El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas CAPÍTULO XVII El Choque en las Líneas Muertas
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CAPÍTULO XVII El Choque en las Líneas Muertas

El mar, al undécimo día de persecución, había adquirido la textura extraña de un cristal negro que ni siquiera la luna llena lograba iluminar del todo, como si el propio océano hubiera decidido, en algún punto de aquella travesía desesperada, dejar de reflejar el cielo y empezar, en cambio,

a devorarlo.

Mateo llevaba horas despierto en la cubierta de la Santa María, incapaz de conciliar un sueño que llevaba días esquivándolo, con la mano apoyada por costumbre sobre el hueco vacío del pecho donde antes había latido el engranaje.

Once días. Once días enteros de vigilancia constante, de guardias dobles, de un Colón que apenas dormía y que recorría la cubierta de proa a popa a todas horas de la noche como si la sola fuerza de su insomnio pudiera acortar la distancia que los separaba de Arana.

Once días en que la tripulación entera —marineros curtidos que habían cruzado el Atlántico dos veces ya, grumetes que apenas habían visto la muerte de cerca,

oficiales que fingían una calma que ninguno sentía por completo— había aprendido a vivir en el filo exacto entre la esperanza y el agotamiento, sin saber ya cuál de las dos emociones pesaba más en el fondo de sus propios estómagos vacíos.

Fue Rodrigo el tuerto quien rompió aquel silencio nocturno, encaramado al vigía con la voz ronca de quien lleva demasiadas horas sin descanso.

—Almirante. Creo que la veo.

Colón subió al castillo de popa con una rapidez que desmentía por completo sus noches sin dormir, y Mateo, corriendo tras él con el corazón desbocado, alcanzó a distinguir, recortada contra la negrura del horizonte, una única vela pálida que parecía flotar suspendida entre el cielo y el agua,

casi fantasmal en su quietud.

—Es ella —murmuró Martín Alonso Pinzón, con una voz que temblaba entre el alivio y algo que Mateo no supo nombrar del todo—. Ese aparejo, ese perfil de casco... la conozco de memoria, Almirante. Es La Pinta.

Colón no dijo nada durante un largo instante.

Se limitó a mirar aquella vela solitaria con una intensidad que Mateo jamás le había visto emplear ni siquiera durante la primera vislumbre de las costas de Atlán, como si en aquel trozo pálido de lona se concentrara, de golpe, todo el sentido de los últimos veinte días de su vida.

—Al fin —dijo, y en su voz había algo que no era por completo alegría, sino más bien el alivio agotado de un hombre que ha estado conteniendo el aliento durante mucho más tiempo del que su cuerpo podía soportar—.

Izad todo el trapo que estas maderas puedan aguantar.

Que no se nos escape ahora, después de todo lo que hemos pagado por llegar hasta aquí.

Pero fue el propio Rodrigo, media hora después, cuando la distancia entre las carabelas castellanas y la vela solitaria se había reducido ya lo suficiente como para distinguir algo más que un simple perfil contra el horizonte, quien empezó a notar que algo en aquella imagen no terminaba de encajar.

—Almirante —dijo, con el único ojo entrecerrado en un gesto de sospecha que Mateo había aprendido a respetar durante toda la travesía—, ¿no os parece que se mueve de una manera extraña?

Colón, con el catalejo pegado al rostro, tardó un instante en responder.

—¿Extraña en qué sentido?

—No cambia de rumbo. No ajusta el velamen. Cualquier nave tripulada corrige su curso constantemente, Almirante, aunque sea un poco, aunque sea sin querer. Esa vela lleva media hora entera sin variar ni un grado.

Mateo sintió que un frío distinto, ajeno al de la noche oceánica, le recorría la espalda.

Se acercó a la borda, entrecerrando los ojos contra la distancia, y comprendió, con una inquietud que no lograba todavía traducir en palabras concretas, que Rodrigo tenía razón: La Pinta se deslizaba sobre el agua con la quietud extraña de algo abandonado,

un cascarón vacío que el viento empujaba sin que ninguna mano humana corrigiera su rumbo.

—Puede que la tripulación esté dormida —aventuró Vicente Yáñez Pinzón, aunque su propia voz no sonaba convencida de sus palabras—. Arana lleva semanas forzando a esos hombres. Puede que, sencillamente, hayan bajado la guardia.

—O puede que ya no haya nadie a bordo que pueda bajarla —respondió Colón, con una gravedad que hizo que el resto de los presentes se sumiera en un silencio incómodo.

Nadie respondió a aquello. El propio Almirante, con todo, no ordenó reducir la velocidad.

Once días de persecución habían erosionado en él algo más profundo que la simple paciencia, y Mateo comprendió, observándolo, que Colón ya no era capaz de contener el impulso de acercarse, sin importar cuántas señales de advertencia se acumularan en el camino.

La esperanza, llevada al límite exacto de su resistencia, dejaba de ser prudente para convertirse en algo mucho más parecido a la desesperación.

La niebla cayó sin previo aviso, apenas un cuarto de hora después, y no como ninguna niebla que Mateo hubiera conocido nunca en toda la travesía.

