañón, más suerte que puntería en la oscuridad casi absoluta, impactó de lleno contra el costado del galeón más próximo,