No se formó gradualmente, arrastrándose desde el horizonte con la lentitud perezosa que es costumbre de las nieblas marinas genuinas.

Cayó de golpe, en cuestión de minutos, como si un telón invisible hubiera sido corrido de un solo tirón sobre el escenario entero del océano, envolviendo ambas carabelas en un manto blanco y denso que devoró la luna llena y convirtió el aire mismo en algo espeso, casi líquido, casi vivo.

El silencio que la acompañó resultó todavía más inquietante que la propia niebla: ni una gaviota nocturna, ni el chapoteo habitual de peces asustados por el paso de las naves, ni siquiera el crujido normal del velamen contra un viento que, sin ninguna explicación meteorológica razonable,

había amainado hasta convertirse en un susurro apenas perceptible.

—Esto no es natural —murmuró Tomás Ruiz, santiguándose con una mano que ya no fingía firmeza alguna—. He navegado estas aguas media vida, Almirante. Ninguna niebla llega así, tan de repente, sin viento que la traiga ni corriente fría que la explique.

Colón no respondió. Tenía la vista fija en la blancura impenetrable que empezaba a tragarse la propia proa de la Santa María, y Mateo, observándolo de cerca, reconoció en su rostro la misma tensión silenciosa de un hombre que comprende, sin que nadie necesite decírselo en voz alta,

que ha cometido un error del que ya no existe manera alguna de dar marcha atrás.

Fue el propio Mateo quien sintió, primero que ningún otro a bordo, el zumbido gravísimo que empezó a recorrerle los huesos desde algún punto impreciso bajo la línea de flotación, una vibración casi imperceptible que reconoció con la misma familiaridad enfermiza con que había sentido, meses atrás,

el calor del engranaje contra su propio pecho.

—Algo se acerca —dijo, con una certeza que no supo de dónde le nacía, con la voz reducida a un susurro que apenas logró atravesar el silencio espeso de la niebla—. Algo grande. Muchas cosas grandes.

Nadie tuvo tiempo de preguntarle a qué se refería.

El mar, en aquellos últimos minutos de calma antes de que todo se desatara, adquirió para Mateo la cualidad extraña de un reloj de arena inmenso, cada ola diminuta que rompía contra el casco marcando el paso de un tiempo que ya no parecía obedecer a ninguna medida humana normal.

Contó, sin proponérselo, catorce olas entre el momento en que sintió el primer zumbido bajo sus pies y el instante en que la niebla, a proa, empezó a teñirse de sombras más oscuras que la propia blancura que las rodeaba.

Contó siete más antes de que aquellas sombras adquirieran, poco a poco, la forma inconfundible de proas.

Había algo casi ritual en aquel conteo involuntario, como si su propia mente, incapaz de procesar la magnitud del peligro que se aproximaba, hubiera decidido aferrarse a la única certeza mecánica que el momento todavía le ofrecía: que el mar seguiría moviéndose exactamente igual, ola tras ola,

indiferente por completo a que aquella noche fuera la última para la mitad de los hombres que respiraban sobre su superficie o para ninguno de ellos.

Pensó, con una claridad extraña que solo el miedo genuino parece capaz de producir, en su abuelo cruzando aquellas mismas aguas en soledad absoluta, contando quizás las mismas olas bajo un cielo distinto, y se preguntó si el Viejo de Mar habría sentido, en algún momento de su propia travesía,

la misma certeza fría de que el océano no distinguía entre la fe de un hombre desesperado y la indiferencia absoluta de su propia inmensidad.

El silencio que precedió al primer avistamiento nítido de los cascos enemigos tenía una cualidad física, casi táctil, que Mateo sentía presionarle los oídos con la misma insistencia con que la propia niebla presionaba contra su piel.

Ni siquiera el crujido habitual de las maderas, ese lenguaje constante y tranquilizador con que cualquier nave viva conversa consigo misma durante la travesía, parecía atreverse a interrumpir aquella quietud.

Fue en ese silencio exacto, más aterrador que cualquier estruendo, donde Mateo comprendió que el miedo verdadero no llegaba con ruido, sino con la ausencia absoluta de él, con la certeza de que el mundo entero contenía el aliento a la espera de algo que ya no podía evitarse.

Una. Tres. Seis. Diez siluetas oscuras se materializaron simultáneamente, no en una sola línea al frente, sino divididas en dos arcos que emergieron de la niebla por ambos flancos de las carabelas castellanas al mismo tiempo, como dos brazos gigantescos que se cerraran despacio,

con una precisión coreografiada que hablaba de generaciones enteras de práctica en el arte silencioso del cerco naval.

—¡Nos rodean! —gritó Martín Alonso Pinzón, con la voz quebrada por un pánico que ya no intentaba disimular—. ¡Por ambos costados, Almirante! ¡Es una tenaza!

Colón, con el rostro súbitamente pálido bajo la luz mortecina, comprendió en el mismo instante que Mateo lo que aquella formación significaba: no era una emboscada improvisada, sino una trampa preparada con semanas de antelación,